04_No. 2 (1 enero 1863), p. 139-150 |
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habian producido. Los grandes honores que gozaba Gime
nez en la corte, y de los que era tan digno , ni le engreian
ni deslumbraban, y solo le servian de estímulo para
mantener su actividad. Su amor por el órden y justicia ,
por la grandeza y caridad , era el impulso de su alma gran
de ; la prudencia y perseverancia eran los resortes que da
ban efecto á sus obras, edificando, dotando, restableciendo
cuando podia contribuir al bien del Estado, á la religion y
á las ciencias.
Fundada y dotada por él la universidad de Alcalá de He
nares , nombró para sus cátedras á los hombres mas hábiles
de Europa, y escogió de entre ellos los mas idóneos para
efectuar una empresa, cuya idea habia concebido desde su
juventud , y á cuyo flir 'labia dirigido sus estudios ; tal fué
la Biblia políglota, esto es, la Biblia escrita en muchas len
guas, como hebreo, caldeo, sirio, griego, latin y otros
idiomas ; el libro de mayor mérito en su especie publicado
hasta entonces, y que ha servido despues de tipo y modelo
para todas las biblias políglotas publicadas en los siglos si
guientes. Así mismo arregló é hizo imprimir el antiguo ritual
de las iglesias de Espana, conocido por el nombre de mozá
rabe, que eran los ritos llamados así, por haber sido usados
en los primeros siglos de la Iglesia , y conservados por los
cristianos que hablan permanecido bajo el dominio de los
árabes; y para que manuscritos tan antiguos no se perdie
sen, los mandó imprimir y repartir ejemplares en las mas
frecuentadas bibliotecas de. Europa.
Conquistado el reino de Granada, mantuvieron los reyes
Católicos en la nueva capital una corte muy numerosa, por
consejo del cardenal Gimenez, porque no habiéndose hecho
la conversion de aquellos moros , pudiera peligrar la tran
quilidad pública bajo un solo gobernador, y cuando cambió
de asiento la corte, tomó á su cargo el cardenal la conversion
de aquellos nuevos súbditos. El espíritu imperioso y deci
dido de Gimenez , no libre de la intolerancia del siglo, le
sugirió una medida, como golpe decisivo, para desterrar el
mahometismo, lo que puso en consternacion el territorio
conquistado ; el golpe fué quemar públicamente todos los
ejemplares del Alcoran que pudo obtener por grado ó por
fuerza. Provocó aquella medida una sublevacion de los mo
ros, y para apaciguarla, pidió al rey un perdon general
para todos los rebeldes que abrazasen la religion cristiana.
Esto muestra que el cardenal Gimenez era superior, no
á su siglo, sino solamente á los hombres de su siglo. Si
aquella hoguera pública hubiera causado solamente la des
truccion de algunos ejemplares del Alcoran , fuera de escasa
importancia ; pero el dano que causó en ultramar fué muy
lamentable, porque sirvió de ejemplo á los primeros misio
neros en Méjico, para quemar todos los escritos, geroglífi,
cos é historias en lengua mejicana , que pudieron hallar, y
cuya pérdida es causa de no poder entenderse los cuatro ó
cinco volúmenes de aquellos geroglíficos conservados ahora
en Europa.
A la muerte de la reina Isabel; en 1501, lejos de dismi
nuir el crédito del cardenal , quedó mas consolidado, por
la preponderancia que habia adquirido como árbitro entre
el rey Fernando y el archiduque Felipe, marido de la in
fanta dona Juana, que habia heredado la corona de Casti
lla; pero la muerte de Felipe, acaecida poco despues, de
jando á sus hijos tiernos infantes, produjo obstáculos al
ministerio del cardenal, que solo su talento estraordinario
pudo superar. El emperador Maximiliano y el rey Fernan
do, abuelos ambos del jóven Carlos de Austria, pretendian
cada cual un derecho igual á la regencia de Castilla. Fer
nando no era querido de la nobleza castellana, porque habia
sostenido con firmeza el poder de su esposa Isabel contra los
grandes de Castilla , y por esto , así corno por haberse ca
sado segunda vez, y privar en caso de tener hijo varon , á
su hija dona Juana del reino de Aragon , se declararon por
Maximiliano. Gimenez , que no podia tolerar la idea de una
dominacion estrangera , aunque nunca habia sido favoreci
do por el rey'de Aragon , se decidió abiertamente por él,
y por su influjo sobre el clero y el pueblo, triunfó de los
nobles, haciendo reconocer á Fernando como regente del
infante y como gobernador de Castilla , aunque á la sazon
se hallaba el rey en Nápoles. En este caso fué cuando res
plandeció mas la habilidad política del cardenal. -Ninguna
nacion tenia en aquel tiempo ejército permanente ó del go
bierno, y cuando se necesitaban tropas , las suplian los se
nores con sus súbditos, en virtud del derecho feudal. El
génio de Gimenez, fértil en recursos, le sugirió el dar á
todos los pueblos el derecho de levantar tropas para man
tener su libertad , y de este modo tan sencillo como eficaz,
armó la nacion , con títulos de comuneros, á despecho de
los nobles, que tuvieron que ceder al superior talento del
ministro.
Vuelto Fernando á Espana y encargado del gobierno de
Castilla, se aplicó el cardenal á una grande empresa que
habia antes concebido ; esta fué la conquista de Oran en
Africa. Fernando no aprobaba el proyecto, pero el carde
nal hacia la espedicion á su costa , y con tropas que le se
guian voluntariamente., por lo que el rey juzgó no debia
oponerse al plan del arzobispo. La Europa vió entonces un
ejército respetable , reunido, pagado, mantenido y manda
do por el súbdito de un monarca, ó como le llamaban sus
émulos , por un fraile de setenta anos. Es verdad que ha
bla escogido para dirigir las acciones de guerra á un gran
caudillo, el famoso Pedro Navarro ; pero este orgulloso ge
neral no podia sufrir verse sujeto en todo, y dependiente
de la autoridad de un eclesiástico ; y Navarro, así como
Leiva, se hablan mostrado no poco indiferentes á las miras
de aquel grande hombre. Esta repugnancia , y el saber que
el rey no aprobaba la espedicion , le indujo á tramar mu
chas intrigas para frustrar el proyecto , hasta consentir que
la tropa se amotinase al tiempo del embarque. Sin inmu
tarse el cardenal, hizo conducir á bordo de los barcos la
caja militar, todo el dinero destinado á pagar los sueldos,
y sin mas reconvencion , bastó esto para que todos los sol
dados marchasen de su propia voluntad á embarcarse.
Efectuado el desembarco en Africa , mandó el cardenal ata
car inmediatamente la plaza , y su firmeza fué sin duda
causa de la victoria ; porque Navarro, aunque el mas so
berbio é intratable general de su siglo , se vió obligado á
someterse y ejecutar la órden absoluta de un anciano que
le era superior. La plaza fué tornada con pérdida de toda
la guarnicion, y el cardenal volvió á Espana , donde fu(''
recibido con aplauso, haciendo sr.' entrada en triunfo por
las calles de Alcalá con los esclavos hechos, y precedido
del tesoro recogido, al estilo de los romanos.
El rey de Aragon , Fernando, murió en 1J16, dejando
en su testamento nombrado al cardenal Gimenez corno re
gente de los reinos de Castilla y Aragon , durante la ausen
cia de su nieto y heredero Carlos, que á este tiempo tenia
diez y seis anos. Los grandes de Espana no aprobaron este
nombramiento ; desdenosos, no solo' de rendir sumision á
una persona inferior á ellos en nacimiento , mas á un atre
vido ministro que los habia quitado las donaciones y privi
legios que sus abuelos habian obtenido de los reyes ante
riores, de modo que solo la necesidad los sometia á obedecer
al talento superior. Luego que el cardenal regente tomó
posesion de su nuevo destino , fué á su casa una diputacion
compuesta de los nobles mas distinguidos , á preguntarle
arrogantemente en virtud de qué poderes lyabia tomado la
regencia de Espana ; el cardenal , con su acostumbrada se
renidad, hizo senas á la diputacion que le siguiese, y acom
panándola á un gran balcon , le mostró la numerosa guardia
que habia mandado poner sobre las armas, y estendiendo
el brazo hácia el campo marcial , les dijo : « En virtud de
ese poder, gobierno yo y he de gobernar á Espana , hasta
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que el príncipe Cárlos venga y reciba el reino cuya regen
cia me han confiado. ».Y haciendo una sena con el panue
lo, hizo una descarga la artillería, que puso en consterna
cion á los nobles , mientras que el cardenal les dijo: « Itec
est ultima ratio regum, » y luego se retiró la diputacion.
Los enemigos de la inquisicion , mas bien que del carde
nal Gimenez, le acusan de que durante los once anos en
que fué inquisidor general , fueron condenadas mas de cin
cuenta mil personas ; pero los mismos que alegan esto, con
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Casa *del Cardenal Gimenez de Cisneros en Madrid.
fiesan, que el cardenal Mendoza, por consejo de su vicario
general y consejero Gimenez, se habia opuesto al estable
cimiento de aquel tribunal ; prueba de que Gimenez, cuan
do inquisidor, no pudo resistir los abusos de aquel siglo,
encubiertos con la religion. En la biblioteca de S. Isidro,
en Madrid , se conserva un manuscrito del cardenal Gime
nez, titulado « Gobierno de Príncipes», y dedicado á Carlos
de Austria , Cárlos I en Espana, en el que muestra los
abusos de la inquisicion,lr particularmente las formas se
cretas de sus procedimientos, proponiendo reformas muy
sá bias.
El cardenal habia llegado ya á cerca de sus ochenta anos,
y aunque muy enfermo , continuaba en la administracion
de la regencia , con el colega Adriano , obispo de Utrecht y
preceptor que habia sido del príncipe Cárlos ; pero oponién
dose siempre con firmeza á la ambicion de los cortesanos
flamencos, lo que produjo al fin su desgracia, si puede ser
desgracia el último paso de un grande hombre. Todos los
hechos de su administracion hablan sido dirigidos al bien
de su nacion y al interés del rey en su minoría ; pero sedu
cido el príncipe, cuando declarado ya mayor de edad y que
podia mandar, escribió una carta al anciano patriota car
denal , diciéndole que cesase en entender en los negocios
del estado, y se retirase á su arzobispado á descansar como
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tanto había deseado. Afligido al ver tanta ingratitud, y mas
quizás con la idea de que la rapacidad de los flamencos iba
á quedar sin barrera que la contuviese, murió pocas horas
despues •de haber recibido el frio despacho autógrafo, en
1517, á los ochenta y un anos de su edad.
El cardenal Gimenez poseia en alto grado las cualidades
de un gran político ; sagacidad, prudencia y firmeza : con
la primera preveia muy de antemano los acontecimientos
posibles ; con la segunda calculaba lentamente las medidas
convenientes para asegurarlos ó evitarlos, y con la tercera
hacia ejecutar con tanta prontitud como exactitud lo que
una vez estaba ya resuelto. En medio del desórden en que
se hallaban las coronas de Aragon y Castilla al tiempo de su
union en el reinado de una princesa demente, arregló las
contribuciones, pagó la deuda nacional, recobró las tierras
y pueblos usurpados á la corona de Castilla, y mantuvo el
órden público. Fué acusado de orgullo y severidad, porque
humilló con mano fuerte la soberbia de los grandes ; pero
no es á la verdad orgulloso el carácter de un ministro hu
milde que abate la arrogancia de los nobles desmandados ,
ni severa la administracion que solo busca hacer obedecer
la ley. El cardenal Gimenez era en efecto un grande hom
bre, y su vida y administracion han merecido los elogios
de los mas ilustres escritores en los dos últimos siglos.
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El viagero que pasa por Alcalá de Henares, donde tan
tos monumentos se encierran de la munificencia del car
denal Cisneros , y de la ilustrada proteccion que daba á las
ciencias y á las artes , no deja de visitar su sepulcro , colo
cado en el colegio mayor de San Ildefonso , en la capilla
mayor, formada por la division que hace una reja de bron
ce d'e la gran nave de la iglesia. Toda la obra de este gran
dioso monumento es seguramente magnífica, si bien los in
teligentes hallan defectos de arte y mal gusto en algunas
de sus partes. El grabado que aquí damos liará formar una
idea, que aclararemos con su sucinta esplicacion.
La cama sepulcral , sus adornos y la efigie del cardenal
vestido de pontifical, es obra prolijamente ejecutada en be
llísimo mármol por Micer Domenico Florentino, y aun se
afirma que vino hecha de Florencia. Levanta del suelo esta
cama corno dos varas; en la basa hay adornos grotescos, y
follages de buen gusto. La urna tiene doce nichos ; cuatro
en cada una de las fachadas de los lados, dos en la de los
piés, y otros dos en la de la cabecera. En medio de cada
lado hay una medalla, y así en 'estas como en los nichos, se
ven figuras de ángeles, de santos, etc. Gran parte de ellas
están destrozadas, y aunque lo atribuyen á la humedad,
mas parece obra de la mano destructora de la ignorancia.
En cada ángulo de la urna hay un grifo ó quimera con las
alas estendidas, y encima, en el plano del colchon en que
está echado el cardenal, se ven sentados los cuatro doctores
de la Iglesia , representados en figuras pequenas. Toda la
urna alrededor está adornada de ninos, festones y otras la
bores, ejecutadas con proligidad y atencion. Costó esta obra
de mármol 2,100 ducados de oro. A los piés de la cama hay
una tabla de mármol que tienen levantada dos angelitos,
con la inscripcion siguiente, que dicen fué hecha por el
doctor Juan de Vergara en su mocedad :
Condiderant Mussis Franciscus grande liceum condor in exi
guo n'une ego sarcofago.
Pro3testamjunxi sueco, galeamgue galero frater, dux, pra
Cardineusguepater.
Quin virlute meajunctum est diadema cucullo cura mihi rey
nontiparuit Hesperia. Obiit Roce VIId. novemb.
M. D. XVII.
Que traducida al castellano quiere decir :
Yo Francisco que hice levantar un magnifico liceo en honor
de las musas, soy el que yace en este reducido sarcófago. Vestí la
púrpura sobre el sayal, y usé igualmente del casco y del sombre
ro. Fraile, caudillo , ministro y cardenal lleve á un tiempo sin
pretenderlo la diadema y la cogulla cuando Espana me obedeció
como á Rey. Murió en Roa á 8 de noviembre de 1517.
La obra de la reja ó balaustre que hay alrededor del se
pulcro es trabajo escelente, ejecutado por Nicolás de Ver
gara , escultor, vecino de Toledo, que despues de su muer
te concluyó su hijo del mismo nombre. Las verjas están
adornadas de bellisímos follages y mascaroncillos. En los
ángulos de la reja hay sobre su cornisa unos pedestalitos,
y encima jarrones de hermosa forma y estremado pri
mor, en ellos se ven trabajadas algunas cabecitas, cisnes,
y otros ornatos que los enriquecen maravillosamente. En
uno de estos pedestalitos se leen los siguientes versos:
Advena marmoreos mirani desine vultus ,
[actaque mirífica ferrea claustra manu
virtutem miran i viri , quce laude perenni
duplicis et regni culmine digna fuit.
Vertidos al castellano tienen este sentido:
Cesa caminante de admirar las marmóreas figuras y la ver
ja de hierropor hábiles manos trabajada; guarda la admira
cion para contemplar las eminentes prendas de este varon, que
le hicieron merecedor de eterna alabanza y dos veces le elevaron
á la cumbre delpoder.
En la sacristía de la iglesia del colegio hay una medalla
ovalada en mármol, poco mas de tercia de alto y algo me
nos de ancho, y es un bellísimo retrato de perfil del carde
nal. Hasta cierto viso de color de carne que del mármol tie
ne á la parte de la cara, le hace parecer mejor. Muéstranse
tambien á los curiosos las llaves de Oran, y algunas arma
duras antiguas.
• • •
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—
Sepulcro del Cardenal Cisneros.
La Mesíada.
13o r alop$tork.
IX.
Vuelve Eloha del trono del Eterno, siendo su vuelo gra
ve y silencioso. Al llegar sobre el templo de Jerusalen, des
ciende lentamente en medio de los patriarcas , y dice:
« Postraos, y adorad conmigo al que es maestro de
todos. »
Los patriarcas obedecen ; todos oran con un fervor ar
diente. Luego el serafin se levanta , sumido en profundas
meditaciones, y despues de un largo silencio, vuelve á to
mar la palabra:
« He querido contemplar en medio de su gloria tenebrosa
y terrible á Aquel que ninguna lengua es capaz de espre
sar,, que ningun pensamiento puede comprender. He le
vantado mi vuelo , hácia los soles, cuyo resplandor era va
cilante y débil ; he llegado á los polos de los cielos, y los
polos de los cielos estaban envueltos en una noche profun
da. Me he acercado al trono... En vano intentada describi
ros las sombras que junto á el me han circuido y el terror
que en mí han hecho nacer. Levantábanse del fondo de la
creacion los mujidos de los nos del infierno , y de lo alto
de las nubes una voz me decia: «Produce ese aleteo un sér
creado ; ?cuál es ese ser? » Poseído de espanto, por ser aque
lla voz la del ángel esterminador, me he postrado para ado
rar á Aquel que juzga en medio de las tinieblas de su justi
cia inmutable. »
Estremécese el serafin al proferir las últimas palabras , y
se cubre el rostro con susalas.
El Mesías ha dejado caer sobre el pecho su lánguida ca
beza: panda estar dormitando.
El furor del pueblo estaba apaciguado, pareciéndose á las
encrespadas olas de un mar embravecido , que, despues de
haberse estrellado Contra las penas de la orilla, vuelven á
entrar sosegadamente en su lecho.
Errantes van los amigos del Mesías en derredor del Gól
gota, temiendo encontrarse entre sí y proferir lamentos
que solo servirian para aumentar mas su pena. Juan y la
madre de Jesus son los únicos que tienen valor para per
manecer al pié de la cruz. El discípulo que negó á su maes
tro , es el mas desgraciado.
Recorre el triste náufrago con muda desesperacion la
playa en que le arrojó la tempestad, cubierta con los inani
mados restos de sus companeros de infortunio ; anda, gi
me, se para, vuelve á andar y llega al fin junto al penasco
en que las olas depositaron el cadáver de su padre ; á tan
triste espectáculo crispa las manos y se acusa de ser su asesi
no, porque en el peligro le ha abandonado, por no pensar
mas que en salvarse á sí mismo. Del propio modo pasó Si
mon Pedro el resto de la noche y una parte de la manana,
en los puntos mas desiertos de la comarca. Párase al fin en
una colina no muy distante del Gólgota, desde la cual con
templa la cruz ; pero en breve le abandonan sus escasas
fuerzas, y anonadado, dá de rostro en el suelo. Ithuriel ha
ce entonces descender sobre él un rayo de vaga esperanza;
no puede hacer mas en su favor, porque la influencia de
los ángeles encargados de velar sobre el destino de los mor
tales , está sometida á la voluntad de Dios.
El débil consuelo que Simon Pedro acaba de recibir de su
celeste protector le reanima ; así que, levanta la cabeza, y
busca con los ojos á los nobles amigos que poco antes en
contraba siempre á su lado. Quería confesarles su crimen,
convencido de que sus reproches lograrian calmar un tanto
la amargura de sus remordimientos; pero nada vé en torno
suyo, ni aun la orgullosa Jerusalen ; en medio de las tinie
blas que circundan la régia ciudad, solo se dibujan capri
chosamente las sombras del templo y de la montana de Mo
ría. Llega de repente á los oidos del discípulo un sordo mur
mullo; se incorpora, y oye pasos y algunas palabras proferi
das á muy corta distancia. Eran unos estrangeros que ha
bían ido á Jerusalen con motivo de las fiestas de Pascua y
se dirigían al Gólgota atraídos por el rumor del suplicio de
Jesus. Uno habia entre aquellos estrangeros, que, por la ri
queza de su trage , por el color negro de su cútis y por su
aire lleno de dignidad, indicaba claramente pertenecer á un
rango elevado. En efecto, era aquel desconocido un perso
nage ilustre, era el confidente de Candacia , reina de Etio
pía, la misma que debía Felipe iniciar mas tarde en los
santos misterios de la nueva alianza. Fué á parar el estran
gero al lado de un anciano venerable, que andaba apoyado
en el brazo de un adolescente. Atraido el etíope por su afa
bilidad, le dirige las siguientes palabras:
« Te suplico, me digas: ?cuál es el crímen que ha come
tido el profeta para que se le condene á muerte ? ?Cuál el
delito que se le hace espiar en el mas horrendo de todos los
suplicios?»
Samina, tal es el nombre del anciano, lanza un profun
do suspiro , y dice:
« Le dan muerte porque ha devuelto la salud á los enfer
mos , el oido á los sordos, la vista á los ciegos; porque ha
resucitado á los muertos y curado á los infelices posesos. Yo
mismo era poco ha uno de esos desgraciados. »
Al pronunciar estas palabras, apercibe á Simon Pedro, y
le designa al etíope:
« Hé ahí, noble estrangero, á uno de los discípulos de ese
hombre divino, uno de los que le son mas queridos, de
los que podrán probar un dia que le han visto y oido; uno
de esos mortales privilegiados que han aprendido de Jesus el
modo cómo quiere ser el Eterno adorado. »
Volviéndose luego Samma hácia el discípulo,•le dice :
« Dígnate iluminamos; dínos por qué muere tu divino
maestro. Hombre querido de Dios , no nos vuelvas así el
rostro: háblanos del gran profeta que amais tan tiernamen
te, tú y el amable Juan.))
Deja Pedro caer la cabeza entre sus manos, y gime pro
fundamente , no porque se le haya conocido , puesto que
está resuelto á morir por su maestro , sino porque le atri
buye Samma una virtud que no tiene, »
Ay! amigos mios, les contesta Pedro, solo puedo deci
ros que vá á morir el mas grande, el mejor de los hombres.
No me pregunteis nada mas... »
Desaparece el discípulo entre la multitud. Samma, suhi
jo Joel y el etíope continúan adelantando liácia el Gólgota;
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de que sirva al menos mi muerte para probar cuánto le líe
amado. » •
Es tal el fervor de su súplica , que deja caer Dios sobre
José de Arimatea un rayo de aquella gracia que alienta á
los mártires; queda José sumido en un éxtasis santo , du
rante el cual dirige Nicodemus la palabra á Simon Pedro.
« ?Por qué así apartas la vista ? le dice : comprendemos
y hasta participamos de tus sufrimientos, al ver espirar en
la cruz al mas santo de los hombres; perdónanos el que
hayamos tardado tanto tiempo en declararnos públicamen
te por él; á lo menos en el momento del peligro, no hemos
carecido del valor necesario para confesar su doctrina. »
Azotada por la tempestad resiste la encina, al paso que
se inclina su copa á merced del furioso huracan ; del mis
mo modo queda Simon Pedro clavado en su puesto, con
la cabeza baja y la vista fijada en el suelo. Sus angustias
aumentan hasta tal punto, que al fin le dominan, le arras
tran ; huye, y como si esperase hallar la calma en el esceso
mismo de la desesperacion , se dirige hacia el Gólgota.
En vano procura al llegar junto á la cruz, dirigir la vis
ta al Mesías; el aspecto de Juan y de la infeliz María, le ab
sorven del todo. El dolor, que parece haberles clavado en
su puesto , no permite siquiera á sus ojos derramar una lá
grima , ni exhalar un suspiro á su pecho oprimido ; tienen
á muy corta distancia un grupo de fieles, en los que nin
gun temor ni consideracion humana puede reprimir ya su
ardiente celo. Han vivido pobres é ignorados, porque es
humilde su cuna ; pero la historia perpetuará sus nombres,
grabados por los ángeles al pié del trono del Eterno.
Magdalena María, madre de Judas y de Jacobo, Alaría,
madre de los Zebedeos, y aquella otra María , hermana de
la madre del Mesías, están en el centro del grupo. Estra
viada por el dolor, rechaza Magdalena el recuerdo de los
milagros de Jesus , y la esperanza de que triunfará de sus
enemigos ; así que, postrada al pié de la cruz, solo piensa
en lanzar hondos suspiros. La madre de jacobo quiere con
solarla , pero ahogan los sollozos su voz cada vez que lo
intenta. La madre de los Zebedeos se tuerce los brazos, y
sin esperar ya nada de la misericordia divina, la acusa por
la lentitud con que cumple el decreto de su terrible ven
ganza.
El.jóven criminal que espia sus faltas al lado de Jesus ,
vé el dolor de los fieles ; apiádase de él con todo el ardor
de una alma que acaba de encontrar gracia ante su Dios ,
por haberse abierto á la fé y al arrepentimiento. Los in
mortales reunidos en torno del Gólgota, comparten los su
frimientos que desgarran á tantos nobles corazones , mien
tras que celebran al propio tiempo la conversion del peca
dor, y admiran la tierna piedad que hace olvidar á aquel
jóven sus propios dolores para iniciarse en los del Mesías.
Cede Abrahan á la necesidad de comunicar á sus amigos
las sensaciones que esperimenta ; así que , se vuelve hácia
Moisés, diciendo el padre de las doce tribus de Israel al
fundador del tabernáculo :
« ?Bastáranos, hijo mio , la eternidad para sondear las
maravillas que estamos presenciando? Sean ellas el único
objeto de nuestros cuidados ; séanos permitido apagar nues
tra sed en ese océano sin límites. Los dos vimos en otro tiem
po al Mediador en toda su gloria ; tú le viste en el monte
Horeb, dignándose presentárseme á mí en los sagrados bos
ques de Mambre. Allí era su voz melodiosa y dulce , todo
amor, todo misericordia ; es la misma voz con que acaba
Jesus de anunciar al companero de su suplicio, el perdon
del cielo. !Ah ! gracias te sean dadas á tí, que de este mo
do redimes á los pecadores : pueda mi himno de reconocí
sígueles de lejos Simon Pedro, pero no tarda en pararse
por haber visto á Lebeo que , de pié junto á un árbol muer
to, parece ser insensible á todo cuanto le rodea, y al que
dice con voz entrecortada :
Al menos, tú, querido Lebeo , has tenido la dicha de ver
lo en la cruz; tú, no obstante la profunda afliccion que te
abate, puedes levantar los ojos hácia él... Mientras que
yo, siento en mi corazon sufrimientos terribles que acaban
de acibarar y hacer mas insoportable el peso del remordi
miento... Concédeme una palabra, una mirada de piedad,
tú, que eras antes mi amigo... Vana esperanza; conti
núas eh el mismo silencio... »
Tan vivas eran las sensaciones de Lebeo, que ni fuerza
tenia para abrir los labios; mas elocuentes sus ojos derra
maban abundantes lágrimas de tierna piedad que no logra
ron calmar el dolor de Simon Pedro, para el cual no habia
sonado aun la hora del perdon celeste.
Así que, agitado por el remordimiento, se lanza en me
dio de la multitud que le arrastra hasta un grupo en el que
encuentra á su hermano Andrés. Aterrado á su vista, huye
Pedro precipitadamente , pero Andrés le sigue , y si bien
en un principio se vé rechazado , acaba al fin su hermano
por arrojarse en sus brazos, no con la viva satisfaccion que
poco antes caracterizaba al impetuoso discípulo , sino con
todo el abandono de la desesperacion. Apenas pueden sus
trémulos lábios articular estas palabras : « !Hermano mio! »
Abrázale Andrés con toda la efusion de su alma, diciendo
con voz entrecortada :
« ; Hermano querido !... Quisiera guardar silencio , pero
me es de todo punto imposible : sufre mi corazon mas do
lorosamente que el tuyo. ?Oué has hecho , querido herma
no mio ? ?Por qué negaste al mejor,de los hombres, al mas
perfecto de los amigos, al Hijo de ? »
Al hablar Andrés de este modo, velan sus ojos una dulce
tristeza y algunas lágrimas de fraternal carino. Por largo
rato permanecen en silencio los dos discípulos, uno en bra
zos de otro ; luego se levantan y siguen su camino dándose
la mano , sin osar mirarse siquiera, hasta que se separan
sin proferir ni una palabra.
Ávido de consuelos, y mas convencido que nunca de que
es imposible pueda haberlos para él, toma Simon Pedro un
sendero angosto y solitario. Apenas habia empezado á se
guirle, encuentra á dos hombres venerables, cuya compa
nía habria buscado con afan el dia anterior, y que habria
querido entonces poder evitar á todo trance ; pero es ya
tarde; ha sido conocido por uno de ellos, que le tiende la
mido diciéndole :
« Animoso discípulo de nuestro divino maestro , ?por
ventura has olvidado ya á José de Arimatea ? ?No conoces
ya á nuestro comun amigo, el noble Nicodemus? Tarnbien
nosotros somos discípulos del profeta ; si hasta ahora lo he
mos sido en secreto, resueltos estarnos ya á tomar este
nombre á la faz del universo. Seguido será por todos los
amigos de Jesus, el noble ejemplo que les dá Nicodemus.
!Alt, si hubieses oido con qué aliento ha defendido al maes
tro ante el sanedrín, mientras que yo , infeliz de mí, ni
fuerza tenia para abrir los lábios!...»
« Te exageras la falta cometida, interrumpe Nicodemus ;
?no has abandonado conmigo la asamblea de los sacerdo
tes? ?Podías hacer mas para declararte públicamente el
amigo, el discípulo de Jesus? »
José le sonríe dulcemente, y levanta sus ojos al cielo.
«Dios de Jesus, Dios de Abrahan , dice, oye mi ardiente
plegaria : Haz que despues de haberme mostrado tan débil,
halle la fuerza necesaria para desafiar los tormentos, á fin
>1 144
miento confundirse con los gritos de triunfo en que pror
rumpen los cielos. Moisés, mira cómo sonrie dulcemente á
la muerte aquel joven criminal , aquel pecador arrepentido,
que Jesus acaba de alentar con su ejemplo. La certeza de
la vida eterna ha hecho descender sobre él una calma be
néfica: yo te saludo, pecador convertido, hijo amado de
mi corazon. ! Ah ! tambien son mis hijos los asesinos del
Hijo del Eterno ; inaccesibles al arrepentimiento, se enor
gullecen de su crímen horrendo : su perversidad desgarra
ria ini pecho, si fuese aun mortal como ellos. ! Habito las
regiones de la paz y la dicha ; con todo, un pensamiento
cruel me persigue ; ojalá pase pronto y se pierda en los
abismos del mar del olvido ! Los verdugos del Mesías han
pronunciado la sentencia contra sí mismos, puesto que,
cuando el Romano se negaba á condenarle, han esclama
do : « Que muera, y caiga su sangre sobre nosotros y sobre
nuestros hijos. » ! En aquel mismo instante ha grabado la
espada del ángel esterrninador sus horribles palabras en la
pena que sostiene al trono del Eterno Ya veo á todos los
pueblos de la tierra , desde Oriente á Occidente, agrupar
se en torno de la cruz para adorar al Salvador. Les veo á
todos, escepto mis hijos, escepto mi raza. »
Despues de haber hablado Abrahan de este modo, Moi
sés le contesta :
« Padre de Israel y de todos los fieles que adoraban á Je
hová , mientras que el pueblo se postraba ante el becerro
de oro ; padre de David y de la mujer venturosa que dió
al Salvador esa vida mortal que santifica en este momento
por nuestra salvacion eterna ; padre del Hombre-Dios, es
cúchame. No ignoras lo que voy á decirte, pero siempre es
bueno repetir lo que es cierto. El que con una mano re
parte la misericordia y con otra la justicia, ha colocado
nuestro pueblo en el borde de una roca, que separa á la
gracia del castigo, porque ha querido probar á la especie
humana, que cada hijo del polvo era dueno de su eterni
dad. El que baje de la roca por la pendiente del mal, se
perderá á sí mismo, así como se perderán todos aquellos
que no escarmienten con su ejemplo ; y cuando mas allá
del sepulcro sean condenados á una muerte aun mas terri
ble, solo podrán quejarse de su propia ceguedad. »
Abrahan repone :
« Noble hijo mio, te he escuchado con reconocimiento,
pero séame dado esperar que encontrará gracia en su pre
sencia el pueblo que se dignó conducir á la tierra de Ca
naan, dándole por escolta sus nubes protectoras, y por guia
la mas brillante de sus llamas. Sí, ese pueblo volverá há
cia el divino Redentor que muere en la cruz por todos los
habitantes de la tierra ; sí, mis hijos volverán hácia el cor
dero que han inmolado, y que para ellos tambien , abre en
este instante las puertas celestiales de la vida eterna. »
Al terminar Abrahan estas últimas palabras, queda su
mido en una meditacion piadosa. Isaac le vé y le sonrie con
el dulce candor de la adolescencia ; porque para eternizar
la imágen profética del sacrificio espiatorio ofrecido á la
Divinidad irritada, dieron los cielos al alma del hijo amado
de Abrahan , una cubierta aérea que refleja todos los en
cantos de la infancia. Isaac se acerca lentamente al mas
grande de los patriarcas, y le dice :
«Leo en tus ojos, oh, padre mio, el amargo dolor que
sientes al ver que nuestros hijos sacrifican al Santísimo que
se inmola por ellos; pero piensa que el Juez eterno no les
olvidará en su misericordia infinita ; les arrancará al peca
do para conducirles á los piés de su Salvador, así como en
otro tiempo les hizo salir de Egipto para conducirles á la
tierra prometida. Esta dulce esperanza me consuela ; un
recuerdo sagrado eleva, engrandece mi alma : tú tambiert
debes tener presente en la memoria aquel santo recuerdo,
per no haber podido olvidar el instante supremo que su
bias la montana , en cuya cima estaba levantado el altar
del sacrificio... Tu hijo te seguia alegre y confiado : igno
raba ser la víctima que debias ofrecer al Senor... Pero ,
cuando me ví atado sobre el altar , cuando ví encenderse
la lena sagrada , cuando levantando mis ojos llenos de lá
grimas , percibí la cuchilla flamígera que tu brazo tenia le
vantada sobre mi cabeza... quede aquel instante terrible
sepultado en un silencio eterno : siglos de beatitud celeste
le han coronado... Isaac , tu hijo amado , fué el que el cie
lo destinó para dar á conocer en los primeros tiempos del
mundo, el sacrificio por el cual habia de ser redimida un
dia la especie humana. »
Arrojase luego Isaac en los brazos de su padre : ambos
se postran , y Abrahan dirige al Mesías estas piadosas pa
labras :
« Hijo del Eterno, última esperanza del pecador, ampa
ro de los fieles ; desde el «Ha en que naciste de una madre
mortal , he sentido en mi pecho todos los tormentos y to
dos los goces de la eternidad. Cuando débil nino llorabas
en el polvo , retumbó el mas espantoso de tus truenos al
través de los cielos. Envolviéndote mas cada vez en la hu
milde condicion del mortal , te hiciste incomprensible hasta
para los mismos ángeles que llegaron casi á desconocerte ,
y proseguiste tu carrera meditando sobre tu muerte. Hete
ahí llegado al término feliz, al término sagrado que te pro
pusiste desde la eternidad ; la creacion aun no existia, y tú
pedias ya á tu padre esa muerte sublime que redime todos
los pecados de lo pasado y de lo porvenir... Vemos tus su
frimientos y no nos atrevemos á compadecerte, porque eres
superior á la piedad ; sin embargo , el golpe terrible con
que la muerte te amenaza, nos alcanzará á todos ; antes de
herirte á tí, herirá á todo cuanto se mueve en lo infinito.
Apiádate, pues, de nosotros, para que no nos anonade
aquel golpe terrible ; apiádate sobre todo de los fieles que
gimen al pié de la cruz : sus sufrimientos son casi iguales á
los nuestros, apesar de detenerles aun en la tierra su mor
tal cubierta. »
Durante la oracion de Abrahan , se vá acercando al Gól
gota un grupo brillante y hermoso como una nube de la
manana dorada por los primeros rayos del sol : son las
almas que acaban de salir de sus cuerpos, sepultados en la
tierra ó devorados por las llamas de la hoguera, que lle
gan de todos los puntos del globo. Su vida ha sido tan ino
cente y pura, cuanto puede serlo lado un mortal, sobre el
que Dios no se ha dignado aun hacer descender un rayo de
su luz divina. Un querubin benévolo conduce á aquellos
nuevos inmortales, que no comprenden aun su alto desti
no, si bien le presienten, adorando en silencio al Creador
de todas las cosas. El querubin les arranca de su éxtasis
piadoso haciendo un gesto , y les dice :
« Dominad vuestra justa sorpresa, y meditad sobre lo que
estais presenciando : es el secreto de los cielos. Ningun hijo
de mujer podrá gozar de la beatitud celeste sin la interven
cion del que sufre y espira en este momento : su nombre
es Jesus. Al darle la luz una madre mortal , le hizo hijo de
la tierra ; sufrir , orar, ensenar y hacer bien para sufrir
mas despues , hé ahí su vida, que corona ahora muriendo
en la cruz. Si él no se hubiese ofrecido voluntariamente á
vuestro juez como víctima espiatoria , seria la muerte eter
na vuestro patrimonio, así como lo será de todos aquellos
que, oyendo predicar en lo sucesivo su santa ley, no la si
gan. Antes de daros la vida, sabia ya el Eterno el uso que
haríais de ella ; sabe así mismo que si las lecciones de Jesus
hubiesen llegado hasta vosotros!, las habriais seguido, por
lo que os recibirá en la plenitud de su misericordia. La pu
reza con que os presentais al Ser de los seres, la debeis al
Mesías, por haber lavado con su sangre preciosa todas
vuestras manchas ; postraos pues ante la cruz: el que en
este momento resucita la inocencia de la especie humana ,
Jesus , el hijo de Jehová y de una madre mortal, recibirá
vuestra accion de gracias. »
Terminadas las palabras del querubin , adoran las almas
á su Salvador, penetradas de amor y de reconocimiento.
Salen], el ángel de Juan, y Selith , que lo es de Maria, las
oyen con un placer á la vez triste y dulce.
« Ah , dice Salem á su celestial amigo, cuán grato es
contemplar la dicha de esas almas salvadas por la reden
cion ! Ya no hay para ellas dolor ni sufrimiento alguno ;
pero mira á la triste Maria y al infortunado Juan... Las an
gustias mas crueles desgarran el corazon de esos dos mode
los de virtud, en el que reinaba poco ha la paz del justo.
! Oh, Selith ! la espada de dolor que atraviesa el corazon
de la madre del Mesías , traspasa tambien la mia. »
A lo que contesta Selith :
«He visto sufrir á mas de un mortal virtuoso , sin que
ninguno de ellos haya sido tan digno de la piedad de los
ángeles, como esos dos ilustres infortunados, que sin em
bargo no me atrevo á compadecer, por no poder sin duda
mas que admirarles. El Eterno les ama y les enviará celes
tes consuelos... Mira, hermano mio, ó me engalla el deseo
de ver descender sobre ellos santos consuelos, á los ojos
del Mesías acaban de fijarse en los seres queridos que están
llorando á sus piés. »
El placer estremece el alma de Selith..En efecto , se in
clina el Hijo del hombre hacia su madre y el discípulo que
le sostiene en sus trémulos brazos : sienten ambos renacer
en su pecho la vida, á la sola idea de oir una vez mas el
sonido de aquella voz divina ; no tardando en realizarse su
dulce esperanza, puesto que casi al mismo tiempo llegan á
sus oidos estas palabras de Jesucristo :
« Madre mia , ese será vuestro hijo , y tú,, Juan, ahí tie
nes tu madre ! »
El reconocimiento y la dicha procuran á aquellos dos in
fortunados el consuelo de las lágrimas.
A.cada instante aumentar; mas y mas los sufrimientos
del Mesías ; ante aquel dolor inmenso que ninguna lengua
es capaz de esplicar,, enmudecen los cielos y tiembla la
tierra hasta en sus cimientos. Sin embargo, aquel misterio
so estremecimiento no ha hecho retemblar aun los valles
que circundan á Jerusalen ; pero la vista de la sangre que
corre en la cumbre del Gólgota, infunde á las almas un
vago presentimiento de la venganza y desgracia que anun
cian las encrespadas olas del océano de lo porvenir, al es
trellarse en las playas de lo presente.
La creciente agitacion de la tierra rompe al fin los antros
de los montes, en que Abbadona buscara un refugio al
huir del valle de Getsemaní. Asentado en el borde de una
inmensa pena, y sumergido en un estupor mudo, escucha.'
el rumor del torrente cuyas impetuosas ondas van á estre
llarse á sus piés para caer al fondo de los abismos, atrave
sar sus concavidades misteriosas, y precipitarse de nuevo
en otras profundidades mas insondables aun. De repente su
asiento de granito tiembla y se agita, y en torno suyo los
negros penascos oscilan, se hienden y derrumban. Sorpren
dido Abbadona al ver aquel luto tumultuoso de la natura
leza, dirige una mirada de piedad en torno suyo.
« ?Luego sufre tambien la tierra ? se dice. ?Acaso se
TOMO II.
desespera por haber dado supolvo á la especie humana , su
vida de un dia ? ?Cansase tal vez de ofrecer su áeno antes
tan casto y puro , á la obra repugnante de la descomposi
cion ? ?Se avergüenza al fin de no ser mas que una tumba
eterna , cuyas entranas hincha sin cesar la muerte con nue
vos huesos , mientras que el soplo primaveral de una vida
enganosa cubre su superficie con balsámicas flores? ?O bien
gime por el hombre divino que he visto sufrir en Getsema
ní, bajo la sombra de los olivos que envolvian las tinieblas
de la noche ? ?Qué habrá sido de aquel hombre ?... ?Qué
loco terror me ha hecho esconder aquí? ?Estoy por ven
tura en estas cavernas subterráneas, mas lejos de la mano
del Juez supremo, de lo que lo estaba en las rientes llanu
ras de la tierra? Siempre tiene aquella mano para mí el
mismo peso... ! Aun cuando pudiese huir mas allá de la
creacion , no me seria dado librarme de aquella mano ter
rible !... Sí, iré en busca de aquel á quien he visto sufrir
dolores que no resistiria ningun mortal ; quiero penetrar
este misterio... Rodéanle sin cesar celestes legiones, cuyo
aspecto me obligará á huir de nuevo ante aquel prodigio de
los cielos. El brillo de los ángeles me aterra ; ya no me es
permitido ornarme con él... ! Ornarme ! cuando basta una
chispa del rayo celeste para disipar aquel falso brillo... Sa
tán, no obstante, se ha ornado con él mas de una vez,
siendo mucho mas criminal que yo , puesto que si me re
vestia de una belleza que ha dejado de pertenecerme, al
menos no seria mi intencion culpable. . !Ah! huida deses
perado al ver á los ángeles que fueron antes mis hermanos...
Quédate pues, ya que pesa la maldicion sobre tí ; quédate
en tu miseria. »
Abismado Abbadona en estos tristes pensamientos, des
plega lentamente sus alas sombrías, y se eleva sobre los
oscilantes abismos ; pero retrocede al punto, al ver la tier
ra arrasada bajo el velo de la noche terrible que pesa sobre
ella.
« ?Habrá sonado ya la hora del último juicio ? esclama.
?Hemos llegado á la consumacion de los tiempos? ?Por qué
el brazo del Omnipotente ha caido con todo su peso sobre el
globo terrestre? ?AcaSo habrá abierto este globo una tum
ba para sepultar á aquel que tanto ha sufrido en mi pre
sencia , y lo pide el Eterno á sus verdugos?... Pero, ? era
aquella víctima mortal ?... Do quiera que dirija mi pensa
miento, solo encuentro grandes misterios.., imposible me
es vacilar por mas tiempo ; todo quiero verlo y oirlo. »
Parase al terminar estas palabras en la cumbre de un
monte elevado : su rápida mirada atraviesa las tinieblas y
busca la ciudad santa que descubre en lontananza, seme
jante á las ruinas que coronan nubes vaporosas. Al punto
recobra su audacia, y estremeciéndose de su temeridad, se
reviste Abbadona de la celestial belleza con que antes bri
llara, cuando era el mas jóven y hermoso, de los ángeles.
Bajo los bucles ondeantes de la cabellera de oro que cae
sobre sus hombros, arrancan suavemente dos largas alas de
azur ; coloran su rostro los dulces tintes que preceden al
alba ; con todo, es melancólica:su mirada, y brilla una lá
grima en sus párpados. De repente dirige su trémulo vuelo
hacia el punto mas oscuro del pais que descubre, acercán
dose cada vez mas al Gólgota, por haber hecho descender
el cielo sobre aquella colina la mas negra de sus noches.
Al pasar Abbadona sobre el mar Muerto, oye un confuso
tumulto, semejante al rugido de las olas y á los gritos de
desesperacion que lanzan los náufragos.
Cuando la tierra, irritada contra las ciudades criminales
que la abruman con su peso, condena al fin á la mas cul
pable de ellas ; cuando se entreabre para recibirla en su
19
>5 146 11
seno, desaparecen los templos y los palacios de mármol,
sale del fondo del abismo la voz amenazadora del trueno
subterráneo, y el estruendo de los edificios que se derrum
ban y los gritos de las víctimas que estos sepultan, hacen
huir estremecido de horror al viajero que iba á buscar en
sus llanuras un techo hospitalario. Así huye Abbadona de
las orillas del mar Muerto, no tardando en llegar junto al
círculo que forman los inmortales en torno del Gólgota.
Elolia lo vé , lo conoce y dice :
« ! Infortunado! viene á contemplar al Salvador en la
cruz, despues de haberle visto sufrir ya en el monte de las
Olivas... Los mas atroces remordimientos le persiguen :
?quién podria negarle la piedad? ?No será para él la eter
nidad mas que un inagotable manantial de amargas lágri
mas? Apenas ha podido conocer la dicha de los puros es
píritus , por haber seguido á su nacimiento muy de cerca
su caida. Juez eternb, cumplirás para el ángel caido, al ver
su arrepentimiento, el mas misericordioso, el mas incom
prensible de todos tus misterios. Cesen de admirarle los cie
los: ?no es el Mesías por ventura el creador de los inmor
tales, y no espira en la cruz por todos sus hijos? »
Y volviéndose hácia un serafin :
« Dirígete á los ángeles y á los patriarcas, le dice ; ad
viérteles la llegada del trémulo Abbadona , y que nadie le
rechace si se atreve á penetrar entre nosotros. El arrepen
timiento le guia; quiere ver al Redentor ; concédasele al
menos este triste consuelo, sobre todo cuando hay en der
redor de esta cruz pecadores mucho mas endurecidos que
Abbadona. »
Es á cada instante mas tímido el vuelo del ángel caido ;
roza la tierra, é iba ya á huir de ella, á no haber compren
dido que no podia ser mas que el Mesías, aquel á quien
rodeaba una legion de ángeles durante su suplicio. Esta
conviccion le aterra y le enagena á un mismo tiempo ; le
vantase de repente, y penetra con resolucion en el círculo
luminoso de los inmortales ; poco versado empero en el ar
te de fingir, procura en vano imitar la celestial sonrisa de
los ángeles de la luz : la espresion de sus facciones revela
claramente el remordimiento y los dolores que le agitan.
Poseidos de una santa piedad, los serafines vuelven los ojos
sin oponerse á su paso, cuando al llegar sobre el Gólgota ,
apercibe Abbadona á los tres crucificados, se cubre el ros
tro y dice :
« No, ni quiero ni debo verlos ; sus sufrimientos aumen
tarjan mas mi tormento, obligándome á huir... Desdicha
dos hijos de Adan , sois casi tan criminales cona° yo, puesto
que os veis obligados á dar muerte á vuestros hermanos,
ora sea para satisfacer vuestras odiosas pasiones, ora para
defender vuestra propia vida. De todos modos, no quiero
ver á esas pobres víctimas... Horrorosas ideas de muerte,
dejad de atormentarme ; solo busco al hombre divino que
protegen las legiones de los ángeles ; ?á dónde podré ha
llarle? Santas tinieblas le rodeaban en el valle en que lo
he visto sufrir, si bien esas mismas tinieblas envuelven hoy
la colina del suplicio, no creo pueda encontrarse en ella.
! Ah , si uno de esos ángeles se dignaba indicármele !... !Si
yo me atreviese á pedirles esta gracia !... Temerario, no
es aun para tí dicha sobrada el haberte introducido furtiva
mente en su santa asamblea ? Si llegaban á conocerme,
cuán pronto me rechazarian ; pero no me conocerán, por
absorverles enteramente sus sublimes meditaciones sobre el
hombre divino. Pero ?á dónde estará ese hombre divino?
?Habráse refugiado acaso en el santuario mas misterioso
del templo, á fin de que ningun mortal pueda ver el sudor
de sangre que inunda su rostro, causado por los tormentos
sobrehumanos que sufre?... Paréceme , no obstante , que
las miradas de los inmortales no se fijan en el templo ; pe
ro , ?puedo yo afirmarlo, cuando el remordimiento y la
vergüenza me obligan á tener constantemente la vista in
clinada ? ?Cómo podria yo atreverme á seguir la direccion
de sus miradas celestes y puras?... Con todo, he de atre
verme á ello ; sí , quiero contemplar esa lúgubre colina en
que los culpables de la tierra reciben el castigo de sus crí
menes : un secreto presentimiento me dice que es allí, don
de debe el hombre divino cumplir su mision misteriosa. »
Sebrado débil para cernerse por mas tiempo en los aires,
desciende al lado de Juan, cuyas miradas tenia pendientes
la cruz, en la que el Mesías espirante parecia pedir tan so
ló á la tierra una tumba en que descansar sus miembros
fracturados. Los ojos del ángel caido siguen la direccion de
los del discípulo amado ; y luego, estremecido Abbadona ,
se dice á sí mismo :
« No , no es él ; aquel que yo busco no puede morir...
Pero !ah! ?por qué persistir por mas tiempo en un error
tan funesto ?... Cielos irritados, al fin lo confieso : la vícti
ma celeste del Juez inexorable es la que he visto ya y que
tengo ahora ante mis ojos. Rendido me postro á sus piés ;
recostado en el polvo de la tierra y cubierto con las cenizas
de la muerte , quiero aguardar el desenlace del mas terri
ble de los misterios... ?Cuál es el sentimiento de que estoy
poseido? ?Es el del reposo que tranquiliza ? ?El del terror
que pasma? ?El de la esperanza que consuela ?... La espe
ranza del no ser, última que me resta... ! Oh! no me en
ganes , vaga esperanza ; parécerne que sin faltar puedo pe
dir al Eterno la gracia de que me anonade, gracia, que
nunca mejor que ahora podria concederme. O tú, que lees
en mi corazon , tú que premias y castigas, cuando habrá
dejado de sufrir el moribundo divino , inmolarás sin duda
á su sombra á algunos de los espíritus del mal que crearon
el pecado y que procuran incesantemente hacer caer á tus
hijos en él ; que sea Abbadona del número de los maldeci
dos que esterminarás sobre la tumba del justo... Cuando
habré cesado de existir, las llamas nocturnas de la conde
nacion dejarán de roerme; solo se dirá de mí : existió, pero
ya no existe... Los ángeles me olvidarán , todos los séres
creados me olvidarán tambien , ni aun el mismo Dios se
acordará de mí... ! Ya lo ves, Juez del universo, sumiso
inclino mi cabeza ante la mas terrible de tus sentencias ;
nada me importa que tu cólera me estinga en silencio ó me
anonade con el mas espantoso de tus rayos, con tal que me
borre de la creacion ! »
Así habla el ángel caido, y apartando sus ojos del polvo,
los levanta hácia el lívido rostro del Mesías ; el horror de
la nada se apodera con violencia del ángel caído, palide
ciendo cada vez mas y mas el falso brillo con que ha que
rido revestirse. Cree estremecido, que vá á desaparecer en
las sombras de la reprobacion , cuando apercibe á su her
mano , la parte mas bella de sí mismo, que brilla con el
mas puro resplandor de los ángeles. A su vista , reune el
serafin caido cuantas fuerzas le restan para conservar la
forma celeste que puede ocultarle aun á los ojos de su ami
go ; el vivo deseo de penetrar el secreto de los cielos, triun
fa en Abbadona de toda otra consideracion ; así que, con
el acento y el gesto rápido de un mensajero de Dios, en
cargado de recorrer los mundos sin poder pararse en nin
guno de ellos, dirige á Abdiel esta pregunta :
« Dime, ? cuál es el instante senalado para la muerte del
divino Mediador ? No puedo detenerme aquí, y quisiera
poder adorar aquel instante, cualquiera que sea el punto
de la creacion en que me encuentre. »
147 «2‹.
Abdiel le mira con una severidad mezclada de tristeza y
dolor, y sus lábios , agitados dulcemente por la piedad,
dejan escapar esta palabra : Abbadona !...
A cada sílaba del nombre que Satán le ha dado y que
acaba de pronunciar un habitante del cielo para mostrarle
que le ha conocido, se convierten los rayos con que antes
brillaba Abbadona en horrorosas sombras, así como se con
vierten en mortal palidez los rosados tintes que animaban
el rostro del bello adolescente que el rayo acaba de herir.
• Obligado á tomar otra vez las formas horribles de un
príncipe de los infiernos en presencia de los ángeles reuni
dos, huye al azar el despreciado Abbadona , hasta que,
rendido de vergüenza y de desesperacion , se deja caer en
medio de un grupo de palmeras ; al rumor de sucaida, sa
le de aquel bosquecillo el alma de un muerto que se habia
refugiado bajo la misma sombra : era aquella alma mas.ne
gra aun que el triste Abbadona. Obaddon , el ángel de la
muerte, la conduce y la empuja hácia la cruz. Sombría,
como las bóvedas sepulcrales de la tierra , trémula como el
viajero estraviado que vé estallar el rayo sobre su cabeza
mientras que se le abre la tierra bajo sus piés , huye aque
lla alma ante el ángel terrible, cuyo brazo está armado de
una espada flamígera. Al llegar en medio de una densa nu
be, blande Obaddon su arma amenazadora , y manda al
alma que se pare: -
« !Mira, desgraciado! Ahí está el pueblo de Betania ,
allí está Jerusalen , Jerusalen con el palacio de Caifás y la
humilde morada en que celebraste , junto con los demás
discípulos, la memoria de la muerte de tu maestro. Mira
tu cadáver abandonado entre los penascos de Getsemaní;
mira á tus piés , bajo la punta de mi espada, esas tres es
pantosas cruces... Jesus es el que muere en la mas alta de
ellas... Puedes temblar, pero no huir... Contempla esa san
gre que corre para redimir á la especie humana de la muer
te eterna, de esa muerte eterna que te espera... Partamos
ahora, ya que aflige tu presencia odiosa á los espíritus ce
lestes que circuyen este lugar sagrado. »
Al terminar estas palabras, arrastra Obaddon el alma de
Judas al través de los astros ; la inmensidad de la creacion
causa al mas pérfido de los traidores un terror espantoso ,
por hacerle presentir la omnipotencia del Juez universal ;
el esceso de su espanto le dá al fin la fuerza necesaria para
dirigir la palabra á su terrible guia.
« ! Ah, por piedad , le dice, anonádame con tu espada
de fuego, pero no me obligues á comparecer al pié del tro
no del Eterno ! »
A lo que contesta Obaddon con voz terrible :
«Silencio, miserable obedece y anda »
Y empujándole hácia adelante en lo infinito, le hace
atravesar con él las estrellas y los soles. Llegados junto al
último de aquellos astros brillantes, se para el ángel y en
sena á Judas los cielos en que mora el Eterno con todo el
esplendor de su gloria. En aquel momento en que el Me
sías está .sufriendo en la cruz, envuelven el santuario sa
gradas tinieblas ; ha sucedido un triste silencio á los himnos
de los elegidos ; y sin embargo, las inefables delicias de
aquella celestial morada, sobrepujan de mucho á todo cuan
to de mas sublime pudiera concebir la imaginacion humana
en sus piadosos éxtasis.
Obaddon se dirige nuevamente al réprobo •
« Póstrate, mira y desespera. En ese trono que rodea
una oscuridad sagrada, se digna á veces el Eterno mostrar
se á sus elegidos; y aquel que redime en este instante los
pecados del mundo , reunirá á los fieles en torno suyo en
el celeste otero que llamamos Sion. Los doce asientos que,
semejantes á goce soles , brillan en ese otero , están desti
nados desde la creacion del mundo para los doce discípulos
de Jesucristo ; de lo alto de ellos juzgarán un dia á todos
los hijos de la tierra. Tú tambien fuiste discípulo de Jesu
cristo... No te desesperes de este modo, no esperes ablan
darme; traidor, no lograrás que te anonade. Abarca con el
pensamiento cuanto encierran los cielos de gloria y de di
cha, y podrás formarte exacta idea de los tormentos eter
nos que te esperan. En vano apartas la vista de los lugares
que perdiste, inmóvil como el penasco que azotan sin cesar
las mugidoras olas, me aguardarás aquí ante el cielo abier
to, para recibir á las almas que han sido fieles á aquel que
tú vendiste. »
Luego el ángel de la muerte dá algunos pasos hácia el
santuario, y se postra ; despues vuelve al lado de Judas, y
con voz potente como el trueno le dice :
« Sígueme, réprobo ; quiero conducirte á tu última mo
rada. »
Y ambos se lanzan al empíreo : el vuelo de Obaddon es
rápido como el rayo ; en breve llega con Judas al abismo
de la condenacion. Sale del fondo de las tenebrosas bóve
das de aquel abismo un tumulto espantoso, procedente de
su desordenada rotacion en la órbita que le senaló el Eter
no. Tan pronto se para como vuelve á seguir su Movimien
to con furia ; así que, las llamas horrendas y las flechas
envenenadas que la muerte eterna afila, caen al azar sobre
los negros habitantes del infierno.
Al ver Judas el abismo terrible, forceja con desespera:
clon para romper los lazos que le sujetan; pero se lanza
Obaddon á los confines de los mundos, arrastra al traidor
y luego se deja caer con él sobre la entrada misma de la
Gehena. En vano intenta el réprobo huir nuevamente ,
puesto que obligado á encorvarse bajo la espada flamígera
del ángel esterrninador, no le queda mas recurso que diri
girse y llegar á las puertas del abismo : los serafines, á quie
nes' el Eterno ha confiado su custodia, conocen desde luego
á Obaddon y al alma maldita que conduce. Las puertas de
diamante rechinan sobre sus goznes y se abren ; las monta
nas de todos los mundos reunidos no bastarian á llenar la
boca humeante de aquel abismo inflamado, en la que se
para el ángel de la muerte.
No hay camino que conduzca á las profundidades del in
fierno; desde su entrada van rodando penascos gigantescos
que se chocan y derrumban entre las llamas que brotan
por do quiera y que les surcan y hienden sin destruirles.
El Terror está de pié en la cumbre mas alta de aquellos ar
dientes penascos ; el Terror que, pálido, mudo, erizado el
cabello, trastornada su cabeza por mil vértigos , y con los
ojos fijos y medio salientes de sus órbitas, mira en el fondo
de los abismos.
El ángel esterminador vuelve la cabeza, inclina su espa
da hácia el abismo, y esclama con voz de trueno :
« Judas iscariote, hé ahí la morada de los réprobos, que
será desde hoy tu morada. El Mesías muere en la cruz para
salvar á los pecadores de la muerte eterna que reina en es
tos lugares ; y sin embargo, ya lo ves, no es esa muerte el
sueno de la nada... »
Dice, arroja al réprobo á los infiernos, toma nuevamen
te su rápido vuelo, atraviesa el empíreo y se vuelve al Gól
gota, para .aguardar allí nuevas órdenes de la divinidad
irritada.
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41 La campana.
por Seb.
« El molde de arcilla está empotrado en el suelo; hoy de
be nacer la campana ; ánimo companeros, preparaos todos.
Para que la obra honre al obrero , es preciso que corra el
sudor por nuestras abrasadas frentes; pero sobre todo es ne
cesaria la bendicion que viene de lo alto. »
Mezclemos las conversaciones graves con el serio trabajo
qUe estamos preparando ; cuando le acompanan prudentes
palabras, el trabajo es mucho menospenoso. Consideremos
lo que nuestra débil fuerza es capaz de crear : el hombre
estúpido que no sabe meditar sobre la importancia de su
obra, es digno de desprecio. Comprender íntimamente lo
que su mano crea, es lo que mas ennoblece al hombre, que
no por otro objeto le fué dada la luz de su entendimiento.
« Tomad madera de abeto, pero sobre todo que sea muy
seca , á fin de que la llama brote vivísima y entre con vio
lencia en el tubo conductor. Cuando hierva el cobre, al
punto mezcladlo con el estrano , á fin de que salga perfecta
y regular la aleacion. »
Esta campana, cine con el ausilio del fuego nuestras ma
nos habrán fundido en el seno de la tierra, llevará un alto
testimonio de nuestra existencia en el elevado campanario.
Su duracion será muy larga ; sus sonidos vibrarán en mu
chos oidos , lamentaráse con los que sufren y rogará con el
coro de los fieles. Todo cuanto el mudable destino llevará
acá en el suelo á los hijos de los hombres, ascenderá hasta
la corona metálica, que lo anunciará religiosamente á largas
distancias.
« Blancas ampollas empiezan á brotar en la superficie;
está bien, esto nos anuncia que la masa empieza á licuar
se. Dejémos qué se penetre de la sal alcalina que facilita la
fusion. Es preciso que la mezcla quede bien depurada, á fin
de que la voz de metal resuene pura y sonora. »
Porque es la campana la que saluda con acento de júbilo
al hijo amado , cuando sale por primera vez de la casa pa
terna sumido en el sueno de la inocencia. Su destino som
brio á halagüeno, reposa todavía para el infante en el seno
de lo porvenir. La ternura de la madre es la única que vela
en la dorada aurora de su vida. Pero pronto los anos desa
parecen como una exhalacion ; el jóven se separa orgullosa
mente de la companera de su infancia , lánzase impetuosa
mente al sendero de la vida, recorre el mundo con el ca
yado del peregrino para regresar mas tarde , como un es
trano , á la casa paterna. Y .hermosa , con todo el brillo de
la juventud , verdadera creacion del cielo , se presenta an
te él la jóven vírgen con las mejillas sonrosadas por el pu
dor. Un deseo sin nombre, se apodera entonces del corazon
del jóven ; en sus solitarios paseos, las lágrimas brotan de sus
ojos ; huye de las tumultuosas reuniones de sus hermanos;
sigue, sonrojándose, los pasos de su amiga ; una de sus son
risas le colma de felicidad, y en los prados busca las mas her
mosas flores para ofrecérselas á la jóven por quien vive. !Oh
tiernas lágrimas y dulce esperanza del venturoso tiempo del
primer amor 1 Por do quiera se vé el cielo entreabierto, y
el corazon se embriaga de felicidad. !Oh , por qué han de
pasar tan pronto estos hermosos días del primer amor !
« Los tubos empiezan á enrojecerse; sumerjamos esta va
rilla en la fusion si sale vitrificada, será tiempo de fundir.
Vivos voco , rnortuos plango, fulgura frango.
Ea, companeros , cada uno en su puesto.; probad la mez
cla; ved si el metal duro se ha aleado bien con el metal
blando , en senal de buen éxito. »
Porque de la union de lo severo con lo tierno , de la
alianza de la fuerza con la dulzura, resulta un concierto ar
monioso , y lié aquí porque los que se unen para siempre,
examinan y miran antes si el corazon responde al corazon.
! Las ilusiones son de corta duracion y el arrepentimiento es
eterno! La corona virginal cine graciosamente los rizos de la
desposada, cuando el sonido de la campana llama á los fie
les á las pompas nupciales. Como la risuena primavera,
pronto termina la mas hermosa fiesta de la vida. Cae la ilu
sion con el velo de la vírgen ; á la pasion que huye, le reem
plaza la amistad; la flor se marchita y el fruto madura. Pre
ciso le es al hombre lanzarse al sendero de la vida sembrada
de escollos; es condicion de su existencia tener que pensar,
obrar, crear, sembrar, ganar y atesorar por medio del in
genio, 'la fuerza, la audacia ó la astucia; á toda costa es
preciso alcanzar la felicidad. Entonces acuden los bienes en
tropel; sus almacenes se llenan de preciosas riquezas, dilá
tanse sus campos y su casa se engrandece. Y en el interiór
gobierna la mujer modesta , la madre de sus hijos , quien
dirige prudentemente la familia , instruye á las jóvenes,
reprende á los ninos ; con sus activas manos, llena de teso
ros sus olorosos armarios , hace dar vueltas al hilo en torno
del huso guarda en cofres tan aseados como pulidos, la lus
trosa lana y el lino de un blanco de nieve; aumenta la ha
cienda con su espíritu de órden, anade por do quiera el lus
tre á la riqueza , y para su cumplido logro jamás descansa.
Entretanto el padre desde la elevada torrecilla de su mo
rada, cuenta con ojos gozosos los bienes que florecen en
torno suyo ; contempla sus oteros , sus granjas llenas , sus
graneros atestados de mieses, las ondulaciones de sus férti
les y dilatados campos, y estas palabras llenas de un noble
orgullo, se escapan de sus labios:—El esplendor de mi casa,
sólida como los cimientos de la tierra , puede hacer frente
á las injurias de los malos tiempos. Pero .no hay' que des
cuidarse , porque no hay pacto eterno con la dicha; la des
gracia llega pronto y cuando uno menos lo imagina !
« ! Ea muchachos ! ya puede empezar la fundicion ; todo
se halla en su puesto ; pero antes de dar comienzo á ella,
imploremos.una vez mas el favor divino. ! Abrid los conduc
tos, y que Dios proteja la casa I !Ved como las olas mean
decentes se precipitan humeando al fondo del anchuroso
molde ! »
El poderío del fuego es bienhechor, cuando el hombre lo
domina y dirige, y cuanto crea y produce, lo debe á esta
divina fuerza; pero esta misma fuerza se trueca un terrible
azote , cuando rompe sus cadenas, cuando , hija libre de la
naturaleza, corre con independencia. Inmensos son los ma
les que causa , cuando abandonada á sí misma y creciendo
sin obstáculo, se lanza espantosa á través de las populosas
calles , porque los elementos detestan las creaciones huma
nas. Del seno de la nube desciende la prosperidad , descien
de la lluvia ; pero tambien del seno de la nube desciende el
rayo. ?Oís los tristes y precipitados sonidos que parten de lo
alto del campanario? Es la voz del rebato. Un siniestro res
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dandor ahuyenta las 'sombras de la noche y difunde la
onsternacion por la ciudad ; crecen el humo y el tumulto, la
columna de fuego, como una horrible serpiente, se lanza sil
vando y cruza veloz las anchas calles impelida por el vien
to; el aire es abrasador como la gola de un horno , crujen
las grandes vigas , caen los maderos largos y gruesos , rá
janse las ventanaS., lloran los ninos , corren las madres,
ahilar] los animales bajo los escombros; todos huyen, cor
ren y gritan , la noche brilla como el dia , el cubo vuela de
mano en mano en la cadena que se forma, las bombas es
parcen el agua á grandes distancias; pero sobreviene el
aguilon rugiendo , acreciéntase la llama , alcanza los depó
sitos de lena , penetra en los graneros, consume los almea
res y furiosa y en espantoso torbellino, como si en su fuga
quisiera llevar consigo todo el peso de la tierra , se lanza
en el espacio grande y gigantesco. Perdida la esperanza, el
hombre retrocede ante la fuerza divina; impotente y domi
nado por el estupor, vé perecer el fruto de su largo trabajo.
Algunas horas despues todo queda consumido, todo
vacío; el viento silva por entre los techos desfondados, en
los alfeizares de las derruidas ventanas se sienta el espanto,
y las nubes del cielo contemplan silenciosas aquellos escom
bros. Todavía el hombre dirige una triste mirada sobre la
tumba de su fortuna , y se aleja suspirando apoyado en el
baston del viajero. Aunque el fuego le ha arrebatado todos
sus bienes, le queda un dulce consuelo : cuenta los seres
que mas ama y !oh felicidad ! vé que todos se han salvado.
« La tierra ha recibido la aleacion ; afortunadamente el
molde se ha llenado ; pero ? saldrá hermosa la campana?
? Recompensará nuestro trabajo y nuestro saber? ! Si la fun
didor) hubiese tenido mal éxito ó el molde se hubiere roto!
Ay t mientras nos mecemos en la esperanza, quizás el mal
ya está hecho ! »
Confiamos el fruto de nuestras fatigas al profundo seno
de la tierra; tanibien el labrador le confia sus granos, y es
pera que germinarán por su bien, conforme la voluntad de
Dios. Mas preciosas aun son las semillas que nosotros de
positamos en el seno de la tierra y confiarnos que , al salir
de los sepulcros, florecerán para un mejor destino, De .lo
alto del campanario la campana deja escapar algunos tristes
y ahogados sonidos: es el toque de los finados; sus lúgubres
vibraciones acompanan á un viajero en su último camino.
! Ay ! es la esposa querida; es la madre fiel que la implaca
ble muerte arrebata de los brazos de su esposo, á sus tier
nos y hermosos hijos que con tanto carino amamantó, que
con tanto amor vió crecer á su lado. ! Ay 1 aquellos dulces
lazos se han roto para siempre ;porque la que fué la madre
de la familia, mora ahora en la region de las sombras, falta
su fiel direccion , su solicitud ya no vela, y en adelante la
estrangerá gobernará sin amor la cuna del triste huérfano.
« Mientras que se enfria la campana , descansemos de
nuestro trabajo y cada cual busque , como las aves entre.
las ramas, el sitio que mas le plazca. Cuando los astros de
la noche empiezan á brillar en el firmamento , libre de cui
dados y deberes, el artesano oye con placer dar la hora del
reposo, que el amo no lo conoce jamás. »
El paseante se aleja de las desiertas selvas y apresura go
zoso el paso para llegar mas pronto á su morada ; las ove
jas balando y el rebano de bueyes de frente ancha y lus
trosa , vuelven mugiendo á sus establos ; la última carreta
entra lentamente cargada de mieses, y la turba de segado
res que la rodea, se entrega durante algunos instantes á
los placeres de la danza. Pero no tardan las calles y plazas
en quedar desiertas , los habitantes de la casa se reunen en
torno del hogar, y la puerta de la poblado!) se cierra re
chirlando sobre sus enmohecidos goznes. Densas sombras
cubren la tierra ; pero aunque durante la noche vela el
malvado , no por esto se inquieta el tranquilo ciudadano,
porque sabe que el ojo de la justicia no se cierra jamás.
! Orden santo , hijo predilecto del cielo ; á tí es debida la
libre , tranquila y grata union de todo lo parecido ; tú fun
daste las ciudades , hiciste salir el salvaje de los bosques , v
penetrando en la morada de los hombres, les ensenaste las
dulces costumbres ; tú , en fin , formaste el lazo mas pode
roso del hombre„ á tí es debido el amor á la patria! Mil
manos activas se agitan , se ayudan con placer recíproca
mente , y todas sus fuerzas se desplegan en un concierto
nunca interrumpido ; el amo y el obrero trabajan bajo la
proteccion sagrada de la ley ; cada uno está contento en el
lugar que ocupa , sin tener á menbs su destino , porque el
trabajo es el mejor ornamento del ciudadano , y la recom
pensa de la fatiga ; si la dignidad real honra al soberano,
la obra de nuestras manos nos honra á nosotros.
Amable paz , dulce consorcio, reinad siempre en torno
de nuestras familias. No brille nunca aquel dia en que las
hordas guerreras se desencadenan y turban el reposo de los
apacibles valles , en que la purísima luz que proyectan so
bre el tranquilo suelo los lejanos astros, queda eclipsada
por la del horrible incendio de las villas y ciudades.
« Ahora romped el molde que ya ha llenado su objeto,
y que nuestros ojos y nuestro corazon se gocen al aspecto
de la obra bien acabada. No solteis los martillos hasta que
se desprenda toda la cubierta ; para que podamos contem
plar la campana, es preciso que desaparezca el molde. »
El maestro sabe á propósito y con mano esperta, romper
el molde ; pero si desgraciadamente faltan estas condicio
nes, si el bronce y sus abrasadoras corrientes se abren paso
por sí mismas , entonces , furiosas y con el estampido del
trueno, hacen saltar su cubierta , y parecida á la gola del
infierno , vomita el fuego devorador. Donde impera la.fuer
za bruta , es imposible que nada bueno se produzca ; cuan
do los pueblos se entregan á los desórdenes tumultuosos ,
la prosperidad huye de ellos. ! Desgraciada la ciudad en
cuyo seno arde la tea revolucionaria ! ! Desgraciado el pue
blo , que rompiendo los lazos que le sujetaban , quiere go
bernarse á su antojo 1 Entonas la revuelta se cuelga de la
campana que resuena horriblemente , y este instrumento
dé paz , se trueca en nuncio de violencia y esterminio. Por
do quiera se oyen los gritos de libertad é igualdad ; el apa
cible ciudadano empuna sus armas; las calles y plazas se
llenan de un inmenso gentío ; bandas de asesinos recorren
la poblacion ; las mujeres se trasforman en hienas y se mez
clan en todos los horrores ; con sus dientes de pantera des
pedazan el corazon todavía palpitante de sus enemigos ;
nada existe sagrado, rómpense todos los lazos del pudor,
el bueno cede el lugar al malvado , y todos los vicios mar
chan con la frente erguida. Peligroso es despertar al !con ;
el diente del tigre es terrible ; pero el mas horrible de los
horrores .es el hombre en su delirio. ! Desgraciados de los
que prestan á ese eterno ciego, la antorcha de la luz desti
nada á alumbrar ! En sus agitadas manos puede reducir á
cenizas las villas y ciudades.
« Bendigamos á Dios por el júbilo que sienten nuestros
corazones. Mirad, parecida á una estrella de oro,'desprén
dese el alma metálica del molde tersa y luciente ; de arriba
abajo , resplandece el metal como la luz del sol. Los finos
relieves y labores de los escudos resaltan admirablemente',
dando una muestra del talento del oln ero. Venid , acudid
todos , companeros; formemos un círculo y bauticemos la
campana ; llamémosla Concordia, y que nunca convoque
al pueblo sino para la paz ; que siempre reuna á los hom
bres para un sincero acuerdo. »
Que este sea el, objeto porque ha sido creada ; que en
cumbrada muy lejos de la humilde via terrestre, bajo la
bóveda azulada de los cielos, se cierna vecina á las regio
nes del trueno, tocando al mundo de las estrellas. Que sea
una voz descendida de lo alto, como el coro brillante de
los astros, que en su marcha canta las alabanzas del Crea
dor, y conduce y dirige el curso del ano coronado de flo
res; que su boca de bronce se consagre esclusivanaente al
anuncio de las cosas graves y eternas, y que en cada hora
el tiempo la toque volando con sus rápidas alas ; que in
flexible y sin compasion , preste su voz al destino, acom
pane la variable corriente de la vida, y nos diga que nada
dura, que todas las cosas terrestres se desvanecen corno el
sonido que parte de ella para ir á estinguirse en los oidos
humanos.
«Y ahora, tirando todos de la cuerda, haced salir la cam
pana del hoyo, y elevadla en el aire , en este imperio del
sonido. Y luego que esté colocada en su asiento, echadla al
vuelo para que difunda la alegría por nuestra ciudad , para
que sus primeros sonidos sean nuncios de paz y de con
tento. »
Federico Barbaroja.
por Ruckert.
El rocío esparce sus brillantes perlas por el prado, y el
sauce , cuyas humilladas ramas caen sobre el arroyo, se
endereza al influjo de los primeros rayos de la aurora.
Mientras impera la noche deja caer su verde plumaje, pero
ahora lo levanta lleno de deseo y de esperanza.
Durante mucho tiempo , el sauce ha desafiado la tempes
tad ; siempre ha vuelto á reverdecer, aunque muchas ve
ces ha sido mutilado. Su tronco se ha entreabierto y for
mado miembros separados, y cada rama se.ha revestido de
una corteza propia. Y todas estas ramas se han alejado ca
da vez mas unas de otras, y el que las vé juraria que jamás
han pertenecido al mismo tronco. Pero cuando la tormen
ta se agita sobre sus cabezas , se inclinan murmurando las
unas hacia las otras, y se saludan como hermanas. Y for
man un abrigo á su tronco vacío, que le preservan de la
tempestad, y bajo el cual los pájaros cantores vuelan gozo
, sos á refugiarse.
Cerca de este sauce, que en ninguna primavera se olvi
da de reverdecer, imágen de mi patria, tan profundamen
te dividida, pero que un lazo vital sostiene todavía podero
samente , el anciano Barbaroja , el emperador Federico,
se halla retenido por un encanto, en un palacio subterrá
neo. Jamás murió ; solo entró en ese palacio para descan
sar. Llevóse consigo la gloria del imperio, y volverá con
ella cuando habrán llegado los tiempos.
El asiento del emperador es de marfil ; la mesa en que
apoya la cabeza es de mármol. Su barba no es blanca, sino
de color de fuego, .y ha atravesado la mesa donde descan
sa. Su cabeza bambolea como en un sueno, y sus ojos están
entreabiertos. A largos intervalos hace sena á un paje, y le
dice durmiendo : —« Enano , sal fuera del palacio y mira
si los cuervos revolotean todavía alrededor de la montana ;
porque si esos viejos mensajeros de la muerte , no han po
sado aun su vuelo, me será preciso dormir todavía otros
cien anos. »
La azucena del valle.
por 1 p. 1. Richter.
Blanca campanita con badajo amarillo ?porqué ruborosa
inclinas tu alba frente? ?Seria por vergüenza, Porque, in
colora y pálida como la nieve, despuntas por encima de la
verdosa alfombra de la tierra , mas pronto que los altivos y
pintados tulipanes ó las frescas y espléndidas rosas? ? O in
clinas acaso tu puro cáliz ante el omnipotente cielo que fe
cunda una vez mas la tierra despues del prolongado reposo
del invierno ? ? Te amedrenta tal vez el turbulento mayo ,
qiiieres acaso derramar tu gota de rocío, como una lágri
ma de gozo á la tierra que se remoza y cubre de pompo
sas galas?
Tierna y pura florecilla, encanto del valle, levanta el
corazon 1 Yo te cubriré con mis miradas de amor, yo te
.ocultaré con mis lágrimas de placer. !Oh tú, amable y pri
mera flor de la risuena primavera, levanta el corazon al
acento de tu admirador !
El torrente del monte.
por 1. L.beZioiberg.
Siempre joven é inmortal. Su cuna son los profundos y
elevados antros del monte. Ningun ojo humano pudo pene
trar jamás los secretos de su nacimiento; ningun oido pudo
oir balbucear nunca los primeros acentos de ese noble hijo
de la montana en el torbellino de su ignoto orígen.
! Cuán hermoso eres con tu cabellera de olas plateadas
Descripció
| Puntuació | |
| Títol | Abeja, La. No. 2 (1 enero 1863), p. 113-150 |
| Descripció | Informació addicional del títol: revista científica y literaria ilustrada, principalmente extractada de los buenos escritores alemanes por una sociedad literaria |
| Títol addicional | Revista científica y literaria ilustrada, principalmente extractada de los buenos escritores alemanes por una sociedad literaria |
| Editor | Biblioteca de Catalunya |
| Data de publicació | 2008 |
| Data del document original | 1863 |
| Tipus de recurs | Text |
| Format | |
| Font | Publicació original: Barcelona : Librería de D. Juan Oliveres, [1862-1870], No. 1 (1 enero 1862)-No. 3 (1 enero 1964) |
| Llengua | spa |
| Relació | http://cataleg.bnc.cat/record=b1056597~S10*cat |
| Gestió de drets | Còpia permesa amb finalitat d'estudi o recerca, citant la font "Ateneu Barcelonès". Per a qualsevol altre ús cal demanar autorització |
| Resolució | 150 ppp |
| Compressió | JPEG, compressió baixa |
| Definició | 8 bits |
| Història de canvis | Imatge original TIFF, sense compressió, a 300ppp |
Descripció de la pàgina
| Títol | 04_No. 2 (1 enero 1863), p. 139-150 |
| Transcript | >5 139 I( habian producido. Los grandes honores que gozaba Gime nez en la corte, y de los que era tan digno , ni le engreian ni deslumbraban, y solo le servian de estímulo para mantener su actividad. Su amor por el órden y justicia , por la grandeza y caridad , era el impulso de su alma gran de ; la prudencia y perseverancia eran los resortes que da ban efecto á sus obras, edificando, dotando, restableciendo cuando podia contribuir al bien del Estado, á la religion y á las ciencias. Fundada y dotada por él la universidad de Alcalá de He nares , nombró para sus cátedras á los hombres mas hábiles de Europa, y escogió de entre ellos los mas idóneos para efectuar una empresa, cuya idea habia concebido desde su juventud , y á cuyo flir 'labia dirigido sus estudios ; tal fué la Biblia políglota, esto es, la Biblia escrita en muchas len guas, como hebreo, caldeo, sirio, griego, latin y otros idiomas ; el libro de mayor mérito en su especie publicado hasta entonces, y que ha servido despues de tipo y modelo para todas las biblias políglotas publicadas en los siglos si guientes. Así mismo arregló é hizo imprimir el antiguo ritual de las iglesias de Espana, conocido por el nombre de mozá rabe, que eran los ritos llamados así, por haber sido usados en los primeros siglos de la Iglesia , y conservados por los cristianos que hablan permanecido bajo el dominio de los árabes; y para que manuscritos tan antiguos no se perdie sen, los mandó imprimir y repartir ejemplares en las mas frecuentadas bibliotecas de. Europa. Conquistado el reino de Granada, mantuvieron los reyes Católicos en la nueva capital una corte muy numerosa, por consejo del cardenal Gimenez, porque no habiéndose hecho la conversion de aquellos moros , pudiera peligrar la tran quilidad pública bajo un solo gobernador, y cuando cambió de asiento la corte, tomó á su cargo el cardenal la conversion de aquellos nuevos súbditos. El espíritu imperioso y deci dido de Gimenez , no libre de la intolerancia del siglo, le sugirió una medida, como golpe decisivo, para desterrar el mahometismo, lo que puso en consternacion el territorio conquistado ; el golpe fué quemar públicamente todos los ejemplares del Alcoran que pudo obtener por grado ó por fuerza. Provocó aquella medida una sublevacion de los mo ros, y para apaciguarla, pidió al rey un perdon general para todos los rebeldes que abrazasen la religion cristiana. Esto muestra que el cardenal Gimenez era superior, no á su siglo, sino solamente á los hombres de su siglo. Si aquella hoguera pública hubiera causado solamente la des truccion de algunos ejemplares del Alcoran , fuera de escasa importancia ; pero el dano que causó en ultramar fué muy lamentable, porque sirvió de ejemplo á los primeros misio neros en Méjico, para quemar todos los escritos, geroglífi, cos é historias en lengua mejicana , que pudieron hallar, y cuya pérdida es causa de no poder entenderse los cuatro ó cinco volúmenes de aquellos geroglíficos conservados ahora en Europa. A la muerte de la reina Isabel; en 1501, lejos de dismi nuir el crédito del cardenal , quedó mas consolidado, por la preponderancia que habia adquirido como árbitro entre el rey Fernando y el archiduque Felipe, marido de la in fanta dona Juana, que habia heredado la corona de Casti lla; pero la muerte de Felipe, acaecida poco despues, de jando á sus hijos tiernos infantes, produjo obstáculos al ministerio del cardenal, que solo su talento estraordinario pudo superar. El emperador Maximiliano y el rey Fernan do, abuelos ambos del jóven Carlos de Austria, pretendian cada cual un derecho igual á la regencia de Castilla. Fer nando no era querido de la nobleza castellana, porque habia sostenido con firmeza el poder de su esposa Isabel contra los grandes de Castilla , y por esto , así corno por haberse ca sado segunda vez, y privar en caso de tener hijo varon , á su hija dona Juana del reino de Aragon , se declararon por Maximiliano. Gimenez , que no podia tolerar la idea de una dominacion estrangera , aunque nunca habia sido favoreci do por el rey'de Aragon , se decidió abiertamente por él, y por su influjo sobre el clero y el pueblo, triunfó de los nobles, haciendo reconocer á Fernando como regente del infante y como gobernador de Castilla , aunque á la sazon se hallaba el rey en Nápoles. En este caso fué cuando res plandeció mas la habilidad política del cardenal. -Ninguna nacion tenia en aquel tiempo ejército permanente ó del go bierno, y cuando se necesitaban tropas , las suplian los se nores con sus súbditos, en virtud del derecho feudal. El génio de Gimenez, fértil en recursos, le sugirió el dar á todos los pueblos el derecho de levantar tropas para man tener su libertad , y de este modo tan sencillo como eficaz, armó la nacion , con títulos de comuneros, á despecho de los nobles, que tuvieron que ceder al superior talento del ministro. Vuelto Fernando á Espana y encargado del gobierno de Castilla, se aplicó el cardenal á una grande empresa que habia antes concebido ; esta fué la conquista de Oran en Africa. Fernando no aprobaba el proyecto, pero el carde nal hacia la espedicion á su costa , y con tropas que le se guian voluntariamente., por lo que el rey juzgó no debia oponerse al plan del arzobispo. La Europa vió entonces un ejército respetable , reunido, pagado, mantenido y manda do por el súbdito de un monarca, ó como le llamaban sus émulos , por un fraile de setenta anos. Es verdad que ha bla escogido para dirigir las acciones de guerra á un gran caudillo, el famoso Pedro Navarro ; pero este orgulloso ge neral no podia sufrir verse sujeto en todo, y dependiente de la autoridad de un eclesiástico ; y Navarro, así como Leiva, se hablan mostrado no poco indiferentes á las miras de aquel grande hombre. Esta repugnancia , y el saber que el rey no aprobaba la espedicion , le indujo á tramar mu chas intrigas para frustrar el proyecto , hasta consentir que la tropa se amotinase al tiempo del embarque. Sin inmu tarse el cardenal, hizo conducir á bordo de los barcos la caja militar, todo el dinero destinado á pagar los sueldos, y sin mas reconvencion , bastó esto para que todos los sol dados marchasen de su propia voluntad á embarcarse. Efectuado el desembarco en Africa , mandó el cardenal ata car inmediatamente la plaza , y su firmeza fué sin duda causa de la victoria ; porque Navarro, aunque el mas so berbio é intratable general de su siglo , se vió obligado á someterse y ejecutar la órden absoluta de un anciano que le era superior. La plaza fué tornada con pérdida de toda la guarnicion, y el cardenal volvió á Espana , donde fu('' recibido con aplauso, haciendo sr.' entrada en triunfo por las calles de Alcalá con los esclavos hechos, y precedido del tesoro recogido, al estilo de los romanos. El rey de Aragon , Fernando, murió en 1J16, dejando en su testamento nombrado al cardenal Gimenez corno re gente de los reinos de Castilla y Aragon , durante la ausen cia de su nieto y heredero Carlos, que á este tiempo tenia diez y seis anos. Los grandes de Espana no aprobaron este nombramiento ; desdenosos, no solo' de rendir sumision á una persona inferior á ellos en nacimiento , mas á un atre vido ministro que los habia quitado las donaciones y privi legios que sus abuelos habian obtenido de los reyes ante riores, de modo que solo la necesidad los sometia á obedecer al talento superior. Luego que el cardenal regente tomó posesion de su nuevo destino , fué á su casa una diputacion compuesta de los nobles mas distinguidos , á preguntarle arrogantemente en virtud de qué poderes lyabia tomado la regencia de Espana ; el cardenal , con su acostumbrada se renidad, hizo senas á la diputacion que le siguiese, y acom panándola á un gran balcon , le mostró la numerosa guardia que habia mandado poner sobre las armas, y estendiendo el brazo hácia el campo marcial , les dijo : « En virtud de ese poder, gobierno yo y he de gobernar á Espana , hasta 140 que el príncipe Cárlos venga y reciba el reino cuya regen cia me han confiado. ».Y haciendo una sena con el panue lo, hizo una descarga la artillería, que puso en consterna cion á los nobles , mientras que el cardenal les dijo: « Itec est ultima ratio regum, » y luego se retiró la diputacion. Los enemigos de la inquisicion , mas bien que del carde nal Gimenez, le acusan de que durante los once anos en que fué inquisidor general , fueron condenadas mas de cin cuenta mil personas ; pero los mismos que alegan esto, con 1111 1111 HHlJIllhlIIII!r ,1111,1 1J II 11 ,1,.—1" J'111 it irI !y—. -- ----111Williblilii 11 111111,-,1 1 l'lII lI 1 ,1 1 / 0/747AV,,IPZ. —1,11 Lii _11 1 1,11.11 1 1 W111111111 II 1111t 11111111 111 1111111111 itilinivinunlimba plowi W11111111111111' MI111111 111111} 111 _ Casa *del Cardenal Gimenez de Cisneros en Madrid. fiesan, que el cardenal Mendoza, por consejo de su vicario general y consejero Gimenez, se habia opuesto al estable cimiento de aquel tribunal ; prueba de que Gimenez, cuan do inquisidor, no pudo resistir los abusos de aquel siglo, encubiertos con la religion. En la biblioteca de S. Isidro, en Madrid , se conserva un manuscrito del cardenal Gime nez, titulado « Gobierno de Príncipes», y dedicado á Carlos de Austria , Cárlos I en Espana, en el que muestra los abusos de la inquisicion,lr particularmente las formas se cretas de sus procedimientos, proponiendo reformas muy sá bias. El cardenal habia llegado ya á cerca de sus ochenta anos, y aunque muy enfermo , continuaba en la administracion de la regencia , con el colega Adriano , obispo de Utrecht y preceptor que habia sido del príncipe Cárlos ; pero oponién dose siempre con firmeza á la ambicion de los cortesanos flamencos, lo que produjo al fin su desgracia, si puede ser desgracia el último paso de un grande hombre. Todos los hechos de su administracion hablan sido dirigidos al bien de su nacion y al interés del rey en su minoría ; pero sedu cido el príncipe, cuando declarado ya mayor de edad y que podia mandar, escribió una carta al anciano patriota car denal , diciéndole que cesase en entender en los negocios del estado, y se retirase á su arzobispado á descansar como 111 tanto había deseado. Afligido al ver tanta ingratitud, y mas quizás con la idea de que la rapacidad de los flamencos iba á quedar sin barrera que la contuviese, murió pocas horas despues •de haber recibido el frio despacho autógrafo, en 1517, á los ochenta y un anos de su edad. El cardenal Gimenez poseia en alto grado las cualidades de un gran político ; sagacidad, prudencia y firmeza : con la primera preveia muy de antemano los acontecimientos posibles ; con la segunda calculaba lentamente las medidas convenientes para asegurarlos ó evitarlos, y con la tercera hacia ejecutar con tanta prontitud como exactitud lo que una vez estaba ya resuelto. En medio del desórden en que se hallaban las coronas de Aragon y Castilla al tiempo de su union en el reinado de una princesa demente, arregló las contribuciones, pagó la deuda nacional, recobró las tierras y pueblos usurpados á la corona de Castilla, y mantuvo el órden público. Fué acusado de orgullo y severidad, porque humilló con mano fuerte la soberbia de los grandes ; pero no es á la verdad orgulloso el carácter de un ministro hu milde que abate la arrogancia de los nobles desmandados , ni severa la administracion que solo busca hacer obedecer la ley. El cardenal Gimenez era en efecto un grande hom bre, y su vida y administracion han merecido los elogios de los mas ilustres escritores en los dos últimos siglos. N 141 El viagero que pasa por Alcalá de Henares, donde tan tos monumentos se encierran de la munificencia del car denal Cisneros , y de la ilustrada proteccion que daba á las ciencias y á las artes , no deja de visitar su sepulcro , colo cado en el colegio mayor de San Ildefonso , en la capilla mayor, formada por la division que hace una reja de bron ce d'e la gran nave de la iglesia. Toda la obra de este gran dioso monumento es seguramente magnífica, si bien los in teligentes hallan defectos de arte y mal gusto en algunas de sus partes. El grabado que aquí damos liará formar una idea, que aclararemos con su sucinta esplicacion. La cama sepulcral , sus adornos y la efigie del cardenal vestido de pontifical, es obra prolijamente ejecutada en be llísimo mármol por Micer Domenico Florentino, y aun se afirma que vino hecha de Florencia. Levanta del suelo esta cama corno dos varas; en la basa hay adornos grotescos, y follages de buen gusto. La urna tiene doce nichos ; cuatro en cada una de las fachadas de los lados, dos en la de los piés, y otros dos en la de la cabecera. En medio de cada lado hay una medalla, y así en 'estas como en los nichos, se ven figuras de ángeles, de santos, etc. Gran parte de ellas están destrozadas, y aunque lo atribuyen á la humedad, mas parece obra de la mano destructora de la ignorancia. En cada ángulo de la urna hay un grifo ó quimera con las alas estendidas, y encima, en el plano del colchon en que está echado el cardenal, se ven sentados los cuatro doctores de la Iglesia , representados en figuras pequenas. Toda la urna alrededor está adornada de ninos, festones y otras la bores, ejecutadas con proligidad y atencion. Costó esta obra de mármol 2,100 ducados de oro. A los piés de la cama hay una tabla de mármol que tienen levantada dos angelitos, con la inscripcion siguiente, que dicen fué hecha por el doctor Juan de Vergara en su mocedad : Condiderant Mussis Franciscus grande liceum condor in exi guo n'une ego sarcofago. Pro3testamjunxi sueco, galeamgue galero frater, dux, pra Cardineusguepater. Quin virlute meajunctum est diadema cucullo cura mihi rey nontiparuit Hesperia. Obiit Roce VIId. novemb. M. D. XVII. Que traducida al castellano quiere decir : Yo Francisco que hice levantar un magnifico liceo en honor de las musas, soy el que yace en este reducido sarcófago. Vestí la púrpura sobre el sayal, y usé igualmente del casco y del sombre ro. Fraile, caudillo , ministro y cardenal lleve á un tiempo sin pretenderlo la diadema y la cogulla cuando Espana me obedeció como á Rey. Murió en Roa á 8 de noviembre de 1517. La obra de la reja ó balaustre que hay alrededor del se pulcro es trabajo escelente, ejecutado por Nicolás de Ver gara , escultor, vecino de Toledo, que despues de su muer te concluyó su hijo del mismo nombre. Las verjas están adornadas de bellisímos follages y mascaroncillos. En los ángulos de la reja hay sobre su cornisa unos pedestalitos, y encima jarrones de hermosa forma y estremado pri mor, en ellos se ven trabajadas algunas cabecitas, cisnes, y otros ornatos que los enriquecen maravillosamente. En uno de estos pedestalitos se leen los siguientes versos: Advena marmoreos mirani desine vultus , [actaque mirífica ferrea claustra manu virtutem miran i viri , quce laude perenni duplicis et regni culmine digna fuit. Vertidos al castellano tienen este sentido: Cesa caminante de admirar las marmóreas figuras y la ver ja de hierropor hábiles manos trabajada; guarda la admira cion para contemplar las eminentes prendas de este varon, que le hicieron merecedor de eterna alabanza y dos veces le elevaron á la cumbre delpoder. En la sacristía de la iglesia del colegio hay una medalla ovalada en mármol, poco mas de tercia de alto y algo me nos de ancho, y es un bellísimo retrato de perfil del carde nal. Hasta cierto viso de color de carne que del mármol tie ne á la parte de la cara, le hace parecer mejor. Muéstranse tambien á los curiosos las llaves de Oran, y algunas arma duras antiguas. • • • oiji-iIII, - " - - — — Sepulcro del Cardenal Cisneros. La Mesíada. 13o r alop$tork. IX. Vuelve Eloha del trono del Eterno, siendo su vuelo gra ve y silencioso. Al llegar sobre el templo de Jerusalen, des ciende lentamente en medio de los patriarcas , y dice: « Postraos, y adorad conmigo al que es maestro de todos. » Los patriarcas obedecen ; todos oran con un fervor ar diente. Luego el serafin se levanta , sumido en profundas meditaciones, y despues de un largo silencio, vuelve á to mar la palabra: « He querido contemplar en medio de su gloria tenebrosa y terrible á Aquel que ninguna lengua es capaz de espre sar,, que ningun pensamiento puede comprender. He le vantado mi vuelo , hácia los soles, cuyo resplandor era va cilante y débil ; he llegado á los polos de los cielos, y los polos de los cielos estaban envueltos en una noche profun da. Me he acercado al trono... En vano intentada describi ros las sombras que junto á el me han circuido y el terror que en mí han hecho nacer. Levantábanse del fondo de la creacion los mujidos de los nos del infierno , y de lo alto de las nubes una voz me decia: «Produce ese aleteo un sér creado ; ?cuál es ese ser? » Poseído de espanto, por ser aque lla voz la del ángel esterminador, me he postrado para ado rar á Aquel que juzga en medio de las tinieblas de su justi cia inmutable. » Estremécese el serafin al proferir las últimas palabras , y se cubre el rostro con susalas. El Mesías ha dejado caer sobre el pecho su lánguida ca beza: panda estar dormitando. El furor del pueblo estaba apaciguado, pareciéndose á las encrespadas olas de un mar embravecido , que, despues de haberse estrellado Contra las penas de la orilla, vuelven á entrar sosegadamente en su lecho. Errantes van los amigos del Mesías en derredor del Gól gota, temiendo encontrarse entre sí y proferir lamentos que solo servirian para aumentar mas su pena. Juan y la madre de Jesus son los únicos que tienen valor para per manecer al pié de la cruz. El discípulo que negó á su maes tro , es el mas desgraciado. Recorre el triste náufrago con muda desesperacion la playa en que le arrojó la tempestad, cubierta con los inani mados restos de sus companeros de infortunio ; anda, gi me, se para, vuelve á andar y llega al fin junto al penasco en que las olas depositaron el cadáver de su padre ; á tan triste espectáculo crispa las manos y se acusa de ser su asesi no, porque en el peligro le ha abandonado, por no pensar mas que en salvarse á sí mismo. Del propio modo pasó Si mon Pedro el resto de la noche y una parte de la manana, en los puntos mas desiertos de la comarca. Párase al fin en una colina no muy distante del Gólgota, desde la cual con templa la cruz ; pero en breve le abandonan sus escasas fuerzas, y anonadado, dá de rostro en el suelo. Ithuriel ha ce entonces descender sobre él un rayo de vaga esperanza; no puede hacer mas en su favor, porque la influencia de los ángeles encargados de velar sobre el destino de los mor tales , está sometida á la voluntad de Dios. El débil consuelo que Simon Pedro acaba de recibir de su celeste protector le reanima ; así que, levanta la cabeza, y busca con los ojos á los nobles amigos que poco antes en contraba siempre á su lado. Quería confesarles su crimen, convencido de que sus reproches lograrian calmar un tanto la amargura de sus remordimientos; pero nada vé en torno suyo, ni aun la orgullosa Jerusalen ; en medio de las tinie blas que circundan la régia ciudad, solo se dibujan capri chosamente las sombras del templo y de la montana de Mo ría. Llega de repente á los oidos del discípulo un sordo mur mullo; se incorpora, y oye pasos y algunas palabras proferi das á muy corta distancia. Eran unos estrangeros que ha bían ido á Jerusalen con motivo de las fiestas de Pascua y se dirigían al Gólgota atraídos por el rumor del suplicio de Jesus. Uno habia entre aquellos estrangeros, que, por la ri queza de su trage , por el color negro de su cútis y por su aire lleno de dignidad, indicaba claramente pertenecer á un rango elevado. En efecto, era aquel desconocido un perso nage ilustre, era el confidente de Candacia , reina de Etio pía, la misma que debía Felipe iniciar mas tarde en los santos misterios de la nueva alianza. Fué á parar el estran gero al lado de un anciano venerable, que andaba apoyado en el brazo de un adolescente. Atraido el etíope por su afa bilidad, le dirige las siguientes palabras: « Te suplico, me digas: ?cuál es el crímen que ha come tido el profeta para que se le condene á muerte ? ?Cuál el delito que se le hace espiar en el mas horrendo de todos los suplicios?» Samina, tal es el nombre del anciano, lanza un profun do suspiro , y dice: « Le dan muerte porque ha devuelto la salud á los enfer mos , el oido á los sordos, la vista á los ciegos; porque ha resucitado á los muertos y curado á los infelices posesos. Yo mismo era poco ha uno de esos desgraciados. » Al pronunciar estas palabras, apercibe á Simon Pedro, y le designa al etíope: « Hé ahí, noble estrangero, á uno de los discípulos de ese hombre divino, uno de los que le son mas queridos, de los que podrán probar un dia que le han visto y oido; uno de esos mortales privilegiados que han aprendido de Jesus el modo cómo quiere ser el Eterno adorado. » Volviéndose luego Samma hácia el discípulo,•le dice : « Dígnate iluminamos; dínos por qué muere tu divino maestro. Hombre querido de Dios , no nos vuelvas así el rostro: háblanos del gran profeta que amais tan tiernamen te, tú y el amable Juan.)) Deja Pedro caer la cabeza entre sus manos, y gime pro fundamente , no porque se le haya conocido , puesto que está resuelto á morir por su maestro , sino porque le atri buye Samma una virtud que no tiene, » Ay! amigos mios, les contesta Pedro, solo puedo deci ros que vá á morir el mas grande, el mejor de los hombres. No me pregunteis nada mas... » Desaparece el discípulo entre la multitud. Samma, suhi jo Joel y el etíope continúan adelantando liácia el Gólgota; 143 de que sirva al menos mi muerte para probar cuánto le líe amado. » • Es tal el fervor de su súplica , que deja caer Dios sobre José de Arimatea un rayo de aquella gracia que alienta á los mártires; queda José sumido en un éxtasis santo , du rante el cual dirige Nicodemus la palabra á Simon Pedro. « ?Por qué así apartas la vista ? le dice : comprendemos y hasta participamos de tus sufrimientos, al ver espirar en la cruz al mas santo de los hombres; perdónanos el que hayamos tardado tanto tiempo en declararnos públicamen te por él; á lo menos en el momento del peligro, no hemos carecido del valor necesario para confesar su doctrina. » Azotada por la tempestad resiste la encina, al paso que se inclina su copa á merced del furioso huracan ; del mis mo modo queda Simon Pedro clavado en su puesto, con la cabeza baja y la vista fijada en el suelo. Sus angustias aumentan hasta tal punto, que al fin le dominan, le arras tran ; huye, y como si esperase hallar la calma en el esceso mismo de la desesperacion , se dirige hacia el Gólgota. En vano procura al llegar junto á la cruz, dirigir la vis ta al Mesías; el aspecto de Juan y de la infeliz María, le ab sorven del todo. El dolor, que parece haberles clavado en su puesto , no permite siquiera á sus ojos derramar una lá grima , ni exhalar un suspiro á su pecho oprimido ; tienen á muy corta distancia un grupo de fieles, en los que nin gun temor ni consideracion humana puede reprimir ya su ardiente celo. Han vivido pobres é ignorados, porque es humilde su cuna ; pero la historia perpetuará sus nombres, grabados por los ángeles al pié del trono del Eterno. Magdalena María, madre de Judas y de Jacobo, Alaría, madre de los Zebedeos, y aquella otra María , hermana de la madre del Mesías, están en el centro del grupo. Estra viada por el dolor, rechaza Magdalena el recuerdo de los milagros de Jesus , y la esperanza de que triunfará de sus enemigos ; así que, postrada al pié de la cruz, solo piensa en lanzar hondos suspiros. La madre de jacobo quiere con solarla , pero ahogan los sollozos su voz cada vez que lo intenta. La madre de los Zebedeos se tuerce los brazos, y sin esperar ya nada de la misericordia divina, la acusa por la lentitud con que cumple el decreto de su terrible ven ganza. El.jóven criminal que espia sus faltas al lado de Jesus , vé el dolor de los fieles ; apiádase de él con todo el ardor de una alma que acaba de encontrar gracia ante su Dios , por haberse abierto á la fé y al arrepentimiento. Los in mortales reunidos en torno del Gólgota, comparten los su frimientos que desgarran á tantos nobles corazones , mien tras que celebran al propio tiempo la conversion del peca dor, y admiran la tierna piedad que hace olvidar á aquel jóven sus propios dolores para iniciarse en los del Mesías. Cede Abrahan á la necesidad de comunicar á sus amigos las sensaciones que esperimenta ; así que , se vuelve hácia Moisés, diciendo el padre de las doce tribus de Israel al fundador del tabernáculo : « ?Bastáranos, hijo mio , la eternidad para sondear las maravillas que estamos presenciando? Sean ellas el único objeto de nuestros cuidados ; séanos permitido apagar nues tra sed en ese océano sin límites. Los dos vimos en otro tiem po al Mediador en toda su gloria ; tú le viste en el monte Horeb, dignándose presentárseme á mí en los sagrados bos ques de Mambre. Allí era su voz melodiosa y dulce , todo amor, todo misericordia ; es la misma voz con que acaba Jesus de anunciar al companero de su suplicio, el perdon del cielo. !Ah ! gracias te sean dadas á tí, que de este mo do redimes á los pecadores : pueda mi himno de reconocí sígueles de lejos Simon Pedro, pero no tarda en pararse por haber visto á Lebeo que , de pié junto á un árbol muer to, parece ser insensible á todo cuanto le rodea, y al que dice con voz entrecortada : Al menos, tú, querido Lebeo , has tenido la dicha de ver lo en la cruz; tú, no obstante la profunda afliccion que te abate, puedes levantar los ojos hácia él... Mientras que yo, siento en mi corazon sufrimientos terribles que acaban de acibarar y hacer mas insoportable el peso del remordi miento... Concédeme una palabra, una mirada de piedad, tú, que eras antes mi amigo... Vana esperanza; conti núas eh el mismo silencio... » Tan vivas eran las sensaciones de Lebeo, que ni fuerza tenia para abrir los labios; mas elocuentes sus ojos derra maban abundantes lágrimas de tierna piedad que no logra ron calmar el dolor de Simon Pedro, para el cual no habia sonado aun la hora del perdon celeste. Así que, agitado por el remordimiento, se lanza en me dio de la multitud que le arrastra hasta un grupo en el que encuentra á su hermano Andrés. Aterrado á su vista, huye Pedro precipitadamente , pero Andrés le sigue , y si bien en un principio se vé rechazado , acaba al fin su hermano por arrojarse en sus brazos, no con la viva satisfaccion que poco antes caracterizaba al impetuoso discípulo , sino con todo el abandono de la desesperacion. Apenas pueden sus trémulos lábios articular estas palabras : « !Hermano mio! » Abrázale Andrés con toda la efusion de su alma, diciendo con voz entrecortada : « ; Hermano querido !... Quisiera guardar silencio , pero me es de todo punto imposible : sufre mi corazon mas do lorosamente que el tuyo. ?Oué has hecho , querido herma no mio ? ?Por qué negaste al mejor,de los hombres, al mas perfecto de los amigos, al Hijo de ? » Al hablar Andrés de este modo, velan sus ojos una dulce tristeza y algunas lágrimas de fraternal carino. Por largo rato permanecen en silencio los dos discípulos, uno en bra zos de otro ; luego se levantan y siguen su camino dándose la mano , sin osar mirarse siquiera, hasta que se separan sin proferir ni una palabra. Ávido de consuelos, y mas convencido que nunca de que es imposible pueda haberlos para él, toma Simon Pedro un sendero angosto y solitario. Apenas habia empezado á se guirle, encuentra á dos hombres venerables, cuya compa nía habria buscado con afan el dia anterior, y que habria querido entonces poder evitar á todo trance ; pero es ya tarde; ha sido conocido por uno de ellos, que le tiende la mido diciéndole : « Animoso discípulo de nuestro divino maestro , ?por ventura has olvidado ya á José de Arimatea ? ?No conoces ya á nuestro comun amigo, el noble Nicodemus? Tarnbien nosotros somos discípulos del profeta ; si hasta ahora lo he mos sido en secreto, resueltos estarnos ya á tomar este nombre á la faz del universo. Seguido será por todos los amigos de Jesus, el noble ejemplo que les dá Nicodemus. !Alt, si hubieses oido con qué aliento ha defendido al maes tro ante el sanedrín, mientras que yo , infeliz de mí, ni fuerza tenia para abrir los lábios!...» « Te exageras la falta cometida, interrumpe Nicodemus ; ?no has abandonado conmigo la asamblea de los sacerdo tes? ?Podías hacer mas para declararte públicamente el amigo, el discípulo de Jesus? » José le sonríe dulcemente, y levanta sus ojos al cielo. «Dios de Jesus, Dios de Abrahan , dice, oye mi ardiente plegaria : Haz que despues de haberme mostrado tan débil, halle la fuerza necesaria para desafiar los tormentos, á fin >1 144 miento confundirse con los gritos de triunfo en que pror rumpen los cielos. Moisés, mira cómo sonrie dulcemente á la muerte aquel joven criminal , aquel pecador arrepentido, que Jesus acaba de alentar con su ejemplo. La certeza de la vida eterna ha hecho descender sobre él una calma be néfica: yo te saludo, pecador convertido, hijo amado de mi corazon. ! Ah ! tambien son mis hijos los asesinos del Hijo del Eterno ; inaccesibles al arrepentimiento, se enor gullecen de su crímen horrendo : su perversidad desgarra ria ini pecho, si fuese aun mortal como ellos. ! Habito las regiones de la paz y la dicha ; con todo, un pensamiento cruel me persigue ; ojalá pase pronto y se pierda en los abismos del mar del olvido ! Los verdugos del Mesías han pronunciado la sentencia contra sí mismos, puesto que, cuando el Romano se negaba á condenarle, han esclama do : « Que muera, y caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. » ! En aquel mismo instante ha grabado la espada del ángel esterrninador sus horribles palabras en la pena que sostiene al trono del Eterno Ya veo á todos los pueblos de la tierra , desde Oriente á Occidente, agrupar se en torno de la cruz para adorar al Salvador. Les veo á todos, escepto mis hijos, escepto mi raza. » Despues de haber hablado Abrahan de este modo, Moi sés le contesta : « Padre de Israel y de todos los fieles que adoraban á Je hová , mientras que el pueblo se postraba ante el becerro de oro ; padre de David y de la mujer venturosa que dió al Salvador esa vida mortal que santifica en este momento por nuestra salvacion eterna ; padre del Hombre-Dios, es cúchame. No ignoras lo que voy á decirte, pero siempre es bueno repetir lo que es cierto. El que con una mano re parte la misericordia y con otra la justicia, ha colocado nuestro pueblo en el borde de una roca, que separa á la gracia del castigo, porque ha querido probar á la especie humana, que cada hijo del polvo era dueno de su eterni dad. El que baje de la roca por la pendiente del mal, se perderá á sí mismo, así como se perderán todos aquellos que no escarmienten con su ejemplo ; y cuando mas allá del sepulcro sean condenados á una muerte aun mas terri ble, solo podrán quejarse de su propia ceguedad. » Abrahan repone : « Noble hijo mio, te he escuchado con reconocimiento, pero séame dado esperar que encontrará gracia en su pre sencia el pueblo que se dignó conducir á la tierra de Ca naan, dándole por escolta sus nubes protectoras, y por guia la mas brillante de sus llamas. Sí, ese pueblo volverá há cia el divino Redentor que muere en la cruz por todos los habitantes de la tierra ; sí, mis hijos volverán hácia el cor dero que han inmolado, y que para ellos tambien , abre en este instante las puertas celestiales de la vida eterna. » Al terminar Abrahan estas últimas palabras, queda su mido en una meditacion piadosa. Isaac le vé y le sonrie con el dulce candor de la adolescencia ; porque para eternizar la imágen profética del sacrificio espiatorio ofrecido á la Divinidad irritada, dieron los cielos al alma del hijo amado de Abrahan , una cubierta aérea que refleja todos los en cantos de la infancia. Isaac se acerca lentamente al mas grande de los patriarcas, y le dice : «Leo en tus ojos, oh, padre mio, el amargo dolor que sientes al ver que nuestros hijos sacrifican al Santísimo que se inmola por ellos; pero piensa que el Juez eterno no les olvidará en su misericordia infinita ; les arrancará al peca do para conducirles á los piés de su Salvador, así como en otro tiempo les hizo salir de Egipto para conducirles á la tierra prometida. Esta dulce esperanza me consuela ; un recuerdo sagrado eleva, engrandece mi alma : tú tambiert debes tener presente en la memoria aquel santo recuerdo, per no haber podido olvidar el instante supremo que su bias la montana , en cuya cima estaba levantado el altar del sacrificio... Tu hijo te seguia alegre y confiado : igno raba ser la víctima que debias ofrecer al Senor... Pero , cuando me ví atado sobre el altar , cuando ví encenderse la lena sagrada , cuando levantando mis ojos llenos de lá grimas , percibí la cuchilla flamígera que tu brazo tenia le vantada sobre mi cabeza... quede aquel instante terrible sepultado en un silencio eterno : siglos de beatitud celeste le han coronado... Isaac , tu hijo amado , fué el que el cie lo destinó para dar á conocer en los primeros tiempos del mundo, el sacrificio por el cual habia de ser redimida un dia la especie humana. » Arrojase luego Isaac en los brazos de su padre : ambos se postran , y Abrahan dirige al Mesías estas piadosas pa labras : « Hijo del Eterno, última esperanza del pecador, ampa ro de los fieles ; desde el «Ha en que naciste de una madre mortal , he sentido en mi pecho todos los tormentos y to dos los goces de la eternidad. Cuando débil nino llorabas en el polvo , retumbó el mas espantoso de tus truenos al través de los cielos. Envolviéndote mas cada vez en la hu milde condicion del mortal , te hiciste incomprensible hasta para los mismos ángeles que llegaron casi á desconocerte , y proseguiste tu carrera meditando sobre tu muerte. Hete ahí llegado al término feliz, al término sagrado que te pro pusiste desde la eternidad ; la creacion aun no existia, y tú pedias ya á tu padre esa muerte sublime que redime todos los pecados de lo pasado y de lo porvenir... Vemos tus su frimientos y no nos atrevemos á compadecerte, porque eres superior á la piedad ; sin embargo , el golpe terrible con que la muerte te amenaza, nos alcanzará á todos ; antes de herirte á tí, herirá á todo cuanto se mueve en lo infinito. Apiádate, pues, de nosotros, para que no nos anonade aquel golpe terrible ; apiádate sobre todo de los fieles que gimen al pié de la cruz : sus sufrimientos son casi iguales á los nuestros, apesar de detenerles aun en la tierra su mor tal cubierta. » Durante la oracion de Abrahan , se vá acercando al Gól gota un grupo brillante y hermoso como una nube de la manana dorada por los primeros rayos del sol : son las almas que acaban de salir de sus cuerpos, sepultados en la tierra ó devorados por las llamas de la hoguera, que lle gan de todos los puntos del globo. Su vida ha sido tan ino cente y pura, cuanto puede serlo lado un mortal, sobre el que Dios no se ha dignado aun hacer descender un rayo de su luz divina. Un querubin benévolo conduce á aquellos nuevos inmortales, que no comprenden aun su alto desti no, si bien le presienten, adorando en silencio al Creador de todas las cosas. El querubin les arranca de su éxtasis piadoso haciendo un gesto , y les dice : « Dominad vuestra justa sorpresa, y meditad sobre lo que estais presenciando : es el secreto de los cielos. Ningun hijo de mujer podrá gozar de la beatitud celeste sin la interven cion del que sufre y espira en este momento : su nombre es Jesus. Al darle la luz una madre mortal , le hizo hijo de la tierra ; sufrir , orar, ensenar y hacer bien para sufrir mas despues , hé ahí su vida, que corona ahora muriendo en la cruz. Si él no se hubiese ofrecido voluntariamente á vuestro juez como víctima espiatoria , seria la muerte eter na vuestro patrimonio, así como lo será de todos aquellos que, oyendo predicar en lo sucesivo su santa ley, no la si gan. Antes de daros la vida, sabia ya el Eterno el uso que haríais de ella ; sabe así mismo que si las lecciones de Jesus hubiesen llegado hasta vosotros!, las habriais seguido, por lo que os recibirá en la plenitud de su misericordia. La pu reza con que os presentais al Ser de los seres, la debeis al Mesías, por haber lavado con su sangre preciosa todas vuestras manchas ; postraos pues ante la cruz: el que en este momento resucita la inocencia de la especie humana , Jesus , el hijo de Jehová y de una madre mortal, recibirá vuestra accion de gracias. » Terminadas las palabras del querubin , adoran las almas á su Salvador, penetradas de amor y de reconocimiento. Salen], el ángel de Juan, y Selith , que lo es de Maria, las oyen con un placer á la vez triste y dulce. « Ah , dice Salem á su celestial amigo, cuán grato es contemplar la dicha de esas almas salvadas por la reden cion ! Ya no hay para ellas dolor ni sufrimiento alguno ; pero mira á la triste Maria y al infortunado Juan... Las an gustias mas crueles desgarran el corazon de esos dos mode los de virtud, en el que reinaba poco ha la paz del justo. ! Oh, Selith ! la espada de dolor que atraviesa el corazon de la madre del Mesías , traspasa tambien la mia. » A lo que contesta Selith : «He visto sufrir á mas de un mortal virtuoso , sin que ninguno de ellos haya sido tan digno de la piedad de los ángeles, como esos dos ilustres infortunados, que sin em bargo no me atrevo á compadecer, por no poder sin duda mas que admirarles. El Eterno les ama y les enviará celes tes consuelos... Mira, hermano mio, ó me engalla el deseo de ver descender sobre ellos santos consuelos, á los ojos del Mesías acaban de fijarse en los seres queridos que están llorando á sus piés. » El placer estremece el alma de Selith..En efecto , se in clina el Hijo del hombre hacia su madre y el discípulo que le sostiene en sus trémulos brazos : sienten ambos renacer en su pecho la vida, á la sola idea de oir una vez mas el sonido de aquella voz divina ; no tardando en realizarse su dulce esperanza, puesto que casi al mismo tiempo llegan á sus oidos estas palabras de Jesucristo : « Madre mia , ese será vuestro hijo , y tú,, Juan, ahí tie nes tu madre ! » El reconocimiento y la dicha procuran á aquellos dos in fortunados el consuelo de las lágrimas. A.cada instante aumentar; mas y mas los sufrimientos del Mesías ; ante aquel dolor inmenso que ninguna lengua es capaz de esplicar,, enmudecen los cielos y tiembla la tierra hasta en sus cimientos. Sin embargo, aquel misterio so estremecimiento no ha hecho retemblar aun los valles que circundan á Jerusalen ; pero la vista de la sangre que corre en la cumbre del Gólgota, infunde á las almas un vago presentimiento de la venganza y desgracia que anun cian las encrespadas olas del océano de lo porvenir, al es trellarse en las playas de lo presente. La creciente agitacion de la tierra rompe al fin los antros de los montes, en que Abbadona buscara un refugio al huir del valle de Getsemaní. Asentado en el borde de una inmensa pena, y sumergido en un estupor mudo, escucha.' el rumor del torrente cuyas impetuosas ondas van á estre llarse á sus piés para caer al fondo de los abismos, atrave sar sus concavidades misteriosas, y precipitarse de nuevo en otras profundidades mas insondables aun. De repente su asiento de granito tiembla y se agita, y en torno suyo los negros penascos oscilan, se hienden y derrumban. Sorpren dido Abbadona al ver aquel luto tumultuoso de la natura leza, dirige una mirada de piedad en torno suyo. « ?Luego sufre tambien la tierra ? se dice. ?Acaso se TOMO II. desespera por haber dado supolvo á la especie humana , su vida de un dia ? ?Cansase tal vez de ofrecer su áeno antes tan casto y puro , á la obra repugnante de la descomposi cion ? ?Se avergüenza al fin de no ser mas que una tumba eterna , cuyas entranas hincha sin cesar la muerte con nue vos huesos , mientras que el soplo primaveral de una vida enganosa cubre su superficie con balsámicas flores? ?O bien gime por el hombre divino que he visto sufrir en Getsema ní, bajo la sombra de los olivos que envolvian las tinieblas de la noche ? ?Qué habrá sido de aquel hombre ?... ?Qué loco terror me ha hecho esconder aquí? ?Estoy por ven tura en estas cavernas subterráneas, mas lejos de la mano del Juez supremo, de lo que lo estaba en las rientes llanu ras de la tierra? Siempre tiene aquella mano para mí el mismo peso... ! Aun cuando pudiese huir mas allá de la creacion , no me seria dado librarme de aquella mano ter rible !... Sí, iré en busca de aquel á quien he visto sufrir dolores que no resistiria ningun mortal ; quiero penetrar este misterio... Rodéanle sin cesar celestes legiones, cuyo aspecto me obligará á huir de nuevo ante aquel prodigio de los cielos. El brillo de los ángeles me aterra ; ya no me es permitido ornarme con él... ! Ornarme ! cuando basta una chispa del rayo celeste para disipar aquel falso brillo... Sa tán, no obstante, se ha ornado con él mas de una vez, siendo mucho mas criminal que yo , puesto que si me re vestia de una belleza que ha dejado de pertenecerme, al menos no seria mi intencion culpable. . !Ah! huida deses perado al ver á los ángeles que fueron antes mis hermanos... Quédate pues, ya que pesa la maldicion sobre tí ; quédate en tu miseria. » Abismado Abbadona en estos tristes pensamientos, des plega lentamente sus alas sombrías, y se eleva sobre los oscilantes abismos ; pero retrocede al punto, al ver la tier ra arrasada bajo el velo de la noche terrible que pesa sobre ella. « ?Habrá sonado ya la hora del último juicio ? esclama. ?Hemos llegado á la consumacion de los tiempos? ?Por qué el brazo del Omnipotente ha caido con todo su peso sobre el globo terrestre? ?AcaSo habrá abierto este globo una tum ba para sepultar á aquel que tanto ha sufrido en mi pre sencia , y lo pide el Eterno á sus verdugos?... Pero, ? era aquella víctima mortal ?... Do quiera que dirija mi pensa miento, solo encuentro grandes misterios.., imposible me es vacilar por mas tiempo ; todo quiero verlo y oirlo. » Parase al terminar estas palabras en la cumbre de un monte elevado : su rápida mirada atraviesa las tinieblas y busca la ciudad santa que descubre en lontananza, seme jante á las ruinas que coronan nubes vaporosas. Al punto recobra su audacia, y estremeciéndose de su temeridad, se reviste Abbadona de la celestial belleza con que antes bri llara, cuando era el mas jóven y hermoso, de los ángeles. Bajo los bucles ondeantes de la cabellera de oro que cae sobre sus hombros, arrancan suavemente dos largas alas de azur ; coloran su rostro los dulces tintes que preceden al alba ; con todo, es melancólica:su mirada, y brilla una lá grima en sus párpados. De repente dirige su trémulo vuelo hacia el punto mas oscuro del pais que descubre, acercán dose cada vez mas al Gólgota, por haber hecho descender el cielo sobre aquella colina la mas negra de sus noches. Al pasar Abbadona sobre el mar Muerto, oye un confuso tumulto, semejante al rugido de las olas y á los gritos de desesperacion que lanzan los náufragos. Cuando la tierra, irritada contra las ciudades criminales que la abruman con su peso, condena al fin á la mas cul pable de ellas ; cuando se entreabre para recibirla en su 19 >5 146 11 seno, desaparecen los templos y los palacios de mármol, sale del fondo del abismo la voz amenazadora del trueno subterráneo, y el estruendo de los edificios que se derrum ban y los gritos de las víctimas que estos sepultan, hacen huir estremecido de horror al viajero que iba á buscar en sus llanuras un techo hospitalario. Así huye Abbadona de las orillas del mar Muerto, no tardando en llegar junto al círculo que forman los inmortales en torno del Gólgota. Elolia lo vé , lo conoce y dice : « ! Infortunado! viene á contemplar al Salvador en la cruz, despues de haberle visto sufrir ya en el monte de las Olivas... Los mas atroces remordimientos le persiguen : ?quién podria negarle la piedad? ?No será para él la eter nidad mas que un inagotable manantial de amargas lágri mas? Apenas ha podido conocer la dicha de los puros es píritus , por haber seguido á su nacimiento muy de cerca su caida. Juez eternb, cumplirás para el ángel caido, al ver su arrepentimiento, el mas misericordioso, el mas incom prensible de todos tus misterios. Cesen de admirarle los cie los: ?no es el Mesías por ventura el creador de los inmor tales, y no espira en la cruz por todos sus hijos? » Y volviéndose hácia un serafin : « Dirígete á los ángeles y á los patriarcas, le dice ; ad viérteles la llegada del trémulo Abbadona , y que nadie le rechace si se atreve á penetrar entre nosotros. El arrepen timiento le guia; quiere ver al Redentor ; concédasele al menos este triste consuelo, sobre todo cuando hay en der redor de esta cruz pecadores mucho mas endurecidos que Abbadona. » Es á cada instante mas tímido el vuelo del ángel caido ; roza la tierra, é iba ya á huir de ella, á no haber compren dido que no podia ser mas que el Mesías, aquel á quien rodeaba una legion de ángeles durante su suplicio. Esta conviccion le aterra y le enagena á un mismo tiempo ; le vantase de repente, y penetra con resolucion en el círculo luminoso de los inmortales ; poco versado empero en el ar te de fingir, procura en vano imitar la celestial sonrisa de los ángeles de la luz : la espresion de sus facciones revela claramente el remordimiento y los dolores que le agitan. Poseidos de una santa piedad, los serafines vuelven los ojos sin oponerse á su paso, cuando al llegar sobre el Gólgota , apercibe Abbadona á los tres crucificados, se cubre el ros tro y dice : « No, ni quiero ni debo verlos ; sus sufrimientos aumen tarjan mas mi tormento, obligándome á huir... Desdicha dos hijos de Adan , sois casi tan criminales cona° yo, puesto que os veis obligados á dar muerte á vuestros hermanos, ora sea para satisfacer vuestras odiosas pasiones, ora para defender vuestra propia vida. De todos modos, no quiero ver á esas pobres víctimas... Horrorosas ideas de muerte, dejad de atormentarme ; solo busco al hombre divino que protegen las legiones de los ángeles ; ?á dónde podré ha llarle? Santas tinieblas le rodeaban en el valle en que lo he visto sufrir, si bien esas mismas tinieblas envuelven hoy la colina del suplicio, no creo pueda encontrarse en ella. ! Ah , si uno de esos ángeles se dignaba indicármele !... !Si yo me atreviese á pedirles esta gracia !... Temerario, no es aun para tí dicha sobrada el haberte introducido furtiva mente en su santa asamblea ? Si llegaban á conocerme, cuán pronto me rechazarian ; pero no me conocerán, por absorverles enteramente sus sublimes meditaciones sobre el hombre divino. Pero ?á dónde estará ese hombre divino? ?Habráse refugiado acaso en el santuario mas misterioso del templo, á fin de que ningun mortal pueda ver el sudor de sangre que inunda su rostro, causado por los tormentos sobrehumanos que sufre?... Paréceme , no obstante , que las miradas de los inmortales no se fijan en el templo ; pe ro , ?puedo yo afirmarlo, cuando el remordimiento y la vergüenza me obligan á tener constantemente la vista in clinada ? ?Cómo podria yo atreverme á seguir la direccion de sus miradas celestes y puras?... Con todo, he de atre verme á ello ; sí , quiero contemplar esa lúgubre colina en que los culpables de la tierra reciben el castigo de sus crí menes : un secreto presentimiento me dice que es allí, don de debe el hombre divino cumplir su mision misteriosa. » Sebrado débil para cernerse por mas tiempo en los aires, desciende al lado de Juan, cuyas miradas tenia pendientes la cruz, en la que el Mesías espirante parecia pedir tan so ló á la tierra una tumba en que descansar sus miembros fracturados. Los ojos del ángel caido siguen la direccion de los del discípulo amado ; y luego, estremecido Abbadona , se dice á sí mismo : « No , no es él ; aquel que yo busco no puede morir... Pero !ah! ?por qué persistir por mas tiempo en un error tan funesto ?... Cielos irritados, al fin lo confieso : la vícti ma celeste del Juez inexorable es la que he visto ya y que tengo ahora ante mis ojos. Rendido me postro á sus piés ; recostado en el polvo de la tierra y cubierto con las cenizas de la muerte , quiero aguardar el desenlace del mas terri ble de los misterios... ?Cuál es el sentimiento de que estoy poseido? ?Es el del reposo que tranquiliza ? ?El del terror que pasma? ?El de la esperanza que consuela ?... La espe ranza del no ser, última que me resta... ! Oh! no me en ganes , vaga esperanza ; parécerne que sin faltar puedo pe dir al Eterno la gracia de que me anonade, gracia, que nunca mejor que ahora podria concederme. O tú, que lees en mi corazon , tú que premias y castigas, cuando habrá dejado de sufrir el moribundo divino , inmolarás sin duda á su sombra á algunos de los espíritus del mal que crearon el pecado y que procuran incesantemente hacer caer á tus hijos en él ; que sea Abbadona del número de los maldeci dos que esterminarás sobre la tumba del justo... Cuando habré cesado de existir, las llamas nocturnas de la conde nacion dejarán de roerme; solo se dirá de mí : existió, pero ya no existe... Los ángeles me olvidarán , todos los séres creados me olvidarán tambien , ni aun el mismo Dios se acordará de mí... ! Ya lo ves, Juez del universo, sumiso inclino mi cabeza ante la mas terrible de tus sentencias ; nada me importa que tu cólera me estinga en silencio ó me anonade con el mas espantoso de tus rayos, con tal que me borre de la creacion ! » Así habla el ángel caido, y apartando sus ojos del polvo, los levanta hácia el lívido rostro del Mesías ; el horror de la nada se apodera con violencia del ángel caído, palide ciendo cada vez mas y mas el falso brillo con que ha que rido revestirse. Cree estremecido, que vá á desaparecer en las sombras de la reprobacion , cuando apercibe á su her mano , la parte mas bella de sí mismo, que brilla con el mas puro resplandor de los ángeles. A su vista , reune el serafin caido cuantas fuerzas le restan para conservar la forma celeste que puede ocultarle aun á los ojos de su ami go ; el vivo deseo de penetrar el secreto de los cielos, triun fa en Abbadona de toda otra consideracion ; así que, con el acento y el gesto rápido de un mensajero de Dios, en cargado de recorrer los mundos sin poder pararse en nin guno de ellos, dirige á Abdiel esta pregunta : « Dime, ? cuál es el instante senalado para la muerte del divino Mediador ? No puedo detenerme aquí, y quisiera poder adorar aquel instante, cualquiera que sea el punto de la creacion en que me encuentre. » 147 «2‹. Abdiel le mira con una severidad mezclada de tristeza y dolor, y sus lábios , agitados dulcemente por la piedad, dejan escapar esta palabra : Abbadona !... A cada sílaba del nombre que Satán le ha dado y que acaba de pronunciar un habitante del cielo para mostrarle que le ha conocido, se convierten los rayos con que antes brillaba Abbadona en horrorosas sombras, así como se con vierten en mortal palidez los rosados tintes que animaban el rostro del bello adolescente que el rayo acaba de herir. • Obligado á tomar otra vez las formas horribles de un príncipe de los infiernos en presencia de los ángeles reuni dos, huye al azar el despreciado Abbadona , hasta que, rendido de vergüenza y de desesperacion , se deja caer en medio de un grupo de palmeras ; al rumor de sucaida, sa le de aquel bosquecillo el alma de un muerto que se habia refugiado bajo la misma sombra : era aquella alma mas.ne gra aun que el triste Abbadona. Obaddon , el ángel de la muerte, la conduce y la empuja hácia la cruz. Sombría, como las bóvedas sepulcrales de la tierra , trémula como el viajero estraviado que vé estallar el rayo sobre su cabeza mientras que se le abre la tierra bajo sus piés , huye aque lla alma ante el ángel terrible, cuyo brazo está armado de una espada flamígera. Al llegar en medio de una densa nu be, blande Obaddon su arma amenazadora , y manda al alma que se pare: - « !Mira, desgraciado! Ahí está el pueblo de Betania , allí está Jerusalen , Jerusalen con el palacio de Caifás y la humilde morada en que celebraste , junto con los demás discípulos, la memoria de la muerte de tu maestro. Mira tu cadáver abandonado entre los penascos de Getsemaní; mira á tus piés , bajo la punta de mi espada, esas tres es pantosas cruces... Jesus es el que muere en la mas alta de ellas... Puedes temblar, pero no huir... Contempla esa san gre que corre para redimir á la especie humana de la muer te eterna, de esa muerte eterna que te espera... Partamos ahora, ya que aflige tu presencia odiosa á los espíritus ce lestes que circuyen este lugar sagrado. » Al terminar estas palabras, arrastra Obaddon el alma de Judas al través de los astros ; la inmensidad de la creacion causa al mas pérfido de los traidores un terror espantoso , por hacerle presentir la omnipotencia del Juez universal ; el esceso de su espanto le dá al fin la fuerza necesaria para dirigir la palabra á su terrible guia. « ! Ah, por piedad , le dice, anonádame con tu espada de fuego, pero no me obligues á comparecer al pié del tro no del Eterno ! » A lo que contesta Obaddon con voz terrible : «Silencio, miserable obedece y anda » Y empujándole hácia adelante en lo infinito, le hace atravesar con él las estrellas y los soles. Llegados junto al último de aquellos astros brillantes, se para el ángel y en sena á Judas los cielos en que mora el Eterno con todo el esplendor de su gloria. En aquel momento en que el Me sías está .sufriendo en la cruz, envuelven el santuario sa gradas tinieblas ; ha sucedido un triste silencio á los himnos de los elegidos ; y sin embargo, las inefables delicias de aquella celestial morada, sobrepujan de mucho á todo cuan to de mas sublime pudiera concebir la imaginacion humana en sus piadosos éxtasis. Obaddon se dirige nuevamente al réprobo • « Póstrate, mira y desespera. En ese trono que rodea una oscuridad sagrada, se digna á veces el Eterno mostrar se á sus elegidos; y aquel que redime en este instante los pecados del mundo , reunirá á los fieles en torno suyo en el celeste otero que llamamos Sion. Los doce asientos que, semejantes á goce soles , brillan en ese otero , están desti nados desde la creacion del mundo para los doce discípulos de Jesucristo ; de lo alto de ellos juzgarán un dia á todos los hijos de la tierra. Tú tambien fuiste discípulo de Jesu cristo... No te desesperes de este modo, no esperes ablan darme; traidor, no lograrás que te anonade. Abarca con el pensamiento cuanto encierran los cielos de gloria y de di cha, y podrás formarte exacta idea de los tormentos eter nos que te esperan. En vano apartas la vista de los lugares que perdiste, inmóvil como el penasco que azotan sin cesar las mugidoras olas, me aguardarás aquí ante el cielo abier to, para recibir á las almas que han sido fieles á aquel que tú vendiste. » Luego el ángel de la muerte dá algunos pasos hácia el santuario, y se postra ; despues vuelve al lado de Judas, y con voz potente como el trueno le dice : « Sígueme, réprobo ; quiero conducirte á tu última mo rada. » Y ambos se lanzan al empíreo : el vuelo de Obaddon es rápido como el rayo ; en breve llega con Judas al abismo de la condenacion. Sale del fondo de las tenebrosas bóve das de aquel abismo un tumulto espantoso, procedente de su desordenada rotacion en la órbita que le senaló el Eter no. Tan pronto se para como vuelve á seguir su Movimien to con furia ; así que, las llamas horrendas y las flechas envenenadas que la muerte eterna afila, caen al azar sobre los negros habitantes del infierno. Al ver Judas el abismo terrible, forceja con desespera: clon para romper los lazos que le sujetan; pero se lanza Obaddon á los confines de los mundos, arrastra al traidor y luego se deja caer con él sobre la entrada misma de la Gehena. En vano intenta el réprobo huir nuevamente , puesto que obligado á encorvarse bajo la espada flamígera del ángel esterrninador, no le queda mas recurso que diri girse y llegar á las puertas del abismo : los serafines, á quie nes' el Eterno ha confiado su custodia, conocen desde luego á Obaddon y al alma maldita que conduce. Las puertas de diamante rechinan sobre sus goznes y se abren ; las monta nas de todos los mundos reunidos no bastarian á llenar la boca humeante de aquel abismo inflamado, en la que se para el ángel de la muerte. No hay camino que conduzca á las profundidades del in fierno; desde su entrada van rodando penascos gigantescos que se chocan y derrumban entre las llamas que brotan por do quiera y que les surcan y hienden sin destruirles. El Terror está de pié en la cumbre mas alta de aquellos ar dientes penascos ; el Terror que, pálido, mudo, erizado el cabello, trastornada su cabeza por mil vértigos , y con los ojos fijos y medio salientes de sus órbitas, mira en el fondo de los abismos. El ángel esterminador vuelve la cabeza, inclina su espa da hácia el abismo, y esclama con voz de trueno : « Judas iscariote, hé ahí la morada de los réprobos, que será desde hoy tu morada. El Mesías muere en la cruz para salvar á los pecadores de la muerte eterna que reina en es tos lugares ; y sin embargo, ya lo ves, no es esa muerte el sueno de la nada... » Dice, arroja al réprobo á los infiernos, toma nuevamen te su rápido vuelo, atraviesa el empíreo y se vuelve al Gól gota, para .aguardar allí nuevas órdenes de la divinidad irritada. )2 148 41 La campana. por Seb. « El molde de arcilla está empotrado en el suelo; hoy de be nacer la campana ; ánimo companeros, preparaos todos. Para que la obra honre al obrero , es preciso que corra el sudor por nuestras abrasadas frentes; pero sobre todo es ne cesaria la bendicion que viene de lo alto. » Mezclemos las conversaciones graves con el serio trabajo qUe estamos preparando ; cuando le acompanan prudentes palabras, el trabajo es mucho menospenoso. Consideremos lo que nuestra débil fuerza es capaz de crear : el hombre estúpido que no sabe meditar sobre la importancia de su obra, es digno de desprecio. Comprender íntimamente lo que su mano crea, es lo que mas ennoblece al hombre, que no por otro objeto le fué dada la luz de su entendimiento. « Tomad madera de abeto, pero sobre todo que sea muy seca , á fin de que la llama brote vivísima y entre con vio lencia en el tubo conductor. Cuando hierva el cobre, al punto mezcladlo con el estrano , á fin de que salga perfecta y regular la aleacion. » Esta campana, cine con el ausilio del fuego nuestras ma nos habrán fundido en el seno de la tierra, llevará un alto testimonio de nuestra existencia en el elevado campanario. Su duracion será muy larga ; sus sonidos vibrarán en mu chos oidos , lamentaráse con los que sufren y rogará con el coro de los fieles. Todo cuanto el mudable destino llevará acá en el suelo á los hijos de los hombres, ascenderá hasta la corona metálica, que lo anunciará religiosamente á largas distancias. « Blancas ampollas empiezan á brotar en la superficie; está bien, esto nos anuncia que la masa empieza á licuar se. Dejémos qué se penetre de la sal alcalina que facilita la fusion. Es preciso que la mezcla quede bien depurada, á fin de que la voz de metal resuene pura y sonora. » Porque es la campana la que saluda con acento de júbilo al hijo amado , cuando sale por primera vez de la casa pa terna sumido en el sueno de la inocencia. Su destino som brio á halagüeno, reposa todavía para el infante en el seno de lo porvenir. La ternura de la madre es la única que vela en la dorada aurora de su vida. Pero pronto los anos desa parecen como una exhalacion ; el jóven se separa orgullosa mente de la companera de su infancia , lánzase impetuosa mente al sendero de la vida, recorre el mundo con el ca yado del peregrino para regresar mas tarde , como un es trano , á la casa paterna. Y .hermosa , con todo el brillo de la juventud , verdadera creacion del cielo , se presenta an te él la jóven vírgen con las mejillas sonrosadas por el pu dor. Un deseo sin nombre, se apodera entonces del corazon del jóven ; en sus solitarios paseos, las lágrimas brotan de sus ojos ; huye de las tumultuosas reuniones de sus hermanos; sigue, sonrojándose, los pasos de su amiga ; una de sus son risas le colma de felicidad, y en los prados busca las mas her mosas flores para ofrecérselas á la jóven por quien vive. !Oh tiernas lágrimas y dulce esperanza del venturoso tiempo del primer amor 1 Por do quiera se vé el cielo entreabierto, y el corazon se embriaga de felicidad. !Oh , por qué han de pasar tan pronto estos hermosos días del primer amor ! « Los tubos empiezan á enrojecerse; sumerjamos esta va rilla en la fusion si sale vitrificada, será tiempo de fundir. Vivos voco , rnortuos plango, fulgura frango. Ea, companeros , cada uno en su puesto.; probad la mez cla; ved si el metal duro se ha aleado bien con el metal blando , en senal de buen éxito. » Porque de la union de lo severo con lo tierno , de la alianza de la fuerza con la dulzura, resulta un concierto ar monioso , y lié aquí porque los que se unen para siempre, examinan y miran antes si el corazon responde al corazon. ! Las ilusiones son de corta duracion y el arrepentimiento es eterno! La corona virginal cine graciosamente los rizos de la desposada, cuando el sonido de la campana llama á los fie les á las pompas nupciales. Como la risuena primavera, pronto termina la mas hermosa fiesta de la vida. Cae la ilu sion con el velo de la vírgen ; á la pasion que huye, le reem plaza la amistad; la flor se marchita y el fruto madura. Pre ciso le es al hombre lanzarse al sendero de la vida sembrada de escollos; es condicion de su existencia tener que pensar, obrar, crear, sembrar, ganar y atesorar por medio del in genio, 'la fuerza, la audacia ó la astucia; á toda costa es preciso alcanzar la felicidad. Entonces acuden los bienes en tropel; sus almacenes se llenan de preciosas riquezas, dilá tanse sus campos y su casa se engrandece. Y en el interiór gobierna la mujer modesta , la madre de sus hijos , quien dirige prudentemente la familia , instruye á las jóvenes, reprende á los ninos ; con sus activas manos, llena de teso ros sus olorosos armarios , hace dar vueltas al hilo en torno del huso guarda en cofres tan aseados como pulidos, la lus trosa lana y el lino de un blanco de nieve; aumenta la ha cienda con su espíritu de órden, anade por do quiera el lus tre á la riqueza , y para su cumplido logro jamás descansa. Entretanto el padre desde la elevada torrecilla de su mo rada, cuenta con ojos gozosos los bienes que florecen en torno suyo ; contempla sus oteros , sus granjas llenas , sus graneros atestados de mieses, las ondulaciones de sus férti les y dilatados campos, y estas palabras llenas de un noble orgullo, se escapan de sus labios:—El esplendor de mi casa, sólida como los cimientos de la tierra , puede hacer frente á las injurias de los malos tiempos. Pero .no hay' que des cuidarse , porque no hay pacto eterno con la dicha; la des gracia llega pronto y cuando uno menos lo imagina ! « ! Ea muchachos ! ya puede empezar la fundicion ; todo se halla en su puesto ; pero antes de dar comienzo á ella, imploremos.una vez mas el favor divino. ! Abrid los conduc tos, y que Dios proteja la casa I !Ved como las olas mean decentes se precipitan humeando al fondo del anchuroso molde ! » El poderío del fuego es bienhechor, cuando el hombre lo domina y dirige, y cuanto crea y produce, lo debe á esta divina fuerza; pero esta misma fuerza se trueca un terrible azote , cuando rompe sus cadenas, cuando , hija libre de la naturaleza, corre con independencia. Inmensos son los ma les que causa , cuando abandonada á sí misma y creciendo sin obstáculo, se lanza espantosa á través de las populosas calles , porque los elementos detestan las creaciones huma nas. Del seno de la nube desciende la prosperidad , descien de la lluvia ; pero tambien del seno de la nube desciende el rayo. ?Oís los tristes y precipitados sonidos que parten de lo alto del campanario? Es la voz del rebato. Un siniestro res .)1 149 E dandor ahuyenta las 'sombras de la noche y difunde la onsternacion por la ciudad ; crecen el humo y el tumulto, la columna de fuego, como una horrible serpiente, se lanza sil vando y cruza veloz las anchas calles impelida por el vien to; el aire es abrasador como la gola de un horno , crujen las grandes vigas , caen los maderos largos y gruesos , rá janse las ventanaS., lloran los ninos , corren las madres, ahilar] los animales bajo los escombros; todos huyen, cor ren y gritan , la noche brilla como el dia , el cubo vuela de mano en mano en la cadena que se forma, las bombas es parcen el agua á grandes distancias; pero sobreviene el aguilon rugiendo , acreciéntase la llama , alcanza los depó sitos de lena , penetra en los graneros, consume los almea res y furiosa y en espantoso torbellino, como si en su fuga quisiera llevar consigo todo el peso de la tierra , se lanza en el espacio grande y gigantesco. Perdida la esperanza, el hombre retrocede ante la fuerza divina; impotente y domi nado por el estupor, vé perecer el fruto de su largo trabajo. Algunas horas despues todo queda consumido, todo vacío; el viento silva por entre los techos desfondados, en los alfeizares de las derruidas ventanas se sienta el espanto, y las nubes del cielo contemplan silenciosas aquellos escom bros. Todavía el hombre dirige una triste mirada sobre la tumba de su fortuna , y se aleja suspirando apoyado en el baston del viajero. Aunque el fuego le ha arrebatado todos sus bienes, le queda un dulce consuelo : cuenta los seres que mas ama y !oh felicidad ! vé que todos se han salvado. « La tierra ha recibido la aleacion ; afortunadamente el molde se ha llenado ; pero ? saldrá hermosa la campana? ? Recompensará nuestro trabajo y nuestro saber? ! Si la fun didor) hubiese tenido mal éxito ó el molde se hubiere roto! Ay t mientras nos mecemos en la esperanza, quizás el mal ya está hecho ! » Confiamos el fruto de nuestras fatigas al profundo seno de la tierra; tanibien el labrador le confia sus granos, y es pera que germinarán por su bien, conforme la voluntad de Dios. Mas preciosas aun son las semillas que nosotros de positamos en el seno de la tierra y confiarnos que , al salir de los sepulcros, florecerán para un mejor destino, De .lo alto del campanario la campana deja escapar algunos tristes y ahogados sonidos: es el toque de los finados; sus lúgubres vibraciones acompanan á un viajero en su último camino. ! Ay ! es la esposa querida; es la madre fiel que la implaca ble muerte arrebata de los brazos de su esposo, á sus tier nos y hermosos hijos que con tanto carino amamantó, que con tanto amor vió crecer á su lado. ! Ay 1 aquellos dulces lazos se han roto para siempre ;porque la que fué la madre de la familia, mora ahora en la region de las sombras, falta su fiel direccion , su solicitud ya no vela, y en adelante la estrangerá gobernará sin amor la cuna del triste huérfano. « Mientras que se enfria la campana , descansemos de nuestro trabajo y cada cual busque , como las aves entre. las ramas, el sitio que mas le plazca. Cuando los astros de la noche empiezan á brillar en el firmamento , libre de cui dados y deberes, el artesano oye con placer dar la hora del reposo, que el amo no lo conoce jamás. » El paseante se aleja de las desiertas selvas y apresura go zoso el paso para llegar mas pronto á su morada ; las ove jas balando y el rebano de bueyes de frente ancha y lus trosa , vuelven mugiendo á sus establos ; la última carreta entra lentamente cargada de mieses, y la turba de segado res que la rodea, se entrega durante algunos instantes á los placeres de la danza. Pero no tardan las calles y plazas en quedar desiertas , los habitantes de la casa se reunen en torno del hogar, y la puerta de la poblado!) se cierra re chirlando sobre sus enmohecidos goznes. Densas sombras cubren la tierra ; pero aunque durante la noche vela el malvado , no por esto se inquieta el tranquilo ciudadano, porque sabe que el ojo de la justicia no se cierra jamás. ! Orden santo , hijo predilecto del cielo ; á tí es debida la libre , tranquila y grata union de todo lo parecido ; tú fun daste las ciudades , hiciste salir el salvaje de los bosques , v penetrando en la morada de los hombres, les ensenaste las dulces costumbres ; tú , en fin , formaste el lazo mas pode roso del hombre„ á tí es debido el amor á la patria! Mil manos activas se agitan , se ayudan con placer recíproca mente , y todas sus fuerzas se desplegan en un concierto nunca interrumpido ; el amo y el obrero trabajan bajo la proteccion sagrada de la ley ; cada uno está contento en el lugar que ocupa , sin tener á menbs su destino , porque el trabajo es el mejor ornamento del ciudadano , y la recom pensa de la fatiga ; si la dignidad real honra al soberano, la obra de nuestras manos nos honra á nosotros. Amable paz , dulce consorcio, reinad siempre en torno de nuestras familias. No brille nunca aquel dia en que las hordas guerreras se desencadenan y turban el reposo de los apacibles valles , en que la purísima luz que proyectan so bre el tranquilo suelo los lejanos astros, queda eclipsada por la del horrible incendio de las villas y ciudades. « Ahora romped el molde que ya ha llenado su objeto, y que nuestros ojos y nuestro corazon se gocen al aspecto de la obra bien acabada. No solteis los martillos hasta que se desprenda toda la cubierta ; para que podamos contem plar la campana, es preciso que desaparezca el molde. » El maestro sabe á propósito y con mano esperta, romper el molde ; pero si desgraciadamente faltan estas condicio nes, si el bronce y sus abrasadoras corrientes se abren paso por sí mismas , entonces , furiosas y con el estampido del trueno, hacen saltar su cubierta , y parecida á la gola del infierno , vomita el fuego devorador. Donde impera la.fuer za bruta , es imposible que nada bueno se produzca ; cuan do los pueblos se entregan á los desórdenes tumultuosos , la prosperidad huye de ellos. ! Desgraciada la ciudad en cuyo seno arde la tea revolucionaria ! ! Desgraciado el pue blo , que rompiendo los lazos que le sujetaban , quiere go bernarse á su antojo 1 Entonas la revuelta se cuelga de la campana que resuena horriblemente , y este instrumento dé paz , se trueca en nuncio de violencia y esterminio. Por do quiera se oyen los gritos de libertad é igualdad ; el apa cible ciudadano empuna sus armas; las calles y plazas se llenan de un inmenso gentío ; bandas de asesinos recorren la poblacion ; las mujeres se trasforman en hienas y se mez clan en todos los horrores ; con sus dientes de pantera des pedazan el corazon todavía palpitante de sus enemigos ; nada existe sagrado, rómpense todos los lazos del pudor, el bueno cede el lugar al malvado , y todos los vicios mar chan con la frente erguida. Peligroso es despertar al !con ; el diente del tigre es terrible ; pero el mas horrible de los horrores .es el hombre en su delirio. ! Desgraciados de los que prestan á ese eterno ciego, la antorcha de la luz desti nada á alumbrar ! En sus agitadas manos puede reducir á cenizas las villas y ciudades. « Bendigamos á Dios por el júbilo que sienten nuestros corazones. Mirad, parecida á una estrella de oro,'desprén dese el alma metálica del molde tersa y luciente ; de arriba abajo , resplandece el metal como la luz del sol. Los finos relieves y labores de los escudos resaltan admirablemente', dando una muestra del talento del oln ero. Venid , acudid todos , companeros; formemos un círculo y bauticemos la campana ; llamémosla Concordia, y que nunca convoque al pueblo sino para la paz ; que siempre reuna á los hom bres para un sincero acuerdo. » Que este sea el, objeto porque ha sido creada ; que en cumbrada muy lejos de la humilde via terrestre, bajo la bóveda azulada de los cielos, se cierna vecina á las regio nes del trueno, tocando al mundo de las estrellas. Que sea una voz descendida de lo alto, como el coro brillante de los astros, que en su marcha canta las alabanzas del Crea dor, y conduce y dirige el curso del ano coronado de flo res; que su boca de bronce se consagre esclusivanaente al anuncio de las cosas graves y eternas, y que en cada hora el tiempo la toque volando con sus rápidas alas ; que in flexible y sin compasion , preste su voz al destino, acom pane la variable corriente de la vida, y nos diga que nada dura, que todas las cosas terrestres se desvanecen corno el sonido que parte de ella para ir á estinguirse en los oidos humanos. «Y ahora, tirando todos de la cuerda, haced salir la cam pana del hoyo, y elevadla en el aire , en este imperio del sonido. Y luego que esté colocada en su asiento, echadla al vuelo para que difunda la alegría por nuestra ciudad , para que sus primeros sonidos sean nuncios de paz y de con tento. » Federico Barbaroja. por Ruckert. El rocío esparce sus brillantes perlas por el prado, y el sauce , cuyas humilladas ramas caen sobre el arroyo, se endereza al influjo de los primeros rayos de la aurora. Mientras impera la noche deja caer su verde plumaje, pero ahora lo levanta lleno de deseo y de esperanza. Durante mucho tiempo , el sauce ha desafiado la tempes tad ; siempre ha vuelto á reverdecer, aunque muchas ve ces ha sido mutilado. Su tronco se ha entreabierto y for mado miembros separados, y cada rama se.ha revestido de una corteza propia. Y todas estas ramas se han alejado ca da vez mas unas de otras, y el que las vé juraria que jamás han pertenecido al mismo tronco. Pero cuando la tormen ta se agita sobre sus cabezas , se inclinan murmurando las unas hacia las otras, y se saludan como hermanas. Y for man un abrigo á su tronco vacío, que le preservan de la tempestad, y bajo el cual los pájaros cantores vuelan gozo , sos á refugiarse. Cerca de este sauce, que en ninguna primavera se olvi da de reverdecer, imágen de mi patria, tan profundamen te dividida, pero que un lazo vital sostiene todavía podero samente , el anciano Barbaroja , el emperador Federico, se halla retenido por un encanto, en un palacio subterrá neo. Jamás murió ; solo entró en ese palacio para descan sar. Llevóse consigo la gloria del imperio, y volverá con ella cuando habrán llegado los tiempos. El asiento del emperador es de marfil ; la mesa en que apoya la cabeza es de mármol. Su barba no es blanca, sino de color de fuego, .y ha atravesado la mesa donde descan sa. Su cabeza bambolea como en un sueno, y sus ojos están entreabiertos. A largos intervalos hace sena á un paje, y le dice durmiendo : —« Enano , sal fuera del palacio y mira si los cuervos revolotean todavía alrededor de la montana ; porque si esos viejos mensajeros de la muerte , no han po sado aun su vuelo, me será preciso dormir todavía otros cien anos. » La azucena del valle. por 1 p. 1. Richter. Blanca campanita con badajo amarillo ?porqué ruborosa inclinas tu alba frente? ?Seria por vergüenza, Porque, in colora y pálida como la nieve, despuntas por encima de la verdosa alfombra de la tierra , mas pronto que los altivos y pintados tulipanes ó las frescas y espléndidas rosas? ? O in clinas acaso tu puro cáliz ante el omnipotente cielo que fe cunda una vez mas la tierra despues del prolongado reposo del invierno ? ? Te amedrenta tal vez el turbulento mayo , qiiieres acaso derramar tu gota de rocío, como una lágri ma de gozo á la tierra que se remoza y cubre de pompo sas galas? Tierna y pura florecilla, encanto del valle, levanta el corazon 1 Yo te cubriré con mis miradas de amor, yo te .ocultaré con mis lágrimas de placer. !Oh tú, amable y pri mera flor de la risuena primavera, levanta el corazon al acento de tu admirador ! El torrente del monte. por 1. L.beZioiberg. Siempre joven é inmortal. Su cuna son los profundos y elevados antros del monte. Ningun ojo humano pudo pene trar jamás los secretos de su nacimiento; ningun oido pudo oir balbucear nunca los primeros acentos de ese noble hijo de la montana en el torbellino de su ignoto orígen. ! Cuán hermoso eres con tu cabellera de olas plateadas |
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