05_No. 3 (1 enero 1864), p. 174-186 |
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vieron bastante genio para comprender cuan grande y dig
na era del autor de la naturaleza. Anaxágoras ensenó .1a
habitabilidad de la Luna como artículo de doctrina filosó
' fica , anadiendo aun que contenia como nuestro globo
aguas, montes y valles. (1) Decidido partidario, del mo
vimiento de la Tierra, despertó su opinion contra él nu
merosos émulos y fanáticos ; y por haber sostenido que era
el Sol mucho mas grande que el Peloponeso, fué perseguido
y casi condenado á muerte; siendo su persecucion como un
preludio de la sentencia de Galileo, como si desgraciada
mente la verdad hubiese de estar en todos tiempos oculta
á las miradas de los hijos de la Tierra.
Hácia la misma época, Petron de !limera, en Sicilia, del
que Hippis de Rege, poeta é historiador de los tiempos de
Xerxes hace particular mencion , habia escrito una obra en
la cual sostenia la existencia de 183 mundos habitados. Se
gun Plutarco, habia llegado ya aquella doctrina algunos
siglos despues hasta el mar de las Indias, donde era ense
nada por un venerable anciano que consagraba el tiempo
de que podia disponer á la contemplacion del universo, y
que, como él mismo decia, despues de haber permaneci
do con las ninfas y los genios, solo una vez al ano se en
contraba en las orillas del mar Eritreeno , para oir á los
príncipes y ministros que iban á consultarle. (2) Cleombro
to, uno de los interlocutores del tratado de la Cesacion de
los Oráculos, de Plutarco, buscó por mucho tiempo con
empeno á aquel filósofo bárbaro, por el que supo que habia
no solo un mundo, sino una infiLidad de ellos, y que as
cendia su número á 183. Esta idea, que á primera vista
parecia falta de sentido, procede de que aquel filósofo con
sideraba al universo como un .triángulo cuyos lados eran
formados por sesenta mundos y por un mundo cada ángu
lo; siendo el arco del triángulo el foco comun y el centro de
la verdad.
Volvamos á la antigüedad histórica, demostrando que
todos los epicureos creyeron en la pluralidad de mundos.
La mayor parte dejos discípulos de Epicuro no solo com
prendian los cuerpos planetarios entre el número de mun
dos habitables, sino que creian hasta en la habitabilidad de
una multitud de cuerpos celestes diseminados en la inmen
sidad del espacio. Metrodoro de Lamplaque, entre otros,
.decia ser tan absurdo el creer que no habia mas que un
mundo eh el espacio infinito, como lo seria el suponer que
no pudiese crecer mas que una espiga en una fértil y vasta
campina. Lo propio decia Anaxarco á Alejandro el Grande,
admirado al saber que habia tantos mundos, de los que solo
uno hubiese logrado llenar con su gloria. Un gran número
de partidarios de la escuela de Epieuro, de entre los cuales
deberémos en breve citar á Lucrecio, creyeron, no solo en
la pluralidad, sí que tambien en la infinidad de mundos.
Tales son Arquelao y Diógenes de Apolonies, quienes creian
además que era una inteligencia divina la clue habia dis
puesto la fortnacion y arreglo de los cuerpos celestes; y Xe
nofanes y Zenon de Elea, que reconocian la intervencion
de un Espíritu superior en el gobierno de la naturaleza , sin
que su opinion empero difiriera tal vez mucho de la doctrina
de Espinosa. Finalmente, entre los antiguos filósofos griegos
cuyos nombres han llegado hasta nosotros, citarémos en apo
yo de nuestra doctrina á Seleuco , Platon y á muchos de su
escuela, que como Alcinous y Plotino, ensenaron esta doc-,
trina de todos los siglos, de todos los pueblos y de todas las
religiones. Debemos observar así mismo que si Aristóteles
hubiese conocido el verdadero sistema del mundo, habria
(1) Plutarchus, De placilis philosophorum, p. 200.
Memoria de Bollan' y, Academiatle I nsetipciones y Bellas Letras, t. XI.
defendido con menos ardor la incorruptibilidad de los cie
los, única razon , como lo observa el mismo , que le impi
dió admitir otras tierras y otros cielos ; y que no pudiendo
por lo mismo poblar los astros, creyó deber divinizarles ,
penetrado como estaba de la idea de que participan cuantos
estudian la naturaleza, esto es, de que la infinita grandeza
de Dios tiene , además de la Tierra , otros espejos en que
reflejarse.
El mas ardiente y celoso de los discípulos de Epicuro ,
fué tambien uno de los defensores mas acérrimos de la plus.
ralidad de mundos, siendo digno de notarse el que, segun
su sistema , solo eran las estrellas visibles simples emana
ciones del globo terrestre, por lo que tuvo que crear mas
allá de aquellos mundos un nuevo universo, invisible á
nuestros ojos , y colocar en él otras Tierras, otras estrellas
y otros habitantes. « Si los principios generadores, dice Lu
crecio, han dado orígen á las masas de que salieron el cie
lo, las aguas, la Tierra y sus habitantes, preciso es convenir
tambien que en el resto del vacío los elementos de la ma
teria habrán creado innumerables seres animados, mares ,
cielos, tierras, y sembrado el espacio de mundos parecidos
al que se balancea en las hondas aéreas. Do quiera halle la
inmensa materia espacio que la contenga sin obstáculos que
se opongan á su fuerza creadora, producirá la vida bajo
variadas formas; y si es tal la masa de los elementos , que
no bastarian á contarlos los seres de todos los tiempos, y
si la naturaleza les ha dotado de las facultades que conce
dió á los principios generadores de nuestro globo, es inne
gable que habrán producido aquellos elementos en las de
mas regiones del espacio otros mundos y otros seres. »
Este trozo del poema de Lucrecio, que establece de un
modo tan preciso su opinion sobre la pluralidad de mundos,
nos recuerda el trozo análogo del Anti-Lucrecio , poema del
cardenal de Polignac , quien se propuso combatir con él á
su adversario. Si bien es cierto que el poeta materialista
. despliega con franqueza nuestra bandera, no lo es menos
el que su espiritualista comentador, que le hace cruda
guerra en todo el curso de la obra, participa sobre el punto
que nos ocupa de las ideas de su antagonista. « Todas las
estrellas, dice, son otros tantos soles parecidos al nuestro,
rodeados como este de cuerpos opacos á los que comunican
la luz y el dia. Los planetas que les acompanan pasan des
apercibidos á nuestra vista, y la distancia de aquellas estre
llas nos oculta la enormidad de su grandor. Pero si se con
sidera que los rayos de aquellos astros tienen la misma
propiedad que los del Sol, y que mirado este desde una dis
tancia igual á la que nos separa de las estrellas, nos pare
cen ia tan pequeno como estas, ? podrá creerse que sea dis
tinto su objeto, y que brillen tan maravillosas antorchas
inútilmente en lo infinito ? La Divinidad no se limita á for
mar un solo ser de una misma especie, sino que hace brotar
á la vez del seno de su fuerza creadora una multitud de
seres iguales. Una misma causa debe producir siempre igua
les efectos.» No son las palabras del cardenal mas terminan
tes de lo que lo eran las que empleaba' Laplace cincuenta
anos mas tarde para demostrar su adhesion á nuestra doc
trina. Luego citarémos á aquel ilustre geómetra ; pero pre
ciso es antes de llegar á nuestro siglo ver los nombres-mas
célebres que figuran en la historia de las ciencias. No ape
larémos á la época del esplendor de Roma, en la que habia
desaparecido toda la grandeza interior del alma ante los
escesos del placer sensual, para hallar partidarios de nues
tra doctrina , así como tampoco recurrirémos á los siglos
inmediatos á la caida del grande imperio y de la renovac1on
de los pueblos, por ser una época no menos azarosa. Sin
175 In
del Sol; Nehemie Grew,, en su Cosmología; Voltaire , en s u
novela titulada 11/Iicromegas ; Marmontel , en los Incas; los
principales autores de la Enciclopedia; Condillac , Buffon ,
Nicholson , Bernardino de Saint-Pierre , Swedamborg y los
espiritualistas de su escuela, Lavater y sus fisiognomonis
tas ; y finalmente un gran número de poetas que, como el
inglés Young , Saint-Larnbert y Fontanés, cantaron la gran
deza del universo y la magnificencia de los mundos ha
bitados.
Sin hacer mencion de nuestro siglo, que hablaria aun con
mas elocuencia que los anteriores á favor de nuestra causa,
esperamos que esta serie gloriosa de nombres para siempre
célebres en la historia de la ciencia y de la filosofía, no será
en nuestras manos un vano é inútil palaclion. Séanos permi
tido pensar que si todos aquellos hombres ilustres no cre
yeron disminuir la justa fama de su génio proclamando la
pluralidad de mundos, bien podemos nosotros, que acerca
de esto, no debemos abrigar ningun temor, defender la mis
ma doctrina y poner de manifiesto en lo posible toda su
grandeza. « En verdad, decia Montaigne con mucha razon,
no puede comprenderse que Dios, omnipotente como es,
hubiese puesto límites á su fuerza creadora. ?Y á favor de
quién habria renunciado su derecho? Nada mas verosímil,
nada mas fundado que la pluralidad de mundos que nos
presenta la sana razon :
embargo , podriamos demostrar que ya en los primitivos
tiempos del cristianismo hubo hombres de génio asaz in
dependientes para proclamar en alta voz su opinion á favor
de nuestra doctrina. Lactancio, comentador de Xenofonte,
sostenia que la Luna estaba habitada y que los seres lu
nares vivian en profundos y estensos val'es. Las observa
ciones modernas demuestran que esta idea por adelantada
que pareciese en la época de Lactancio , no por ello carecia
de fundamento, puesto que la atmósfera de la Luna, caso de
existir, solo cubre los valles del satélite , y no puede per
mitir mas que en aquellos puntos la existencia tal como
nosotros la comprendemos. San Ireneo creia que losValen
tiniano , bajo los nombres misteriosos de Bythod y Edner,,
ensenaban el sistema de Anaximandro sobre la infinidad de
mundos. Desgraciadamente para el adelanto de las ciencias
en general, y sobre todo, para el de nuestra doctrina en
particular, el sistema erróneo de Aristóteles acerca la in
corruptibilidad de los cielos y la interp,retacion no menos
errónea de la creencia antigua sobre la inmovilidad de la
Tierra, cerraban los ojos á todo hombre deseoso de saber, y
se opusieron á la marcha lenta de las conquistas del espíritu
humano. La ciencia retrogradó. Llegó hasta á decirse que
el que creia en los antípodas se oponia formalmente á la
verdad ; y quince siglos mas tarde se condenó á aquel
anciano, para siempre célebre, por haber hallado pruebas
en los cielos que le indicaban el movimiento de la Tierra.
Pero pasemos en silencio tales hechos, y recordemos tan solo
que la biblioteca mas rica del mundo, en la que se conser
vaban los únicos archivos de los conocimientos humanos,
fué incendiada en aquella época, y que las mas poderosas
aspiraciones del pensamiento fueron sofocadas. Sin reanudar
el hilo interrumpido de nuestros autores, citarémos aquí los
nombres ilustres de los que desde el renacimiento de las le..
tras y las ciencias creyeron en la habitabilidad de losastros.
Segun Fabricio, debemos contar en el número de los de
fensores de nuestra doctrina á NicolásCousa , al desgraciado
Jordano Bruno, Tico-Brahe , Tomás Carnpanella , Guiller
mo Gilbert, Ren ato Descartes y los cartesianos Galileo, Kep
ler,, etc. Vemos en una obra filosófico-teológica que data
de la época en que se modificaron las ideas generales acerca
del ment imiento de la Tierra, up párrafo bastante curioso,
que creemos deber trasladar. líelo ahí : « Mas allá de este
mundo, esto es, allende el cielo empíreo , no existe cuerpo
alguno ; pero en este espacio infinito (si nos es permitido
hablar de este modo ) en que nos encontramos, Dios existe
en su esencia y ha podido formar infinitos mundos mas
peifectos que el nuestro, como lo afirman los teólogos (I).
En el siglo xvir citarémos á David Fabricio, que por parén
tesis, pretendia haber visto por sus propios ojos habitantes
en la Luna; á Claudio Berigard, Hevelio, Otto de Guerike,
Pedro Gassendi, Antonio Reita, Domingo Gonzalez y Maes
lines , Pascal en los Pensamientos, al satírico y pensador
Bergerac , al Kircher,, autor del Iier extaticum celeste, á
Huyghens, autor del Cosmotheoros ; y á diferentes ingleses,
sir Roberto Burton , Godwianus, el obispo Wilkinsius, autor
de la obra titulada « La Luna habitable », Nicolás Hill, Ja
cobo Hewell , Patterus, y el jesuita Derham , autor de la
Astro-Theologie. Y finalmente, veremos que en el siglo XVIII
han defendido tambien nuestra opinion los filósofos, natu
ralistas y matemáticos mas célebres, tales son : Isaac New
ton , Tomás Burnet, Whiston, Bayle , Locke , Fontenelle ,
Kant , Jorge Cheyne , en sus «Principios de filosofía natu
ral »; Einrimart , en su Iconografía de las nuevas observaciones
(1) Christophori Ciavii Bambergensis in Sphteram lOannis de Sacro Bosco
Comentarius, P 72.
Terramque et solem , lunam mare , ccetera qua3 sunt,
Non esse unica • sed numero magis innumerabili.
« Los hombres mas famosos de los tiempos pasados lo
creyeron, así como lo creen tambien muchos hoy dia , guia
dos por la luz de la razon. Nada vemos único en esta gran
máquina; y ya que todas las especies se han multiplicado,
no es probable que Dios hubiese hecho esta obra única sin
destinarle una hermana, ni que se hubiese agotado en su
creacion la materia de la forma. »
« Soy de opinion , decia tarnbien el célebre filósofo Kant,
de que no es ya necesario sostener que todos los planetas
están habitados, porque el negarlo seria un absurdo á los
ojos de todos, ó al menos á los de la generalidad. En el im
perio de la naturaleza, los mundos y los sistemas no son
mas que el polvo de soles respecto á la creacion entera. Un
planeta es mucho menos relativamente al universo que una
isla respecto al globo terráqueo. En medio de tantas esfe
ras, no puede haber mas puntos desiertos é inhabitados que
los impropios para sostener los seres racionales que están en
íntima union con la naturaleza. Nuestra misma Tierra exis
tia quizás miles de anos antes de que su constitucion lé per
mitiese tener plantas, animales y hombres. »
« ?Es posible creer, anadia mas tarde L. C. Despréaux ,
que el Ser infinitamente sábio hubiese dotado á la bóveda
celeste de cuerpos de tan prodigiosa grandeza solo por com
placer nuestra vista, solo por procurarnos una escena mag
nífica? ?Habria creado esos soles innumerables al único fin
de que los habitantes de nuestro pequeno globo contem
plasen en el firmamento puntos luminosos, que en su ma
yor parte nos pasan casi desapercibidos? Es imposible creer
lo así, si se atiende á que hay en toda la naturaleza una
admirable armonía entre las obras de Dios y los fines que
se propone, y que sus inmortales obras no tienden sola
mente á su gloria, sino tambien á la utilidad y goce de sus
criaturas. ?Es pues creíble que haya creado tantos astros
sin producir tambien mundos que pudiesen gozar de su in
fluencia benéfica? No: esos millones de soles tienen cada
uno, como nuestro Sol, sus planetas particulares, y por esto
nos es dado entrever en torno nuestro una multitud incon
y 176.
cebible de mundos que ofrecen un asilo á criaturas de di
ferentes especies, y que, como nuestra Tierra, están po
blados de habitantes que pueden admirar y bendecir la
magnificencia de las obras de Dios.))
Degeneraria nuestro estudio histórico en una relacion es
tensa y pesada, si tuviésemos que trascribir aquí todo lo que
han dicho los hombres eminentes de todos los tiempos y pai
ses en apoyo de nuestra tésis; así que procurarémos evitar
lo por no abusar de la indulgencia de los lectores que se han
dignado seguirnos en nuestro trabajo. Sin embargo, no po
demos terminar aquí nuestro estudio sin citar las pala
bras emitidas por dos de los astrónomos mas ilustres que
han,visto los siglos, y á losque en verdad no podrá acusar
se de parciales defensores de las ideas místicas. lié aquí lo
que dicen en apoyo de nuestra opinion. «La accion benéfi
ca del Sol, dice Laplace, da vida á las plantas y animales que
hay en la Tierra, y la analogía nos induce á creer que pro
duce los mismos efectos en los demás planetas; pues no es
natural pensar que la materia, cuya prodigiosa fecundidad
vemos desenvolverse por tan tos medios, sea estéril en un
planeta tan enorme como Júpiter que, al igual que el globo
terráqueo, tiene sus dias , sus noches, sus anos, y en el que,
segun todas las observaciones, hay cambios que indican
fuerzas muy activas.... El hombre, formado para la tempe
ratura de que disfruta en la Tierra, no podria , segun todas
las probabilidades, vivir en los demás planetas. Pero ?pue
de dejar de haber una infinidad de organizaciones relativas
á las varias temperaturas de los globos y los mundos ? Si la
sola diferencia de los elementos y los climas ofrece tantas va
riedades en las producciones de la Tierra, ?cuánto masino de
ben diferir entre si las de los planetas y satélites?» «?Con qué
objeto, esclama sir John Herschell, con qué objeto podemos
suponer que hayan sido sembrados inútilmente en la inmen
sidad del espacio cuerpos tan magníficos? No habrá sido sin
duda para iluminar nuestras noches, objeto que podria lle
narmas cumplidamente.una segunda Luna, sin tener ni una
milésima parte del volúmen de la nuestra, ni para brillar
inútilmente, ó solo para engolfarnos en vanas conjeturas.
Son, en verdad, útiles al hombre corrí() puntos permanen
tes á los que puede referirse con exactitud; pero seria pre
ciso que no hubiese dado ningun fruto el estudio de la as
tronomía, para suponer que sea el hombre el único objeto
de los cuidados de su Creador, y no ver en el vasto y asom
broso aparato que nos rodea, otras moradas para seres vi
vientes de distintas razas.»
La rápida ojeada histórica que acabamos de dar, nos obli
ga á examinar aun con mas detencion nuestra doctrina, y á
afirmarnos mas y mas en la siguiente idea, esto es: que los
hombres eminentes de todos los tiempos que se dedicaron
al estudio de la naturaleza, estuvieron íntimamente conven
cidos de su fecundidad prodigiosa y que comprendieron la
ceguedad de los que la circunscribian á nuestra única mora
da. Si la autoridad del testimonio y el acuerdo de opiniones
son la base de la certeza histórica, la doctrina que defende
mos está apoyada en un argumento irrefutable, que ha sido
por mucho tiempo la única base de la física, la astronomía
y la filosofía. Pero no ignoramos que cuando se trata de doc
trinas especulativas, no son el gran número ni la autoridad
de los testimonios garantía bastante de certeza, y que es pre
ciso apelar á un detenido exámen y no cejar hasta que se
llegue á la evidencia. Por esto nos contentarémos aquí con
asentar en apoyo de nuestras ideas la siguiente máxima: El
estudio de la naturaleza engendra y arraiga en el espíritu del
hombre la idea de la pluralidad de mundos.
Séanos dado examinar ahora la cuestion «mas curiosa é
interesante de toda filosofía (1) »; la esplorarémos en todas
sus fases, á fin de no vernos reducidos á unas probabilida
des sin solidez, sino que, al contrario, podamos adquirir
una conviccioh profunda; espondrérnos las causas que la po
nen en evidencia, y apoyarémos tan solo nuestras observa
ciones en los datos positivos de la ciencia. Finalmente, cree
mos que nos será dado desvanecer ese antiguo orgullo del
espíritu humano que pretendia hacer brillar en nuestra
frente la corona de la creacion , cuando somos tan solo mi
serables pigmeos al lado de ese gigante incomparable que
lleva el nombre de Poder creador.
En el siguiente artículo, relativo á la parte astronómica,
considerarémos sucesivamente el conjunto del sistema solar
y de los astros que lo componen, la analogía ó desemejanza
que reune ó distingue á esos mundos entre sí, las condicio
nes de existencia que les caracterizan y el grado de habita
bilidad de nuestro globo. Tratarémos luego de las órbitas
planetarias respecto de su estension y posicion en el espacio;
y la escesiva exigüidad de la Tierra nos demostrará no ser
esta mas que una humilde y pobre flor del rico jardin de la
creacion , y que el universo no perderla con su desaparicion,
mas de lo que perderia ella con la desaparicion de un grano
de polvo. Bajo este doble punto de vista, podrémos aducir
razones y sacar consecuencias que elevarán á certeza filosó
fica la probabilidad de la pluralidad de mundos.
) Fontenelle , Estudios sobre la pluralidad de mundos
La Mesiada.
por ftlopotoch.
° XIX.
En medio de los gritos de angustia de los condenados, ha
bia oido Adan la dulce voz de Eva que, de pié en la cima
de una brillante colina con los brazos tendidos, flotantes los
cabellos y con los ojos anegados en llanto, imploraba perdon
para sus desgraciados hijos. La plegaria salida de su coca
zon maternal se habia perdido en la vaguedad del infinito,
sin que lograse oir Adan mas que el murmullo de las arpas
celestes, dulce murmullo que espresaba una tierna compa
sion , y luego un goce indefinible.... Dominado por un sen
timiento que no intenta penetrar, no habla Adan á los án
geles y á los resucitados de aquella vision consoladora, cuyo
solo recuerdo le sume en un vago éxtasis. Al fin, despues
de un largo silencio, continúa su relacion de esta manera :
«Los ángeles de la muerte salieron del horizonte de los
cielos, y nuevos agentes de la voluntad divina recorrieron
en todos sentidos las playas de la resurreccion; sus miradas
penetraron hasta en lo mas compacto de la masa de muer
tos que debian ser juzgados, y en voz áspera y breve les
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gritaron: !Seguidnos! Y los muertos les siguieron , sombrios gel caido á levantar la cabeza , y todos los muertos fijaron
como los pensamientos de la destrriccion; silenciosos como entonces en él sus miradas. Despues de lanzar Abbadona un
los mármoles de sus tumbas; un serafin empero, de actitud hondo gemido, se postró, tendió los brazos hácia el Juez
grave y rostro severo, se presentó ante ellos , y les indicó Supremo, y dijo:
esta órden del Juez Supremo : « Por fin ha llegado ya la última hora del tiempo , la hora
« Postraos y escuchad vuestra sentencia . » terrible que para mi será seguida de la noche eterna !...
Luego que estuvieron postrados é inmóviles como los pe- !Oh tú, que ocupas el trono celeste, permite que te con
fiascos lanzados al valle por una conmocion d e la naturale- templen por última vez mis ojos inundados de lágrimas! Tú
za, el ángel se alejó en silencio. que tanto sufriste, dirige una mirada de piedad al fondo
1E1 mas amable de todos los discípulos, el que ya en la del abismo en que gimen tus criaturas, caidas en una sima
tierra habia comprendido todo el amor que encerraba la ley harto profunda para que pueda tu misericordia absolver
de Jesucristo, se levantó de su trono de oro; todos losjue- las.... No te pido gracia por mí, porque solo el aniqui
ces se inclinaron ante él cuando pasó para ir á revelar las larniento total que me está reservado me atrevo á esperar ;
acciones de los muertos que continuaban postrados en el pero dígnate al menos recordar que me creaste en otro
suelo, lanzando profundos gemidos. Juan les miró un s- tiempo para la vida eterna .... quede para siempre vacío el
tante en silencio, dejando caer luego sobre ellos su palabra , puesto que ocupaba en los cielos ; bórrense mi nombre y
terrible como el rayo de Jehová, que sin herir todos los mis remordimientos conmigo, séame permitido desaparecer
montes ni serpentear sobre todos los abismos, purifica el enteramente en lo infinito.— ?Continúa inmóvil el rayo de
aire y lanza á lo léjos las nubes pestíferas. tu cólera?... ?Veréme condenado á vivir ? !Ah si es así,
« Á todos os conozco, les dijo, pero solo voy á dirigirme permíteme al menos estar solo en este penasco- sombrío ; la
á los mas culpables. No habeis tenido mas ídolo que viles- eternidad de pena me parecerá menos terrible , si puedo es
tro propio mérito, al que elevasteis sobre la ley eterna y so- clamar al mirar en torno mio: Ví en aquel sitio alzarse su
be vuestra conciencia. Jamás invocasteis para vosotros la trono, y en él adoré con mi pensamiento las llagas glo
obra de la redencion , porque os creísteis sin mancha, y juz- riosas que salvaron á la especie humana ; desde allí los bien
gasteis á vuestros hermanos que sufrian humildemente una aventurados se elevaron con Él á la morada de las beatitu
vida de lucha y de prueba. Desconocísteis la virtud silenciosa des eternas, de la que me desterró mi crímen para siempre.»
y modesta, prestando solo homenage á su sombra enganosa Apenas acababa de terminar sus últimas palabras, se
que ocupaba el trono de algunos reyes ó se presentaba ro-
• apoderó de Abbadona un sueno irresistible ‚y cayó sin mo
deada de humanas grandezas. El nombre de la Providencia virniento sobre la misma pena. Los ángeles 'fijaron una mi
estaba siempre en vuestros lábios, y sin emkargo, solo desea- rada suplicante en el rostro tranquilo y grave del Juez Su
ba vuestro corazon los bienes de la tierra; unísteis á la dulce premo; toda la especie humana guardó un profundo bilen
voz de la caridad cristiana el horrible acento del ódio y de cio; rugieron amenazadoras las voces de la tempestad y el
la envidia; en apariencia vuestras acciones eran siempre trueno y una ansiedad penosa suspendió el movimiento en
puras, porque temiais el fallo de los hombres; pero nunca lo infinito. En medio de aquel estupor universal se despertó
reinó la paz del justo en vuestra alma, por no haber tenido Abbadona, y al través de los cielos atentos, llegaron hasta
virtud para bendecir á vuestro enemigo, ni dar gracias al él estas palabras :
cielo por los males que os enviaba. Héos aquí al fin ante el « Conozco todas mis criaturas ; veo al insecto antes de ha
Juez Supremo, que lee en los corazones, que premia é cas- cene nacer en el polvo; veo al serafin antes de haberle lan
tiga los pensamientos.... Levantaos y contemplad los bien- zado al espacio; leo en todos los corazones; penetro todos
aventurados, á los que la humildad, la dulzura y el amor los pensamientos.... Abbadona , te separaste de tu Creador,
al prójimo, les han conducido al deseado puerto en que se de tu Padre, y claman contra tí las almas que me *ví obli
pagan con goces eternos los sufrimientos de un dia. ?Ha- gado á rechazar, porque me abandonaron arrastradas por
beis pasado corno ellos las noches en la oracion y las lágri- tu ejemplo.))
grimas? ?Habeis conocido como ellos la dicha inefable de no El ángel caido crispa las manos con desesperacion , y es
tener por testigos de una buena accion mas que al Juez Su- dama:
premo? No, nunca pensasteis en implorar la misericordia « Ya que te dignas reconocer aun á la mas desgraciada de
del Salvador, por no haber creido que no pudiese haber tus criaturas, ya que tu mirada sondea el horror de una
ante su justicia un ser puro y sin mancha. » eternidad de remordimientos sin -esperanza de perdon, te
Mientras hablaba el noble Juan de esta manera, empezó apiadarás de mí y me borrarás para siempre del libro de la
la balanza á agitarse y si bien faltó á los muertos el peso ne- vida. Al llamarme á la existencia, me senalaste un puesto
cesario, no por esto fueron condenados á la noche eterna, entre los mas nobles de tus hijos, pero yo me hice indigno
Envolvióles el crepúsculo de la manana, yen las profundi- de tanta dicha, de tan senalado beneficio; quiero no obs
dadesde la eternidad se formó un sol, que tarde ó temprano tante antes de mi desaparicion saludar á todo cuanto has
se. levantará para ellos, creado, quiero adorar por última vez tu pensamiento. Cuan
« Otros muertos que se habian colocado á la izquierda del do apenas creados los cielos y los mundos se lanzaron á sus
Juez Supremo fueron arrastrados por los ángeles de la muer- eternas,órbitas, cuando los ángeles esperimentaron el sen
te hácia el abismo de la condenacion, envolviéndoles mil y timiento de suser y te rodearon sus innumerables legiones,
mil nubes sombrías en sus lúgubres senos. tú, que despues de una eternidad de silencio y tristeza, aca
En aquel momento el triste Abbadona se presentó en la babasde abrir una nueva eternidad al movimiento y la vida;
punta de una pena solitaria, quedándose inmóvil con los entonces, sí, entonces me creaste tambien á mí. Ignorando
ojos fijos en el fondo del abismo que naugia bajo sus piés. aun que existiese el sufrimiento, se dilataba mi alma en la
Uno de los ángeles esterminadores se dirigió hácia él ; y al dicha de amar, y te preferí á todos los nobles espíritus con
rumor de su vuelo siniestro, se inclinó Ábbadona para reci- que acababas de poblar lo infinito. La eterna salvacion me
bir el golpe terrible que debia borrarle de la creacion ; pero amparaba con sus alas benéficas, y solo encontraba por do
viendo que no le heria el agente del Eterno, volvió el án- quier su mirada beatífica y su perfeccion; ! con qué arroba
TOMO 111.
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miento contaba yo entonces la dicha de ser y de encontrar
en todas partes un amor que correspondia á mi amor! Para
medir la duracion de aquella existencia inefable, se abría
la eternidad ante mí, y para contar mis dias empleaba las
obras de tu poder y de tu misericordia I... Disuelve pues
ahora este espíritu inmortal, ya que se separó del.fin para
el que fié creado. Héme aquí, hiéreme, oh tú que me has
colocado en las mas tenebrosas simas dcl destino: ya que fuí
en un principio uno de los testigos de tu amor, redúzcame
tu venganza á polvo....))
Dice, y se postra al pié del trono. Continuaba aun el si
lencio reinando en los cielos y los mundos atentos no pro
dudan aun ningun rumor; cuándo yo levanté temblando los
ojos hácia los tronos de oro. La palidez y las alteradas fac
ciones de los mártires, me indicaron que ni uno solo de ellos
sabia la suerte que estaba destinada al desgraciado Abbado
na. Los ángeles de la muerte continuaban teniendo suspen
didas sobre la cabeza de Abbadona sus espadas flamígeras , y
con la vista fija en el Mesías, aguardaban á que con una mi
rada, con un movimiento cualquiera, les indicase su vo
luntad suprema. »
Dominado Adan por el esceso de su emocion, cesa de ha
blar; los ángeles y los resucitados le contemplan con inquie
tud por parecerles que pesa por segunda vez sobre él el sueno
de la resurreccion; pero venciendo al fin la sensacion que le
domina, continúa el padre de la especie humana surelacion
de esta manera :
« Y oí palabras dulces como los *consuelos que dirige una
madre á su hijo querido, solemnes como los himnos de los
arcángeles; hé aquí las palabras que desde el trono del Eter
no fueron dirigidas al ángel caido:
« Ven Abdiel-Abbadona, ven, tu Salvador te llama.»
Adan vuelve á callar; pero en breve el deseo de referir á
sus celestes amigos la dicha de Abbadona, le arranca de su
éxtasis, y continua su relacion de este modo :
« Le ví levantar su vuelo, rápido como el pensamiento y
potente como la tempestad cuando lleva al Eterno en sus
inmensas alas; á medida que se va acercando al trono, to
man sus facciones su beatitud primitiva, y se vé brillar en
sus ojos aquella llama ardiente y pura que revela á los hijos
de la luz, cualquiera que sea la forma que tomen.
Ya Abdiel se habla separado de la legion de los serafi
nes para salir al encuentro de su hermano, al que no para
hasta estrechar contra su corazon , produciendo entre tanto
su corona de oro armoniosos sonidos. Al fin tiene Abbadona
el valor necesario para separarse de los brazos de su amigos
en el que vuelve á encontrar todo el amor, y arrojarse á los
piés del Mesías. Un dulce murmurio llena entonces lo infi
nito, derraman todos los bienaventurados lágrimas de gozo,
y los sitios de 'oro de los adoradores del trono se agitan dul
cemente como las arpas de los ángeles custodios, cuando las
hacen vibrar sobre la cuna del hombre inocente que acaba
de nacer, ó sobre la tumba del santo que acaba de morir.
Despues de haber adorado por mucho tiempo en silencio
al Redentor divino, le dirigió al fin Abdiel-Abbadona estas
palabras:
« ?Qué nombre podré darte, á tí, que acabas de darme á
conocer la omnipotencia de tu misericordia? Hijos primo
génitos de la creacion, y vosotros todos, los que debeis al
sacrificio de la redencion el patrimonio de la luz, decidme,
?quién de vosotros me ha llamado, cuál es la voz que ha
pronunciado mi nombre ?...?Nada me contestais?... !Luego
era la tuya, Salvador divino, Cordero sacrificado, Juez Su
premo, manantial inagotable de todas las beatitudes !... No
ha debilitado la última hora del tiempo en lo mas mínimo
tu fuerza creadora , puesto que yo había muerto, y era mi
muerte eterna y acabas de crearme de nuevo. La eternidad
que me devuelves me parece corta para pintarte mi amor y
mi reconocimiento. Cielos y tierra , alegraos conmigo , pues
to que ha dicho al dolor: Cesa , y á las lágrimas amargas de
la desesperacion y el arrepentimiento : Os he contado, sed
en lo sucesivo la.senal de las beatitudes celestes. !Gloria y
reconocimiento al Juez Supremo, al Hijo Eterno , al prin
cipio de amor y de misericordia!>
En aquel momento se hizo mi vision vaga y confusa, y
solo oí ya murmullos lejanos , gemidos ahogados de los que
no me fué dado penetrar el sentido; en medio empero de
aquellas imágenes indecisas, de aquellos sonidos quejum
brosos, tan pronto me parecia ver huir al tiempo con pas
mosa rapidez, como que se arrastraba lentamente con paso
incierto y vacilante. Habian trascurrido ya, en mi concep
to, algunos arios, cuando se disipó la nube que oscurecia
mi vista, y volví á distinguir claramente el inmenso cuadro
del último juicio.
« El terrible resplandor del trono se habia convertido en
una luz benéfica que iluminaba suavemente las playas de la
resurreccion; nunca habla logrado abarcar mi mirada una
estension tan vasta. Á una distancia que asombró mi pen
samiento, ví á los innumerables elegidos elevarse al santua
rio de los cielos: iban á su frente los primeros hijos de la
tierra que perecieron cuando en su justa cólera abrió el
Eterno las cataratas del cielo sobre la cabeza de los suceso
res del pecado y de la muerte que yo legué á mi infortunada
raza. !Con qué arrobamiento contemplaba á aquellas pri
meras víctimas de mi falta que, despues de tantos siglos ha
lijan gemido en un destierro tenebroso, y cuyas cadenas
acababan de ser rotas para siempre! Mientras que mi mirada
y mi bendicion les seguian de léjos, oí rugir á mis piés la
voz imponente del trueno; ví que la tierra se estremecia y
empezaba á disolverse, y que las esparcidas ruinas de la
morada del anatema y de la muerte, se trasformaban en un
nuevo Eden , del mismo modo que el polvo de mis huesos,
formados con el polvo de aquella misma tierra, se habian
trasformado en estecuerpo inmortal que es ahora la cubierta
de mi alma.
El dulce murmullo de la tierra resucitada resonaba aun
en mis oidos; la claridad inusitada y benéfica con que bri
llan todos los astros de lo infinito continuaba siendo aun el
encanto de mis ojos, cuando habiendo alcanzado ya mi vi
sion los límites que el Salvador le senalara, ha desapareci
do; y yo me he dirigido hácia vosotros, celestes amigos,
para referiros lo que he visto y oido. »
Jesus ha descendido del monte Thabor; silencioso y pen
sativo se ha parado en las orillas del mar de Tiberiades,
siendo tan solo visible para los ángeles que van á llevarle
mensages de todos los mundos de lo infinito. Aquellos ánge
les se apartan y vuelven hácia él, para volver á partir go
zosos en vista de laá misiones que les son confiadas, y que
por nosotros tambien serán objeto de alegría 45 de temor,
cuando nuestra alma, libre de su mortal cubierta, podrá
comprender al fin los secretos de la eternidad.
Acaba de brillar para la tierra un nuevo dia, pero un velo
diáfano compuesto del fulgor del diamante y de la plateada
luz de la luna, suaviza el resplandor de sus rayos nacientes.
Una calma profunda reina en toda la vasta region, que el si
lencio roza y santifica con su misterioso soplo; del seno de
los vapores rojizos que no pueden aun levantarse sobre la superficie de las aguas en que están dormidos, sale furtiva
mente un barquichuelo lleno de nobles y piadosos amigos.
Simon Pedro está de pié y mira con interés la red que du
)3 179 I<
«Y si yo quiero que se quede hasta que yo vuelva , ?qué
te importa? » contesta Jesus.
Todos los discípulos le pierden de vista , desapareciendo
Jesus como las olas del mar á la vista inquieta del nave
gante.
Despues de un corto silencio , Simon Pedro esclama con
la satisfaccion mas viva :
« Sí, pronto moriré como él ; pero tú, Juan, eres in
mortal. »
Y los discípulos felicitan al amable Juan por aquel favor
inaudito, del que todos le reconocen digno. Él solo ha com
prendido el sentido verdadero de las palabras del Cristo; pero
en vano procura desvanecer el error de sus hermanos que,
tan felices por la inmortalidad de Juan, como por el marti
rio que les está destinado y que aguardan con santa impa
ciencia, entran nuevamente en su barquilla y van á distri
buir el pescado que les queda entre aquellos pescadores
desgraciados que, en vano han estado toda la noche tirando
sus redes.
Los soles se levantan y se ponen, y sin embargo el juicio
del Salvador continúa, son cada vez mas frecuentes las ór
denes que dá á sus querubes, y los agentes de su voluntad
divina abren y cierran sucesivamente el libro de la vida, que
solo raramente despide la dulce claridad con que brillan las
páginas de los escogidos. Los decretos del Juez Supremo
hieren como el rayo y disipan las tinieblas de lo porvenir,
como desvanecen los rayos del sol las sombras de la noche.
Fieles á su santa mision, los testigos del Cristo han ido
de cabana en cabana, de valle en valle, diciendo que ha re
sucitado; que los muertos han salido de sus tumbas para es
plicar aquel misterio de los cielos; que el mismo Jesus se ha
aparecido ya á muchos de sus elegidos, y que se preseirtaria
en el monte Thabor ante quinientos fieles reunidos; por lo
que todos los amigos del Cristo se dirigen en tropel al monte
sagrado.
Ya numerosos grupos de fielescubren las laderas del Tha
bor en todos los puntos donde proyecta el cedro su protec
tora sombra. Lázaro los cuenta y les dice :
« Solo sois doscientos y es mucho mayor el número de
los convocados; cuando estarán todos reunidos los bien
aventurados que el Cristo quiere iluminar con un reflejo de
su divinidad, derramará entonces sobre nosotros la copa de
su misericordia. Mientras aguardamos aquel instante feliz,
cantad, hermanos, cantad algunos salmos á la gloria del
Salvador. »
María se levanta, y dice :
«Nuestra madre comun ha querido honrar demasiado á
una simple mortal al dignarse permitirme entonase con ella
el himno de los cielos; pero ahora puedo sin temor unir mi
voz á la de los amigos que el divino Resucitado ha dejado
en la tierra. Ven, pues, querida Magdalena, y glorifique
mos juntas al Hijo del Eterno. »
Contesta Magdalena :
« Gustosa te obedezco, Madre bienaventurada que oiste
los cantos de los serafines cuando celebraban el nacimiento
del Nino de Belen, tú que oiste los acordes del arpa de Eva
que, descendió hasta tí para iniciarte en la gloria inmortal
que te estaba reservada. Canta, y los débiles acentos de
Magdalena te seguirán de léjos. »
María agita las cuerdas de su salterio, y canta de esta ma
nera:
« Los ángeles del cielo celebraron al Nino recien nacido ;
el Nino lloraba, y glorificaron los ángeles sus primeras lá
grimas.
Y contesta M gdalena:
rante la noche que acaba de trascurrir, tantas veces ha ar
rojado en vano á aquellas aguas en que tanto abundan los
peces; Bartolomé, sentado á su lado, deja caer entre am
bas manos su cabeza encanecida por los anos; sumido en
una tierna meditacion , se apoya Lebeo en su remo, y bri
lla en sus miradas una celeste alegría. Nótase una sereni
dad dulce y tranquila en el rostro de Nathanael , porque la
certeza de la resurreccion del Cristo le ha consolado de la
muerte de María; el noble Santiago eleva sus pensamientos
al cielo; y solo piensa Juan en Jesus, por estar todos sus
afectos circunscritos en la tierra, mientras continúe el
Maestro divino santificándola con su presencia.
Se acerca el barco á la orilla, y los discípulos aperciben
al Mesías que se pasea por ella lentamente; no le conocen ,
pero su noble actitud y la majestad de sus facciones les ad
mira vivamente, y no paran hasta comunicarse el mutuo
asombro que su vista les causa. Jesús levanta la voz y les
dice si podrian procurarle algun alimento; pero los discípu
los guardan silencio, porque aunque han pasado la noche
pescando, no han cogido pez alguno. Compadecido del do
lor que les causa el no poder complacerle, les aconseja el
Mesías que tiendan la red hácia la derecha de la barquilla ;
apenas acaban de obedecer, vieron de tal modo la red llena
de peces, que solo á duras penas lograron sacarla del agua.
Sorprendidos al ver tan rica pesca, fijan Tomás y Lebeo sus
miradas en el desconocido, revelando sus facciones una
dulce esperanza; pero Juan ha conocido ya al Salvador, y
un grito de alegría y el nombre de Jesus se escapa de sus
trémulos labios.
Al oir Simon Pedro aquel nombre querido, se arroja á las
olas y alcanza la orilla, en la que no tardan en saltar sus
amigos y rodean á su Maestro, contemplándole con santo
arrobamiento. El Mesías les senala algunos panes y un fue
go para freir los peces que ha cogido Simon Pedro ; en po
cos instantes arreglan la comida, se sientan todos ellos en
derredor de la hoguera, y por segunda vez desde la dolorosa
noche que precedió á su muerte, el Mesías bendice el pan
que ofrece á sus discípulos.
Terminada la comida, Jesus se levanta, indica á Simon
Pedro que le siga, se adelanta con él á lo largo de la ori
lla, y le pregunta con voz solemne :
«Celas, ?me amas? ?es á toda prueba el afecto que me
tienes?»
Á lo que contesta Pedro:
«Tú lo sabes, Maestro, tú que lees en todos los cora
zones.))
« ?Por qué tardas pues tanto? Haz pacer á mis corderos. »
Luego repite por dos veces la pregunta que acaba de di
rigir al discípulo, que, contesta á ella con honda tristeza :
«Tú que todo lo sabes, ?puedes dudar aun de mi amor,
de mi abnegacion sin límites?))
Y Jesus repite:
« ?Por qué tardas pues tanto? Haz pacer á mis corderos.
Eres jóven, por lo que puedes cenir la espada y dirigir tus
pasos segun tu voluntad ; pero cuando la edad haya debili
tado tus fuerzas, otro te pondrá el cinto y te conducirá ape
sar tuyo. En verdad te lo digo, ?por qué tardas tanto en
seguir mis huellas? »
Como comprende Pedro el sentido de aquellas palabras,
sabe ya que debe morir por la gloria de suMaestro, é inun
da desde entonces su alma una dicha inefable.
El discípulo que, durante la comida de la nueva alianza,
se habia apoyado en el hombro de Jesus , le sigue de léjos :
Pedro le vé, y pregunta al Mesías si tambien Juan alcanzará
en breve el martirio.
180
«Yo, la mayor de las. pecadoras, caí á sus piés , y mi ar
repentimiento me valió el perdon de Aquel cuyas primeras
lágrimas glorificaron los coros celestes.
« !Ah querida Magdalena' , no eran lágrimas, era la san
gre que inundaba su rostro cuando sufrió por nosotros en el
valle de Getsemaní. »
.« !Ah! esclama María, al ver que Jerusalen iba á perder
se, lloró de nuevo por la ciudad santa, y llamó por última
vez á sus obcecados hijos. Pero léjos de ir estos á guarecerse
bajo sus alas, gritaron en los pórticos del palacio de Gaba
tha : !Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
El Gólgota se embebió aquella sangre sagrada, y los infier
nos se estremecieron por haber comprendido que acababa de
ser redimida la especie humana. Mi pensamiento se eleva
gozoso á los cielos, á los que en breve se elevará el Salvador
en toda su gloria; pero no puedo apartar los ojos del altar
en que su cabeza coronada de espinas se ha inclinado sobre
su pecho, que había exhalado ya el último suspiro.
« Piensa Magdalena en que nos ha prometido presentarse
en medio de nosotros. Ven , ven pues, ya que aguardamos
con santo terror y con un placer celeste tu llegada. »
Y Magdalena repone con mas fuerte acento :
« Ven , tú que dispiertas los muertos ; ven, tú que das la
vida ! Nuestras ávidas miradas te buscan en los valles y
montes de la tierra, y hasta te buscan en las nubes del cie
lo; llega, llega cuanto antes, ya que tu jóven comunion te
espera, como la desposada espera á su amado: Comuniones
venideras, cuando hayais entrado en la vida de prueba ,
avanzad sin temor hácia el sepulcro, porque ya os desper
tará el árbitro supremo de la vida ; así pues, recorred vues
tro camino con la corona de ciprés en la mano y los himnos
de triunfo en los labios. »
E interrumpiendo su canto, esclama :
« Mirad, mirad amigos como se llenan de peregrinos to
dos los senderos del Thabor ; la nube de polvo que levantan
sus piés aumenta y se acerca. Ya acuden todos los convo
cados á contemplar al Hijo del Eterno, que su Padre vá á
glorificar.»
Y continúa María el salmo que el placer ha hecho inter
rumpir á Magdalena :
« Sí, el Eterno ha glorificado á su Hijo, á fin de que su
jóven comunion se procure al verle con todo el esplendor de
un Dios, la fuerza de que necesita para desafiar la espada de
dolor y persecucion que tiene suspendida sobre sucabeza.))
Mientras que la madre de Jesus y Magdalena cantan de
este modo, los ángeles y resucitados, invisibles para los
mortales, acaban de reunirse con ellos.
Eloha, apoyado en su arpa de oro, ha escuchado atento
la dulce voz de María, y David, de pié junto á él, ha su
plicado al Salvador que acceda al fin á la tierna plegaria de
su madre.
Es cada vez mayor el número de fieles ; los enfermos que
el Cristo ha curado y los muertos que ha resucitado, acuden
presurosos unosen pos de otros. Beor y Dilean , Joel y Sam
ma, Berbeson , Bethoran y Tabitha , Esteban y José suben
lentamente á la cima del monte Thabor, y sus ángeles cus
todios les siguen llevando las coronas que la eternidad les
destina. El jóven Nefthoa va delante de Porcia, y siembra
á su paso tiernas hojas y flores medio abiertas, volviéndose
de vez en cuando hácia ella para mirarla y sonreirle con todo
el candor de la inocencia. Porcia , que no ha tenido la dicha
de ser madre, cree haberle sido enviado por el cielo el ama
ble nino que la gula, y esperimenta un dulce consuelo.
« !Qué hermoso es el camino que me haces seguir, y
cuanto te amo, ángel mio! » le dice.
« Y yo tambien te amo mucho , Porcia; pero mas te
amaré aun cuando los cedros y las palmeras del cielo nos
procuren fresca sombra , y cuando la primavera eterna nos
inunde de suaves perfumes.))
José de Arimathea y Nicodemus les alcanzan y dirigen el
saludo de paz y de amor que les ha ensenado el Maestro
divino , sin dejarles hasta hallar á las santas mugeres.
Al ver á la noble romana, la madre del Mesías dirige á
su Hijo este canto de reconocimiento.
« Tu misericordia es sin límites, Salvador del mundo. In
numerable y gloriosa será la comunion de la nueva Jerusa
len : las mas altas montanas les servirán de base, y las
estrellas del cielo serán sus antorchas. Lánzate, vuela pen
samiento mio á sondear los abismos del porvenir ; ya inunda
mi alma una dicha inefable, por ver á los fieles convertirse
de arbusto en árbol frondoso cuyas ramas cubrirán la faz de
la tierra, I qué infinita es tu misericordia, divino Resu
citado!))
Calla María poseida de un éxtasis santo, cayéndole el sal
terio de sus trémulas manos.
Mas de quinientos escogidos, futuros mártires todos ellos,
se han reunido ya en el monte Thabor ; Lázaro los cuenta
de nuevo, y les dice con el acento de la inspirador) celeste:
« Herederos de la luz, vosotros, á quienes el divino Me
diador ha convocado en el monte de la Trasfiguracion , ten
dreis una dicha que no, me es concedida á mí, la de derra
mar vuestra sangre por él ; yo os precederé en lo alto, para
plantar las palmeras con cuyas hojas entretejerán los án
geles vuestras coronas inmortales. Gloria á tí, oh divino
Mediador, por la rnision que me reservas ; gloria á tí, oh
Mediador divino, que destinas tus primeros elegidos á una
vida de prueba y á una nuerte cruel, á fin de que fortifi
c ados con aquel sangriento testimonio, crean en tí tus hijos
venideros, sin que nuevos mártires tengan necesidad de
atestiguarles tu poder y tu gloria.»
Dice, hace reunir los fieles y manda llos siete mas jó
venes de entre ellos que vayan por pan y vino, á fin de cele
brar por última vez con ellos la fraternal comida de la nue
va alianza.
Losjóvenes se apresuran á obedecer, los fieles se postran,
los ángeles y los resucitados van á ponerse entre ellos, in
fundiéndoles aquel santo terror que se manifiesta por medio
de piadosas lágrimas.
Cuando ve Lázaro á sus piés el pan y el vino, levanta las
manos al cielo, y pronuncia .en alta voz la oracion siguiente:
«Hijo del Eterno, en el momento en que uno de los tu
yos acababa de delatarte, de venderte, tomaste pan y le
presentaste á tus discípulos diciéndoles: Tornad, este es mi
cuerpo que inmolopor vosotros; luego alzaste la copa en que
bebieron todos; y les dijiste: Esta es mi sangre derramada
por vosotros, la sangre de la nueva alianza. Cada vez que co
mereis de este pan y bebereis de ese vino, hacedlo en memoria
mia. »
Y los fieles reciben de manos de Lázaro el símbolosagra
do del sacrificio de Cristo, y, fortificados por aquel alimen
to del alma, se escitan mútuamente para seguir con valor y
perseverancia el santo camino lleno de angustias y dolores
que se abre ante ellos. Luego continua Lázaro desenvol
viendo de este modo el gérmen de exaltacion que ha hecho
penetrar en sus corazones.
« El Cristo, dice, ha sufrido mas insultos, oprobios y tor
men tos que no sufrirá ninguno de vosotros, y terminó ya
su obra, cuando vuestra alma abrasada esté á punto de des
fallecer en las angustias del martirio, apagará su sed la co
pa de la nueva alianza.... Salúdame, madre feliz, como el
ángel del Senor te saludó á ti un dia , cuando te anunetó el
nacimiento de tu Hijo divino , porque quiero ir á reunirme
con él. Tam bien vosotros osle reunireis mas tarde, y be
berémos con él en el rio de la vida eterna.... ?Cuándo sona
rá mi última hora? ?Cuándo veré entreabiertos los cielos, y
á Jesus sentado á la diestra de su Padre?... Apiádate de nos
otros, Mediador divino, tú, á quien yo abandoné, mien
tras que por mí, que por nosotros todos, cubría un sudor
de sangre tu rostro humillado en el polvo de Gethsernaní....
Ya que me has condenado á morir dos veces, haz venga
pronto ese segundo sueno que ha de seguir tan de cerca á
la mas hermosa de todas las mananas. ?Dónde están losán
geles que hán sido enviados á la tierra para cantar la gloria
del Mesías? Que vengan á unir sus voces á la mia.... Las ti
nieblas se disipan, la noche va desapareciendo á mi vista, así
como tambien á la tuya Elkanan , y á la de todos los que
sufren con paciencia, para atestiguar la gloria del Salvador
á todos los hijos de la tierra...»
María le interrumpe, y eselama:
« Hijo del Eterno, yo te dí á luz, yo canté tu muerte, yo
canté tu resurreccion en la tierra; ?cuándo te dignarás lla
marme á tí, para que pueda cantar tu gloria en los cielos?»
Jesus les ha oido, se complace en su éxtasis santo, y cuan
do se presenta á su vista, suceden las realidades del cielo en
el corazon de los fieles á las arrebatadoras esperanzas de
la fé.
Asi como despues de una larga escursion al través de ar
dientes arenales, no cree el viajero poder apagar la sed en
el puro manantial que la Providencia le ofrece, asi los ojos
de los discípulos y de las santas mujeres, fijos en el rostro
del Mesías no saben separarse de aquel manantial de beati
tudes celestes. Al fin rompe Jesus el silencio, y les dice:
« Sea la paz con vosotros, hijos mios. Hay en la casa de
mi Padre moradas apacibles, voy á hacerlas disponer para
vosotros, porque quiero que despues de vuestra muerte es
teis junto á mi. Si me árnais observad mis mandamientos,
y yo rogaré á mi Padre por vosotros, á fin de que os envie
el espíritu de verdad : ya veis que no osabandono, como la
madre abandona al morir á sus pobres huérfanos.He vuelto
á vuestro lado porque os amo y seré vuestro guia hasta que
entreis en el goce de la vida eterna me revelaré á todo el
que me ame y siga mis mandamientos.))
Los ojos de Elkanan acaban de abrirse á la luz: vé al Me
diador, se postra, y le adora. Jesus continua hablando á los
suyos:
« Yo soy la vina de la vida, vosotros las cepas y mi Padre
el vinador que cortará la que no produzca ricos y bellos fru
tos; os he elegido á vosotros para que produjerais los mejo
res frutos de la eternidad. Quiero repetiros el único man
damiento que os lego. Amosunos á otros y Mi paz será con
vosotros; mi paz que es mas preciosa que la de la tierra,
puesto que os dará la fuerza necesaria para soportar el ódio
y las persecuciones, porque sereis odiados y perseguidos co
mo yo lo he sido.))
Desaparece el Redentor despues de haber pronunciado
aquellas palabras.
Pasado su arrobamiento, ven los fieles al jóven Neftoa en
el sitio que ocupaba el Mesías; pareciendo estar sumido el
nino en un dulce sueno, quieren despertarle para hacerle
partícipe de su alegría , pero habia dejado de existir el di
choso nino.
« Amigos mios, esclama Lázaro, id á coger flores, ínterin
voy yo á abrirle su tumba. »
Era ya el hoyo asaz profundo para recibir los restos de
Neftoa ; colócale Lázaro cuidadosamente en él, le cubre con
las mas bellas flores que crecen en la cumbre del Thabor
se aleja á paso lento. Los fieles le siguen en silencio, vol
viéndose á cada paso hácia la tumba cubierta de flores sin
derramar ni una lágrima: han visto al Cristo , y la muerte
no es ya por ellos mas que un beneficio, y la tumba una
puerta que conduce á la vida eterna.
Los setenta se han separado á la vez del monte sagrado de
la Trastiguracion , y juntos llegan tambien á un bosque de
palmeras situado al pié del monte; en él encuentran á los
discípulos que no han estado en el Thabor , y les refieren
con palabras de fuego todo lo que acaban de ver. Exaltado
al oir su relacion , Santiago hijo de Zebedeo, esclama con
entusiasmo :
« Nosotros tambien le verémos en toda su gloria; vendrá
y quiero salirle al encuentro. »
En vano sus amigos procuran detenerle, pues sube ya el
monte con paso rápido; al llegar junto á un penasco que se
inclina sobre el valle, se postra, levanta los brazos al cielo
y esclama :
« Salvador divino, no te vuelvas aun al lado de tu Padre,
porque tengo ántes necesidad de contemplarte. Si he en
contrado gracia ante tí, dígnate pasar junto á este penasco;
yo me retiraréal fondo de la caverna que el tiempo ha abier
to en sus laderas, y mis ojos t- seguirán de lejos.
Al terminar su súplica, ya el Cristo está á sulado; le ben
dice, le hace levantar y desciende con él hasta el bosque de
palmeras. Los apóstoles le aperciben de lejos; nunca se les
habla presentado tan resplandeciente: quieren salirle al en
cuentro, pero un ángel les manda detenerse. Obedecen, y
en su arrobamiento se dirigen mútuamente estas preguntas
confusas :
«?Te acuerdas del día , en que viles asesinos le cargaron
de hierros sacrílegos en nuestra presencia?... ?No fué con
esa brillante túnica blanca que le espuso Herodes al escar
nio del pueblo ?... ?Vá ya á subir al cielo? La hora de la
separacion , la mas cruel, la mas terrible de las horas, ?ha
brá sonado ya ? A mis ojos los montes y colinas se estreme
cen de dicha, los bosques ostentan colores mas vivos, el dia
es mas resplandeciente y mas puro el azur del cielo, todas
las beatitudes de los inmortales inundan mi alma, y vosotros
llorais.... »
De pronto sella el respeto sus labios; está el Cristo entre
ellos, y les dice :
«Sea la paz con vosotros, hijos míos. En breve dejareis
de verme acá en la tierra; ya no compartiré mas con vos
otros la miel y los frutos que con tanto placer me prepara
bais; pero en las alegres moradas de la paz eterna hallaréis
de nuevo á vuestro Mesías, y celebraréis con él y con los
padres de la nueva alianza, otras fiestas que noturbarán nin
guna idea de separador). »
En medio de los numerosos testigos de su magnificencia,
que se han arrodillado en el polvo ,el Cristo se postra y ora:
« Ha llegado, Padre mio , el instante en que debia pre
sentarse tu hijo en toda su gloria. Me confiaste todos tus hi
jos mortales para que les despertase para la vida eterna,
que consiste en conocerte y servirte. Te he glorificado en la
tierra, he cumplido tus decretos ; devuélveme pues la co
rona que he de cenirá tu diestra y que me pertenecía ya án -
tes de que la creaeion saliese de nuestro pensamiento. Los
hermanos que me destinaste, saben que todo lo que les he
ensenado procede de tí, y que por mandato tuyo he venido
á instruirles: á tí te los confio ahora, ya que te pertenecen,
por sernos comun la posesion de todo cuanto existe. Haz que
sean fieles á mi ley, haz que sean siempre una asociacion de
hermanos. Cuando yo era aun hombre como ellos, velé
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siempre por su alma , y no perdí mas que á uno solo de mis
escogidos.... Preciso era que las profecías se cumpliesen. No
imploro solamente tu gracia por mis discípulos, sino por to
dos los innumerables hijos que nos procurará su santa pa
labra; á todos los he redimido con mi sangre, á todos amo
con el mismo amor: sean siempre conmigo y en mí, á fin
de que participen de la gloria con que quisiste rodearme án
tes de crear los cielos. Oh tú, el más justo, el mas amado de
los padres, el mundo no te comprende, solo yo te conozco;
he descubierto á tus hijos el misterio de mi mision y de tu
divinidad, para que el amor que nos une desde la eterni
dad les inunde, y que pertenezcan sus almas enteramente
á su Salvador. »
Postrado de este modo bajo los rayos celestes que ema
naban de él , Jesus ora y suspira; luego se levanta y desa
parece.
Cuando bajo las bóvedas sagradas de un templo, une el
hombre piadoso su pensamiento á los acentos solemnes que
celebran la fiesta de la resurreccion del Cristo, parécele que
su alma, llevada en alas de aquella santa armonía, roza el
tabernáculo del cielo, y, sin embargo , solo siente una débil
parte del arrobamiento que llenaba el corazon de los após
toles, cuando el Cristo con todo el esplendor de su gloria,
estaba á su lado orando por ellos.
Postrados en el polvo, siguen los fieles con la vista hasta
los últimos fulgores que despide el Cristo á su paso ; luego
se levantan, dejan las palmeras de Galilea y vuelven á to
mar el camino de Jerusalen. Los ángeles que les acompanan
han olvidado ocultarse á sus miradas, y con todo, los ele
gidos no reparan en ellos, por absorverles enteramente el
recuerdo de la aparicion del Mesías.
Juan, que se ha separado de sus amigos, sigue un cami
no solitario ; su pensamiento sondea con tímida humildad
los abismos de lo porvenir; sobrado débil empero para dis
tinguir las sendas que la mano de la Providencia ha traza
do, se entrega á las santas visiones que le hacen presentir
las beatitudes de la eternidad. Á pesar del encanto inefable
que le procuran aquellas visiones, siente que el Eterno no
se haya dignado aun hacerle subir la primera grada que
conduce al santuario. De pié junto á Él, Salem , su ángel
custodio, participa de la agitacion que domina al discípulo ;
pero viendo que este se adormece, le sonrie y levanta su
vuelo, por saber que está su noble amigo bajo una protec
cion mas poderosa que la suya.
Al despertar, vé Juan á la Madre del Mesías á su lado.
« El cielo es quien te envía, esclama ; escucha María la
relacion del sueno que el Maestro divino acababa de hacer
descender sobre mí : Estábamos reunidos en mi cabana ha
blando del porvenir con toda la sencillez de nuestros tiernos
corazones, sin que ninguno de nosotros intentase imponer
á sus hermanos sus presentimientos ; pero solo deseábamos
la muerte, por ,no pensar mas que en nuestra salvacion ,
sin ocuparnos de la de la especie humana. Secos los lábios
y con el baston de peregrino en la mano, aguardábamos
con impaciencia el momento de ir á reunirnos con el Cristo
y de apagar nuestra sed en el rio de la vida ; pero de re
pente un soplo poderoso como el de la tempestad hace re
temblar mi cabana, pasa por entre nosotros y se convierten
nuestras lenguas en una llama celestial que ilumina, alienta
nuestros corazones y engrandece nuestras almas. Desde en
tonces nos sentimos ya con la fuerza necesaria para aguar
dar la muerte y dejar al tiempo que encaneciera nuestra
cabeza antes de que la cinera la corona del martirio ; dispo
niéndonos desde luego á recorrer toda la tierra para predicar
la ley del Cristo y aumentar el Mímero de los escogidos. »
Así habla Juan , escuchándole María , sumida en un éx
tasis santo.
La lira de Sion , rodeada de las mas brillantes estrellas ,
acaba de volverse hácia el santuario de los cielos, y cono
cen estos la senal que les anuncia el regreso del Hijo del
Eterno.
En vano procuran los discípulos desterrar la tristeza que
les causa la seguridad de que ha de dejarles su Maestro di
vino; Lebeo , sobre todo , manifiesta su dolor por medio de
sentidas quejas. La conviccion de que Jesus va á regresar á
la morada de la dicha y de la paz eterna , no basta á conso
larle , por no saber la hora en que volverá á reunirse con
aquel Maestro que ama-con todo el ardor de sualma. En su
desesperacion, suplica á los muertos le digan cuando ven
drá para él aquella hora mas santa, mas dulce que todas
las que ha visto salir hasta entonces de entre los vagos al
bores de la manana, que todas las que el crepúsculo de la
tarde envuelve en su velo balsámico , y que embellece la
luna con sus plateados rayos; pero los muertos permanecen
sordos á su súplica.
Guiado sin saberlo por el Cristo, que dirige sus ideas,
Tomás conduce los apóstoles y los setenta al valle de Get
semaní ; y al pasar por el punto en que Jesus sufrió tanto
la víspera de su muerte, le ven de repente en medio de
ellos. Sin atreverse á dirigirle la palabra, siguen la escar
pada senda que les hace tomar, y que les conduce al monte
Olivete ; mas de una vez empero se vuelven hácia el Gól
gota y hácia aquella tumba entreabierta , que es para ellos
objeto de dulce consuelo, por haber salido Jesus de ella
para presentarse á sus fieles amigos.
Los ángeles que han servido al Hijo del Eterno durante
su destierro aquí abajo, y las almas de los resucitados que
han rodeado su cruz y cantado sobre su tumba,. se han
reunido en el monte Olivete, por considerárseles dignos de
formar el cortejo triunfal que habla de acompanar al Cristo
hasta á la diestra de su padre. Eloha está en medio de ellos,
pero no debe seguirles, por haberle nombrado la voluntad
suprema ángel custodio de la tierra que la sangre de la re
dencion acaba de librar del anatema impuesto por el peca
do de Adan. Las felicidades que el porvenir reserva al
mundo confiado á su costodia, han sumido al mas grande de
los serafines en una dulce meditacion, durante la cual son
rie al adolescente del cielo que, en el último dia del tiempo
ha de presentársele la trompeta, cuyo» terrible sonido des
pertará á los muertos de todos los siglos.
Jesus y sus discípulos llegan á la cumbre del monte : la
dulce brisa de la aurora templa el ardor de los fieles, pró
ximos á sucumbir al peso de una felicidad superior á la na
turaleza humana, y que no habrian podido soportar, á no,
haberles fortalecido la presencia de su divino Maestro.
Agrupados en torno suyo le contemplan con muda admira
clon, por no haber lengua en la tierra ni armonía en los
cielos para espresar la magestad del Cristo en aquel mo
mento supremo.
Desde las estrellas mas lejanas hasta los globos inflamados
de la via solar, en todas partes en fin donde la mirada de
las criaturas de Dios puede contemplar los mundos que gi
ran en la inmensidad del espacio, todos los espíritus, sea su
túnica de azur, fuego, vapores diáfanos ó de arcilla, como
los cuerpos de los mortales, todos fijan su pensamiento en
el Redentor divino ; Eloha les vé, les sonrie, se postra ante
el Hijo del Eterno, y depone á sus piés la brillante corona
que ornaba su frente. Jesus le bendice mentalmente, tiende
los brazos á sus discípulos y les dice:
« No abandoneis á Jerusalen , donde debeis aguardare,
)1 183 x
cúmplimiento de la promesa que mi Padre me ha hecho
cuando he salido de mi tumba ; Juan el Precursor ha dado
el bautismo del agua, el Espíritu Santo da el bautismo de
fuego que recibireis vosotros que sois mis escogidos ; dejad
pasar algunos dias , y aquella promesa quedará cumplida.»
Uno de los discípulos le pregunta si levantará entonces de
su postracion ar reino de Israel ; y el Mesías le contesta que
no pueden los mortales saber los designios de la Providen
cia; luego piensa en Bethania , y Lázaro se trasfigura en
aquel mismo instante, conduciéndole un ángel al monte
Olivete, por ser uno de los que ha de seguir al Mesías en
su vuelo al través de los cielos.
Vuelve Jesus á dirigir la palabra á sus elegidos :
« Sí, les dice, recibireis el Espíritu Santo; descenderá á
vosotros y os dará la fuerza necesaria para ser mis testigos
en Jerusalen , en Samaria y en toda la tierra hasta .la con
sumacion de los tiempos. »
Y acercándose á los apóstoles les mira con una bondad
infinita, levanta sobre ellos sus manos divinas y continúa
de esta manera :
« Que Dios os guarde y proteja ; que os ilumine, y que
su gracia sea con vosotros; que su mirada os siga ,_y que
os dé la paz eterna. a
Todos lo sabeis , cielos y tierra, despues de haber ben
decido de aquel modo á sus discípulos, el Hijo del Eterno
habia terminado su obra aquí abajo.
Desciende una nube de las regiones de lo infinito, la cual
se acerca, llega , envuelve al Mesías y vuelve á subir
con Él.
Los fieles le siguen con la mirada, y lo que entonces
sienten sus almas, lo esperimentarémos todos, cuando la
nube, que se lo llevó de la tierra volverá el último dia del
tiempo á conducirlo á ella para juzgar á la especie humana
Solos han quedado los apóstoles en el monte Olivete.
Dirígense á ellos dos hombres, que visten una túnica blan
cacomo la misma nieve: el uno es el divino Elhoa , el otro
su jóven amigo, el amable Salem. La cabellera de Elhoa
resplandece, y su mano se apoya en un báculo de oro.
« Amigos, les dice, ?qué es lo que estais aguardando
aquí? Jesus , al que acabais de ver subir al cielo, estará
desde hoy con vosotros en todas partes.
Desaparecen los dos inmortales; y, llenos de placer y re
conocimiento, los apóstoles descienden del monte 011
vete. ,
En el templo, en Jerusalen , en sus cabanas, en todas
partes, se vé siempre reunidos á los apóstoles del Cristo ;
juntos oran y juntos aguardan con el mismo fervor el bau
tismo de fuego del Espíritu Santo, que les dará la fuerza
de que necesitan para cumplir su sublime mision , y atesti
guar ante el mundo toda la gloria y la omnipotencia del
Mediador divino.
Viages.
CONSTANT1NA.
La provincia de Constantina, una de las mas ricas é
importantes de la antigua regencia de Argel, está banada
al Norte por el Mediterráneo, linda por el éste con el reino
de Tunez, por el sur con el gran desierto de Sahara, y por
el oeste con las provincias de Titeri y Argel. Tiene de largo
unas 88 leguas y de 64 á 72 en su anchura media, y está
surcada por numerosos nos, de los cuales unosse pierden en
el Mediterráneo y los otros en las tierras, los mas principa
les Son el Oued-Djebid , el Oued-este-el-Kebir, el Summan,
el Seibouse y otros.
Este pais hacia parte del reino jde Tunez, posteriormen
te fué conquistado por los argelinos, en cuyo poder estuvo
hasta que se lo arrebataron los franceses: actualmente es
una de las provincias mas fértiles y bien cultivadas de todas
las del territorio argelino, y su costa es la que mas frecuen
tan los europeos en Berbería. La Companía franco-africana
formó un establecimiento en la ciudad de La-Calle, para
estraer trigo, cueros y otras producciones del pais, median
te un tributo anual de 100,000 francos. Igual privilegio ob
tuvo la Gran Bretana en La-Calle, Bona y otros puntos de
la costa, pero á causa de varias circunstancias no ha podido
sacar las ventajas que se proponia de este convenio. La ma
yor parte de las tribus que habitan esta provincia unen á
los cuidados de la vida pastoril el cultivo de las tierras, y
las mas poderosas son las de los Beny-Abbez, de los Cucos,
y de los Henneichas, que han sufrido mucho á consecuen
cia de la guerra de los últimos anos.
Entre las muchas y grandes ciudades que cuenta la pro
vincia, y que son centro de poblaciones y de relaciones
mercantiles, es una de las principales Constantina, la Cirta
de los antiguos, célebre por los reyes que tuvo, por sus lar
gas guerras con Roma y Cartago, y por haber sido patria de
Yugurta y de Masinisa.
Los romanos consideraban está ciudad como la mas fuer
te y rica de toda la Numidia , fundándose, sin duda, en su
posicion, y en las robustas obras de defensa, de las que aun
se conservan restos, y denotan eran aquellas colosales. En
aquellos antiguos tiempos la mayor parte de los caminos de
la provincia iban á parar á la ciudad, cuya importancia era
entonces inmensa, como residencia de soberanos, y centro
de riquezas y poderío. Ella fué la que resistió por tanto tiem
po á Yugurta; y el centro de las operaciones militares que
con tan buen resultado llevaron á cabo Metelo y Mario. En
211 fué arruinada con motivo de la guerra de Majencio con
tra Alejandro; pero cuando vino á poder del emperador
Constantino , este monarca la embelleció y le dió su nom
bre, que es el que conserva; y bajo el cual continuó por
largos anos sustentando su celebridad, siendo respetada de
las armas de mas de un invasor, á todos los cuales supo, ó
contener, ó contentar con su grandeza. Sabidos son los es
fuerzos que hizo el ejército francés para tomarla; el ningun
resultado que tuvo su espedicion de 1836, y cuanta sangre
costó el que la ocuparan á viva fuerza en octubre de 1837;
y téngase en cuenta, que luchaban contra hombres poco
esperimentados en la táctica de la guerra, lo que confirma
mas la importancia de esta ciudad.
Hállase situada Constantina en la cumbre de una monta
na , banada casi de todos lados por el Oued-Rummel ( el
Ampsagha de los antiguos) que la cerca como con un inmen
sofoso. Está defendida por un muro bastante deteriorado,
>1 184 t<
en el que se ven cuatro puertas, construidas de piedra ro
jis, casi tan fina como el mármol, y revestidas de escultu
ras que indican ser obra de los romanos: tres de ellas están
al sudoeste, y la cuarta en el ángulo enfrente del valle en
cerrado entre los montes Mausourah y Mecid. El interior
de la ciudad no ofrece cosa notable: sus calles 'están empe
dradas, pero son estrechas y tortuosas; y las casas por lo
general son de dos cuerpos pero no muy altos. Rayen la
ciudad muchos paseos notables; algunas mezq uitasde mérito;
y el palacio del bey construido por Ahmed despues de la to
made Argel por los franceses, y que ocupa una grande esten
sion de terreno. Entre los edificios antiguos se notaun puen -
Vista de Constantina.
te, reparado por los europeos. Vense además otras muchas
'ruinas que se estienden á lo lejos hácia el sudoeste, como
son : bellos arcos de triunfos, cisternas, acueductos, etc.,
por las cuales se conoce que la antigua Cirta ocupaba ma
yor recinto que la actual Constantina. En la parte mas
elevada hay una gran catarata formada por el Kumel ó
Oued-Rummel , que sale de un canal subterráneo. Por este
punto, cuya elevacion sobre el llano es de unos 700 piés, se
precipitaba en otro tiempo á las adúlteras y otros reos. Por
la parte del norte se goza de una vista magnífica, y todos
los alrededores de la ciudad son muy fértiles, y están bien
cultivados.
Literatura oriental.
III y último.
• El drama es lo que caracteriza mas la literatura de la in
dia: es la espresion genuina de los sentimientos de aquel
gran pueblo, de sus ideas, de sus aspiraciones. Es el dra
ma indio un raudal inagotable donde el atento observador
puede satisfacer sus mas vivos anhelos.
Hay á mas en el drama indio una fuente de patético que
se deriva de la misma causa: tal es la emocion que nace del
amor del hombre, no hácia su semejante, sino para con la
naturaleza viviente. Esta rivalidad, estos celos mudos de las
cosas que disputan al hombre su amor hácia el hombre,
forman sino el asunto al menos las principales bellezas del
drama conocido con el nombre de SACOUNTALA. La jóven
virgen va á abandonar el asilo de su infancia para unirse á
su amante que es el rey del pais; las ninfas de los bosques
preparan guirnaldas para la celeste esposa, va á partir, á
alejarse para siempre del bosque do nació; entonces es cuan
do se encuentra la siguiente escena, que no sabemos como
llamar, y en la que la muerta naturaleza representa uno de
los principales papeles. Diríase que esta escena encierra las
mas melodiosas brisas del golfo de Bengala.
EL BRAHMA.
!Oh vosotros, copudos árboles , bosques consagrados do
habitan las divinidades, Sacountala os abandona para mar
char á los palacios de su esposo: ella que nunca humedeció
sus labios antes de veros regados, ella que por amor á vos
otrosjamás cogió uno solo de vuestros ramos para adornar
sus cabellos y que no tenia otra mayor alegría que el veros
cargados de flores!
CORO DE VOCES DE SERES INVISIBLES.
!Que la ventura la acompane en su camino! ! que los
aires le traigan el aliento perfumado de las flores, que lím
pidos manantiales á la sombra de los lotos refresquen sus
piés, y que el ramaje de los bosques la proteja contra los
rayos del sol 1
UNA COMPANERA DE SACOUNTALA.
?Es la voz de la tórtola que desea un viaje feliz á Sacoun
tala? ?Son ninfas de las aguas que imitando su cantar ar
monioso, celebran al piadoso habitador de estos bosques ?
SACOUNTALA.
El pensamiento de ver nuevamente á mi esposo me ena
gena , y sin embargo me abandonan las fuerzas en el mo
mento de separarme de este bosque, asilo de mi juventud.
UNA JOVEN VHIGEN.
!Escucha, escucha! la enramada gime tambien á medida
que la hora de la separacion se acerca ; la gacela rehusa la
yerba que hemos cojido para ella; los pavos reales no ha
cen ya en los prados su magnífica rueda ; las plantas en los
bosques dejan caer sus pálidas hojas: su perfume y belleza
han pasado ya.
SACOUNTALA. .
!Oh padre mío! déjame hablar aun á esta flor del macha
vi que yo llamaba mi hermana y cuyas rojizas hojas brillan
como la llama en los bosques.
EL BRAHMA.
Hija mia, sé tu:amor hacia esa planta.
SACOUNTALA.
!Oh la mas bella de las plantas! recibe mis abrazos, que
tus tallos enlazándose á mi cintura me devuelvan sus cari
cias! De hoy :mas y á pesar de la ausencia , siempre seré
tuya. ! Oh padre mio! ten cuidado de esta planta como de
mi propia!
EL BRAHMA.
Sí, enlazaré tu planta querida con su prometido el árbol
de amira , que esparce junto á ella su perfume. Valor, hija
mia , prosigue tu viaje.
SAZOUNTALA.
! Ah ! ?quién ha cojido los pliegues de mi vestido, quién
me detiene aun ?
EL BRAHMA.
Es el pequeno cervatillo, sobre cuyos labios has aplicado
tantas veces el bálsamo sagrado, cuando fuera herido por
las penetrantes espinas:del césped; es aquel que tantas ve
ces has alimentado en tumano con los granos del siamaha.
El pobrecillo no quiere abandonar á su bienhechora.
SACOUNTALA.
?Por qué lloras tú, dulce criatura, por mí que debo aban
donar nuestro comun asilo? Cuánto cuidado he tenido de
tí (porque tú perdiste tu madre poco despues de nacer ) ;
del mismo modo el que me ha servido de padre, te dará tu
alimento. Retírate, vete ; es preciso separarnos (abrazando
á su padre ). Arrancada al seno de mi padre , como el jóven
árbol del tam ala de la tierra de los montes Himalayas, ?cómo
podré creer en estranjero suelo?
?Dónde encontrar, este grito de las plantas, de las cosas,
este diálogo del hombre y la naturaleza muda? En las pie
zas indianas, imbuidas aun del panteismo de los VEDAS.
Los bosques, las flores, los arroyos, los senderos no son ya
objetos inanimados: tienen un alma, una voz, una palabra
y SACOUNTALA aparece en medio de todo este cortejo como
la reina de las flores. Algunos versos de Homero, algunos
acentos. de los Philoctetes al abandonar su gruta revelan
entre los griegos un sentimiento parecido; pero !cuán me
nos vivo, menos íntimo, menos profundo Para estar así el
hombre en inteligencia con la naturaleza, es preciso que los
TOMO 111.
185
dias de su vida se hayan pasado uno tras otro en el mismo
lugar, y haber tenido tiempo de echar raices en el suelo do
naciera. El pueblo indiano que nunca ha abandonado sus
vallados, debe haber nutrido mas que otro alguno esta nati
va simpatía hácia sus mansiones. Cada individuo vegeta allí
constante en su morada; la sociedad , la familia, siempre
inmóviles, tienen_allí una especie de vegetacion moral. De
aquí es , que el hombre posee en parte los instintos de la
planta , siendo por lo tanto natural que el grito del hombre,
arrancado del suelo do nació, resuene fuertemente en la
poesía indiana. En los pueblos modernos cada hombre ha
abandonado hartas veces el suelo de su patria, para que los
lazos de parentesco entre él y la naturaleza hayan tenido
tiempo de formarse: frecuentemente su corazon se ha ido
posando de objeto en objeto sin poder echar raiz en parte
alguna. La naturaleza no hace ya oir su voz dentro de nos
otros al separarnos de ella; cada cual errando léjos del te
cho de sus padres, llega al fin á hacerse mas ó menos cos
mopolita: no se encuentra retenido por los tiernos lazos que
circundaban sus primeros pasos, y para el mayor número
de nosotros, nuestro sepulcro debe ignorar nuestra cuna:
Aunque el teatro indiano cuenta un gran número de dra
mas de géneros diferentes, políticos, metafísicos y satíricos,
SACOUNTALA es el en que se reproduce mas fielmente su
carácter bajo las mas nobles formas. Efectivamente , el
personaje principal del teatro indiano, el que mejor debiera
representar la fisonomía del pais no podia ser un Agame
non , ya cargado de todo el peso de la historia, ni un Ham
let, ni un Fausto, sumidos ambos en la tenebrosa melan
colía de la edad media; no debia ser un héroe arrastrado á
la conquista de una nueva Yelion , ni un doctor que medi
tara sobre el tiempo que pasa, ó sobre la vejez del mundo.
Debia ser una jóven vírgen olvidada en lo mas oculto de un
bosque primitivo, y cuyos instintos todos son los de las flo
res que han perfumado meciendo su cuna. Sacerdotes en el
fondo de vírgenes alamedas, la instruyen en el culto de la
naturaleza: vive en la solitaria gruta de un brahma; riega
el césped de los sacrificios, tiene la dulzura y la gracia de
las gacelas que alimenta por su mano, se aduerme lángui
damente á la sombra del TAMAL iéjOS de todos los rumores
del mundo. ?No és este, digámoslo otra vez, todo el carác
ter y toda la historia de la raza indiana? Y á pesar de la
poligamia que se encuentra en el fondo de estas costumbres,
los sentimientos que dan vida á este drama, tienen una dul
zura casi cristiana. El politeismo griego ó romano no su
ministra ejemplo alguno de estos sentimientos que parecen
haber nacido solo del espíritu del Evangelio, llevado por
ignorado aquilon misterioso hasta lo mas oculto de las sa
banas de la India. Sacountala es una hermana perdida de
esa gran familia de mujeres cristianas reunidas por los poe
tas : Francisca de Rímini, Julieta , Atala. Pero la que mas
se le asemeja es Virginia ; el propio clima les ha prestado
igual fisonomía. Imaginad á la desposada de Pablo abando
nada poco despues de sunacimiento, y que hubiera guar
dado el sello del bautismo en el ermitage de los brahmanes.
A pesar de todo, preciso es confesarlo, el drama en
Oriente no está aun mas que en bosquejo. La tragedia no
es aun formal, porque el hombre, fiel todavía al Dios de
sus abuelos, no se halla entregado al dominio de su espíritu.
Así como no tiene mas que la sombra de la libertad, así
no tiene mas que la apariencia de la lucha: su corazon, lé
jos de estar verdaderamente dividido ni alejado de sí pro
pio, se siente seguro en la mano de Dios, y la tormenta no
puede ampararse de él : juega con el dolor, como SACOUNTA
LA con el aguijon de la amorosa abeja. La tierra en paz con
94
•>5 186 gt
el cielo exhala por todas sus voces, el himno, el cántico, la
armonía; pero la tragedia no ha nacido aun : un día esta
llará en la inteligencia y en el corazon del hombre con el
génio del exámen , con la revolucion interna, la duda , la
curiosidad del amor ya satisfecho. Tal se nos presenta la
Grecia.
• Botánica.
EL GUAO.
Descubrimiento de sus escelentes prop iedades como antídoto.
Hace lo menos ciento cincuenta anos que un esclavo mu
lato seguia la corriente del Orinoco, en las inmediaciones
de Guyana, y no lejos del sitio en que aquel rio paga al gol
fo de Méjico el tributo de sus aguas. Vagando al acaso por
espacio de muchos dias en aquellas regiones meridionales,
caminaba el esclavo con recelo é inquietud de un hombre
que, en medio de unas sábanas fecundas en reptiles vene
nosos, cree descansar el pié, cuando menos lo espera, so
bre el escamoso cuerpo de una serpiente.
Examinaba escrupulosamente con la vista todos los árbo
les, todos los matorrales que veía, y que le parecían otras
tantas guaridas, desde donde unos enemigos, cuyo color se
confunde con .el del ramaje, acechan el paso del cami
nante.... De repente se detiene; se arroja al suelo, impri
me en la tierra hasta las conyunturas de sus miembros, é
inmóvil, contando como única defensa una higuera indiana,
espera el resultado de lo que vé. Sin el temblor convulsivo
que agitaba el cuerpo del esclavo, cualquiera hubiera creido
que estaba muerto.
Acababa de ver á pocos pasos de distancia la mas terrible
de todas las serpientes, cuya raza se conserva aun en aque
llas re.giones. No era, por cierto, un animal monstruoso,
uno de esos colosales reptiles que, adormecidos en los nos
ó en la espesura de los bosques, presentan á las miradas del
.viajero el aspecto de un tronco desgajado por la tempestad.
Tampoco tenia las proporciones gigantescas que tanto ad
miran los pueblos europeos, cuando contemplan la piel re
llena de paja de alguno de los reyes del °Ido.
Era la serpiente amarilla.
Quien hubiera visto su pequenez, quien hubiera exami
nado su delgado cuerpo, rehusaria creer que tan débil rep
til pudiese matar una codorniz, y sin embargo, su picadura
mata á un hombre, de tal modo, que hecha la herida, lle
ga la muerte antes de tres minutos. El esclavo lo sabia y
temblaba.
Su inmovilidad era completa; por todo el imperio ame
ricano no se hubiera atrevido á levantar la vista; hubiera
dado diez anos de su vida por hallarse lejos de tan espan
toso enemigo. Este tampoco se movia. Levantado sobre sí
mismo en espiral, dominaba la yerba de la sabana con su
cabeza salpicada de manchas del color del ocre amarillo y
de naranja; sus ojos aterciopelados y azules como las nubes
de aquel cielo, brillaban y parecian despedir chispas de fue
go como la piedra mas brillante. Aspiraba el aire con volup
tuosidad, y ofrecía poco á poco cada parte de sucuerpo á los
ardientes rayos del sol. Para el hombre ignorante del peligro
que se arrostra á la proximidad de este reptil, es un verda
dero placer contemplar su delicadeza, la espresion de sus
ojos y la gracia de sus movimientos. No tardó la serpiente
en empezar á dar saltos, trazando en el aire rápidas vueltas,
y haciendo oir un débil quejido, semejante al que produce
la seda en su contacto con una pared.
El esclavo temblaba cada vez mas, y al mismo tiempo lle
gó á sus oidos un ruido estrano; creyó que aquel ruido pro
venia de la yerba sacudida con fuerza, y su imaginacion le
presentó una familia entera de serpientes, pronta á arro
jarse sobre él. El miedo le obligó á alzar la vista: más !cuál
fué su admiracion al ver que la serpiente sostenja un terri
ble ataque contra un pájaro! Reconoció entonces que ya no
se trataba de su vida, y bendijo al cielo, disponiéndose en
seguida para huir; mas viendo que el reptil habla ya perdi
do la mayor parte de su vigor, quiso presenciar el fin de
aquel estrano combate. El puesto no era ya peligroso, y la
curiosidad le retuvo.
La lucha proseguia con encarnizamiento. El pájaro agi
taba sin cesar sus agudas garras, y con su afilado pico hacia
á la serpiente profundas heridas. Esta, irritada se arrastra
ba por la yerba, hendia el aire en todas direcciones, ape
laba á toda su fuerza y astucia, y arrojábase al rio para evi
tar los golpes de su adversario; pero el pájaro la perseguía
sin descanso en el aire, entre la yerba, y hasta en la super
ficie del rio, y el ataque volvia á empezar siempre con nue
vo furor. Solo de vez en cuando concedía el pájaro á la ser
piente una especie de tregua: dejaba el lugar del combate,
y volaba con rapidez y cubierto de sangre hasta un arbusto
inmediato. Picoteaba algunas de sus hojas; tragaba con pre
cipitacion algunos pedacitos de corteza del mismo arbusto,
y volvía á la carga con mayor empeno.
El esclavo lo observaba todo, y no podia concebir corno
la serpiente estaba casi muerta y el pájaro lleno de vida, á
pesar de tener el cuerpo lleno de mordeduras; preguntábase
que especie de pájaro tan venenoso era aquel que mataba
la serpiente amarilla; perdiase en conjeturas, y creía sonar.
Ya no le quedaba duda alguna : la serpiente yacia inmóvil,
muerta; el pájaro tambien estaba abatido; tenia las alas caí
das y la respiracion penosa; pero esto le duró poco; hizo un
esfuerzo; voló hácia el arbusto, comió de sus hojas con una
voracidad singular , sacudió las alas, volvió al campo de ba
talla, estuvo un rato descansando sobre el cadáver de la
serpiente, limpió el pico ensangrentado en sus propias plu
mas, y haciendo resonar un grito de alegría dirigió su vue
lo hácia el Sur.
Algunos meses deSpues, una estrana noticia puso en con
mocion á la ciudad de Caracas. Era una hermosa manana
de otono, y el pueblo acudia en tropel á la plaza pública.
Esta se hallaba dispuesta del mismo modo que vemos hoy
las nuestras en las corridas de toros; el gentío ocupaba to
das las gradas , todos los asientos, y una música militar eje
cutaba delante del que podia llamarse palco del goberna
dor, danzas y canciones populares. El gobernador no se
hizo esperar mucho tiempo: reinó un profundo silencio, y
un hombre se adelantó solo hasta el centro de la plaza, em
pujando con sus manos un tonel que rodó hasta el mismo
sitio. Aquel hombre, que llevaba tambien una alforja sobre
Descripció
| Puntuació | |
| Títol | Abeja, La. No. 3 (1 enero 1864), p. 159-198 |
| Descripció | Informació addicional del títol: revista científica y literaria ilustrada, principalmente extractada de los buenos escritores alemanes por una sociedad literaria |
| Títol addicional | Revista científica y literaria ilustrada, principalmente extractada de los buenos escritores alemanes por una sociedad literaria |
| Editor | Biblioteca de Catalunya |
| Data de publicació | 2008 |
| Data del document original | 1864 |
| Tipus de recurs | Text |
| Format | |
| Font | Publicació original: Barcelona : Librería de D. Juan Oliveres, [1862-1870], No. 1 (1 enero 1862)-No. 3 (1 enero 1964) |
| Llengua | spa |
| Relació | http://cataleg.bnc.cat/record=b1056597~S10*cat |
| Gestió de drets | Còpia permesa amb finalitat d'estudi o recerca, citant la font "Ateneu Barcelonès". Per a qualsevol altre ús cal demanar autorització |
| Resolució | 150 ppp |
| Compressió | JPEG, compressió baixa |
| Definició | 8 bits |
| Història de canvis | Imatge original TIFF, sense compressió, a 300ppp |
Descripció de la pàgina
| Títol | 05_No. 3 (1 enero 1864), p. 174-186 |
| Transcript | x 11 vieron bastante genio para comprender cuan grande y dig na era del autor de la naturaleza. Anaxágoras ensenó .1a habitabilidad de la Luna como artículo de doctrina filosó ' fica , anadiendo aun que contenia como nuestro globo aguas, montes y valles. (1) Decidido partidario, del mo vimiento de la Tierra, despertó su opinion contra él nu merosos émulos y fanáticos ; y por haber sostenido que era el Sol mucho mas grande que el Peloponeso, fué perseguido y casi condenado á muerte; siendo su persecucion como un preludio de la sentencia de Galileo, como si desgraciada mente la verdad hubiese de estar en todos tiempos oculta á las miradas de los hijos de la Tierra. Hácia la misma época, Petron de !limera, en Sicilia, del que Hippis de Rege, poeta é historiador de los tiempos de Xerxes hace particular mencion , habia escrito una obra en la cual sostenia la existencia de 183 mundos habitados. Se gun Plutarco, habia llegado ya aquella doctrina algunos siglos despues hasta el mar de las Indias, donde era ense nada por un venerable anciano que consagraba el tiempo de que podia disponer á la contemplacion del universo, y que, como él mismo decia, despues de haber permaneci do con las ninfas y los genios, solo una vez al ano se en contraba en las orillas del mar Eritreeno , para oir á los príncipes y ministros que iban á consultarle. (2) Cleombro to, uno de los interlocutores del tratado de la Cesacion de los Oráculos, de Plutarco, buscó por mucho tiempo con empeno á aquel filósofo bárbaro, por el que supo que habia no solo un mundo, sino una infiLidad de ellos, y que as cendia su número á 183. Esta idea, que á primera vista parecia falta de sentido, procede de que aquel filósofo con sideraba al universo como un .triángulo cuyos lados eran formados por sesenta mundos y por un mundo cada ángu lo; siendo el arco del triángulo el foco comun y el centro de la verdad. Volvamos á la antigüedad histórica, demostrando que todos los epicureos creyeron en la pluralidad de mundos. La mayor parte dejos discípulos de Epicuro no solo com prendian los cuerpos planetarios entre el número de mun dos habitables, sino que creian hasta en la habitabilidad de una multitud de cuerpos celestes diseminados en la inmen sidad del espacio. Metrodoro de Lamplaque, entre otros, .decia ser tan absurdo el creer que no habia mas que un mundo eh el espacio infinito, como lo seria el suponer que no pudiese crecer mas que una espiga en una fértil y vasta campina. Lo propio decia Anaxarco á Alejandro el Grande, admirado al saber que habia tantos mundos, de los que solo uno hubiese logrado llenar con su gloria. Un gran número de partidarios de la escuela de Epieuro, de entre los cuales deberémos en breve citar á Lucrecio, creyeron, no solo en la pluralidad, sí que tambien en la infinidad de mundos. Tales son Arquelao y Diógenes de Apolonies, quienes creian además que era una inteligencia divina la clue habia dis puesto la fortnacion y arreglo de los cuerpos celestes; y Xe nofanes y Zenon de Elea, que reconocian la intervencion de un Espíritu superior en el gobierno de la naturaleza , sin que su opinion empero difiriera tal vez mucho de la doctrina de Espinosa. Finalmente, entre los antiguos filósofos griegos cuyos nombres han llegado hasta nosotros, citarémos en apo yo de nuestra doctrina á Seleuco , Platon y á muchos de su escuela, que como Alcinous y Plotino, ensenaron esta doc-, trina de todos los siglos, de todos los pueblos y de todas las religiones. Debemos observar así mismo que si Aristóteles hubiese conocido el verdadero sistema del mundo, habria (1) Plutarchus, De placilis philosophorum, p. 200. Memoria de Bollan' y, Academiatle I nsetipciones y Bellas Letras, t. XI. defendido con menos ardor la incorruptibilidad de los cie los, única razon , como lo observa el mismo , que le impi dió admitir otras tierras y otros cielos ; y que no pudiendo por lo mismo poblar los astros, creyó deber divinizarles , penetrado como estaba de la idea de que participan cuantos estudian la naturaleza, esto es, de que la infinita grandeza de Dios tiene , además de la Tierra , otros espejos en que reflejarse. El mas ardiente y celoso de los discípulos de Epicuro , fué tambien uno de los defensores mas acérrimos de la plus. ralidad de mundos, siendo digno de notarse el que, segun su sistema , solo eran las estrellas visibles simples emana ciones del globo terrestre, por lo que tuvo que crear mas allá de aquellos mundos un nuevo universo, invisible á nuestros ojos , y colocar en él otras Tierras, otras estrellas y otros habitantes. « Si los principios generadores, dice Lu crecio, han dado orígen á las masas de que salieron el cie lo, las aguas, la Tierra y sus habitantes, preciso es convenir tambien que en el resto del vacío los elementos de la ma teria habrán creado innumerables seres animados, mares , cielos, tierras, y sembrado el espacio de mundos parecidos al que se balancea en las hondas aéreas. Do quiera halle la inmensa materia espacio que la contenga sin obstáculos que se opongan á su fuerza creadora, producirá la vida bajo variadas formas; y si es tal la masa de los elementos , que no bastarian á contarlos los seres de todos los tiempos, y si la naturaleza les ha dotado de las facultades que conce dió á los principios generadores de nuestro globo, es inne gable que habrán producido aquellos elementos en las de mas regiones del espacio otros mundos y otros seres. » Este trozo del poema de Lucrecio, que establece de un modo tan preciso su opinion sobre la pluralidad de mundos, nos recuerda el trozo análogo del Anti-Lucrecio , poema del cardenal de Polignac , quien se propuso combatir con él á su adversario. Si bien es cierto que el poeta materialista . despliega con franqueza nuestra bandera, no lo es menos el que su espiritualista comentador, que le hace cruda guerra en todo el curso de la obra, participa sobre el punto que nos ocupa de las ideas de su antagonista. « Todas las estrellas, dice, son otros tantos soles parecidos al nuestro, rodeados como este de cuerpos opacos á los que comunican la luz y el dia. Los planetas que les acompanan pasan des apercibidos á nuestra vista, y la distancia de aquellas estre llas nos oculta la enormidad de su grandor. Pero si se con sidera que los rayos de aquellos astros tienen la misma propiedad que los del Sol, y que mirado este desde una dis tancia igual á la que nos separa de las estrellas, nos pare cen ia tan pequeno como estas, ? podrá creerse que sea dis tinto su objeto, y que brillen tan maravillosas antorchas inútilmente en lo infinito ? La Divinidad no se limita á for mar un solo ser de una misma especie, sino que hace brotar á la vez del seno de su fuerza creadora una multitud de seres iguales. Una misma causa debe producir siempre igua les efectos.» No son las palabras del cardenal mas terminan tes de lo que lo eran las que empleaba' Laplace cincuenta anos mas tarde para demostrar su adhesion á nuestra doc trina. Luego citarémos á aquel ilustre geómetra ; pero pre ciso es antes de llegar á nuestro siglo ver los nombres-mas célebres que figuran en la historia de las ciencias. No ape larémos á la época del esplendor de Roma, en la que habia desaparecido toda la grandeza interior del alma ante los escesos del placer sensual, para hallar partidarios de nues tra doctrina , así como tampoco recurrirémos á los siglos inmediatos á la caida del grande imperio y de la renovac1on de los pueblos, por ser una época no menos azarosa. Sin 175 In del Sol; Nehemie Grew,, en su Cosmología; Voltaire , en s u novela titulada 11/Iicromegas ; Marmontel , en los Incas; los principales autores de la Enciclopedia; Condillac , Buffon , Nicholson , Bernardino de Saint-Pierre , Swedamborg y los espiritualistas de su escuela, Lavater y sus fisiognomonis tas ; y finalmente un gran número de poetas que, como el inglés Young , Saint-Larnbert y Fontanés, cantaron la gran deza del universo y la magnificencia de los mundos ha bitados. Sin hacer mencion de nuestro siglo, que hablaria aun con mas elocuencia que los anteriores á favor de nuestra causa, esperamos que esta serie gloriosa de nombres para siempre célebres en la historia de la ciencia y de la filosofía, no será en nuestras manos un vano é inútil palaclion. Séanos permi tido pensar que si todos aquellos hombres ilustres no cre yeron disminuir la justa fama de su génio proclamando la pluralidad de mundos, bien podemos nosotros, que acerca de esto, no debemos abrigar ningun temor, defender la mis ma doctrina y poner de manifiesto en lo posible toda su grandeza. « En verdad, decia Montaigne con mucha razon, no puede comprenderse que Dios, omnipotente como es, hubiese puesto límites á su fuerza creadora. ?Y á favor de quién habria renunciado su derecho? Nada mas verosímil, nada mas fundado que la pluralidad de mundos que nos presenta la sana razon : embargo , podriamos demostrar que ya en los primitivos tiempos del cristianismo hubo hombres de génio asaz in dependientes para proclamar en alta voz su opinion á favor de nuestra doctrina. Lactancio, comentador de Xenofonte, sostenia que la Luna estaba habitada y que los seres lu nares vivian en profundos y estensos val'es. Las observa ciones modernas demuestran que esta idea por adelantada que pareciese en la época de Lactancio , no por ello carecia de fundamento, puesto que la atmósfera de la Luna, caso de existir, solo cubre los valles del satélite , y no puede per mitir mas que en aquellos puntos la existencia tal como nosotros la comprendemos. San Ireneo creia que losValen tiniano , bajo los nombres misteriosos de Bythod y Edner,, ensenaban el sistema de Anaximandro sobre la infinidad de mundos. Desgraciadamente para el adelanto de las ciencias en general, y sobre todo, para el de nuestra doctrina en particular, el sistema erróneo de Aristóteles acerca la in corruptibilidad de los cielos y la interp,retacion no menos errónea de la creencia antigua sobre la inmovilidad de la Tierra, cerraban los ojos á todo hombre deseoso de saber, y se opusieron á la marcha lenta de las conquistas del espíritu humano. La ciencia retrogradó. Llegó hasta á decirse que el que creia en los antípodas se oponia formalmente á la verdad ; y quince siglos mas tarde se condenó á aquel anciano, para siempre célebre, por haber hallado pruebas en los cielos que le indicaban el movimiento de la Tierra. Pero pasemos en silencio tales hechos, y recordemos tan solo que la biblioteca mas rica del mundo, en la que se conser vaban los únicos archivos de los conocimientos humanos, fué incendiada en aquella época, y que las mas poderosas aspiraciones del pensamiento fueron sofocadas. Sin reanudar el hilo interrumpido de nuestros autores, citarémos aquí los nombres ilustres de los que desde el renacimiento de las le.. tras y las ciencias creyeron en la habitabilidad de losastros. Segun Fabricio, debemos contar en el número de los de fensores de nuestra doctrina á NicolásCousa , al desgraciado Jordano Bruno, Tico-Brahe , Tomás Carnpanella , Guiller mo Gilbert, Ren ato Descartes y los cartesianos Galileo, Kep ler,, etc. Vemos en una obra filosófico-teológica que data de la época en que se modificaron las ideas generales acerca del ment imiento de la Tierra, up párrafo bastante curioso, que creemos deber trasladar. líelo ahí : « Mas allá de este mundo, esto es, allende el cielo empíreo , no existe cuerpo alguno ; pero en este espacio infinito (si nos es permitido hablar de este modo ) en que nos encontramos, Dios existe en su esencia y ha podido formar infinitos mundos mas peifectos que el nuestro, como lo afirman los teólogos (I). En el siglo xvir citarémos á David Fabricio, que por parén tesis, pretendia haber visto por sus propios ojos habitantes en la Luna; á Claudio Berigard, Hevelio, Otto de Guerike, Pedro Gassendi, Antonio Reita, Domingo Gonzalez y Maes lines , Pascal en los Pensamientos, al satírico y pensador Bergerac , al Kircher,, autor del Iier extaticum celeste, á Huyghens, autor del Cosmotheoros ; y á diferentes ingleses, sir Roberto Burton , Godwianus, el obispo Wilkinsius, autor de la obra titulada « La Luna habitable », Nicolás Hill, Ja cobo Hewell , Patterus, y el jesuita Derham , autor de la Astro-Theologie. Y finalmente, veremos que en el siglo XVIII han defendido tambien nuestra opinion los filósofos, natu ralistas y matemáticos mas célebres, tales son : Isaac New ton , Tomás Burnet, Whiston, Bayle , Locke , Fontenelle , Kant , Jorge Cheyne , en sus «Principios de filosofía natu ral »; Einrimart , en su Iconografía de las nuevas observaciones (1) Christophori Ciavii Bambergensis in Sphteram lOannis de Sacro Bosco Comentarius, P 72. Terramque et solem , lunam mare , ccetera qua3 sunt, Non esse unica • sed numero magis innumerabili. « Los hombres mas famosos de los tiempos pasados lo creyeron, así como lo creen tambien muchos hoy dia , guia dos por la luz de la razon. Nada vemos único en esta gran máquina; y ya que todas las especies se han multiplicado, no es probable que Dios hubiese hecho esta obra única sin destinarle una hermana, ni que se hubiese agotado en su creacion la materia de la forma. » « Soy de opinion , decia tarnbien el célebre filósofo Kant, de que no es ya necesario sostener que todos los planetas están habitados, porque el negarlo seria un absurdo á los ojos de todos, ó al menos á los de la generalidad. En el im perio de la naturaleza, los mundos y los sistemas no son mas que el polvo de soles respecto á la creacion entera. Un planeta es mucho menos relativamente al universo que una isla respecto al globo terráqueo. En medio de tantas esfe ras, no puede haber mas puntos desiertos é inhabitados que los impropios para sostener los seres racionales que están en íntima union con la naturaleza. Nuestra misma Tierra exis tia quizás miles de anos antes de que su constitucion lé per mitiese tener plantas, animales y hombres. » « ?Es posible creer, anadia mas tarde L. C. Despréaux , que el Ser infinitamente sábio hubiese dotado á la bóveda celeste de cuerpos de tan prodigiosa grandeza solo por com placer nuestra vista, solo por procurarnos una escena mag nífica? ?Habria creado esos soles innumerables al único fin de que los habitantes de nuestro pequeno globo contem plasen en el firmamento puntos luminosos, que en su ma yor parte nos pasan casi desapercibidos? Es imposible creer lo así, si se atiende á que hay en toda la naturaleza una admirable armonía entre las obras de Dios y los fines que se propone, y que sus inmortales obras no tienden sola mente á su gloria, sino tambien á la utilidad y goce de sus criaturas. ?Es pues creíble que haya creado tantos astros sin producir tambien mundos que pudiesen gozar de su in fluencia benéfica? No: esos millones de soles tienen cada uno, como nuestro Sol, sus planetas particulares, y por esto nos es dado entrever en torno nuestro una multitud incon y 176. cebible de mundos que ofrecen un asilo á criaturas de di ferentes especies, y que, como nuestra Tierra, están po blados de habitantes que pueden admirar y bendecir la magnificencia de las obras de Dios.)) Degeneraria nuestro estudio histórico en una relacion es tensa y pesada, si tuviésemos que trascribir aquí todo lo que han dicho los hombres eminentes de todos los tiempos y pai ses en apoyo de nuestra tésis; así que procurarémos evitar lo por no abusar de la indulgencia de los lectores que se han dignado seguirnos en nuestro trabajo. Sin embargo, no po demos terminar aquí nuestro estudio sin citar las pala bras emitidas por dos de los astrónomos mas ilustres que han,visto los siglos, y á losque en verdad no podrá acusar se de parciales defensores de las ideas místicas. lié aquí lo que dicen en apoyo de nuestra opinion. «La accion benéfi ca del Sol, dice Laplace, da vida á las plantas y animales que hay en la Tierra, y la analogía nos induce á creer que pro duce los mismos efectos en los demás planetas; pues no es natural pensar que la materia, cuya prodigiosa fecundidad vemos desenvolverse por tan tos medios, sea estéril en un planeta tan enorme como Júpiter que, al igual que el globo terráqueo, tiene sus dias , sus noches, sus anos, y en el que, segun todas las observaciones, hay cambios que indican fuerzas muy activas.... El hombre, formado para la tempe ratura de que disfruta en la Tierra, no podria , segun todas las probabilidades, vivir en los demás planetas. Pero ?pue de dejar de haber una infinidad de organizaciones relativas á las varias temperaturas de los globos y los mundos ? Si la sola diferencia de los elementos y los climas ofrece tantas va riedades en las producciones de la Tierra, ?cuánto masino de ben diferir entre si las de los planetas y satélites?» «?Con qué objeto, esclama sir John Herschell, con qué objeto podemos suponer que hayan sido sembrados inútilmente en la inmen sidad del espacio cuerpos tan magníficos? No habrá sido sin duda para iluminar nuestras noches, objeto que podria lle narmas cumplidamente.una segunda Luna, sin tener ni una milésima parte del volúmen de la nuestra, ni para brillar inútilmente, ó solo para engolfarnos en vanas conjeturas. Son, en verdad, útiles al hombre corrí() puntos permanen tes á los que puede referirse con exactitud; pero seria pre ciso que no hubiese dado ningun fruto el estudio de la as tronomía, para suponer que sea el hombre el único objeto de los cuidados de su Creador, y no ver en el vasto y asom broso aparato que nos rodea, otras moradas para seres vi vientes de distintas razas.» La rápida ojeada histórica que acabamos de dar, nos obli ga á examinar aun con mas detencion nuestra doctrina, y á afirmarnos mas y mas en la siguiente idea, esto es: que los hombres eminentes de todos los tiempos que se dedicaron al estudio de la naturaleza, estuvieron íntimamente conven cidos de su fecundidad prodigiosa y que comprendieron la ceguedad de los que la circunscribian á nuestra única mora da. Si la autoridad del testimonio y el acuerdo de opiniones son la base de la certeza histórica, la doctrina que defende mos está apoyada en un argumento irrefutable, que ha sido por mucho tiempo la única base de la física, la astronomía y la filosofía. Pero no ignoramos que cuando se trata de doc trinas especulativas, no son el gran número ni la autoridad de los testimonios garantía bastante de certeza, y que es pre ciso apelar á un detenido exámen y no cejar hasta que se llegue á la evidencia. Por esto nos contentarémos aquí con asentar en apoyo de nuestras ideas la siguiente máxima: El estudio de la naturaleza engendra y arraiga en el espíritu del hombre la idea de la pluralidad de mundos. Séanos dado examinar ahora la cuestion «mas curiosa é interesante de toda filosofía (1) »; la esplorarémos en todas sus fases, á fin de no vernos reducidos á unas probabilida des sin solidez, sino que, al contrario, podamos adquirir una conviccioh profunda; espondrérnos las causas que la po nen en evidencia, y apoyarémos tan solo nuestras observa ciones en los datos positivos de la ciencia. Finalmente, cree mos que nos será dado desvanecer ese antiguo orgullo del espíritu humano que pretendia hacer brillar en nuestra frente la corona de la creacion , cuando somos tan solo mi serables pigmeos al lado de ese gigante incomparable que lleva el nombre de Poder creador. En el siguiente artículo, relativo á la parte astronómica, considerarémos sucesivamente el conjunto del sistema solar y de los astros que lo componen, la analogía ó desemejanza que reune ó distingue á esos mundos entre sí, las condicio nes de existencia que les caracterizan y el grado de habita bilidad de nuestro globo. Tratarémos luego de las órbitas planetarias respecto de su estension y posicion en el espacio; y la escesiva exigüidad de la Tierra nos demostrará no ser esta mas que una humilde y pobre flor del rico jardin de la creacion , y que el universo no perderla con su desaparicion, mas de lo que perderia ella con la desaparicion de un grano de polvo. Bajo este doble punto de vista, podrémos aducir razones y sacar consecuencias que elevarán á certeza filosó fica la probabilidad de la pluralidad de mundos. ) Fontenelle , Estudios sobre la pluralidad de mundos La Mesiada. por ftlopotoch. ° XIX. En medio de los gritos de angustia de los condenados, ha bia oido Adan la dulce voz de Eva que, de pié en la cima de una brillante colina con los brazos tendidos, flotantes los cabellos y con los ojos anegados en llanto, imploraba perdon para sus desgraciados hijos. La plegaria salida de su coca zon maternal se habia perdido en la vaguedad del infinito, sin que lograse oir Adan mas que el murmullo de las arpas celestes, dulce murmullo que espresaba una tierna compa sion , y luego un goce indefinible.... Dominado por un sen timiento que no intenta penetrar, no habla Adan á los án geles y á los resucitados de aquella vision consoladora, cuyo solo recuerdo le sume en un vago éxtasis. Al fin, despues de un largo silencio, continúa su relacion de esta manera : «Los ángeles de la muerte salieron del horizonte de los cielos, y nuevos agentes de la voluntad divina recorrieron en todos sentidos las playas de la resurreccion; sus miradas penetraron hasta en lo mas compacto de la masa de muer tos que debian ser juzgados, y en voz áspera y breve les ->2 177 IE gritaron: !Seguidnos! Y los muertos les siguieron , sombrios gel caido á levantar la cabeza , y todos los muertos fijaron como los pensamientos de la destrriccion; silenciosos como entonces en él sus miradas. Despues de lanzar Abbadona un los mármoles de sus tumbas; un serafin empero, de actitud hondo gemido, se postró, tendió los brazos hácia el Juez grave y rostro severo, se presentó ante ellos , y les indicó Supremo, y dijo: esta órden del Juez Supremo : « Por fin ha llegado ya la última hora del tiempo , la hora « Postraos y escuchad vuestra sentencia . » terrible que para mi será seguida de la noche eterna !... Luego que estuvieron postrados é inmóviles como los pe- !Oh tú, que ocupas el trono celeste, permite que te con fiascos lanzados al valle por una conmocion d e la naturale- templen por última vez mis ojos inundados de lágrimas! Tú za, el ángel se alejó en silencio. que tanto sufriste, dirige una mirada de piedad al fondo 1E1 mas amable de todos los discípulos, el que ya en la del abismo en que gimen tus criaturas, caidas en una sima tierra habia comprendido todo el amor que encerraba la ley harto profunda para que pueda tu misericordia absolver de Jesucristo, se levantó de su trono de oro; todos losjue- las.... No te pido gracia por mí, porque solo el aniqui ces se inclinaron ante él cuando pasó para ir á revelar las larniento total que me está reservado me atrevo á esperar ; acciones de los muertos que continuaban postrados en el pero dígnate al menos recordar que me creaste en otro suelo, lanzando profundos gemidos. Juan les miró un s- tiempo para la vida eterna .... quede para siempre vacío el tante en silencio, dejando caer luego sobre ellos su palabra , puesto que ocupaba en los cielos ; bórrense mi nombre y terrible como el rayo de Jehová, que sin herir todos los mis remordimientos conmigo, séame permitido desaparecer montes ni serpentear sobre todos los abismos, purifica el enteramente en lo infinito.— ?Continúa inmóvil el rayo de aire y lanza á lo léjos las nubes pestíferas. tu cólera?... ?Veréme condenado á vivir ? !Ah si es así, « Á todos os conozco, les dijo, pero solo voy á dirigirme permíteme al menos estar solo en este penasco- sombrío ; la á los mas culpables. No habeis tenido mas ídolo que viles- eternidad de pena me parecerá menos terrible , si puedo es tro propio mérito, al que elevasteis sobre la ley eterna y so- clamar al mirar en torno mio: Ví en aquel sitio alzarse su be vuestra conciencia. Jamás invocasteis para vosotros la trono, y en él adoré con mi pensamiento las llagas glo obra de la redencion , porque os creísteis sin mancha, y juz- riosas que salvaron á la especie humana ; desde allí los bien gasteis á vuestros hermanos que sufrian humildemente una aventurados se elevaron con Él á la morada de las beatitu vida de lucha y de prueba. Desconocísteis la virtud silenciosa des eternas, de la que me desterró mi crímen para siempre.» y modesta, prestando solo homenage á su sombra enganosa Apenas acababa de terminar sus últimas palabras, se que ocupaba el trono de algunos reyes ó se presentaba ro- • apoderó de Abbadona un sueno irresistible ‚y cayó sin mo deada de humanas grandezas. El nombre de la Providencia virniento sobre la misma pena. Los ángeles 'fijaron una mi estaba siempre en vuestros lábios, y sin emkargo, solo desea- rada suplicante en el rostro tranquilo y grave del Juez Su ba vuestro corazon los bienes de la tierra; unísteis á la dulce premo; toda la especie humana guardó un profundo bilen voz de la caridad cristiana el horrible acento del ódio y de cio; rugieron amenazadoras las voces de la tempestad y el la envidia; en apariencia vuestras acciones eran siempre trueno y una ansiedad penosa suspendió el movimiento en puras, porque temiais el fallo de los hombres; pero nunca lo infinito. En medio de aquel estupor universal se despertó reinó la paz del justo en vuestra alma, por no haber tenido Abbadona, y al través de los cielos atentos, llegaron hasta virtud para bendecir á vuestro enemigo, ni dar gracias al él estas palabras : cielo por los males que os enviaba. Héos aquí al fin ante el « Conozco todas mis criaturas ; veo al insecto antes de ha Juez Supremo, que lee en los corazones, que premia é cas- cene nacer en el polvo; veo al serafin antes de haberle lan tiga los pensamientos.... Levantaos y contemplad los bien- zado al espacio; leo en todos los corazones; penetro todos aventurados, á los que la humildad, la dulzura y el amor los pensamientos.... Abbadona , te separaste de tu Creador, al prójimo, les han conducido al deseado puerto en que se de tu Padre, y claman contra tí las almas que me *ví obli pagan con goces eternos los sufrimientos de un dia. ?Ha- gado á rechazar, porque me abandonaron arrastradas por beis pasado corno ellos las noches en la oracion y las lágri- tu ejemplo.)) grimas? ?Habeis conocido como ellos la dicha inefable de no El ángel caido crispa las manos con desesperacion , y es tener por testigos de una buena accion mas que al Juez Su- dama: premo? No, nunca pensasteis en implorar la misericordia « Ya que te dignas reconocer aun á la mas desgraciada de del Salvador, por no haber creido que no pudiese haber tus criaturas, ya que tu mirada sondea el horror de una ante su justicia un ser puro y sin mancha. » eternidad de remordimientos sin -esperanza de perdon, te Mientras hablaba el noble Juan de esta manera, empezó apiadarás de mí y me borrarás para siempre del libro de la la balanza á agitarse y si bien faltó á los muertos el peso ne- vida. Al llamarme á la existencia, me senalaste un puesto cesario, no por esto fueron condenados á la noche eterna, entre los mas nobles de tus hijos, pero yo me hice indigno Envolvióles el crepúsculo de la manana, yen las profundi- de tanta dicha, de tan senalado beneficio; quiero no obs dadesde la eternidad se formó un sol, que tarde ó temprano tante antes de mi desaparicion saludar á todo cuanto has se. levantará para ellos, creado, quiero adorar por última vez tu pensamiento. Cuan « Otros muertos que se habian colocado á la izquierda del do apenas creados los cielos y los mundos se lanzaron á sus Juez Supremo fueron arrastrados por los ángeles de la muer- eternas,órbitas, cuando los ángeles esperimentaron el sen te hácia el abismo de la condenacion, envolviéndoles mil y timiento de suser y te rodearon sus innumerables legiones, mil nubes sombrías en sus lúgubres senos. tú, que despues de una eternidad de silencio y tristeza, aca En aquel momento el triste Abbadona se presentó en la babasde abrir una nueva eternidad al movimiento y la vida; punta de una pena solitaria, quedándose inmóvil con los entonces, sí, entonces me creaste tambien á mí. Ignorando ojos fijos en el fondo del abismo que naugia bajo sus piés. aun que existiese el sufrimiento, se dilataba mi alma en la Uno de los ángeles esterminadores se dirigió hácia él ; y al dicha de amar, y te preferí á todos los nobles espíritus con rumor de su vuelo siniestro, se inclinó Ábbadona para reci- que acababas de poblar lo infinito. La eterna salvacion me bir el golpe terrible que debia borrarle de la creacion ; pero amparaba con sus alas benéficas, y solo encontraba por do viendo que no le heria el agente del Eterno, volvió el án- quier su mirada beatífica y su perfeccion; ! con qué arroba TOMO 111. w 178 K miento contaba yo entonces la dicha de ser y de encontrar en todas partes un amor que correspondia á mi amor! Para medir la duracion de aquella existencia inefable, se abría la eternidad ante mí, y para contar mis dias empleaba las obras de tu poder y de tu misericordia I... Disuelve pues ahora este espíritu inmortal, ya que se separó del.fin para el que fié creado. Héme aquí, hiéreme, oh tú que me has colocado en las mas tenebrosas simas dcl destino: ya que fuí en un principio uno de los testigos de tu amor, redúzcame tu venganza á polvo....)) Dice, y se postra al pié del trono. Continuaba aun el si lencio reinando en los cielos y los mundos atentos no pro dudan aun ningun rumor; cuándo yo levanté temblando los ojos hácia los tronos de oro. La palidez y las alteradas fac ciones de los mártires, me indicaron que ni uno solo de ellos sabia la suerte que estaba destinada al desgraciado Abbado na. Los ángeles de la muerte continuaban teniendo suspen didas sobre la cabeza de Abbadona sus espadas flamígeras , y con la vista fija en el Mesías, aguardaban á que con una mi rada, con un movimiento cualquiera, les indicase su vo luntad suprema. » Dominado Adan por el esceso de su emocion, cesa de ha blar; los ángeles y los resucitados le contemplan con inquie tud por parecerles que pesa por segunda vez sobre él el sueno de la resurreccion; pero venciendo al fin la sensacion que le domina, continúa el padre de la especie humana surelacion de esta manera : « Y oí palabras dulces como los *consuelos que dirige una madre á su hijo querido, solemnes como los himnos de los arcángeles; hé aquí las palabras que desde el trono del Eter no fueron dirigidas al ángel caido: « Ven Abdiel-Abbadona, ven, tu Salvador te llama.» Adan vuelve á callar; pero en breve el deseo de referir á sus celestes amigos la dicha de Abbadona, le arranca de su éxtasis, y continua su relacion de este modo : « Le ví levantar su vuelo, rápido como el pensamiento y potente como la tempestad cuando lleva al Eterno en sus inmensas alas; á medida que se va acercando al trono, to man sus facciones su beatitud primitiva, y se vé brillar en sus ojos aquella llama ardiente y pura que revela á los hijos de la luz, cualquiera que sea la forma que tomen. Ya Abdiel se habla separado de la legion de los serafi nes para salir al encuentro de su hermano, al que no para hasta estrechar contra su corazon , produciendo entre tanto su corona de oro armoniosos sonidos. Al fin tiene Abbadona el valor necesario para separarse de los brazos de su amigos en el que vuelve á encontrar todo el amor, y arrojarse á los piés del Mesías. Un dulce murmurio llena entonces lo infi nito, derraman todos los bienaventurados lágrimas de gozo, y los sitios de 'oro de los adoradores del trono se agitan dul cemente como las arpas de los ángeles custodios, cuando las hacen vibrar sobre la cuna del hombre inocente que acaba de nacer, ó sobre la tumba del santo que acaba de morir. Despues de haber adorado por mucho tiempo en silencio al Redentor divino, le dirigió al fin Abdiel-Abbadona estas palabras: « ?Qué nombre podré darte, á tí, que acabas de darme á conocer la omnipotencia de tu misericordia? Hijos primo génitos de la creacion, y vosotros todos, los que debeis al sacrificio de la redencion el patrimonio de la luz, decidme, ?quién de vosotros me ha llamado, cuál es la voz que ha pronunciado mi nombre ?...?Nada me contestais?... !Luego era la tuya, Salvador divino, Cordero sacrificado, Juez Su premo, manantial inagotable de todas las beatitudes !... No ha debilitado la última hora del tiempo en lo mas mínimo tu fuerza creadora , puesto que yo había muerto, y era mi muerte eterna y acabas de crearme de nuevo. La eternidad que me devuelves me parece corta para pintarte mi amor y mi reconocimiento. Cielos y tierra , alegraos conmigo , pues to que ha dicho al dolor: Cesa , y á las lágrimas amargas de la desesperacion y el arrepentimiento : Os he contado, sed en lo sucesivo la.senal de las beatitudes celestes. !Gloria y reconocimiento al Juez Supremo, al Hijo Eterno , al prin cipio de amor y de misericordia!> En aquel momento se hizo mi vision vaga y confusa, y solo oí ya murmullos lejanos , gemidos ahogados de los que no me fué dado penetrar el sentido; en medio empero de aquellas imágenes indecisas, de aquellos sonidos quejum brosos, tan pronto me parecia ver huir al tiempo con pas mosa rapidez, como que se arrastraba lentamente con paso incierto y vacilante. Habian trascurrido ya, en mi concep to, algunos arios, cuando se disipó la nube que oscurecia mi vista, y volví á distinguir claramente el inmenso cuadro del último juicio. « El terrible resplandor del trono se habia convertido en una luz benéfica que iluminaba suavemente las playas de la resurreccion; nunca habla logrado abarcar mi mirada una estension tan vasta. Á una distancia que asombró mi pen samiento, ví á los innumerables elegidos elevarse al santua rio de los cielos: iban á su frente los primeros hijos de la tierra que perecieron cuando en su justa cólera abrió el Eterno las cataratas del cielo sobre la cabeza de los suceso res del pecado y de la muerte que yo legué á mi infortunada raza. !Con qué arrobamiento contemplaba á aquellas pri meras víctimas de mi falta que, despues de tantos siglos ha lijan gemido en un destierro tenebroso, y cuyas cadenas acababan de ser rotas para siempre! Mientras que mi mirada y mi bendicion les seguian de léjos, oí rugir á mis piés la voz imponente del trueno; ví que la tierra se estremecia y empezaba á disolverse, y que las esparcidas ruinas de la morada del anatema y de la muerte, se trasformaban en un nuevo Eden , del mismo modo que el polvo de mis huesos, formados con el polvo de aquella misma tierra, se habian trasformado en estecuerpo inmortal que es ahora la cubierta de mi alma. El dulce murmullo de la tierra resucitada resonaba aun en mis oidos; la claridad inusitada y benéfica con que bri llan todos los astros de lo infinito continuaba siendo aun el encanto de mis ojos, cuando habiendo alcanzado ya mi vi sion los límites que el Salvador le senalara, ha desapareci do; y yo me he dirigido hácia vosotros, celestes amigos, para referiros lo que he visto y oido. » Jesus ha descendido del monte Thabor; silencioso y pen sativo se ha parado en las orillas del mar de Tiberiades, siendo tan solo visible para los ángeles que van á llevarle mensages de todos los mundos de lo infinito. Aquellos ánge les se apartan y vuelven hácia él, para volver á partir go zosos en vista de laá misiones que les son confiadas, y que por nosotros tambien serán objeto de alegría 45 de temor, cuando nuestra alma, libre de su mortal cubierta, podrá comprender al fin los secretos de la eternidad. Acaba de brillar para la tierra un nuevo dia, pero un velo diáfano compuesto del fulgor del diamante y de la plateada luz de la luna, suaviza el resplandor de sus rayos nacientes. Una calma profunda reina en toda la vasta region, que el si lencio roza y santifica con su misterioso soplo; del seno de los vapores rojizos que no pueden aun levantarse sobre la superficie de las aguas en que están dormidos, sale furtiva mente un barquichuelo lleno de nobles y piadosos amigos. Simon Pedro está de pié y mira con interés la red que du )3 179 I< «Y si yo quiero que se quede hasta que yo vuelva , ?qué te importa? » contesta Jesus. Todos los discípulos le pierden de vista , desapareciendo Jesus como las olas del mar á la vista inquieta del nave gante. Despues de un corto silencio , Simon Pedro esclama con la satisfaccion mas viva : « Sí, pronto moriré como él ; pero tú, Juan, eres in mortal. » Y los discípulos felicitan al amable Juan por aquel favor inaudito, del que todos le reconocen digno. Él solo ha com prendido el sentido verdadero de las palabras del Cristo; pero en vano procura desvanecer el error de sus hermanos que, tan felices por la inmortalidad de Juan, como por el marti rio que les está destinado y que aguardan con santa impa ciencia, entran nuevamente en su barquilla y van á distri buir el pescado que les queda entre aquellos pescadores desgraciados que, en vano han estado toda la noche tirando sus redes. Los soles se levantan y se ponen, y sin embargo el juicio del Salvador continúa, son cada vez mas frecuentes las ór denes que dá á sus querubes, y los agentes de su voluntad divina abren y cierran sucesivamente el libro de la vida, que solo raramente despide la dulce claridad con que brillan las páginas de los escogidos. Los decretos del Juez Supremo hieren como el rayo y disipan las tinieblas de lo porvenir, como desvanecen los rayos del sol las sombras de la noche. Fieles á su santa mision, los testigos del Cristo han ido de cabana en cabana, de valle en valle, diciendo que ha re sucitado; que los muertos han salido de sus tumbas para es plicar aquel misterio de los cielos; que el mismo Jesus se ha aparecido ya á muchos de sus elegidos, y que se preseirtaria en el monte Thabor ante quinientos fieles reunidos; por lo que todos los amigos del Cristo se dirigen en tropel al monte sagrado. Ya numerosos grupos de fielescubren las laderas del Tha bor en todos los puntos donde proyecta el cedro su protec tora sombra. Lázaro los cuenta y les dice : « Solo sois doscientos y es mucho mayor el número de los convocados; cuando estarán todos reunidos los bien aventurados que el Cristo quiere iluminar con un reflejo de su divinidad, derramará entonces sobre nosotros la copa de su misericordia. Mientras aguardamos aquel instante feliz, cantad, hermanos, cantad algunos salmos á la gloria del Salvador. » María se levanta, y dice : «Nuestra madre comun ha querido honrar demasiado á una simple mortal al dignarse permitirme entonase con ella el himno de los cielos; pero ahora puedo sin temor unir mi voz á la de los amigos que el divino Resucitado ha dejado en la tierra. Ven, pues, querida Magdalena, y glorifique mos juntas al Hijo del Eterno. » Contesta Magdalena : « Gustosa te obedezco, Madre bienaventurada que oiste los cantos de los serafines cuando celebraban el nacimiento del Nino de Belen, tú que oiste los acordes del arpa de Eva que, descendió hasta tí para iniciarte en la gloria inmortal que te estaba reservada. Canta, y los débiles acentos de Magdalena te seguirán de léjos. » María agita las cuerdas de su salterio, y canta de esta ma nera: « Los ángeles del cielo celebraron al Nino recien nacido ; el Nino lloraba, y glorificaron los ángeles sus primeras lá grimas. Y contesta M gdalena: rante la noche que acaba de trascurrir, tantas veces ha ar rojado en vano á aquellas aguas en que tanto abundan los peces; Bartolomé, sentado á su lado, deja caer entre am bas manos su cabeza encanecida por los anos; sumido en una tierna meditacion , se apoya Lebeo en su remo, y bri lla en sus miradas una celeste alegría. Nótase una sereni dad dulce y tranquila en el rostro de Nathanael , porque la certeza de la resurreccion del Cristo le ha consolado de la muerte de María; el noble Santiago eleva sus pensamientos al cielo; y solo piensa Juan en Jesus, por estar todos sus afectos circunscritos en la tierra, mientras continúe el Maestro divino santificándola con su presencia. Se acerca el barco á la orilla, y los discípulos aperciben al Mesías que se pasea por ella lentamente; no le conocen , pero su noble actitud y la majestad de sus facciones les ad mira vivamente, y no paran hasta comunicarse el mutuo asombro que su vista les causa. Jesús levanta la voz y les dice si podrian procurarle algun alimento; pero los discípu los guardan silencio, porque aunque han pasado la noche pescando, no han cogido pez alguno. Compadecido del do lor que les causa el no poder complacerle, les aconseja el Mesías que tiendan la red hácia la derecha de la barquilla ; apenas acaban de obedecer, vieron de tal modo la red llena de peces, que solo á duras penas lograron sacarla del agua. Sorprendidos al ver tan rica pesca, fijan Tomás y Lebeo sus miradas en el desconocido, revelando sus facciones una dulce esperanza; pero Juan ha conocido ya al Salvador, y un grito de alegría y el nombre de Jesus se escapa de sus trémulos labios. Al oir Simon Pedro aquel nombre querido, se arroja á las olas y alcanza la orilla, en la que no tardan en saltar sus amigos y rodean á su Maestro, contemplándole con santo arrobamiento. El Mesías les senala algunos panes y un fue go para freir los peces que ha cogido Simon Pedro ; en po cos instantes arreglan la comida, se sientan todos ellos en derredor de la hoguera, y por segunda vez desde la dolorosa noche que precedió á su muerte, el Mesías bendice el pan que ofrece á sus discípulos. Terminada la comida, Jesus se levanta, indica á Simon Pedro que le siga, se adelanta con él á lo largo de la ori lla, y le pregunta con voz solemne : «Celas, ?me amas? ?es á toda prueba el afecto que me tienes?» Á lo que contesta Pedro: «Tú lo sabes, Maestro, tú que lees en todos los cora zones.)) « ?Por qué tardas pues tanto? Haz pacer á mis corderos. » Luego repite por dos veces la pregunta que acaba de di rigir al discípulo, que, contesta á ella con honda tristeza : «Tú que todo lo sabes, ?puedes dudar aun de mi amor, de mi abnegacion sin límites?)) Y Jesus repite: « ?Por qué tardas pues tanto? Haz pacer á mis corderos. Eres jóven, por lo que puedes cenir la espada y dirigir tus pasos segun tu voluntad ; pero cuando la edad haya debili tado tus fuerzas, otro te pondrá el cinto y te conducirá ape sar tuyo. En verdad te lo digo, ?por qué tardas tanto en seguir mis huellas? » Como comprende Pedro el sentido de aquellas palabras, sabe ya que debe morir por la gloria de suMaestro, é inun da desde entonces su alma una dicha inefable. El discípulo que, durante la comida de la nueva alianza, se habia apoyado en el hombro de Jesus , le sigue de léjos : Pedro le vé, y pregunta al Mesías si tambien Juan alcanzará en breve el martirio. 180 «Yo, la mayor de las. pecadoras, caí á sus piés , y mi ar repentimiento me valió el perdon de Aquel cuyas primeras lágrimas glorificaron los coros celestes. « !Ah querida Magdalena' , no eran lágrimas, era la san gre que inundaba su rostro cuando sufrió por nosotros en el valle de Getsemaní. » .« !Ah! esclama María, al ver que Jerusalen iba á perder se, lloró de nuevo por la ciudad santa, y llamó por última vez á sus obcecados hijos. Pero léjos de ir estos á guarecerse bajo sus alas, gritaron en los pórticos del palacio de Gaba tha : !Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! El Gólgota se embebió aquella sangre sagrada, y los infier nos se estremecieron por haber comprendido que acababa de ser redimida la especie humana. Mi pensamiento se eleva gozoso á los cielos, á los que en breve se elevará el Salvador en toda su gloria; pero no puedo apartar los ojos del altar en que su cabeza coronada de espinas se ha inclinado sobre su pecho, que había exhalado ya el último suspiro. « Piensa Magdalena en que nos ha prometido presentarse en medio de nosotros. Ven , ven pues, ya que aguardamos con santo terror y con un placer celeste tu llegada. » Y Magdalena repone con mas fuerte acento : « Ven , tú que dispiertas los muertos ; ven, tú que das la vida ! Nuestras ávidas miradas te buscan en los valles y montes de la tierra, y hasta te buscan en las nubes del cie lo; llega, llega cuanto antes, ya que tu jóven comunion te espera, como la desposada espera á su amado: Comuniones venideras, cuando hayais entrado en la vida de prueba , avanzad sin temor hácia el sepulcro, porque ya os desper tará el árbitro supremo de la vida ; así pues, recorred vues tro camino con la corona de ciprés en la mano y los himnos de triunfo en los labios. » E interrumpiendo su canto, esclama : « Mirad, mirad amigos como se llenan de peregrinos to dos los senderos del Thabor ; la nube de polvo que levantan sus piés aumenta y se acerca. Ya acuden todos los convo cados á contemplar al Hijo del Eterno, que su Padre vá á glorificar.» Y continúa María el salmo que el placer ha hecho inter rumpir á Magdalena : « Sí, el Eterno ha glorificado á su Hijo, á fin de que su jóven comunion se procure al verle con todo el esplendor de un Dios, la fuerza de que necesita para desafiar la espada de dolor y persecucion que tiene suspendida sobre sucabeza.)) Mientras que la madre de Jesus y Magdalena cantan de este modo, los ángeles y resucitados, invisibles para los mortales, acaban de reunirse con ellos. Eloha, apoyado en su arpa de oro, ha escuchado atento la dulce voz de María, y David, de pié junto á él, ha su plicado al Salvador que acceda al fin á la tierna plegaria de su madre. Es cada vez mayor el número de fieles ; los enfermos que el Cristo ha curado y los muertos que ha resucitado, acuden presurosos unosen pos de otros. Beor y Dilean , Joel y Sam ma, Berbeson , Bethoran y Tabitha , Esteban y José suben lentamente á la cima del monte Thabor, y sus ángeles cus todios les siguen llevando las coronas que la eternidad les destina. El jóven Nefthoa va delante de Porcia, y siembra á su paso tiernas hojas y flores medio abiertas, volviéndose de vez en cuando hácia ella para mirarla y sonreirle con todo el candor de la inocencia. Porcia , que no ha tenido la dicha de ser madre, cree haberle sido enviado por el cielo el ama ble nino que la gula, y esperimenta un dulce consuelo. « !Qué hermoso es el camino que me haces seguir, y cuanto te amo, ángel mio! » le dice. « Y yo tambien te amo mucho , Porcia; pero mas te amaré aun cuando los cedros y las palmeras del cielo nos procuren fresca sombra , y cuando la primavera eterna nos inunde de suaves perfumes.)) José de Arimathea y Nicodemus les alcanzan y dirigen el saludo de paz y de amor que les ha ensenado el Maestro divino , sin dejarles hasta hallar á las santas mugeres. Al ver á la noble romana, la madre del Mesías dirige á su Hijo este canto de reconocimiento. « Tu misericordia es sin límites, Salvador del mundo. In numerable y gloriosa será la comunion de la nueva Jerusa len : las mas altas montanas les servirán de base, y las estrellas del cielo serán sus antorchas. Lánzate, vuela pen samiento mio á sondear los abismos del porvenir ; ya inunda mi alma una dicha inefable, por ver á los fieles convertirse de arbusto en árbol frondoso cuyas ramas cubrirán la faz de la tierra, I qué infinita es tu misericordia, divino Resu citado!)) Calla María poseida de un éxtasis santo, cayéndole el sal terio de sus trémulas manos. Mas de quinientos escogidos, futuros mártires todos ellos, se han reunido ya en el monte Thabor ; Lázaro los cuenta de nuevo, y les dice con el acento de la inspirador) celeste: « Herederos de la luz, vosotros, á quienes el divino Me diador ha convocado en el monte de la Trasfiguracion , ten dreis una dicha que no, me es concedida á mí, la de derra mar vuestra sangre por él ; yo os precederé en lo alto, para plantar las palmeras con cuyas hojas entretejerán los án geles vuestras coronas inmortales. Gloria á tí, oh divino Mediador, por la rnision que me reservas ; gloria á tí, oh Mediador divino, que destinas tus primeros elegidos á una vida de prueba y á una nuerte cruel, á fin de que fortifi c ados con aquel sangriento testimonio, crean en tí tus hijos venideros, sin que nuevos mártires tengan necesidad de atestiguarles tu poder y tu gloria.» Dice, hace reunir los fieles y manda llos siete mas jó venes de entre ellos que vayan por pan y vino, á fin de cele brar por última vez con ellos la fraternal comida de la nue va alianza. Losjóvenes se apresuran á obedecer, los fieles se postran, los ángeles y los resucitados van á ponerse entre ellos, in fundiéndoles aquel santo terror que se manifiesta por medio de piadosas lágrimas. Cuando ve Lázaro á sus piés el pan y el vino, levanta las manos al cielo, y pronuncia .en alta voz la oracion siguiente: «Hijo del Eterno, en el momento en que uno de los tu yos acababa de delatarte, de venderte, tomaste pan y le presentaste á tus discípulos diciéndoles: Tornad, este es mi cuerpo que inmolopor vosotros; luego alzaste la copa en que bebieron todos; y les dijiste: Esta es mi sangre derramada por vosotros, la sangre de la nueva alianza. Cada vez que co mereis de este pan y bebereis de ese vino, hacedlo en memoria mia. » Y los fieles reciben de manos de Lázaro el símbolosagra do del sacrificio de Cristo, y, fortificados por aquel alimen to del alma, se escitan mútuamente para seguir con valor y perseverancia el santo camino lleno de angustias y dolores que se abre ante ellos. Luego continua Lázaro desenvol viendo de este modo el gérmen de exaltacion que ha hecho penetrar en sus corazones. « El Cristo, dice, ha sufrido mas insultos, oprobios y tor men tos que no sufrirá ninguno de vosotros, y terminó ya su obra, cuando vuestra alma abrasada esté á punto de des fallecer en las angustias del martirio, apagará su sed la co pa de la nueva alianza.... Salúdame, madre feliz, como el ángel del Senor te saludó á ti un dia , cuando te anunetó el nacimiento de tu Hijo divino , porque quiero ir á reunirme con él. Tam bien vosotros osle reunireis mas tarde, y be berémos con él en el rio de la vida eterna.... ?Cuándo sona rá mi última hora? ?Cuándo veré entreabiertos los cielos, y á Jesus sentado á la diestra de su Padre?... Apiádate de nos otros, Mediador divino, tú, á quien yo abandoné, mien tras que por mí, que por nosotros todos, cubría un sudor de sangre tu rostro humillado en el polvo de Gethsernaní.... Ya que me has condenado á morir dos veces, haz venga pronto ese segundo sueno que ha de seguir tan de cerca á la mas hermosa de todas las mananas. ?Dónde están losán geles que hán sido enviados á la tierra para cantar la gloria del Mesías? Que vengan á unir sus voces á la mia.... Las ti nieblas se disipan, la noche va desapareciendo á mi vista, así como tambien á la tuya Elkanan , y á la de todos los que sufren con paciencia, para atestiguar la gloria del Salvador á todos los hijos de la tierra...» María le interrumpe, y eselama: « Hijo del Eterno, yo te dí á luz, yo canté tu muerte, yo canté tu resurreccion en la tierra; ?cuándo te dignarás lla marme á tí, para que pueda cantar tu gloria en los cielos?» Jesus les ha oido, se complace en su éxtasis santo, y cuan do se presenta á su vista, suceden las realidades del cielo en el corazon de los fieles á las arrebatadoras esperanzas de la fé. Asi como despues de una larga escursion al través de ar dientes arenales, no cree el viajero poder apagar la sed en el puro manantial que la Providencia le ofrece, asi los ojos de los discípulos y de las santas mujeres, fijos en el rostro del Mesías no saben separarse de aquel manantial de beati tudes celestes. Al fin rompe Jesus el silencio, y les dice: « Sea la paz con vosotros, hijos mios. Hay en la casa de mi Padre moradas apacibles, voy á hacerlas disponer para vosotros, porque quiero que despues de vuestra muerte es teis junto á mi. Si me árnais observad mis mandamientos, y yo rogaré á mi Padre por vosotros, á fin de que os envie el espíritu de verdad : ya veis que no osabandono, como la madre abandona al morir á sus pobres huérfanos.He vuelto á vuestro lado porque os amo y seré vuestro guia hasta que entreis en el goce de la vida eterna me revelaré á todo el que me ame y siga mis mandamientos.)) Los ojos de Elkanan acaban de abrirse á la luz: vé al Me diador, se postra, y le adora. Jesus continua hablando á los suyos: « Yo soy la vina de la vida, vosotros las cepas y mi Padre el vinador que cortará la que no produzca ricos y bellos fru tos; os he elegido á vosotros para que produjerais los mejo res frutos de la eternidad. Quiero repetiros el único man damiento que os lego. Amosunos á otros y Mi paz será con vosotros; mi paz que es mas preciosa que la de la tierra, puesto que os dará la fuerza necesaria para soportar el ódio y las persecuciones, porque sereis odiados y perseguidos co mo yo lo he sido.)) Desaparece el Redentor despues de haber pronunciado aquellas palabras. Pasado su arrobamiento, ven los fieles al jóven Neftoa en el sitio que ocupaba el Mesías; pareciendo estar sumido el nino en un dulce sueno, quieren despertarle para hacerle partícipe de su alegría , pero habia dejado de existir el di choso nino. « Amigos mios, esclama Lázaro, id á coger flores, ínterin voy yo á abrirle su tumba. » Era ya el hoyo asaz profundo para recibir los restos de Neftoa ; colócale Lázaro cuidadosamente en él, le cubre con las mas bellas flores que crecen en la cumbre del Thabor se aleja á paso lento. Los fieles le siguen en silencio, vol viéndose á cada paso hácia la tumba cubierta de flores sin derramar ni una lágrima: han visto al Cristo , y la muerte no es ya por ellos mas que un beneficio, y la tumba una puerta que conduce á la vida eterna. Los setenta se han separado á la vez del monte sagrado de la Trastiguracion , y juntos llegan tambien á un bosque de palmeras situado al pié del monte; en él encuentran á los discípulos que no han estado en el Thabor , y les refieren con palabras de fuego todo lo que acaban de ver. Exaltado al oir su relacion , Santiago hijo de Zebedeo, esclama con entusiasmo : « Nosotros tambien le verémos en toda su gloria; vendrá y quiero salirle al encuentro. » En vano sus amigos procuran detenerle, pues sube ya el monte con paso rápido; al llegar junto á un penasco que se inclina sobre el valle, se postra, levanta los brazos al cielo y esclama : « Salvador divino, no te vuelvas aun al lado de tu Padre, porque tengo ántes necesidad de contemplarte. Si he en contrado gracia ante tí, dígnate pasar junto á este penasco; yo me retiraréal fondo de la caverna que el tiempo ha abier to en sus laderas, y mis ojos t- seguirán de lejos. Al terminar su súplica, ya el Cristo está á sulado; le ben dice, le hace levantar y desciende con él hasta el bosque de palmeras. Los apóstoles le aperciben de lejos; nunca se les habla presentado tan resplandeciente: quieren salirle al en cuentro, pero un ángel les manda detenerse. Obedecen, y en su arrobamiento se dirigen mútuamente estas preguntas confusas : «?Te acuerdas del día , en que viles asesinos le cargaron de hierros sacrílegos en nuestra presencia?... ?No fué con esa brillante túnica blanca que le espuso Herodes al escar nio del pueblo ?... ?Vá ya á subir al cielo? La hora de la separacion , la mas cruel, la mas terrible de las horas, ?ha brá sonado ya ? A mis ojos los montes y colinas se estreme cen de dicha, los bosques ostentan colores mas vivos, el dia es mas resplandeciente y mas puro el azur del cielo, todas las beatitudes de los inmortales inundan mi alma, y vosotros llorais.... » De pronto sella el respeto sus labios; está el Cristo entre ellos, y les dice : «Sea la paz con vosotros, hijos míos. En breve dejareis de verme acá en la tierra; ya no compartiré mas con vos otros la miel y los frutos que con tanto placer me prepara bais; pero en las alegres moradas de la paz eterna hallaréis de nuevo á vuestro Mesías, y celebraréis con él y con los padres de la nueva alianza, otras fiestas que noturbarán nin guna idea de separador). » En medio de los numerosos testigos de su magnificencia, que se han arrodillado en el polvo ,el Cristo se postra y ora: « Ha llegado, Padre mio , el instante en que debia pre sentarse tu hijo en toda su gloria. Me confiaste todos tus hi jos mortales para que les despertase para la vida eterna, que consiste en conocerte y servirte. Te he glorificado en la tierra, he cumplido tus decretos ; devuélveme pues la co rona que he de cenirá tu diestra y que me pertenecía ya án - tes de que la creaeion saliese de nuestro pensamiento. Los hermanos que me destinaste, saben que todo lo que les he ensenado procede de tí, y que por mandato tuyo he venido á instruirles: á tí te los confio ahora, ya que te pertenecen, por sernos comun la posesion de todo cuanto existe. Haz que sean fieles á mi ley, haz que sean siempre una asociacion de hermanos. Cuando yo era aun hombre como ellos, velé >: 182 siempre por su alma , y no perdí mas que á uno solo de mis escogidos.... Preciso era que las profecías se cumpliesen. No imploro solamente tu gracia por mis discípulos, sino por to dos los innumerables hijos que nos procurará su santa pa labra; á todos los he redimido con mi sangre, á todos amo con el mismo amor: sean siempre conmigo y en mí, á fin de que participen de la gloria con que quisiste rodearme án tes de crear los cielos. Oh tú, el más justo, el mas amado de los padres, el mundo no te comprende, solo yo te conozco; he descubierto á tus hijos el misterio de mi mision y de tu divinidad, para que el amor que nos une desde la eterni dad les inunde, y que pertenezcan sus almas enteramente á su Salvador. » Postrado de este modo bajo los rayos celestes que ema naban de él , Jesus ora y suspira; luego se levanta y desa parece. Cuando bajo las bóvedas sagradas de un templo, une el hombre piadoso su pensamiento á los acentos solemnes que celebran la fiesta de la resurreccion del Cristo, parécele que su alma, llevada en alas de aquella santa armonía, roza el tabernáculo del cielo, y, sin embargo , solo siente una débil parte del arrobamiento que llenaba el corazon de los após toles, cuando el Cristo con todo el esplendor de su gloria, estaba á su lado orando por ellos. Postrados en el polvo, siguen los fieles con la vista hasta los últimos fulgores que despide el Cristo á su paso ; luego se levantan, dejan las palmeras de Galilea y vuelven á to mar el camino de Jerusalen. Los ángeles que les acompanan han olvidado ocultarse á sus miradas, y con todo, los ele gidos no reparan en ellos, por absorverles enteramente el recuerdo de la aparicion del Mesías. Juan, que se ha separado de sus amigos, sigue un cami no solitario ; su pensamiento sondea con tímida humildad los abismos de lo porvenir; sobrado débil empero para dis tinguir las sendas que la mano de la Providencia ha traza do, se entrega á las santas visiones que le hacen presentir las beatitudes de la eternidad. Á pesar del encanto inefable que le procuran aquellas visiones, siente que el Eterno no se haya dignado aun hacerle subir la primera grada que conduce al santuario. De pié junto á Él, Salem , su ángel custodio, participa de la agitacion que domina al discípulo ; pero viendo que este se adormece, le sonrie y levanta su vuelo, por saber que está su noble amigo bajo una protec cion mas poderosa que la suya. Al despertar, vé Juan á la Madre del Mesías á su lado. « El cielo es quien te envía, esclama ; escucha María la relacion del sueno que el Maestro divino acababa de hacer descender sobre mí : Estábamos reunidos en mi cabana ha blando del porvenir con toda la sencillez de nuestros tiernos corazones, sin que ninguno de nosotros intentase imponer á sus hermanos sus presentimientos ; pero solo deseábamos la muerte, por ,no pensar mas que en nuestra salvacion , sin ocuparnos de la de la especie humana. Secos los lábios y con el baston de peregrino en la mano, aguardábamos con impaciencia el momento de ir á reunirnos con el Cristo y de apagar nuestra sed en el rio de la vida ; pero de re pente un soplo poderoso como el de la tempestad hace re temblar mi cabana, pasa por entre nosotros y se convierten nuestras lenguas en una llama celestial que ilumina, alienta nuestros corazones y engrandece nuestras almas. Desde en tonces nos sentimos ya con la fuerza necesaria para aguar dar la muerte y dejar al tiempo que encaneciera nuestra cabeza antes de que la cinera la corona del martirio ; dispo niéndonos desde luego á recorrer toda la tierra para predicar la ley del Cristo y aumentar el Mímero de los escogidos. » Así habla Juan , escuchándole María , sumida en un éx tasis santo. La lira de Sion , rodeada de las mas brillantes estrellas , acaba de volverse hácia el santuario de los cielos, y cono cen estos la senal que les anuncia el regreso del Hijo del Eterno. En vano procuran los discípulos desterrar la tristeza que les causa la seguridad de que ha de dejarles su Maestro di vino; Lebeo , sobre todo , manifiesta su dolor por medio de sentidas quejas. La conviccion de que Jesus va á regresar á la morada de la dicha y de la paz eterna , no basta á conso larle , por no saber la hora en que volverá á reunirse con aquel Maestro que ama-con todo el ardor de sualma. En su desesperacion, suplica á los muertos le digan cuando ven drá para él aquella hora mas santa, mas dulce que todas las que ha visto salir hasta entonces de entre los vagos al bores de la manana, que todas las que el crepúsculo de la tarde envuelve en su velo balsámico , y que embellece la luna con sus plateados rayos; pero los muertos permanecen sordos á su súplica. Guiado sin saberlo por el Cristo, que dirige sus ideas, Tomás conduce los apóstoles y los setenta al valle de Get semaní ; y al pasar por el punto en que Jesus sufrió tanto la víspera de su muerte, le ven de repente en medio de ellos. Sin atreverse á dirigirle la palabra, siguen la escar pada senda que les hace tomar, y que les conduce al monte Olivete ; mas de una vez empero se vuelven hácia el Gól gota y hácia aquella tumba entreabierta , que es para ellos objeto de dulce consuelo, por haber salido Jesus de ella para presentarse á sus fieles amigos. Los ángeles que han servido al Hijo del Eterno durante su destierro aquí abajo, y las almas de los resucitados que han rodeado su cruz y cantado sobre su tumba,. se han reunido en el monte Olivete, por considerárseles dignos de formar el cortejo triunfal que habla de acompanar al Cristo hasta á la diestra de su padre. Eloha está en medio de ellos, pero no debe seguirles, por haberle nombrado la voluntad suprema ángel custodio de la tierra que la sangre de la re dencion acaba de librar del anatema impuesto por el peca do de Adan. Las felicidades que el porvenir reserva al mundo confiado á su costodia, han sumido al mas grande de los serafines en una dulce meditacion, durante la cual son rie al adolescente del cielo que, en el último dia del tiempo ha de presentársele la trompeta, cuyo» terrible sonido des pertará á los muertos de todos los siglos. Jesus y sus discípulos llegan á la cumbre del monte : la dulce brisa de la aurora templa el ardor de los fieles, pró ximos á sucumbir al peso de una felicidad superior á la na turaleza humana, y que no habrian podido soportar, á no, haberles fortalecido la presencia de su divino Maestro. Agrupados en torno suyo le contemplan con muda admira clon, por no haber lengua en la tierra ni armonía en los cielos para espresar la magestad del Cristo en aquel mo mento supremo. Desde las estrellas mas lejanas hasta los globos inflamados de la via solar, en todas partes en fin donde la mirada de las criaturas de Dios puede contemplar los mundos que gi ran en la inmensidad del espacio, todos los espíritus, sea su túnica de azur, fuego, vapores diáfanos ó de arcilla, como los cuerpos de los mortales, todos fijan su pensamiento en el Redentor divino ; Eloha les vé, les sonrie, se postra ante el Hijo del Eterno, y depone á sus piés la brillante corona que ornaba su frente. Jesus le bendice mentalmente, tiende los brazos á sus discípulos y les dice: « No abandoneis á Jerusalen , donde debeis aguardare, )1 183 x cúmplimiento de la promesa que mi Padre me ha hecho cuando he salido de mi tumba ; Juan el Precursor ha dado el bautismo del agua, el Espíritu Santo da el bautismo de fuego que recibireis vosotros que sois mis escogidos ; dejad pasar algunos dias , y aquella promesa quedará cumplida.» Uno de los discípulos le pregunta si levantará entonces de su postracion ar reino de Israel ; y el Mesías le contesta que no pueden los mortales saber los designios de la Providen cia; luego piensa en Bethania , y Lázaro se trasfigura en aquel mismo instante, conduciéndole un ángel al monte Olivete, por ser uno de los que ha de seguir al Mesías en su vuelo al través de los cielos. Vuelve Jesus á dirigir la palabra á sus elegidos : « Sí, les dice, recibireis el Espíritu Santo; descenderá á vosotros y os dará la fuerza necesaria para ser mis testigos en Jerusalen , en Samaria y en toda la tierra hasta .la con sumacion de los tiempos. » Y acercándose á los apóstoles les mira con una bondad infinita, levanta sobre ellos sus manos divinas y continúa de esta manera : « Que Dios os guarde y proteja ; que os ilumine, y que su gracia sea con vosotros; que su mirada os siga ,_y que os dé la paz eterna. a Todos lo sabeis , cielos y tierra, despues de haber ben decido de aquel modo á sus discípulos, el Hijo del Eterno habia terminado su obra aquí abajo. Desciende una nube de las regiones de lo infinito, la cual se acerca, llega , envuelve al Mesías y vuelve á subir con Él. Los fieles le siguen con la mirada, y lo que entonces sienten sus almas, lo esperimentarémos todos, cuando la nube, que se lo llevó de la tierra volverá el último dia del tiempo á conducirlo á ella para juzgar á la especie humana Solos han quedado los apóstoles en el monte Olivete. Dirígense á ellos dos hombres, que visten una túnica blan cacomo la misma nieve: el uno es el divino Elhoa , el otro su jóven amigo, el amable Salem. La cabellera de Elhoa resplandece, y su mano se apoya en un báculo de oro. « Amigos, les dice, ?qué es lo que estais aguardando aquí? Jesus , al que acabais de ver subir al cielo, estará desde hoy con vosotros en todas partes. Desaparecen los dos inmortales; y, llenos de placer y re conocimiento, los apóstoles descienden del monte 011 vete. , En el templo, en Jerusalen , en sus cabanas, en todas partes, se vé siempre reunidos á los apóstoles del Cristo ; juntos oran y juntos aguardan con el mismo fervor el bau tismo de fuego del Espíritu Santo, que les dará la fuerza de que necesitan para cumplir su sublime mision , y atesti guar ante el mundo toda la gloria y la omnipotencia del Mediador divino. Viages. CONSTANT1NA. La provincia de Constantina, una de las mas ricas é importantes de la antigua regencia de Argel, está banada al Norte por el Mediterráneo, linda por el éste con el reino de Tunez, por el sur con el gran desierto de Sahara, y por el oeste con las provincias de Titeri y Argel. Tiene de largo unas 88 leguas y de 64 á 72 en su anchura media, y está surcada por numerosos nos, de los cuales unosse pierden en el Mediterráneo y los otros en las tierras, los mas principa les Son el Oued-Djebid , el Oued-este-el-Kebir, el Summan, el Seibouse y otros. Este pais hacia parte del reino jde Tunez, posteriormen te fué conquistado por los argelinos, en cuyo poder estuvo hasta que se lo arrebataron los franceses: actualmente es una de las provincias mas fértiles y bien cultivadas de todas las del territorio argelino, y su costa es la que mas frecuen tan los europeos en Berbería. La Companía franco-africana formó un establecimiento en la ciudad de La-Calle, para estraer trigo, cueros y otras producciones del pais, median te un tributo anual de 100,000 francos. Igual privilegio ob tuvo la Gran Bretana en La-Calle, Bona y otros puntos de la costa, pero á causa de varias circunstancias no ha podido sacar las ventajas que se proponia de este convenio. La ma yor parte de las tribus que habitan esta provincia unen á los cuidados de la vida pastoril el cultivo de las tierras, y las mas poderosas son las de los Beny-Abbez, de los Cucos, y de los Henneichas, que han sufrido mucho á consecuen cia de la guerra de los últimos anos. Entre las muchas y grandes ciudades que cuenta la pro vincia, y que son centro de poblaciones y de relaciones mercantiles, es una de las principales Constantina, la Cirta de los antiguos, célebre por los reyes que tuvo, por sus lar gas guerras con Roma y Cartago, y por haber sido patria de Yugurta y de Masinisa. Los romanos consideraban está ciudad como la mas fuer te y rica de toda la Numidia , fundándose, sin duda, en su posicion, y en las robustas obras de defensa, de las que aun se conservan restos, y denotan eran aquellas colosales. En aquellos antiguos tiempos la mayor parte de los caminos de la provincia iban á parar á la ciudad, cuya importancia era entonces inmensa, como residencia de soberanos, y centro de riquezas y poderío. Ella fué la que resistió por tanto tiem po á Yugurta; y el centro de las operaciones militares que con tan buen resultado llevaron á cabo Metelo y Mario. En 211 fué arruinada con motivo de la guerra de Majencio con tra Alejandro; pero cuando vino á poder del emperador Constantino , este monarca la embelleció y le dió su nom bre, que es el que conserva; y bajo el cual continuó por largos anos sustentando su celebridad, siendo respetada de las armas de mas de un invasor, á todos los cuales supo, ó contener, ó contentar con su grandeza. Sabidos son los es fuerzos que hizo el ejército francés para tomarla; el ningun resultado que tuvo su espedicion de 1836, y cuanta sangre costó el que la ocuparan á viva fuerza en octubre de 1837; y téngase en cuenta, que luchaban contra hombres poco esperimentados en la táctica de la guerra, lo que confirma mas la importancia de esta ciudad. Hállase situada Constantina en la cumbre de una monta na , banada casi de todos lados por el Oued-Rummel ( el Ampsagha de los antiguos) que la cerca como con un inmen sofoso. Está defendida por un muro bastante deteriorado, >1 184 t< en el que se ven cuatro puertas, construidas de piedra ro jis, casi tan fina como el mármol, y revestidas de escultu ras que indican ser obra de los romanos: tres de ellas están al sudoeste, y la cuarta en el ángulo enfrente del valle en cerrado entre los montes Mausourah y Mecid. El interior de la ciudad no ofrece cosa notable: sus calles 'están empe dradas, pero son estrechas y tortuosas; y las casas por lo general son de dos cuerpos pero no muy altos. Rayen la ciudad muchos paseos notables; algunas mezq uitasde mérito; y el palacio del bey construido por Ahmed despues de la to made Argel por los franceses, y que ocupa una grande esten sion de terreno. Entre los edificios antiguos se notaun puen - Vista de Constantina. te, reparado por los europeos. Vense además otras muchas 'ruinas que se estienden á lo lejos hácia el sudoeste, como son : bellos arcos de triunfos, cisternas, acueductos, etc., por las cuales se conoce que la antigua Cirta ocupaba ma yor recinto que la actual Constantina. En la parte mas elevada hay una gran catarata formada por el Kumel ó Oued-Rummel , que sale de un canal subterráneo. Por este punto, cuya elevacion sobre el llano es de unos 700 piés, se precipitaba en otro tiempo á las adúlteras y otros reos. Por la parte del norte se goza de una vista magnífica, y todos los alrededores de la ciudad son muy fértiles, y están bien cultivados. Literatura oriental. III y último. • El drama es lo que caracteriza mas la literatura de la in dia: es la espresion genuina de los sentimientos de aquel gran pueblo, de sus ideas, de sus aspiraciones. Es el dra ma indio un raudal inagotable donde el atento observador puede satisfacer sus mas vivos anhelos. Hay á mas en el drama indio una fuente de patético que se deriva de la misma causa: tal es la emocion que nace del amor del hombre, no hácia su semejante, sino para con la naturaleza viviente. Esta rivalidad, estos celos mudos de las cosas que disputan al hombre su amor hácia el hombre, forman sino el asunto al menos las principales bellezas del drama conocido con el nombre de SACOUNTALA. La jóven virgen va á abandonar el asilo de su infancia para unirse á su amante que es el rey del pais; las ninfas de los bosques preparan guirnaldas para la celeste esposa, va á partir, á alejarse para siempre del bosque do nació; entonces es cuan do se encuentra la siguiente escena, que no sabemos como llamar, y en la que la muerta naturaleza representa uno de los principales papeles. Diríase que esta escena encierra las mas melodiosas brisas del golfo de Bengala. EL BRAHMA. !Oh vosotros, copudos árboles , bosques consagrados do habitan las divinidades, Sacountala os abandona para mar char á los palacios de su esposo: ella que nunca humedeció sus labios antes de veros regados, ella que por amor á vos otrosjamás cogió uno solo de vuestros ramos para adornar sus cabellos y que no tenia otra mayor alegría que el veros cargados de flores! CORO DE VOCES DE SERES INVISIBLES. !Que la ventura la acompane en su camino! ! que los aires le traigan el aliento perfumado de las flores, que lím pidos manantiales á la sombra de los lotos refresquen sus piés, y que el ramaje de los bosques la proteja contra los rayos del sol 1 UNA COMPANERA DE SACOUNTALA. ?Es la voz de la tórtola que desea un viaje feliz á Sacoun tala? ?Son ninfas de las aguas que imitando su cantar ar monioso, celebran al piadoso habitador de estos bosques ? SACOUNTALA. El pensamiento de ver nuevamente á mi esposo me ena gena , y sin embargo me abandonan las fuerzas en el mo mento de separarme de este bosque, asilo de mi juventud. UNA JOVEN VHIGEN. !Escucha, escucha! la enramada gime tambien á medida que la hora de la separacion se acerca ; la gacela rehusa la yerba que hemos cojido para ella; los pavos reales no ha cen ya en los prados su magnífica rueda ; las plantas en los bosques dejan caer sus pálidas hojas: su perfume y belleza han pasado ya. SACOUNTALA. . !Oh padre mío! déjame hablar aun á esta flor del macha vi que yo llamaba mi hermana y cuyas rojizas hojas brillan como la llama en los bosques. EL BRAHMA. Hija mia, sé tu:amor hacia esa planta. SACOUNTALA. !Oh la mas bella de las plantas! recibe mis abrazos, que tus tallos enlazándose á mi cintura me devuelvan sus cari cias! De hoy :mas y á pesar de la ausencia , siempre seré tuya. ! Oh padre mio! ten cuidado de esta planta como de mi propia! EL BRAHMA. Sí, enlazaré tu planta querida con su prometido el árbol de amira , que esparce junto á ella su perfume. Valor, hija mia , prosigue tu viaje. SAZOUNTALA. ! Ah ! ?quién ha cojido los pliegues de mi vestido, quién me detiene aun ? EL BRAHMA. Es el pequeno cervatillo, sobre cuyos labios has aplicado tantas veces el bálsamo sagrado, cuando fuera herido por las penetrantes espinas:del césped; es aquel que tantas ve ces has alimentado en tumano con los granos del siamaha. El pobrecillo no quiere abandonar á su bienhechora. SACOUNTALA. ?Por qué lloras tú, dulce criatura, por mí que debo aban donar nuestro comun asilo? Cuánto cuidado he tenido de tí (porque tú perdiste tu madre poco despues de nacer ) ; del mismo modo el que me ha servido de padre, te dará tu alimento. Retírate, vete ; es preciso separarnos (abrazando á su padre ). Arrancada al seno de mi padre , como el jóven árbol del tam ala de la tierra de los montes Himalayas, ?cómo podré creer en estranjero suelo? ?Dónde encontrar, este grito de las plantas, de las cosas, este diálogo del hombre y la naturaleza muda? En las pie zas indianas, imbuidas aun del panteismo de los VEDAS. Los bosques, las flores, los arroyos, los senderos no son ya objetos inanimados: tienen un alma, una voz, una palabra y SACOUNTALA aparece en medio de todo este cortejo como la reina de las flores. Algunos versos de Homero, algunos acentos. de los Philoctetes al abandonar su gruta revelan entre los griegos un sentimiento parecido; pero !cuán me nos vivo, menos íntimo, menos profundo Para estar así el hombre en inteligencia con la naturaleza, es preciso que los TOMO 111. 185 dias de su vida se hayan pasado uno tras otro en el mismo lugar, y haber tenido tiempo de echar raices en el suelo do naciera. El pueblo indiano que nunca ha abandonado sus vallados, debe haber nutrido mas que otro alguno esta nati va simpatía hácia sus mansiones. Cada individuo vegeta allí constante en su morada; la sociedad , la familia, siempre inmóviles, tienen_allí una especie de vegetacion moral. De aquí es , que el hombre posee en parte los instintos de la planta , siendo por lo tanto natural que el grito del hombre, arrancado del suelo do nació, resuene fuertemente en la poesía indiana. En los pueblos modernos cada hombre ha abandonado hartas veces el suelo de su patria, para que los lazos de parentesco entre él y la naturaleza hayan tenido tiempo de formarse: frecuentemente su corazon se ha ido posando de objeto en objeto sin poder echar raiz en parte alguna. La naturaleza no hace ya oir su voz dentro de nos otros al separarnos de ella; cada cual errando léjos del te cho de sus padres, llega al fin á hacerse mas ó menos cos mopolita: no se encuentra retenido por los tiernos lazos que circundaban sus primeros pasos, y para el mayor número de nosotros, nuestro sepulcro debe ignorar nuestra cuna: Aunque el teatro indiano cuenta un gran número de dra mas de géneros diferentes, políticos, metafísicos y satíricos, SACOUNTALA es el en que se reproduce mas fielmente su carácter bajo las mas nobles formas. Efectivamente , el personaje principal del teatro indiano, el que mejor debiera representar la fisonomía del pais no podia ser un Agame non , ya cargado de todo el peso de la historia, ni un Ham let, ni un Fausto, sumidos ambos en la tenebrosa melan colía de la edad media; no debia ser un héroe arrastrado á la conquista de una nueva Yelion , ni un doctor que medi tara sobre el tiempo que pasa, ó sobre la vejez del mundo. Debia ser una jóven vírgen olvidada en lo mas oculto de un bosque primitivo, y cuyos instintos todos son los de las flo res que han perfumado meciendo su cuna. Sacerdotes en el fondo de vírgenes alamedas, la instruyen en el culto de la naturaleza: vive en la solitaria gruta de un brahma; riega el césped de los sacrificios, tiene la dulzura y la gracia de las gacelas que alimenta por su mano, se aduerme lángui damente á la sombra del TAMAL iéjOS de todos los rumores del mundo. ?No és este, digámoslo otra vez, todo el carác ter y toda la historia de la raza indiana? Y á pesar de la poligamia que se encuentra en el fondo de estas costumbres, los sentimientos que dan vida á este drama, tienen una dul zura casi cristiana. El politeismo griego ó romano no su ministra ejemplo alguno de estos sentimientos que parecen haber nacido solo del espíritu del Evangelio, llevado por ignorado aquilon misterioso hasta lo mas oculto de las sa banas de la India. Sacountala es una hermana perdida de esa gran familia de mujeres cristianas reunidas por los poe tas : Francisca de Rímini, Julieta , Atala. Pero la que mas se le asemeja es Virginia ; el propio clima les ha prestado igual fisonomía. Imaginad á la desposada de Pablo abando nada poco despues de sunacimiento, y que hubiera guar dado el sello del bautismo en el ermitage de los brahmanes. A pesar de todo, preciso es confesarlo, el drama en Oriente no está aun mas que en bosquejo. La tragedia no es aun formal, porque el hombre, fiel todavía al Dios de sus abuelos, no se halla entregado al dominio de su espíritu. Así como no tiene mas que la sombra de la libertad, así no tiene mas que la apariencia de la lucha: su corazon, lé jos de estar verdaderamente dividido ni alejado de sí pro pio, se siente seguro en la mano de Dios, y la tormenta no puede ampararse de él : juega con el dolor, como SACOUNTA LA con el aguijon de la amorosa abeja. La tierra en paz con 94 •>5 186 gt el cielo exhala por todas sus voces, el himno, el cántico, la armonía; pero la tragedia no ha nacido aun : un día esta llará en la inteligencia y en el corazon del hombre con el génio del exámen , con la revolucion interna, la duda , la curiosidad del amor ya satisfecho. Tal se nos presenta la Grecia. • Botánica. EL GUAO. Descubrimiento de sus escelentes prop iedades como antídoto. Hace lo menos ciento cincuenta anos que un esclavo mu lato seguia la corriente del Orinoco, en las inmediaciones de Guyana, y no lejos del sitio en que aquel rio paga al gol fo de Méjico el tributo de sus aguas. Vagando al acaso por espacio de muchos dias en aquellas regiones meridionales, caminaba el esclavo con recelo é inquietud de un hombre que, en medio de unas sábanas fecundas en reptiles vene nosos, cree descansar el pié, cuando menos lo espera, so bre el escamoso cuerpo de una serpiente. Examinaba escrupulosamente con la vista todos los árbo les, todos los matorrales que veía, y que le parecían otras tantas guaridas, desde donde unos enemigos, cuyo color se confunde con .el del ramaje, acechan el paso del cami nante.... De repente se detiene; se arroja al suelo, impri me en la tierra hasta las conyunturas de sus miembros, é inmóvil, contando como única defensa una higuera indiana, espera el resultado de lo que vé. Sin el temblor convulsivo que agitaba el cuerpo del esclavo, cualquiera hubiera creido que estaba muerto. Acababa de ver á pocos pasos de distancia la mas terrible de todas las serpientes, cuya raza se conserva aun en aque llas re.giones. No era, por cierto, un animal monstruoso, uno de esos colosales reptiles que, adormecidos en los nos ó en la espesura de los bosques, presentan á las miradas del .viajero el aspecto de un tronco desgajado por la tempestad. Tampoco tenia las proporciones gigantescas que tanto ad miran los pueblos europeos, cuando contemplan la piel re llena de paja de alguno de los reyes del °Ido. Era la serpiente amarilla. Quien hubiera visto su pequenez, quien hubiera exami nado su delgado cuerpo, rehusaria creer que tan débil rep til pudiese matar una codorniz, y sin embargo, su picadura mata á un hombre, de tal modo, que hecha la herida, lle ga la muerte antes de tres minutos. El esclavo lo sabia y temblaba. Su inmovilidad era completa; por todo el imperio ame ricano no se hubiera atrevido á levantar la vista; hubiera dado diez anos de su vida por hallarse lejos de tan espan toso enemigo. Este tampoco se movia. Levantado sobre sí mismo en espiral, dominaba la yerba de la sabana con su cabeza salpicada de manchas del color del ocre amarillo y de naranja; sus ojos aterciopelados y azules como las nubes de aquel cielo, brillaban y parecian despedir chispas de fue go como la piedra mas brillante. Aspiraba el aire con volup tuosidad, y ofrecía poco á poco cada parte de sucuerpo á los ardientes rayos del sol. Para el hombre ignorante del peligro que se arrostra á la proximidad de este reptil, es un verda dero placer contemplar su delicadeza, la espresion de sus ojos y la gracia de sus movimientos. No tardó la serpiente en empezar á dar saltos, trazando en el aire rápidas vueltas, y haciendo oir un débil quejido, semejante al que produce la seda en su contacto con una pared. El esclavo temblaba cada vez mas, y al mismo tiempo lle gó á sus oidos un ruido estrano; creyó que aquel ruido pro venia de la yerba sacudida con fuerza, y su imaginacion le presentó una familia entera de serpientes, pronta á arro jarse sobre él. El miedo le obligó á alzar la vista: más !cuál fué su admiracion al ver que la serpiente sostenja un terri ble ataque contra un pájaro! Reconoció entonces que ya no se trataba de su vida, y bendijo al cielo, disponiéndose en seguida para huir; mas viendo que el reptil habla ya perdi do la mayor parte de su vigor, quiso presenciar el fin de aquel estrano combate. El puesto no era ya peligroso, y la curiosidad le retuvo. La lucha proseguia con encarnizamiento. El pájaro agi taba sin cesar sus agudas garras, y con su afilado pico hacia á la serpiente profundas heridas. Esta, irritada se arrastra ba por la yerba, hendia el aire en todas direcciones, ape laba á toda su fuerza y astucia, y arrojábase al rio para evi tar los golpes de su adversario; pero el pájaro la perseguía sin descanso en el aire, entre la yerba, y hasta en la super ficie del rio, y el ataque volvia á empezar siempre con nue vo furor. Solo de vez en cuando concedía el pájaro á la ser piente una especie de tregua: dejaba el lugar del combate, y volaba con rapidez y cubierto de sangre hasta un arbusto inmediato. Picoteaba algunas de sus hojas; tragaba con pre cipitacion algunos pedacitos de corteza del mismo arbusto, y volvía á la carga con mayor empeno. El esclavo lo observaba todo, y no podia concebir corno la serpiente estaba casi muerta y el pájaro lleno de vida, á pesar de tener el cuerpo lleno de mordeduras; preguntábase que especie de pájaro tan venenoso era aquel que mataba la serpiente amarilla; perdiase en conjeturas, y creía sonar. Ya no le quedaba duda alguna : la serpiente yacia inmóvil, muerta; el pájaro tambien estaba abatido; tenia las alas caí das y la respiracion penosa; pero esto le duró poco; hizo un esfuerzo; voló hácia el arbusto, comió de sus hojas con una voracidad singular , sacudió las alas, volvió al campo de ba talla, estuvo un rato descansando sobre el cadáver de la serpiente, limpió el pico ensangrentado en sus propias plu mas, y haciendo resonar un grito de alegría dirigió su vue lo hácia el Sur. Algunos meses deSpues, una estrana noticia puso en con mocion á la ciudad de Caracas. Era una hermosa manana de otono, y el pueblo acudia en tropel á la plaza pública. Esta se hallaba dispuesta del mismo modo que vemos hoy las nuestras en las corridas de toros; el gentío ocupaba to das las gradas , todos los asientos, y una música militar eje cutaba delante del que podia llamarse palco del goberna dor, danzas y canciones populares. El gobernador no se hizo esperar mucho tiempo: reinó un profundo silencio, y un hombre se adelantó solo hasta el centro de la plaza, em pujando con sus manos un tonel que rodó hasta el mismo sitio. Aquel hombre, que llevaba tambien una alforja sobre |
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