05_No. 1 (1 enero 1862), p. 174-186 |
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la descomposicion. En estado sólido anhidro, esto es, priva.
do de agua , como vidrio, por ejemplo ,1 cuando cubre., al
modo de barniz un cuerpo cualquiera , no es atacado con tan
ta rapidez por los ácidos ; mas despues de un largo contacto,
sucumbe por fin á su accion, y se descompone de una ma
nera análoga. En esta descomposicion se presentan , sin em
bargo , dos casos que importa mucho distinguir Si el vidrio
soluble se encuentra sobre algun objeto, formando capa
barniz , y debe obrar como á tal, es completamente destruido
por aquella deseomposicion. La nueva sal que en este caso se
produce es soluble en el agua , y el ácido silícico separado
solo adhiere muy débilmente al cuerpo que barnizaba, for
mando sobre él mismo una capa blanca y pulverulenta ; por
el contrario , cuando se ha impregnado un madero con una
disolucion de vidrio, y este es descompuesto dentro de los po
ros del leno por el ácido tánico (tanino , princo curtiente),
que en maor ó menor cantidad existe en todas las maderas,
depositase entonces la sílice resultante de la descomposicion
dentro de los poros, silicatando, por decirlo así , el madero,
y haciéndole con esto menos accesible á los efectos de la hu
medad y de la combustion.
Su obtencion ha sido hasta ahora bastante ardua. Con ar
reglo á las prescripciones de Fuchs, se fundía potasa ó sosa, ó
bien una mezcla de ambas sustancias, con arena de cuarzo ,
agregando al todo una pequena parte de carbon vegetal. El
vidrio resultante se pulverizaba y disolvía luego en el agua
por medio de tina ebullicion sostenida. Pero además de la sí
lice insoluble en el agua, tal como se presenta cristalizada en
forma de arena cuarzosa, conocía ya desde mucho tiempo la
química una sílice amorfa, que, bajo el nombre de ópalo, se
encuentra con harta escasez en el reino mineral, pero que es
asimismo el componente del pedernal y de la calcedonia. Su
jetando esta clase de sílice amorfa, que es exactamente igual
á la que se separa en la descomposicion indicada del vidrio
por medio de los ácidos, á una coccion prolongada con una legía de potasa ó sosa , se combina con estos alealis, forman do
vidrio soluble. Liebig hizo observar que esta sílice amorfa se
presenta en grandes cantidades en forma de tierra infusórica.
Es de saber que en varios lugares, notablemente en la seerca -
Mas de Ebstorf, en la estepa de Luneburgo, existen depósitos
de hasta 400 pies de profundidad , y de muchas leguas de
estension, de una tierra fina de color blanco ó pardusco, for
mados casi en su totalidad de los restos de ciertos infusorios
de concha silícea, y esta tierra infusórica , que es amorfa, y
se halla al mismo tiempo en un estado de divísion suma, es
escelente, y á propósito cual ninguna para la disolucion in
dicada. Basta pues preparar una legía de potasa ó sosa , y ha
cerla hervir con tierra infusórica para obtener una disolucion
de vidrio soluble. Liebig calculó, tomando en cuenta los gas
tos de trasporte de la tierra infusórica de Ebstorf á Munich ,
así como la cantidad real de vidrio contenida en las disolu
ciones de vidrio soluble del comercio , que la que se prepa
rase siguiendo el proceder de coccion de la tierra infusórica
con una legía alcalina vendría á resultar seis veces mas bara
ta que aquellas. El precio del vidrio soluble seria entonces
tan bajo, que no opondria ningun obstáculo á su aplicacion
en cuantos casos pudiera convenir.
Como el vidrio de agua ó .wasserglass se convierte , por
evaporacion del agua que le man tenia disuelto, en una masa
vitrea , será sobre todo muy propio para dar una capa vidriosa
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á ciertos objetos , estendiendolo sobre su superficie por medio
de una brocha. Siendo, como es, el vidrio soluble una sal de
base enérgica, la potasa ó la sosa , y de ácido débil , la sílice,
se concibe que no podrá aplicarse indiferentemente á toda
clase de objetos ; así que si se pone su disolueion en contacto
con la mayor parte de las sustancias colorantes ordinarias •
son estas descompuestas por el álcali, y su color se altera.'
Por esta razon , al introducir Kaulbach esta sustancia en la
pintura al fresco , debió buscar antes colores que fuesen com
patibles con su empleo.
Tanto en el uso que del wasserglass se hace en la pintura
monumental, como cuando se le emplea para dar un bano á
las obras de mampostería , no solo presta á los objetos un bar
niz vitro°, sino que se impregnan estos de sílice hasta donde
penetra la disolueion, adquiriendo mayor solidez y resisten
cia contra la accion destructora de la intemperie. Si se da ,
por ejemplo, un bano de una solucion diluida de vidrio de
agua á una figura de yeso, se embebe aquella en la masa del
yeso, de modo que, repitiendo varias veces la operaeion, no
solo se obtiene un barniz, sino que se silicata la figura, co
mo hemos indicado ya, hasta cierta profundidad, y puede
colocarse luego como adorno en un jardín 6 en otro parage
al raso, cual si fuera de mármol ó de tierra cocida. Cuando
solo se desea barnizar el objeto, debe emplearse una disolu
cion concentrada, pues penetrando esta muy poco , deja so
bre la superficie una ligera capa de vidrio.
Como hemos visto ya , se verifica en la madera, cuando se
la itnpregna de wasserglass, una silicatacion análoga, por la
cual adquiere gran resistencia contra la putrefaceion y la ac
eion atmosférica, como tambien contra los incendios.
No sorprenderá al lector, atendidas las cualidades del vi
drio soluble, que se le emplee, ya por sí solo , ya mezclado
con tierra, formando una papilla como cimento para pegar
vidrio, madera, hierro y otros metales, y que hasta tenga
usos en el taller del impresor. Pero lo que seguramente ha
brá de admirar, y hasta podrá parecer increible á alguna
lectora, es que el vidrio soluble pretenda desalojar al jabon
del puesto que de tan antiguo ocupa en la economía domésti
ca; y sin embargo sus pretensiones están muy lejos de ser
infundadas. La disolucion contiene un silicato alcalino : sí
lice y un álcali. El álcali obra sobre el mugre de la ropa , di
solviéndolo • y descomponiéndolo , de una manera idéntica
por lo tanto á la accion del álcali contenido en el jabon , en la
sosa y en la potasa, y al propio tiempo la sílice que se separa,
y el vidrio, no descompuesto todavía, hacen el agua viscosa
y propia para mantener el mugre en suspension , de modo
que puede separarse fácilmente de la ropa por medio de la
locion. El vidrio soluble posee por consiguiente las dos pro
piedades á que debe el jabon su alta importancia , y de la úl
tima de las cuales carecen cabalmente la sosa y la potasaem
pleadas directamente. Otra ventaja, y no pequena, tiene ade
más el vidrio sobre el jabon, y es que hasta con los precios
actuales del vidrio soluble, resulta el lavado la mitad mas
barato que empleando el jabon ordinario. No deja de ser muy
singular que en esta aplicacion del vidrio soluble, la sílice, 6
lo que es lo mismo, la arena, sustituya y desempene el papel
del aceite ó cuerpo graso indispensable para la preparacion del
jabon.
Juan Font y Guitart.
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El diamante
por Oton /ale.
ARTICULO TERCERO Y ÚLTIMO.
Qué ricas y felices tierras deben ser aquellas en que los
arroyos y los rios corren sobre oro y diamantes, en que bas
ta coger un punado de tierra para encontrar las piedras mas
preciosas! Así suenan algunos todavía con un El dorado, cual
solía yo preciar en mi ninez la suerte del confitero , por los
envidiables tesoros que tiene á su disposicion. Pero trasláden
se allá, á aquellos asolados y desiertos paises, donde, en vez
de las delicadas flores de la civilizacion y del arte, ornato de
nuestra pobre patria solo se hospedan la miseria y la barba
rie , el crimen y la esclavitud ! Léanse los anales de la histo
ria del Brasil para aprender á compadecer á aquel pais cuya
dicha tanto se ha ponderado.
Los poetas han llamado muchas veces á los diamantes lá -
grimas cristalizadas; bien dijeron, que lágrimas son , sí , de
los desventurados que los buscaron entre las arenas de los
ríos y de las llanuras brasilenas. La dicha de un pais no se
funda en los tesoros que esconde en sus entranas , sino en la
fuerza productora de su suelo y de sus moradores; no en las
minas de diamantes , sino en los campos cubiertos de ricas
mieses y en los talleres de la industria.
Diez y nueve anos habían trascurrido ya desde que una
casualidad arrojara á los portugueses á las costas del Brasil ,
sin que se tuviese la mas remota sospecha de los ricos teso
ros que se encerraban en el interior del país. Los rudos sal
vages que allí encontraron no llevaban ninguna de aquellas
galas que , en Méjico y en el Per'', dispertaron en otro tiempo
la sed de oro de los espanoles. En 1590, en una da aquellas
horribles cacerías de hombres que se emprendían con objeto
de proporcionarse esclavos para el trabajo del campo , y en
que se internaron en el corazon del pais , fué cuando por pri
mera vez se descubrió oro en la actual provincia de San Pa
blo. Hallabase entre la arena , en el lecho de los arroyos, en
.forma de granos y de pepitas del peso de muchas libras. Rá
pida cundió la noticia de la maravillosa tierra del oro, y tro
peles inmensos de gente se precipitaron cual torrentes desde
los mas remotos paises al través de indecibles fatigas y peli
gros, ansiosos por rebuscar los auríferos montes, los ríos y
los lagos. Hasta fines del siglo xvll no se descubrieron las
minas incomparablemente mas ricas situadas mas hacia el in
terior del pais, en las provincias de Minas Genios y de 3lat
to Grosso. Pero de los diamantes nadie se acordaba; las pie
drecitas brillantes que se encontraban al lavar las arenas en
busca del oro, se tiraban 6 se empleaban para fichas de jue
go. Su verdadera naturaleza permaneció ignorada hasta el
ano 17:27, en que un habitante de Cerro frio , en las monta
nas auríferas de Minas Geraes, Bernardino de Fonse Lobo,
descubrió por casualidad su valor. Babia visto en las Indias
diamantes en bruto , y le chocó su semejanza con aquellas
piedras, de que juntó una buena cantidad, que llevó luego á
Portugal para venderlas; con lo cual llamó la atencion uni
versal sobre las nuevas minas de diamantes. Los mercaderes
europeos, que hasta entonces se hablan surtido de diamantes
de las Indias, temiendo una baja considerable en los precios,
propalaron la voz de que los diamantes del Brasil no eran mas
que los desechos de las piedras de las Indias , que se enviaban
á Goa, y de allí al Brasil para conseguir su venta. Pero los
portugueses hiciéronlo al revés, mandando los diamantes á
Goa , y de allí á Bengala , donde se vendian por legítimos de
la India, y se pagaban como tales.
El beneficio en Minas Geraes era cuantioso ; en los prime
ros veinte anos se encontraron anualmente 444,000 quilates.
Pero en 1772, quiso el gobierno esplotar las minas por su
propia cuenta. Sin embargo, tan rico como era su producto ,
tan enormes eran tambien los gastos. Cada quilate venia á
costar al gobierno de 80 á 90 reales. En el ano de 1 852 es
cedieron los gastos á los beneficios en unos 25,000 pesos fuer
tes, de resultas de lo cual se abolió el monopolio por un de
creto de '25 de octubre de 1 854 . El rendimiento total de la
provincia de Minas Gentes hasta 1850 ascienden á unos
5.881,000 quilates, por valor de 903 millones de reales, á
los que, si se agrega el valor del contrabando, que á princi
pios de este siglo se estimó en '2 millones de libras esterlinas,
componen los diamantes estraidos de Minas Geraes un total
de 1,215 millones de reales por cálculo aproximado.
A poco del primer descubrimiento de los diamantes en Cer
ro frio, se encontraron tambien en otros puntos del Brasil ,
especialmente en las provincias del interior. Primero se en
contraron en los confluyentes del Araguay , en el rio Claro,
en el ido dos Piloes, y en el rio dos Cayapos, en la arena , en
tre rocas graníticas y junto á pequenos saltos de agua. Apren
dióse á conocer la arena diamantifera por ciertas piedrecitas
que solian acompanarla, á las que se lió el nombre de cau
tivos, y que consistían en ágatas, tarmalinas, y particularmen
te en ciertas areniscas. En la estacian seca lavábase la arena
en grandes artesas de forma cónica, y se revolvia y agitaba
el agua hasta tanto que el ojo ejercitado pocha descubrir los
diamantes en la arena mas fina que se separaba. En una ar
tesa se encontraban antes de 12 á 45 diamantes pequenos.
El oro que acompana estas tierras se estima en tan poco , que
se abandona á los esclavos, los cuales lo rebuscan en los dios
Festivos, ganando á veces cada uno en un solo dia hasta tres
ó cuatro pesos. Los diamantes tienen allí naturalmente otro
valor que entre nosotros, el cual por 3 quilate importa de 60
á 400 reales, y por 5 quilates de 900 á 1,050 reales.
El distrito diamantífero mas importante fue pronto la pro
vincia de Matto Grosso, especialmente en los alrededores de
la ciudad Diamantino. El Paraguay y muchas de sus afluen
cias arrastran entre sus arenas oro y diamantes , senalada
mente el Diamantino y su afluente el Fi() de °tiro, el rio
Santa Ana , aun hoy dia estraordinariamente productivo , con
sus afluventes los rios dos Areias, San Francisco (le Paula y
San Francisco Javier, y finalmente el Sumidouro, que tri
buta sus aguas al dos Areias. Pero no son solamente los
rios los que acarrean diamantes; la tierra seca los esconde
tambien en su seno , y cabalmente las tierras altas, los Cha
pados', como los llaman , son los que mas celebridad han ad
quirido. El suelo desigual de estas comarcas, que se eleva y
deprime formando como olas , consta de una tierra negra y
arcillosa, cuya profundidad por lo comun no pasa de 5 piés.
Debajo de esta capa terrosa se encuentra el llamado gorga
lho , que es un lecho horizontal de 22 á 26 pulgadas de es,
pesor , formado por pequenos cantos rodados de areniscas ,
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cuarzo y pedernal, unidos las mas veces por un cimento ar
cilloso pardo y rojizo. Debajo de esta capa se estiende tam
bien , en direccion horizontal y con una potencia de 1 t/, á
2 1/2 raras veces de 4 piés, el diamantífero casealho , com
puesto á su vez de cantos síliceos, pero no aglomerados por
arcilla , como los del gargalho, el cual descansa sobre un le
cho arcilloso rojo: el pissara. En las Chapadas se abren á ve
ces hoyos de 5 á O , y en algunos casos hasta 18 pis de pro
fundidad , de los cuales se estrae el cascalho , que se amontona
á un lado para lavarlo cuando las lluvias han colmado de agua
las escavaciones. Todas estas capas diamantiferas han sido in
dndablemente arrastradas allí por poderosas corrientes, y la
roca matriz de estos diamantes parece haber sido una arenis
ca, quizás la misma que todavía al presente circuye aquellas
comarcas y forma las alturas situadas entre los nos Araguay
y Cuyaba.
El descubrimiento de estos ricos tesoros, en el ano de 1746,
fué una tremenda calamidad para las poblaciones inmediatas
al rio diatnantífero. Apenas tuvo de ello noticia el gobier
no, cuando trató de encaminar este precioso rio á las arcas
del erario. Los habitantes fueron espulsados , desposeidos
con violencia de su propiedad , y arrojados en medio de so
litarios yermos. La misma naturaleza pareció conjurarse
contra aquellas desamparadas víctimas (le la codicia ; pues
se declaró por aquel tiempo una terrible sequía ; y un vio
lento terremoto, acaecido el 24 de setiembre de 1746 , puso
el colmo á tantos horrores. 1.os mas perecieron en estos de
sastres ; y hasta el 15 de mayo de 4805 no se permitió á sus
escasos descendientes volver á entrar en el goce de sus dere
chos. La riqueza del suelo de Diamantino raya á la verdad en
lo maravilloso. Despues de una lluvia , buscan los ninos el Oro
por las calles y por el riachuelo Ouro que las atraviesa , lo
grando juntar á veces mas de cuatro quilates. Un negro en
contró en un huerto un diamante pegado á la raiz de una
berza ; un arriero hincó su vara en el suelo, y al sacarla, vió
que tenia un diamante de 9 quilates clavado en la punta ;
un pastor tiró un terron á una vaca, y en uno de los peda
zos en que se partió encontró un diamante. Hasta las gallinas
tragan diamantes; por lo cual no se tiran allí nunca sus in
testinos sin haber antes examinado el buche y el estómago.
Sin embargo, el rendimiento de la busca de diamantes no es
tan pingüe como pudiera creerse á primera vista. Aun cuan
do se cuenta de uno que encontró en un corto trecho del rio
4,440 quilates de diamantes por valor de 9 á 12,000 'pesos,
es cierto tambien que se cita como un raro ejemplo de estraor.
dinaria fortuna al espanol Simon, que en 4 anos, con ayu
da de 200 esclavos , llegó á reunir unos 7,000 quilates. Si se
toma en cuenta el valor de los esclavos que desde 4817 á
4847 ha subido de 440 á 540 pesos , la ganancia guarda
apenas proporcion con el capital empleado. A causa del su
bido precio de los esclavos, ha ido disminuyendo cada vez
roas el número de los empleados en este trabajo ; en 1817 ,
ascendía aun á 1,500 ; en 4844 tan solo á 800. A la par ha
ido disminuyendo tambien el numero de diamantes encontra
dos ; puesto que en 4817 ya no importaron sino 40,800 qui
lates, ea 1844, se redujeron á 5,600. En cambio subió el
precio de los diamantes de 50 á 480 reales el quilate. Una
piedra de 18 quintales en peso costaba , en 1817 , no mas que
4,500 reales, mientras que en1850 ya eseedian de este valor
las de 9 quilates.
Desde que empezó á veneficiarse el distrito diamantífero de
Matto Grosso hasta el ano de 4 850 , se han encontrado , por
cuenta aproximada, 1.491,600 quilates, por valor de nueve
millones de pesos. Si á esta suma se anaden los 252,000 qui
lates encontrados en el rio Claro, cuyo valor se calcula en
2.000,000 de pesos , resulta que el producto total de Matto
Grosso asciende á 1 .445,600 quilates , ó á 11.000,000 de pe
sos. Verdad es tambien que este juguete de la vanidad costó
al Brasil mas (le 100,000 víctimas humanas.
Tambien se habian descubierto diamantes desde 1755 en
la fértil y pobtada provincia de Babia ; que fué antiguamen
te la mas importante del Brasil , pero el ilustrado ministro
portugués Marques de Pombal prohibió , durante largo tiem
po , las pesquisas , temeroso de los perjuicios que podrian
acarrear' á la agricultura , que con razon consideraba como la
verdadera prosperidad y riqueza del pais. Sin embargo, anu
lóse despues aquel acertado decreto prohibitivo; y en época
mas reciente ha adquirido la provincia de Babia estraordi
naria importancia por su riqueza diatuantí fera. Así como en
4829 la reparable semejanza entre las tierras auríferas y .pla
tiníferas del Ural y la arena diamantífera del Brasil indujo
á Humboldt á sospechar que quizás existían taro bien dia
mantes en el Ural, conjetura que mas tarde vino á confirmar
el descubrimiento-de un distrito diatnantífero , hecho por el
mismo Humboldt, asimismo infirió, en el ano 4844 , un es
clavo de, Minas Geraes, guiado tan solo por su natural pene
tracion , la existencia de una riqueza análoga , de la seme
janza del suelo de Bahía , donde llevaba á pacer los rebanos
de su dueno. Empezó pues á buscar entre la arena ; y pronto
encontró hasta 700 quilates, con los cuales se fugó á una ciu
dad distante para realizarlos y ponerse á buen recaudo. Hu
bo de estranarse sin embargo tamana riqueza en manos de
un esclavo, y se le puso preso. Mas no por esto reveló su se
creto. Su dueno, á quien frió devuelto , trató de valerse de
un ardid para descubrirlo, y le entregó de nuevo sus reba
nos, observándole en su tarea sin ser visto. Apenas fue co
nocido el secreto , se precipitó un sinnúmero de gentes, par
ticularmente de Minas Geraes , á la Chapada. Al ano siguiente
había ya mas de 25,000 hombres ocupados en la busca de
diamantes, y hasta 4.° de agosto se encontraron diariamente
1 ,440 quilates , por valor total de cerca de cuatro millones de
pesos. El número de los buscadores de diamantes finé bajando
hasta 5 ó 6,000; pero basta fines del ano 1849 se encontra
ron en la Chapada de Bahía 952,400 quilates de diamantes,
cuyo valor total pasa de ocho millones de pesos. A consecuen
cia de este hallazgo inesperado, bajóel precio de los diaman
tes casi á la mitad. Hay además fundadas esperanzas de que
no se agotará tan pronto esta riqueza , pues la comarca dia
mantífera de Babia ocupa una estension de 20 horas de largo
sobre 10 de ancho.
El producto total de todos los distritos diamantíferos del
Brasil hasta el ano 4850 se podria estimar en 10.196,586
quilates, y su valor en 80 millones de pesos. El peso de estos
diamantes, que tallados, representarian un valor de 400 mi
llones de pesos, seria por consiguiente de 44 quintales, ó dos
toneladas 7 quintos.
Pero todas estas riquezas que del Brasil fluyeron á Europa
no han hecho feliz á uno ni á otro de los dos paises. Todas
estas piedras yertas y frias no han hecho adelantar ni un
solo paso la cultura del espíritu humano. No parece sino
que sobre estas piedras, las mas nobles entre las preciosas ,
pese la maldicion de los infelices que, bajo los abrasadores
rayos del sol tropical, tuvieron que buscarlas entre cenagosas
arenas. No parece sino que debe ser castigado aquí con ter
rible venganza aquel impulso demónico del pecho humano ,
que, por amor á lo estraordinario , hasta nos hace escuchar
con placer las agenas desdichas. Irresistiblemente atrae el
diamante y fascina con su funesto brillo á centenares de mi
les que ansiosos se arrojan en su busca á los áridos desier
tos ; y la arena sepulta bien pronto entre diamantes sus es
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queletos. Al diligente labrador le aparta de su arado , llama
fuera de su taller al modesto artesano, y los campos se vuel
ven desiertos, y se despueblan las ciudades. El Brasil ha
sufrido espantosamente bajo el anatema de esta riqueza ; y
el mayor beneficio para él hubiera sido que un Pombal hu
biese cerrado sus minas de diamantes. Los celos de los por
tugueses aniquilaron el comercio del pais , la agricultura y la
industria. Prohibióse á estas colonias el cultivo de la vid y
del olivo , como tambien la estraccion de la sal en las costas,
para que tuviesen que acudir á la metrópoli por estos renglo
nes imprescindibles. Se prohibió á los brasilenos trabajar la
lana y el algodon indígenas , porque se les quiso abastecer
de tejidos ingleses. Su propio tabaco tenian que irlo á bus
car en Lisboa, donde debian pagarlo mucho mas caro. Tam
poco podian establecer astilleros, ni levantar fábricas. Portu
gal quiso asegurarse el pais de las piedras preciosas ; y por
esto debían hacerlo débil y miserable. Y el gobierno portu
gués vi/ colmados sus afanes, pues hizo del Brasil un pueblo
desmedrado , salvage y estúpido , un esclavo que consumia
su vida y empleaba su escasa inteligencia en buscarle , entre
el cieno de los páramos, diamantes para su corona: La revo
lucion de ,t 822 conquistó al Brasil su independencia; ya es li
bre; pero feliz y rico solo podrá serlo por la agricultura que se
empieza ahora á favorecer. Sus arenas diamantiferas y sus
rios de oro se agotarán un dia, y entonces comenzará á flore
cer ; como un dia á las orillas del Rhin , exhaustas de oro ,
brotaron las flores del arte aleman y las espigas de la in
dustria. Juan Font y Guilart.
La mano.
porfintio Zrhaleberg.
« ? Qué se puede decir de la mano ? » dirá mas de uno de
nuestros lectores. « Aquí la tienes esta mano, este miembro
endeble de un cuerpo no muy roblisto , tan antigua como
el género humano , tal como la tuvo el primer hombre ,
y tal como la tendrá el último en la consumacion de los
siglos. ?Qué cosa tan singular hay que decir de este pedazo
del cuerpo humano ? ? qué maravilla puede haber en esta
mano ? »
Echa una mirada en torno tuyo, en tí mismo y en las co
sas de tu tiempo y de los tiempos que fueron ; y cuanto veas
te dará una imagen penetrante de este miembro y de sus
obras. Reside en la mano del hombre una grandeza portento
sa y enigmática.
Ante tí se espacia el territorio donde moras. ?En qué esta-.
do se hallarla largos siglos atrás , ó como estaba aun en el
tiempo en que, en vez de esas plateadas canas, guarnecian tu
rostro los negros y graciosos bucles de la juventud ? ? Qué tal
se presentan á la vista las regiones de América, pisadas ape
nas por el hombre, ó entre las rancherias de los Arabas y de
los Kirguizes , en las orillas del Eufrates y en la cordillera de
los Urales? Una maleza enmaranada é infecta, donde impera
la fuerza sin objeto de indómitos elementos. Allá se espar
clan sin contraste por la llanura las olas de la corriente, allá
se levantaba la serranía, tan antigua como la creacion , guar
dando en sus penascosas cámaras los tesoros minerales que le
dió naturaleza.
El hombre penetra en aquella maleza intransitable, y con
sus manos desmonta y allana el terreno. La mano senala los
límites y los ámbitos de la propiedad. La mano arranca á la
selva el tiro bravío, y lo amansa y domestica para convertirle
en vaca lechera. La mano echa las riendas sobre la cerviz del
caballo altivo para que sirva al hombre con su velocidad y
fuerza. La mano aclara el bosque sombrio, mata, ahuyenta
amansa á las alimanas que en él se guarecian , limpia el bar
becho, quebranta el terron, siembra, fabrica moradas, aldeas,
pueblos y ciudades. La mano hiende el penasco y manda á
los tesoros ocultos y al betun salir de sus recónditos lechos
para que le ayuden á trabajar sin cansancio en este mun
do. La mano manda á la corriente, y sus ondas besan mur
murando las plantas del hombre para vivificar colonias ente.
ras de talleres ; sobre su terso y blando dorso lleva la nave
de alas de fuego al ancho Océano. La mano de un pobre ma
go mecánico coge el rayo del cielo y el rayo del sol, y doblega
á entrambos para el servicio y recreo del. hombre. La mano
arroja puentes por encima de los ríos, y levanta calzadas por
TOMO 1.
sus orillas , y carreteras por las serranías ; y altas chimeneas
van atravesando con horrísono estruendo comarcas y nacio
nes. La mano da nueva vida ; la enmaranada maleza ha de
saparecido , estendiéndose á lo lejos lozanos trigales, y se le
vantan ciudades opulentas.
La mano es quien obró todo esto ; y aun hizo mas, pues al
mismo tiempo deja de ser el hombre una maleza, una fiera
asquerosa y bravía.
Por medio de la mano gana el hombre en comprension ,
en claridad, en profundidad , en penetracion y hermosura; él
busca , escudrina y recoge representaciones, esperimentos ,
ideas, pensamientos y proyectos. La mano se levanta hasta el
mundo invisible de los espíritus , afianza lo invisible , los
pensamientos, lo que no tiene forma, las obras abstractas del
pensamiento y de la imaginacion ; y con escuadra y círculo ,
con martillo y cincel, con balanza y medida, con colores ,
pincel y paleta , con lápiz y papel , y con todos aquellos mi
les de medios auxiliares , á quienes lá misma mano dió antes
existencia, forma y capacidad para trabajar, dá la mano á las
ideas, en artes y ciencias,. existencia corpórea y representa
cion material en formas y figuras. La mano , tambien la ma
no sucia y callosa, te levanta altares para tu devocion y la
cúpula de tus catedrales ; la mano escribe leyes para el sos
ten del orden social y para la sabiduría con que han de ser
regidos los pueblos y naciones ; la mano apunta los preceptos
que dictó tu conciencia para mantener la moralidad ; ella for
ma de un desecho los medios con los cuales ella sola tambien
saca á luz los portentos de la armonía en tonos , sentimien
tos y pensamientos ; la mano ordena la escritura y el arte in
genioso, por cuyo medio puedes tú, retirado en tu gabinete,
tratar y conversar con los sabios, con los héroes y bienhe
chores que fueron y son de todos los pueblos.
Ya ves como es la mano el cetro del espíritu, como ella do
blega y encadena hasta las materias mas tenaces de la crea
cion , y todas las asperezas de la vida, cual si fuesen de
cera, conforme se lo va mandando el pensamiento. Ella es
quien hace para tí la tierra amable y hermosa , y quien con
virtió el asiento de la selvatiquez y crueldad en templo de la
industria y de la paz. En este sentido ha estado trabajando
siempre desde que existe; y á donde quiera que te encami
nes , á donde quiera que dirijas tus miradas , no verás nada
que no lleve el sello que la misma ha impreso en la creacion.
A cada paso que dés, te saldrán delante , de en medio de los
vórtices bramadores y del embravecido Océano, las obras de
la mano del hombre , monumentos y columnas que se levan
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tan sobre los sepulcros, donde están durmiendo naciones y
centurias.
La mano es el instrumento mas dócil y manoso del espíritu
humano en todas sus lides por la vida. La mano es el primer
instrumento, el mas antiguo y perfecto, la máquina mas
certera y eficaz del trabajo y de la cultura ; sin ella , no es
posible ningun trabajo humano , ninguna cultura , ningun
levantamiento del espíritu. En la historia de la mano , si uno
pudiese escribirla, reside una grandísima parte de la historia
de la cultura.
Alas no basta conocer los instrumentos muertos de tu tra
bajo. Aprende á conocer tambien á la madre de todos esos
instrumentos , la fuente múltipla de todos los goces ; estudia
la mano , estúdiala como á tí mismo; por cuanto en ella po
sees el instrumento original mas Perfecto, no mejorado has-.
ta ahora por mortal alguno ; la palanca de toda fuerza espi
ritual.
Examina tu mano ; ?No echas de,ver, ya á primera vista ,
que recibió en su forma la visible espresion para ser el re
presentante de una fuerza íntima , espiritual? Mira en torno
tuyo , el reino inconmensurable de lo creado, ? dónde ha
llarás una mano igual á la mano del hombre ?
Tambien tienen manos los animales ó miembros análogos.
Una larga serie de géneros, los peces, los anfibios , las aves y
los Mamíferos, en una palabra , los vertebrados , ó los que
poseen en su interior una armazon 6 sea, una disposicion es
pecial de los órganos respiratorios y una correspondiente
constitucion del sistema nervioso, están provistos de miem
bros delanteros ó superiores, que podemos considerar como
alusiones , como ensayos de la naturaleza, corno rudimentos
y analogías de la mano humana.
Pero la mano de los animales, como que no tiene mas que
un destino , no tiene mas que una forma correspondiente al
instinto y al objeto de la vida del animal. De ahí la variedad
de las formas de la mano de los animales, desde la nadadora
del pez hasta la voladora del murciélago, desde la estrecha
contraccion de la aleta del pez hasta la dilatacion del ala del
ave.
Solo la mano humana posee la facultad de unir en si ó
reemplazar todas las funciones de las manos de los animales ;
y así es que recibió y debió recibir una forma mas. noble , forma que viene á representar su inmensa superioridad sobre
todas las de los animales. Ni estendida como la mano vola
dora del ave; ni encogida y envarada é incapaz de flexion y
dilatacion, como la nadadora del pez, es la mano del hom
bre la verdadera forma media entre todas las manos de los
animales ; y como tal , su sensacion es tan delicada, ejecuta
sus movimientos con tanta exactitud y precision , obedece
tan instantáneamente á todo impulso de la voluntad , que
dirian que es este miembro el asiento de la misma voluntad:
Aun en los casos en que la mano del animal se aproxima no
tablemente á la del hombre, manifiesta aquella con todo
constantemente un carácter animal completo y otro destino
muy diverso del de la mano del hombre ; y esto con tanta fi
jeza y expresion, que la ciencia puede, en vista de este solo
miembro, construir, por decirlo así, el animal á quien perte
nece, y determinar todo su carácter.
No menos reparable es el grandor ó la longitud de la mano:
circunstancias que inopinadamente nos recuerdan la influencia
de un elemento espiritual. La medida de la longitud normal
de la mano en los adultos es igual exactamente á la altura ó
longitud del cráneo , y es el tercio precisamente de la longi
tud de la columna vertebral; y segun se ve, de los dos focos
centrales de los nervios y de la actividad del espíritu. Este
hecho sorprendente indica por sí solo el destino y la impor
tancia de la mano del hombre , bien así como es el hombre ,
o debiera serlo, el medidor y la medida fundamental de la
creacion. La mano y la cabeza tienen una medida idéntica,
y tan solo con su union pueden obrar y completar su traba
jo ; pues sin tal union , no cabe armonía. Donde quiera que
esté por nacer un pensamiento, allá acude la:mano para darle
paso y abrirle las puertas de la realidad. La mano., la mano
del hombre arraiga en el espíritu, crece con'él , así como el
espíritu crece con la mano y por ella. Educa pues la mano, y
educarás el espíritu. La mano es tu primer medio de cultura,
no sobrepujado hasta aquí : guárdala pues de toda vileza , así
propia como estrana , y empléala para objetos santos , para
promover tu cultura y la de tus hermanos.
Antonio Bergnes de las Casas.
De la inmensidad del espacio.
por -J'arrío
El mundo de los astros, cuando lo contemplamos con refle
xiva mirada, produce en nuestro ánimo una impresion de la
mas alta sublimidad , que se graba en él tanto mas profunda
mente cuanto mas lejos penetramos en la inmensidad infini
ta con el auxilio poderoso de los instrumentos astronómicos.
Casi pudiera aparecer dudoso lo que mas sea de admirar, si
el océano de estrellas infinito, ó el espíritu humano que ha
logrado escudrinar sus leyes y descubrir el orden sencillo y
eterno en medio de aquella aparente confusion y desorden.
Al echar el astrónomo la vista por el estrellado firmamen
to , tiene abierta ante sí la crónica de la historia del mundo ,
porque penetran sus ojos remontándose millones de anos
atrás , hasta los tiempos primitivos , hasta los primeros orí
genes de la formacion del universo.
Para espresar la grandeza del universo, no bastan nues
tros números; otras medidas gigantescas requieren para
determinar en cierto modo la inconmensurabilidad del'espa
cio que el hombre puede abarcar con sus instrumentos.
lioeritcr.
Y qué regiones infinitas no existirán aun mas allá de los
límites á que alcanza un telescopio de Elerschel ! Sabemos
que el rayo luminoso atraviesa en el breve espacio de un
minuto dos millones y medio de leguas , y que en unos ocho
minutos corre el trecho de los 20 millones de leguas que dista
el sol de la tierra. Pero el sol Mas cercano á nuestra tierra , despues del que forma el centro de su sistema planetario.,
se halla de ella á tal distancia, que la luz emplea 9 anos y
5 meses en el trayecto para llegar de allí hasta nosotros ; des
de el sol inmediatamente mas próximo tiene ya que recorrer
un camino de 21 Y„ anos ; desde la estrella polar 45 anos.
?Qué enormes distancias no son estas, cuando un solo ano
lumínico, como se han denominado estas medidas del espa
cio, comprende ya 65,000 distancias de la tierra al sol, cada
una de las cuales asciende por sí sola á 9.0'.680,000 leguas,
de modo ,que un ano lumínico designa una distancia de
4.500,000.000,000 de leguas.
Los astrónomos han medido con sus instrumentos la luz ,
179
tambien su intensidad y su color, para tomar estas circuns
tancias en cuenta, cuando tratan de espresar la 'distancia de
los astros, en la que no implican errores de algunos millones
mas ó menos, porque, en general, las distancias del espacio
solo pueden fijarse aproximadamente. La mancha nebulosa
mas lejana que se ha podido descubrir con los mas fuertes te
lescopios dista de la tierra, segun cálculos aproximados, 80
millones de anos lumínicos. Por consiguiente , penetra nues
tra mirada tan atrás en el mundo primitivo , que aquellas
masas luminosas se nos presentan tales como fueron hace
SO millones de anos lumínicos. Qué aspecto ofrecen en el ano
de 1859, qué alteraciones han sufrido, esto lo sabrán aque
llos descendientes nuestros que Vivan dentro de 80 millones
de anos lumínicos. Si aquellas remotas islas de estrellas de
sapareciesen hoy del mundo, no se observaria sobre la tierra
su desaparicion hasta pasados 80 millones de anos lumíni
cos; pues tanto tarda la luz en llegar de allá hasta nosotros.
Pero circunscribamos la vista en mas estrecho espacio; di
rijámosla á la via láctea, en cuyo interior, dentro de un es
pacio vacio de estrellas, se mueve nuestro sistema solar. Esta
via láctea, por datos sólidamente basados, sabemos que cons
ta de varios anillos formados por millones de soles, dos de
cuyos anillos podemos distinguir muy bien. Estos anillos
tienen puentes de comunicacion , puntos claros y oscuros, y
contienen como unos 18 millones de soles visibles por medio
del telescopio (pues los ojos desarmados solo descubren 5000),
con sus cometas y planetas , naturalmente invisibles. Como
además existen cerca de dos millones de sistemas solares ais
lados , resulta que el número de los soles visibles por medio
de humanos instrumentos asciende á 20 millones. Calculando
el diámetro del anillo formado por la via láctea, se obtiene
con gran probabilidad el enorme resultado de 8,000 anos lu
mínicos de longitud. Esto nos dice que hallándose, como se halla, nuestro sol cerca del punto céntrico de nuestro siste
ma de la via láctea, necesita la luz de las estrellas situadas
á los estremos de su diámetro 4,000 anos lumínicos para llegar hasta nosotros, y para que pueda ser visto desde la
tierra el astro de que emana
Pero la via láctea á su vez no es mas que una de las islas de
estrellas que suspendidas giran en el espacio universal. De es
tas vías láCteas se cuentan hasta el presente 4,025, muchas
de las cuales afectan formas harto singulares. En algunas, con
la ayuda de fuertes telescopios, se consigue distinguir, y has
ta contar las estrellas aisladas ; otras, por el contrario, se ma.,
nitiestan siempre coino uî pálido.fulgor, como una nube lu minosa, que tal vez'esté millares de millones de anos distante
de nuestro sistema Solar. Segun opinion de los astrónomos,
estas nieblas luminosas son mundos que se van formando, y
se encuentran en grados diversos de desarrollo, pues algu
nas de ellas no son todavía mas que nieblas 'de mundos ; en
otras se han formado ya globos cometatios , mientras que
otras constituyen sistemas solares perfectos. De lo dicho se
deduce que á la vista del astrónomo se desarrolla la historia
infinita de la creacion desde el principlo primero hasta los
tiempos presentes; pues tambien nuestro sistema solar debe
haber sido en su origen uno de estos mundos nebulosos. La
niebla de astros mas cercana á la tierra dista de ella 800,000
anos lumínicos.
Además de estas islas de estrellas , se conocen hasta ahora
6,000 estrellas dobles, compuestas de soles que, en enormes
órbitas, van girando unos en torno de otros, y cuyo tiempo de
rotacion, que en 14 de ellos se ha calculado, es desde 50 hasta
500 anos. Segun este computo, se ha establecido para las estre
llas dobles mas próximas en 1,500 anos el número medio de su rotacion, que en los 2,000 mas distantes asciende hasta 20,000
anos. Del movimiento de estas estrellas dobles y de la compa
racion de antiguos cálculos astronómicos sobre la posicion
de las esti:ellas , se ha deducido .que nuestro sistema solar se
mueve en derredor de un punto situado cerca de las Pléya
das , al modo que la tierra con su luna gira alrededor del
sol. El sistema solar ha cambiado ya notablemente su posi
cion respecto del zodíaco, pues que el zodíaco boreal, en
12,000 anos, y el austral en '21,307, avanzan 50 grados,
lo que es lo mismo, toda una constelacion. Del mismo modo
varian de posicion las demás estrellas, por ejemplo, la
, que, dentro de centenares de anos, habrá cedido á otra
su puesto. El punto en torno del cual gira el sol se llama sol
central, con cuya palabra no se intenta designar un cuerpo
determinado, sino una region de la vía láctea, como hemos
dicho ya, cercana á las Pléyadas. Entre este punto y el sol
media la distancia de 557 anos lumínicos; y el sol, que en
un segundo corre 7 leguas, y que por consiguiente, re
corre en un ano 900.000,000 leguas, emplea 18 1/, millones
de anos en completar su órbita.
! Cuán pequenísima y baladí es la tierra en este océano de
soles! !cuán poca cosa los seres que la pueblan, y con todo,
!cuán sublime el espíritu humano !
Juan Font y Guitart.
La luna.
por Oton tile.
ARTICULO PRIMERO.
Superficie de la luna.
No bien llega un viajero de remotas tierras, nos desvivi
mos por oir la relacion de sus aventuras y la pintura de las
maravillas que presenció. Quizás de lo dicho se infiera que
recibimos con verdadero entusiasmo, y que asaltamos de pre
guntas al astrónomo que ha recorrido caminos que en tanto
grado se alejan de las sendas trilladas, que ha revistado pro fijamente los espacios del cielo , que ha escudrinado formas
y relaciones portentosas, y ha seguido en su desarrollo las
eternas leyes que reinan en aquellas regiones. Mas no sucede
así; al astrónomo todo el mundo le deja en paz , nadie lee
sus libros, nadie se cuida de sus descubrimientos. Bien es
verdad que dicen que sus relaciones no se entienden, que los
animales y plantas, los paises y demás se aproximan mucho
mas á lo que tenemos diariamente ante los ojos, cuando na
die, de nino, fijó la atencion en el estrellado cielo. Esto es
ciertamente una desgracia; por cuanto la naturaleza de los
cuerpos del universo, sus movimientos, sus recíprocas in
fluencias tienen efectivamente con la tierra tanto parentesco
>2 180 t<
al menos como lo tienen entre sí los productos de las diver
sas partes del mundo , y no están mas léjos de nuestra vida
y de nuestro pensamiento. No es lo estrafío de las estrellas lo
que pos repele , puesto que al hombre le interesa todo lo
estrano, sino lo largo y lo arduo del camino. Y DO hablo aquí
de la distancia , puesto que al pensamiento no hay espacio
que le asuste , sino de los caminos dificultosos y enmaranados
de la ciencia, del cálculo y de la observacion.
Hecho bien cargo de•todo lo espuesto, me tomaré la fran
queza de invitar al lector á que me siga á los maravillosos
mundos del cielo , y ante todo que haga alto conmigo en el
mundo vecino, esto es, la luna. No le convido á un paseo á la
claridad de la luna, por cuanto, con la frialdad de estas no
ches de invierno , se le exhalada todo el entusiasmo ; tam
poco exijo de él que coja el telescopio ni que empiece á. cal
cular y disenar ; nada de eso ; suplícole tan solo que se ima
gine trasladado de repente á la costa de una isla oceánica.
liemos andado 50,000 millas (t), pues tal distancia, á cor
ta diferencia, hay de la tierra á la luna. Nos hallamos ahora
en un mundo que no es mas grande que la América , y en
el cual no podemos hacer viages mas largos que los hacemos
en toda la estension del Asia ; pues la luna es 49 1/3 veces
menor en contenido, y 15 'A, veces menor en superficie que
la tierra ; es una bola cuyo diámetro es de 648 millas. Exa
minemos ya el pais que tenemos delante, y del que ya tuvi
mos un presentimiento en la mezcla de manchas claras y os
curas que nos presentaba la luna llena. Ahora las partes
pardas se nos convierten en llanuras, y las claras en monta
nas. Que son montanas las partes brillantes, eso lo recono
cemos por sus sombras, que se ven constantemente en el lado
opuesto al sol , y que son tanto mas largas , cuanto mas bajo
está el sol para aquellas montanas. Pero no son montanas los
puntos mas brillantes , sino , al contrario, honduras tajadas,
cuyas paredes refiejan la luz solar.
Pasemos á una region montanosa de la luna. !Cuán diver
sose presenta esto de los Alpes suizos con sus almenados gi
gantes, con sus largas crestas y amables valles! ! Cuán dife
rentes de otras poderosas cordilleras con sus encumbradas
cúpulas y sus tajados-miradores! Vemos en la luna paredes
circulares que encierran profundidades abruptas. Aquí tie
nen 'un diámetro de 2 á 10 millas; allá se estienden mucho
mas ; sus paredel están cortadas y encierran anchas llanuras.
A las primeras se les dio el nombre de serranías anulares , y
á las últimas se las llama llanuras murales; á las formas mas
pequenas y regulares les dan los nombres de cráter y cavidad,
á causa de su analogía con ciertas formas terrestres, aunque
debemos guardarnos de inferir conclusion alguna de esta se
mejanza aparente. La luna no tiene volcanes , y los puntos
'chispeantes en el lado nocturno de la luna , que así fueron
llamados por Ilerschel , no son mas que los picachos de altas
montanas heridos por el sol.
Pasemos á una de aquellas grandes llanuras murales , las
mayores de las cuales se hallan en el lado sudoeste de la lu
na. De todos modos pertenecen á las formaciones mas pri
mitivas , han cedido á formas posteriores do toda especie, y
casi se han puesto desconocidas. En sus muros vemos cráte
res , brechas , largas hondonadas á manera de surcos, y su
centro presenta la mas bella variedad de paisage , grupos de
colinas, anchos espaldares de tierra, estrechas venas, profun
didades como de cráteres y levantamientos vesiculares.
Nos llama desde luego la atencion una de aquellas serra
nías circulares, mas regulares, y por lo mismo menos anti
guas, de las que se cuentan ya mas de mil, y que están en
(1) Millas alemanas de 13 al grado; y alemanas serán todas las millas que
se citan en este artículo.
algunas regiones de la luna tan apinadas, que casi vienen á
darle la traza de un tejido celular. En la carta adjunta , que
representa una parte de la luna, tan estensa, con corta dife
rencia , como el reino de Babiera , puede ver el lector dos de
rt.
V31.
aquellas serranías circulares. Sus paredes tienen en su con
torno casi la misma elevacion , sostienen picos aislados y ba
jos, y declinan en planos hácia dentro y hacia fuera , ó en
vian prolongaciones hácia el esterior en todos sentidos. En el
interior, hay de ordinario una montana central, ya como co
lilla baja ó elevado pico, ya como una reunion de pequenas
montanas. Jamás se eleva la montana central á la altura de
los muros ; las mas veces se eleva solo hasta la altura de las
llanuras limítrofes., Las que están aisladas se levantan de 4 á
5,000 piés sobre la profundidad ; pero los muros de los con
tornos alcanzan la altura de 12 á 46,000 piés. La figura 2 re
presenta la simple configuracion de una cordillera anular,
tal como la veríamos colocados sobre la misma luna.
Parece que existen
tambien muros anulares
que no encierran mon
tana central ; así lo in
dica al menos el color
gris oscuro y uniforme
de su interior. Verdad es que el brillo y el color del interior
se funden con el muro y con el contorno en las cordilleras
anulares ; esto sucede cabalmente en las mas grandes y taja
das , en términos, que no es posible distinguirlas en la luna
llena, y muy poco en el cuarto , en que las montanas están sin
embargo indicadas por sus sombras.
Si el número de cordilleras anulares nos causó asombro,
mucho mas nos lo causará el de los pequenos cráteres ; pues
con un telescopio medianamente fuerte podemos contar hasta
cerca de 20,000 de ellos. Son generalmente tan profundos,
que la luz del sol, aun cuando este haya alcanzado una altu
ra casi de 20° sobre el horizonte, no puede penetrar en ellos;
y la multitud de sus sombras oscuras da á una comarca de
terminada el mismo aspecto que si estuviera acribillada. En
completa iluminacion , y por consiguiente en la luna llena ,
resplandecen algunos con fuerte brillo ; porque la luz del sol
es reflejada desde su concavidad como por un espejo ustorio ;
mientras que en otros, solo brilla el borde á la manera de un
delgado anillo de luz, presentando oscuro el interior. Gene
ralmente se ven dos ó mas puestos en fila, como las perlas de
un collar, ya unidos entre sí por medio de canales, ya á veces
cerrados dos por un mismo muro. En la figura adjunta está
representado un grupo de dichos cráteres, unos con mon
tana central en su profundidad, otros sin ella (d y b), y otros
unidos, como (c y e).
Cordilleras de montanas, como las que forman en nuestro
mundo los Alpes y los Andes, son raras en la luna, ó tie
nen muy limitada estension, sin ramificaciones , por consi
guiente , sin valles, y sosteniendo cimas en forma de cúpulas
y 181 te
de picos, como lo vemos en la lámina primera. La cordillera
mayor se estiende 90 millas, y tiene cimas de 17,000 pies de
altura. Pero cut- miras de la luna
bren la luna innu• están atravesadas
merables monta- por largas y nu -
fías cónicas , ais- merosas colinas,
lacias , que se formando
tortuo.
agrupan en el he- sidades, á las que
misterio septen- sedad nombre de
trional, formando filones; tienen ge
•ancuho cintun- neraI in en te mas
ron de 200 millas de una milla de
de largo. ancho y suelen te
Las anchas 111.x- ner una elevado')
de 50 pies de altura , raras veces llega á 4 ,000 ; así es que
solo producen sombra cuando el sol está muy bajo. Muy á
menudo terminan en moutecillos ó en cráteres , ó bien están
atravesadas por estos, como se vé en la figura 5.a (a).
Si bien se separan mucho todas estas formas de las comu
nes de la tierra , nos sorprenderán aun mas todavía los es
traordinarios surcos , estrechos y profundos , que recorren
casi en línea recta las llanuras y las comarcas montuosas ,
cortando hasta los mismos cráteres, ó ensanchándose á veces
y formando profundidades tambien á manera de embudos.
En la luna llena aparecen como líneas brillantes de luz ; á
veces forman como hilos negros, y tienen por consiguiente
una anchura de muchos millares de pies. Nada tenemos en la
tierra que podamos comparar con esto ; pues las espantosas
grietas que atraviesan las praderas de Tejas no son nada al
lado de aquellas. Mientras se afanaron los hombres en buscar
analogías entre la luna y la tierra, por donde se veían mares
en las grandes manchas grises, y continentes en las brillantes,
debieron tambien representar estos surcos, ya ríos, ya cana
les artificiales ó carreteras. Tal analogía quedó sin embargo
refutada en parte por la grande y uniforme anchura de los
surcos, y en parte tambien por la circunstancia de cortar al
tas y escarpadas montanas y continuarse al través de los crá
teres y de sus mismos muros, y porque su principio y suter
minacion están en una misma llanura. Canales y caminos en
!aluna pudo sobre todo ver aquel que allá vió tambien chi -
dades y fortalezas.
! Qué poderosas revoluciones deben haber producido en la
luna esas monstruosas montanas, muchas de ellas de 26,000
pies de altura, esos estraordinarios muros , esas escavaciones
y grietas! !Cuán insignificantes son quizás comparativamente
las revoluciones de nuestro globo, mucho mayor, sobre el
que el orgulloso Etria no puede ponerse en parangon con el
mas pequeno cráter de la luna! La comun tendencia á la for
ma redondeada de todas aquellas elevaciones y depresiones
de la luna nos demuestra hasta la conviceion que todas ellas
fueron producidas por- una causa tambien comun. Todo nos
induce á la consideracion de que la luna fue en un principio
una masa flúida, y que mientras se solidificó enfriándose , se
desarrollaron fuerzas en su interior y se produjeron erupcio
nes, quizás como si burbujas de gas fuesen impulsadas hacia
el esterior de una masa pastosa , y reventando en la superfi
cie, dejasen un borde elevado circular al rededor de un cen
tro profundo. Tales sucesos se repitieron ciertamente con fre
cuencia, si atendemos á que llanuras, cordilleras circulares ,
cráteres y filones debieron ser resultado de otras tantas for
maciones. En la corteza ya casi solidificada , se produjeron
últimamente grietas, como nos lo demuestran los surcos , de
los cuales los mas antiguos fueron rellenados por la masa pas
tosa.que fluia del interior, y así resultaron las colinas en for.
!nade filones. En las revoluciones mas poderosas, parece que
la fuerza interior ha obrado con mas intensidad hácia los po
los, cubriéndolos de innumerables elevaciones de mucha al
tura , mientras que en la zona ecuatorial alternan solamente
montanas aisladas y cráteres con dilatadas llanuras. Así se
aventura ya el habitante de la tierra á desentranar los mis
teriosos sucesos de los primeros tiempos de la historia de un
cuerpo celeste en que jamás puso la 'planta.
No solamente se han trazado mapas en que se pinta la su
perficie de la luna , y se han medido sus montanas , sino que
tambien se han dado nombres á sus montanas y regiones.
Eligiéronse con este objeto, en un principio, los nombres de
los filósofos mas afamados ; los Modernos , empero, aprove
charon la ocasion para obsequiar con posesiones en la luna á
astrónomos que dejaron de existir , y aun á los vivos, que con
harta frecuencia fueron tratados con ingratitud por sus con
temporáneos. Por tanto, le ha cabido á Keplero, á quien el
emperador y los poderosos de su época dejaron perecer de
hambre , una dé las mas brillantes montanas de la luna , y
Tycho, Copernico, Hiparco, Albategnio se igualan con él en
consideracion, sin atencion á su edad , patria ó creencias. El
mismo Humboldt tiene ya sus bienes en la luna.
Pasemos otra vez la vista por el suelo de la luna. ?De dón
de procede la diversidad de suluz , la claridad ú oscuridad de
sus partes? Evidentemente depende esto de las condiciones
especiales de su suelo; las partes oscuras indican terrenos
muy porosos; el brillo verdoso de algunas manchas hizo pen
sar á algunos en la existencia de la vegetacion. Aunque no po
demos rechazar el pensamiento de que la vegetacion de la
luna presente al ojo del hombre, sino al ojo del habitante de
la luna, el color verde, es sin embargo dudoso que esta im
presion pueda estenderse á tanta distancia. La luz clara de
otras partes procede ciertamente de masas fijas y de elevacio
nes que la reflejan como espejos. La impresion mas estraor
dinaria es sin duda la que en nosotros producen aquellas ban
das de luz, que, ya aisladas, ya ordenadas en forma de radios,
recorren anchas regiones. Las brillantes cordilleras anulares
dejan ver ordinariamente supunto medio, y el poderoso Ty
cho envia sus rayos de luz sobre mas de un cuarta del disco
por montanas, valles y llanuras. Estos rayos se reunen ora
á V, de milla , ora á 5 ó 4 millas de distancia, formando nu
dos ó anchas masas de luz. No corren torrentes de lava, como
en un principio se creyó, por las montanas de la luna. Quizás
en las erupciones de gases que produjeron las montanas anu
lares y los cráteres , corrieron poderosas corrientes de gas
por la parte inferior del suelo, cerca de la superficie, hasta
que amontonándose en un punto, empujaron las burbujas
hacia arriba. Las abrasadoras corrientes de gas así produci
das trasformaron sin duda la estructura de la corteza que las
cubría , vitrificándola ó calcinándola en todo su tránsito , au
mentando así tambien su facultad de reflejar la luz. Ningun
fenómeno semejante nos ofrecen las condiciones de nuestro
suelo para compararlo con aquel , si no son , aunque remo
tamente, las tras formaciones de las rocaS estratificadas en el
pequeno circuito de nuestros volcanes.
Nos vemos aislados sobre la luna , en un triste desierto.
?Pero no encontraremos en ella nada animado, nada. que
tenga conciencia de su ser? ?Que vida tendrán pues los seres
que allá existan, qué naturaleza compensará las dificultades
de la gravedad de este astro, las condiciones de su atmósfera
y de su suelo? ? Han construido ciudades como nosotros? ?Les
sonrie un cielo azul ? ?corren para ellos refrescantes manan
tiales? Tales preguntas oigo ya dirigirme ; y esta curiosidad
quedará satisfecha , si el lector quiere disponerse para em
prender otro viaje á la luna.
Antonio Sanchez Comendador.
182,
El eorazon humano.
pa r Oton /be.
ARTÍCULO SEGUNDO.
En las descripciones de las minas de carbon de piedra de
Inglaterra se habla con frecuencia de una cperacion que, por
mas que esté confiada á manos de ninos, el que mas, de diez
anos, es de tantísima importancia, que el menor descuido
pudiera poner en grave peligro la vida de toda una poblacion
minera. Nos referimos al empleo de los llamados Trapper,,
que consiste en abrir y cerrar las puertas que regulan la cir
culacion del aire por aquellas galerías y cavernas subterrá
neas. Estúpido, embotadas sus facultades intelectuales por
tan monótona ocupacion , acurrucase un nino desnudo en un
estrecho hueco de la pared ; con la cuerda de la puerta en la
mano, pronto á tirar de ella, así que siente acercarse un car
ro, para dejarla caer así que ha pasado.
Muchas veces se ha comparado ya el corazon humano con
una de estas minas, á la cual descienden los pensamientos,
para estraer los tesoros ocultos en sus entranas. Si quisiéra
mos aplicar este simil al mundo físico, representaria, en tal
caso, la sangre el papel de los mineros que entran y salen
cargados de mineral, pues así penetra ella por los mil pozos
y galerías de las venas hasta la oscura profundidad del cora
zon, dé donde sale ricamente cargada de tesoros nutritivos,
para acarrearlos luego á todos los órganos, y sacar al esterior
las escorias que arroja la fragua de la vida. En un concepto á
lo menos, es válida la comparacion. Tambien aquí tenemos
puertas que regulan la circulacion por cuevas y galerías ; la
mas leve omision en abrirlas y cerrarlas á tiempo ocasiona
ria aquí , como allí, la ruina inmediata del todo ; la muerte
del organismo. Echanse á menos sin embargo los estúpidos
Trappe• encargados de vigilar aquellas puertas ; aquí es
el mismo torrente de la sangre quien debe abrirlas y cer
rarlas.
Quien sea aficionado á lo estraordinario y maravilloso ,
arroje siquiera una mirada sobre la ingeniosa disposicion de
estas válvulas y puertas del corazon en todo el trayecto que
recorre la sangre desde su entrada en la antecámara derecha
hasta su 'salida de la cámara izquierda para entrar en el tron
co arterial. Primeramente no se verifica mas que una con
traccion muscular que impele la sangre de las antecámaras á
las cámaras. La forma de aquellas y la situacion de las aber
turas determinan la direccion de la corriente hacia las cáma
ras. Al mismo tiempo agolpase por detrás, desde las emboca
duras de los troncos venosos, toda la masa de la sangre,
oponiéndose con fuerza á su retroceso, mientras que ningun
obstáculo se opone á su salida por las aberturas de comuni
cacion con las cámaras. Sin embargo, la propagacion del mo
vimiento de la sangre está propiamente confiada á entrambas
aurículas, que son dos compartimentos de forma cónica, pro.
vistos de fuertes ligamentos musculares, situados en las pa
redes de las antecámaras. Los sacos musculosos largos y es trechos, que forman la prolongacion de losbordes afestonados
de estas arículas, constituyen una multitud de pequenos re ceptáculos, por cuya con traccion es proyectada la sangre en chorros estraordinariamente delgados dentro de la abertura
en forma de embudo, que pone en comunicacion las antecá
maras con las cámaras. Estas reciben así, hasta la ultima go
ta , toda la sangre que llenaba las antecámaras; pero del
choque de ?iqueltos chorros delicados resulta al mismo tiempo
que , refluyendo de rechazo de las paredes de las cámaras ha
cia la abertura por donde entró , opera aquí la corriente san
guínea la importante cerradura dala válvula.
Mientras dura la contraccion de la antecámara, es ya, por
causas puramente físicas , imposible de todo. punto un retro
ceso de la sangre. Mas tan luego como cesa esta contraccioa
y empieza la de la cámara, se precipitarla la sangre inevita
blemente en latntecámara relajada, que se ensancha de nue
vo, á no estorbárselo un obstáculo material. Este obstáculo
consiste en las singulares válvulas, que en cada mitad del
corazon presentan disposiciones diferentes, conformes en un
todo con el destino diverso de las mismas. Dirijámonos pues
ante todo á la puerta que conduce á la cámara izquierda.
En derredor de la abertura situada en la pared divisoria
entre la antecámara izquierda y la cámara correspondiente,
sobresale un pliegue rnembranoso circular, que remata en dos
puntas, y el cual, por razon de su forma, comparable á la de
una mitra, ha recibido el nombre de válvula mitral. Estos
apéndices, que son el alma del mecanismo de la válvula,
pueden compararse, por su forma, con una capucha cuyo
remate puntiagudo cuelga por abajo en la cavidad de l Cá
mara. Atraviesan estos apéndices fuertes fibras tendinosas,
que los mantienen firmemente unidos á las paredes muscu
losas del corazon. Por entre estas válvulas ó apéndices debe
pasar la sangre que fluye á la cámara ; ellas, á la manera de
un cano, encauzan por todos lados su corriente, regulando
al propio tiempo su direccion y su fuerza. Mas tambien pue
den atajar completamente su curso, juntando sus bordes al
distenderse, y cerrando así la abertura. Conviene que consi
deremos atentamente el mecanismo de esta operacion para po
der comprender en toda su estension el ingenioso artificio de
la naturaleza.
Dijimos que ambas válvulas están fijadas por medio de
tendones á las paredes musculosas del corazon. Pero esto no
basta. Hay mas, una de las válvulas arranca por su base de
aquella parte del corazon que se encuentra entre la abertura
de entrada á la cámara y la embocadura de la grande arteria
que distribuye la sangre á todo el cuerpo, pudiendo, en esta
disposicion , cerrar ambas aberturas, con colocarse alter
nativamente ante la de entrada 6 la de salida ; de suerte que
intercepta la una, mientras deja libre la otra ; y vice-versa.
En ella encontramos como una imitacion de aquel mecanismo
que muy á menudo se observa en los buques, donde una
puerta está colocada de modo que sirve á la vez para dos
aberturas, cerrando la una cuando se abre la otra, por lo cual
han dado algunos con mucha propiedad á esta válvula el
nombre de puerta de barco. Este doble empleo á que debe sa
tisfacer la válvula reclamaba los ligamentos que, partiendo de
sus bordes, la fijan á las paredes del corazon. Para llenar el
doble objeto de la válvula, no podian estar afianzados estos
tendones sino en aquella parte de la pared del corazon opuesta
á la embocadura de la arteria; de modo que por su contrae
cion hiciesen el oficio de una especie de riendas, separando la
y5 183
válvula de la abertura contra la cual se aplicára, impulsada
por el torrente sanguíneo.
La segunda válvula no debe llenar este doble objeto, pues
solo tiene que completar el cerramiento de la abertura del ta
bique divisorio del corazon ya empezado por la primera vál
vula. Por esto, se halla esta pegada de un modo muy diverso;
los ligamentos tendinosos que parten de su borde están fijos
en la superficie de la misma parte del corazon de cuyo fondo
arranca la válvula, de modo que cuando esta es rechazada
de la abertura, se arrima á la cara interior de la parte del co
razon que forma la pared esterna del mismo.
'Debemos ahora considerar el juego particular de estas vál
vulas para comprender toda su necesidad. Los ligamentos
tendinosos cuya accion precisamos ya al darles el epíteto
de riendas, representan aquí un papel importante. En los
puntos de las paredes del co
razon donde están fijados es
tos ligamentos existen unos
músculos particulares que ,
formando en ellas protube
ranciasá manera de pezones,
se adelantan dentro de la ca
vidad de la cámara; los cua
es, á causa de su forma, se
han denominado músculos
verrugosos ó mamilares.
Cuando la sangre que reflu
ye al corazon ha separado
de la abertura delascámaras
entrambas válvulas, empu
jando la primera contra la
embocadura de la arteria, y
laotra contrasu pared opues
ta, dilátase al mismo tiempo
la cámara al llenarse de san
gre, y retroceden sus pare
des. Ahora bien, como los
tendones de la primera vál
vula están fijados en la pa
red opuesta, se va produ
ciendo una tension de estos
tendones, que retira la vál
vula de la embocadura de
las arterias y la dirige de
nuevo á la abertura de la
cámara. En la segunda vál
vula se verifica lo mismo por
causas contrarias. Como sus ligamentos tendinosos no nacen
de la parte opuesta del corazon , sino de la misma en que se
halla fijada la válvula, así es que no se ponen tirantes por la
dilatacion de la cámara, sino que, al contrario, se relajan, y
debe la válvula floja volver á cerrar la entrada de la cámara ;
tan pronto como hacia esta la comprime la sangre (pie llena
la cámara y se acumula detrás de ella. Este agolpamiento de
la sangre es el que, como mas adelante veremos, efectúa el
perfecto cerramiento de las válvulas.
Pero antes de ocuparnos en el examen de esta accion par
ticular del torrente circulatorio y de su camino dentro de la
cavidad del corazon , debemos echar una mirada á la abertu -
ra de salida por la cual se introduce la sangre en la grande
arteria. Vimos ya que en el momento mismo en que la sangre
penetra en la cámara, cierra el primer apéndice de la válvula
esta segunda abertura, hasta que, por la acumulacion misma
de la sangre en la cámara, vuelve á quedar despejada. Pero el
mayor peligro está en el reflujo de la sangre de las arterias á
la cámara, cuando esta ha terminado su contraccion y pide
ser cerrada de nuevo; pues la válvula mitral puede tan solo
oponer obstáculo á la salida de la sangre, pero de ningun modo á su entrada. Este peligro queda obviado por medio de
uvnálavudliassp,osqiuceiongusairnngeucleanr ladeelnatsravdáalvduelalsa.s cSáimlaasrasp,recpiutaeddaesn
compararse en cierto modo con las velas de una embarcacion fsiujassceptibles de tenderse y replegarse por medio de cuerdas en sus bordes, aseméjanse las válvulas situadas en la em
bocadura de la grande arteria á bolsas membranosas cuyas
aberturas están dirigidas en sentido de la corriente sanguínea
que sale del corazon.
Estas válvulas, llamadas semilunares ó bolsas, se aplican
fuertemente, cuando vacías, en torno de las paredes de la
arteria, al modo que los bolsones en las portezuelas de un
coche; pero cuando las Ile
na la sangre, se dilatan y
juntan (tan apretadamente
unas contra otras por su
parte lateral, que presentan
como tres sectores de círcu
lo rigurosamente marcados,
los cuales no dejan inters
ticio por donde pueda insi
nuarse ni la mas leve gota
de sangre. Cuando, pues,
ha cesado la accion del la
tido del corazon sobre la
sangre, y cuando la resis
tencia que á esta oponen las
membranas elásticas de las
arterias, así como el retar
do que esperimenta en los
mas tabes canales del
cuerpo determinan su re
troceso, .entonces detienen
estas válvulas la corriente
que refluye al corazon, y le
privan la entrada en él ,
ensanchándose con la mis
ma sangre y apretándose
unas contra otras , cual lo
acabamos deesplicar. Cuan
do, á Conseeuencia de un
nuevo latido, se precipita á
las arterias una nueva cor
riente del corazon , obra
esta con fuerza sobre las válvulas semilunares, expele la san
gre que las llenaba ; las bolsas vacías vuelven á plegarse con
tra las parede3 , y vuelve á quedar espedita la abertura de
salida.
La misma sangre es la que alternativamente abre y ciar
todas estas portezuelas, la que hasta motera y re.pila , s 31:1
sea necesario, la fuerza de su corriente ; y tolo esto se afee -
túa con admirable regularidad ochenta, y hasta cien veces en
un minuto , de noche y de din, sin parar en todo el ano ni un
momento, mientras que aquella cosilla dentro de nuestro pe
cho se rebulle y martillea. Pero no hemos visto bien claro to
davía el córno de este espediente autónomo de la sangre. Para
esto será preciso que volvamos otra vez á las válvulas del ta
bique divisorio del corazon.
Si reflexionamos en la sencilla forma fundamental del me
canismo del corazon, en la regular y altern ada eontraccion
de las antecámaras y las cámaras, apenas podemos represen -
himnos de otra manera su accion sino como consistiendo en
perlazo del corazon de una ballena groelandesa l'ocien nacida ( cop!ado de 17,s
chricht 1: i parte de la antecámara izquierda puesta en descubierlo por el cor te ; n las des puntas ó cúspides de la válvulade la mitad izquierda : o . o dos músculos berruwosos ; p, p, p, corte transversal de las pared s de la cá
mara izquierda ; r, r, r, las tres válvulas semilunares en la embocadura de la
arteria.
)2 184 I<
dos repentinos y poderosos cmpujes, de los cuales el uno ar
roja toda la masa de la sangre de la antecámara á la cáma
ra , y luego , de un golpe igualmente súbito , toda la san
gre contenida en la cámara á la arteria correspondiente. Sin
embargo, es claro á todas luces que una accion tan violenta
fuera tan incompatible con la delicadeza y blandura de las
paredes del corazon como con la segura regulacion del movi
miento de las válvulas. En efecto, el modo como realmente
se verifica este movimiento es esencialmente distinto, sin que
por esto deje de estar basado en las leyes generales de la me
cánica.
A primera vista parece notarse una desproporcion innega
ble entre la magnitud de las aberturas de salida y la masa
de la sangre. Precisamente en el momento en que la antecá
mara empieza á contraerse, en que, por consiguiente, es
mayor la cantidad de sangre en ella contenida, ha completado
la cámara su contraccion, estrechando con esto en el mas alto
42.
Vista de la arteriacortada y estendida que presenta las tres válvulas semi:—
.1upares vacias.
grado la abertura del tabique divisorio. Pero á esta despro
porcion se oponen , compensándola, las singulares válvulas
situadas .en esta abertura ; pues así que la sangre empieza á
fluir de la antecámara á la cámara , se retiran inicia atrás en
trambas válvulas, dejando el camino completamente espedito
al torrente sanguíneo. Pero cuanto mas disminuye la masa
de la sangre en la antecámara, y aumenta en la cámara ,
tanto mas se aproximan Por sus puntas las dos válvulas, for
mando de esta suerte, detrás de la entrada, como un embudo
que Se va estrechando cada vez mas, y que al fin solo per
mite que se introduzca en la cámara un delgadísimo chorro
de sangre, siendo así que cabalmente entonces es cuando la
verdadera abertura de comunicacion ha alcanzado su mayor
dilatacion posible.
?Pero cómo puede efectuarse este tan admirablemente
adecuado movimiento de las válvulas por la simple accion de
la corriente circulatoria? Una observacion superficial nos ha
ce esperar ciertamente un efecto muy distinto. La corriente
de la sangre, con la fuerza que lleva al chocar contra la vál
vida que penetra muy adentro en la cavidad de la cámara ,
debiera, al parecer, arrojarla contra la embocadura (lelas ar. •
terias, cerrando de este modo la salida del corazon. En casos
raros de enfermedades del corazon, puede ocurrir sin duda
este accidente ; cuyas
consecuencias inmedia
tas son la cesacion del
mo; imiento del cora
zon y la muerte instan -
tánea. El que no cese el
movimiento á cada la
tido no es efecto de un
portento ni de ninguna
disposicion particular,
sino simplemente de las
leyes mecánicas que ri
gen aquí, como en toda
corriente. Un remolino ó vórtice es lo que produce la accion
salvadora de la vida. Siendo así que el dilatarse la cámara, el
apéndice interior de la válvula mitral es atraido por sus liga
mentos tendinosos hácia la abertura de entrada, y al precipi
tarse en su interior el torrente de la sangre, le presenta una
superficie oblícua. Esta superficie, por una ley de mecánica
muy conocida, rechaza bajo cierto ángulo la corriente, que
va á chocar contra la pared esterior de la cámara, de la cual
es repelida á su vez contra su punta y el tabique divisorio de
las dos cámaras situado en frente, y de allí finalmente contra
la cara posterior de la válvula, á la cual comprime por una
parte hácia la abertura de entrada; pero de la cual, por otra,
recibe tambien sudireccion final á la embocadura de la arte
ria. Los músculos verrugosos ó mamelonares cooperan á este
efecto, contrayéndose simultáneamente con las cámaras, y
tendiendo con esto los ligamentos que retiran la válvula de la
embocadura de la arteria.
De este modo, pues, se abre la sangre el camino al través
de la antecámara y la cámara del corazon , hasta los grandes
troncos sanguíneos de nutricion , propagando el impulso
del latido hasta sus mas delicadas ramificaciones. La natura
leza no se ha valido aquí de ningun portento , cual de ello
hemos podido ya . convencernos ; pero mas claramente nos
lo mostrarán todavía los cambios, que condiciones dife
rentes producen en el mecanismo de la parte derecha del
corazon.
Miguel Guitart y Rack.
Las válvulas semilunares llenas ydilatadas
cerrando completamente la embocadura de
la arteria.
La vision de Mizrah.
Traducida de una imilacion del árabe.
En el quinto din de la luna , que , segun la costumbre de
mis antepasados, tengo siempre por sagrado, despues de la
varme y cumplir con mis devociones, trepé á las cumbres de
Bagdad para emplear el dia en plegarias y meditaciones.
.Mientras estaba disfrutando el purísimo ambiente de aque
llas alturas, me engolfé en la contemplacion de las vanidades
de la vida humana, y de pensamiento en pensamiento , es
clamé :
A la verdad , que el hombre viene á ser una mera som
bra , y la vida un sueno. » En medio de esta cavilacion, tiendo
la vista sobre la cima de un risco cercano, y veo á uno ves
tido de pastor, con un instrumento de música en la mano. Le
miro, se lo aplica á los labios , y empieza á sonarlo. Dulcísi
mos eran sus ecos variando la entonacion en estremo ha
lagüena , y sobre todo muy diversa de cuanto habia oido en
ini vida. Recordóme aquellas cadencias celestiales que se en
tonan á las almas voladoras de los pechos virtuosos al asomar
por el paraiso , para desimpresionadas de sus postreras ago
nías, y habilitarlas para el deleite de la bienaventuranza.
pecho se estaba derritiendo en inefable delicia.
Habían me dicho que el consabido risco era la morada de un
génio , y que habia agasajado á muchos con aquella música,
que cesaba luego, y nadie oyó que el músico se hiciese visi
ble. Arrebatado ya mi espíritu tras aquella melodía, mirando
atónito al genio, me serió que me le acercára , apuntándome
con la mano un paraje para sentarme. Fuíme acercando con
aquel respeto debido á entes muy superiores, y como ya mi
corazon estila cautivado por aquellas consonancias que ha
bla oido, me postré á sus plantas y prorumpi en llanto. Son
rióseme el génio con visos de compasion y afabilidad, y fa
miliarizándosele ya mi fantasía, despedí toda aprension. Al
zóme del suelo , me asió la mano , y (lijo : « Mizrah , he oido
us soliloquios; sígueme. »
Condájome á la cumbre misma del risco, y dijo « 'fiende
la vista para adelante, y dime qué es lo que estás viendo. —
a veo, » le dije, « allá un valle dilatadísimo, y un gran raudal
que lo atraviesa. — Ese valle ,» me contestó, « es el de la des
dicha, y el raudal parte del piélago de la eternidad. —? Por
qué causa, » le dije, « sale el raudal de una lobreguez para
empozarse en otra ? — Lo que estás viendo, » me contestó ,
« es aquella porcion de eternidad llamada tiempo, medida allá
por el sol , y abarcando el mundo desde su principio hasta su
fin. Advierte ahora ese piélago lóbrego por ambos estremos ,
y dime qué es lo que divisas en él. —Veo,» le dije, a un
puente en medio del raudal.— Ese puente, » replicó, « es la
vida humana; hazte bien cargo de todo él. » Mirándolo des
pacio, vi que se componia de setenta arcos cabales, y luego de
algunos quebrantados, y sumados unos con otros, ascendian
á cien arcos. Nlientras los estaba contando, me dijo el genio
que el puente constaba antes de mil arcos, pero que un gran
diluvio arrebatando los otros, habia dejado los restantes tan
ruinosos como lo estaba viendo: « pero veme diciendo,» aria
dió,' « qué mas puedes descubrir en él. Veo, » le (lije, ((gran.
disimo gentío que va pasando, y una nube que se descuelga
sobre ambos estremos. » iiro con mas ahinco, y advierto que
muchos de los transeun tes se empozan desde el puente en el
raudal caudaloso que corre por debajo; y mirando mas y mas,
advertí un sinnúmero de escotillones encubiertos; y al poner
en ellos los pies los transeuntes, se hundian en el raudal y
desaparecian. Abundaban infinito aquellas trampas á la en
trada del puente, de modo que cuadrillas crecidas, al asomar
tras la nube, se metían atropelladamente por ellas. Iban ya
clareando hácia la mitad del puente, pero se aumentaban y
cerraban mas al acabarse los arcos enteros. Quedaban á la
verdad algunas gentes que seguían á tropezones por los arcos
desmoronados, pero luego caian unas tras otras, quebranta
das y exhaustas con tan dilatada marcha.
Dettiveme un rato á contemplar aquella fábrica tan porten
tosa, y la variedad de objetos que me ofrecia. Traspasaba el
desconsuelo toda mi alma, al reparar en algunos que, en me
dio de su algazara y regocijo, se desplomaban , arrojando allá
cuanto tornan consigo para ponerse en salvo; muchos esta
ban con la vista clavada en el cielo con ademan pensativo; y
al estar muy absortos en su intento, tropezaban y desapare
cian, Ea aquella revuelta de tantísimos objetos, reparé en al
gunos que empunaban cimitarras, y otros ciertos frasquitos,
que corriendo acá y acullá por el puente, empujaban á los
escotillones á varios que no llevaban semejante rumbo, y que
se salvaran , á no arrojarlos por aquel lado.
Viéndome el génio tan cebado en aquella perspectiva, me
dijo que bastaba ya de ahinco, que apartase la vista del puen
te , y le dijese si vcia objetos que se me hiciesen incompren
sibles. Mirándolos entonces, le dije « ?Y qué vienen á sig
TOMO I.
183 §C
ninear esas bandadas de aves que revolotean sobre el puente
y se paran en él de cuando en catando? Veo buitres , arpías,
cuervos, colgados en gran número por los arcos del centro.—
Son , » (lijo el genio , « la envidia , la avaricia , la supersti
cion , la desesperaeion y el amor, con los mismos ímpetus
que se echan de ver en la vida humana. » Aquí exhalé un
ay profundo, y lo repetí diciendo : ! Ay de mí ! ! con pie
el hombre nació sin objeto, como no sea para hundirse en el
sepulcro ! « Condolido el génio de mi desconsuelo, me (lijo que
desviase la consideracion de aquel triste espectáculo. « No hay
que mirar al hombre, » me dijo, « en el primer asomo de su
existencia , sino en su despedida para la eternidad; tiende la
vista hácia la nube á donde el raudal va arroja 11(h) á las va
rias generaciones de mortales que se engolfaa en él. » Dirijí
allá en efecto la vista, y (ya que el bondadoso númen la ro
busteciese sobrehumanamente, ó bien disipase parte de la
cerrazon impenetrable) vi como el valle se ensanchaba al es
treno, y se esplayaba en un piélago inmenso, con un pe
nasco diamantino que lo atravesaba y dividia en dos mitades
iguales. Quedaba una de ellas todavía nublada, en términos
de no divisar allí el menor objeto ; pero la otra se me despejó
á manera de un mar anchuroso, salpicado de islas infinitas ,
cuajadas de frutas y flores, y un sinnúmero de canales; ví
personas vistosamente engalanadas, con guirnaldas en !as sie
nes, paseándose por las arboledas, ó recostadas al márgen de
los arroyos , ó tendidas sobre lechos de flores, y alcancé á
oir el gorjeo bullicioso de lindas avecillas, el susurro de las
fuentes, el eco de voces humanas y de instrumentos músicos.
Rebosaba yo de júbilo al contemplar escena tan deleitosa. An
siando estuve las alas de un águila para volar á sitio tan
ameno ; mas me dijo el genio que no mediaba tránsito para
llegar á él , sino pollas puertas de la muerte , que de continuo
se estaban abriendo sobre el puente. « Estas islas que se te
aparecen tan verdes y floridas, y allá realzan la haz del Océa
no en cuanto alcanza la vista, son en mayor número que
cuantas arenas cubren las playas marítimas; pues quedan allá
miles y miles de islas tras esas que estás descubriendo, tras
puestas á tu vista, y aun á cuantas puede abarcar tu fanta
sía. Son estas las moradas de las personas virtuosas, despues
de su muerte , quienes, segun el grado y la calidad de sus
prendas, se van repartiendo por ellas ; y así es cada isla umi
paraiso apropiado á sus respectivos moradores. Dime ahora ,
Mizrah , ? cabe que se tenga por desdichada una vida que
franquea proporcion para grangoarse premio tan peregrino ?
?Será temible una ninerte que te ha de encaminar á existen
cia tan venturosa?» Embargado yo en la contemplacion de
islas tan afortunadas , díjele por fin: « Tened á bien esplicar
me los arcanos que cubren esas nubes lóbregas tendidas
sobre el Océano mas allá del penasco diamantino. » Calló el
genio, volvíme á él segunda vez para instarle, y le eché me
nos. Dirijíme entonces á la vision que habia visto, pero en
vez del raudal impetuoso, el puente tan arqueado y las islas
amenas, ya no ví mas que la canada tan estensa de Bagdad,
con vacadas, camellos y ovejas que estaban paciendo por sus
praderas.
Antonio Bergnes de las Casas.
24
24 186
LIMundo.
De loo Alonálozoo be Zchleiermacher.
Tan solo á la triste vejez, segun algunos, le es lícito que
jarse del mundo; solo á ella se le perdona que guste de echar
sus miradas atrás, á aquellos tiempos mas dichosos, en que
gozaba de la plenitud de la vida. Pero lo que es la juventud,
esta debe dirigir sus sonrisas al mundo; y sin pararse en lo
que le hace falta, debe utilizar lo presente, y entregarse con
fiadamente á gratas ilusiones. Pero anaden luego que solo le
es dado ver la verdad y juzgar del mundo al hombre que,
colocado entre estas dos edades, sabe mantenerse en un justo
medio, sin abandonarse á una.yana tristeza, ni dejarse me
cer por dulces esperanzas.
No obstante, una tranquilidad de esta jaez .no viene á ser
más que el paso de la esperanza al menosprecio ; y los discur
sos de semejante sabiduría no son mas que el eco sordo de
los pasos que en vano tratan de contener, y que allá los pre
cipitan de la juventud á la vejez. Este contentamiento es el
engano de una falsa urbanidad , porque no quieren que de
ellos se diga que injurian al mundo, que está pronto á aban
donarlos, y porque no quieren confesar que se habían equi -
vocado. Un elogio como este es, por decirlo en una palabra,
una vanidad que se avergüenza del error ; es un olvido de los
deseos del instante que acaba de pasar ; es pereza, que pre
fiere la indigencia por ahorrarse algun trabajo.
Yo no me lisonjeé cuando jóven ; y tampoco quiero lison
jear al mundo ni ahora ni nunca. El mundo no pocha aflijir
me , puesto que yo nada esperaba de él : así es que no tengo
para que vengarme. Poco es lo que he hecho para que fuese
lo que es; por consiguiente , no tengo necesidad de encon
trarle mejor. Pero confieso que me dan asco las alabanzas que
de donde quiera se le tributan para que la obra pregone en
paga el elogio de los maestros. Esta generacion perversa está
hablando con placer de las mejoras del mundo, para ser te
nida tambien ella por mejor y levantarse sobre sus padres.
Ahora pues, aun cuando la humanidad toda llorosa viniese á
exhalar sus mas dulces aromas ; aun cuando viésemos crecer
y prosperar, en el suelo comun , un número infinito y sin cor• •
rer ningun riesgo, los gérmenes del perfeccionamiento indi
vidual; aun cuando viviese todo contento y gozoso en medio
de una santa libertad; aun cuando los hombres todos se abra
zasen con amor, produciendo frutos admirables, y nuevos siempre, no ensalzaria esta generacion ciertamente con mas pompa el estado actual de la sociedad.
Quien les oiga discurrir sobre lo que es el mundo en el dia
dirá que la voz dtertórea de su saber ha quebrantado los grillos de la ignorancia ; dirian que, cogiendo el cumfro de la
naturaleza humana, que no representaba hasta entonces mas
que un efecto oscuro y confuso, lo convirtieron por fin en una
obra maestra del arte, en la que, como por encantamiento,
lo ilumina toda una luz misteriosa (I ay de mí! ?procede de
lo alto, ó sale del infierno?), de suerte que no hay hombre
de mediano talento que no eche de ver la unidad de los con
tornos y los rasgos de lo accesorio ; dirian finalmente que, al
modo de una música armoniosa, ha transformado el amor propio grosero y rapaz en un animal doméstico, manso y so ciable, y le ha ensenado las artes.
! Oh! !qué asco me da la generacion que así se hincha con
un descaro que no tiene ejemplar en cuantas generaciones la
precedieron! Apenas puede dar crédito á un porvenir mejor,
Ella arroja el bablon á los que pertenecen á este porvenir; y -
esto porque le sigue siendo desconocido en remota lejanía él
verdadero objeto de la humanidad , por el cual no ha hecho
casi ningun esfuerzo.
Si le basta al hombre ejercer su poderío sobre el mundo
material, y estudiar todas sus fuerzas para utilizadas en la,
vida esterior ; si le basta que no paralice demasiado el espa
cio la influencia del espíritu sobre el cuerpo, y que una se
nal de la voluntad provoque rápidamente en todas partes la
actividad que se pida; si le basta que se vaya realizando todo
como si estuviese á las órdenes del pensamiento, y que se ma
nifieste por donde quiera la presencia del espíritu; si le bas
ta, por fin, que aparezca animada la materia bruta, y que
penetrada de tanto poder sobre su propio cuerpo, celebre la
humanidad una fuerza que no conoce, y la exuberancia dé
vida sensual :— ya concibo, en este caso, que viendo en eso
la meta final de la humanidad, tome parte tambien en este
concierto de alabanzas.
Con razon se envanece el hombre hoy mas que nunca de es•
te poderío; pues aunque mucho le queda aun que hacer, bas
tante tiene hecho ya para que se crea senor de la tierra, para'
que no se oculte á sus ensayos nada de lo que encierra este
senorío, y para que vayan estrechándose mas y mas los lími
tes (lelo imposible. En todos los instantes de mi vida estoy vien
do un complemento de mis fuerzas en el lazo que me une á los
demás hombres. Cada cual se dedica á una tarea determinada;
acaba la obra de este sin conocerle, 6 trabaja para él el de mas allá, que ignora tambien el servicio que se le presta. De esta.
suerte va avanzando, en el círculo entero de la tierra, la obra
que en comun prosiguen los hombres ; y cada cual siente la
influencia de las fuerzas estranas , como si fuesen elementos'
de su propia vida. Semejante á una máquina eléctrica, esta in.
geniosa asociacion dispara al blanco el mas leve movimiento
de cada individuo, acelerándolo por medio de una cadena de
muchos miles de hombres, que vienen á ser eslabones de la misma, y cuyo trabajo queda hecho en un instante.
Este sentimiento de una vida edificada así en comun reside•
en mí con mayor fuerza y conviccion quizás que en aque
llos que tanto se jactan de él. No alcanzan á distraerme ni
enganarme sus ideas sombrías, cuando los veo quejarse de
que con tanta desigualdad gocen los hombres de la vida, cuan
do todos contribuyen á crearla y conservarla. Lo que pier
den es un efecto de sus vanos pensamientos y de su medita
cion perezosa; el hábito impone un tributo á todos ellos, y
donde quiera que yo compare y compute fuerzas y límites,
encuentro siempre la misma fórmula espresada de diversos modos, repartiéndose sobre todo una medida proporcional de
fruiciones.
Como quiera, tengo en poca estima este sentimiento. No de
searla yo que, bajo este aspecto, fuese mejor el mundo; pero
sentina, sí, las torturas del anonadamiento, si á eso hubiese
de reducirse la obra de toda la humanidad, si esta llegase á
profanar sus fuerzas sagradas, 'malgastándolas con este &je
to. No; no está en mí el quedar satisfecho con esta mejora de
las relaciones del hombre con el mundo externo, aun cuando
hubiesen llegado ya á la cumbre mas alta de su perfecciona
Descripció
| Puntuació | |
| Títol | Abeja, La. No. 1 (1 enero 1862), p. 159-198 |
| Descripció | Informació addicional del títol: revista científica y literaria ilustrada, principalmente extractada de los buenos escritores alemanes por una sociedad literaria |
| Títol addicional | Revista científica y literaria ilustrada, principalmente extractada de los buenos escritores alemanes por una sociedad literaria |
| Editor | Biblioteca de Catalunya |
| Data de publicació | 2008 |
| Data del document original | 1862 |
| Tipus de recurs | Text |
| Format | |
| Font | Publicació original: Barcelona : Librería de D. Juan Oliveres, [1862-1870], No. 1 (1 enero 1862)-No. 3 (1 enero 1964) |
| Llengua | spa |
| Relació | http://cataleg.bnc.cat/record=b1056597~S10*cat |
| Gestió de drets | Còpia permesa amb finalitat d'estudi o recerca, citant la font "Ateneu Barcelonès". Per a qualsevol altre ús cal demanar autorització |
| Resolució | 150 ppp |
| Compressió | JPEG, compressió baixa |
| Definició | 8 bits |
| Història de canvis | Imatge original TIFF, sense compressió, a 300ppp |
Descripció de la pàgina
| Títol | 05_No. 1 (1 enero 1862), p. 174-186 |
| Transcript | la descomposicion. En estado sólido anhidro, esto es, priva. do de agua , como vidrio, por ejemplo ,1 cuando cubre., al modo de barniz un cuerpo cualquiera , no es atacado con tan ta rapidez por los ácidos ; mas despues de un largo contacto, sucumbe por fin á su accion, y se descompone de una ma nera análoga. En esta descomposicion se presentan , sin em bargo , dos casos que importa mucho distinguir Si el vidrio soluble se encuentra sobre algun objeto, formando capa barniz , y debe obrar como á tal, es completamente destruido por aquella deseomposicion. La nueva sal que en este caso se produce es soluble en el agua , y el ácido silícico separado solo adhiere muy débilmente al cuerpo que barnizaba, for mando sobre él mismo una capa blanca y pulverulenta ; por el contrario , cuando se ha impregnado un madero con una disolucion de vidrio, y este es descompuesto dentro de los po ros del leno por el ácido tánico (tanino , princo curtiente), que en maor ó menor cantidad existe en todas las maderas, depositase entonces la sílice resultante de la descomposicion dentro de los poros, silicatando, por decirlo así , el madero, y haciéndole con esto menos accesible á los efectos de la hu medad y de la combustion. Su obtencion ha sido hasta ahora bastante ardua. Con ar reglo á las prescripciones de Fuchs, se fundía potasa ó sosa, ó bien una mezcla de ambas sustancias, con arena de cuarzo , agregando al todo una pequena parte de carbon vegetal. El vidrio resultante se pulverizaba y disolvía luego en el agua por medio de tina ebullicion sostenida. Pero además de la sí lice insoluble en el agua, tal como se presenta cristalizada en forma de arena cuarzosa, conocía ya desde mucho tiempo la química una sílice amorfa, que, bajo el nombre de ópalo, se encuentra con harta escasez en el reino mineral, pero que es asimismo el componente del pedernal y de la calcedonia. Su jetando esta clase de sílice amorfa, que es exactamente igual á la que se separa en la descomposicion indicada del vidrio por medio de los ácidos, á una coccion prolongada con una legía de potasa ó sosa , se combina con estos alealis, forman do vidrio soluble. Liebig hizo observar que esta sílice amorfa se presenta en grandes cantidades en forma de tierra infusórica. Es de saber que en varios lugares, notablemente en la seerca - Mas de Ebstorf, en la estepa de Luneburgo, existen depósitos de hasta 400 pies de profundidad , y de muchas leguas de estension, de una tierra fina de color blanco ó pardusco, for mados casi en su totalidad de los restos de ciertos infusorios de concha silícea, y esta tierra infusórica , que es amorfa, y se halla al mismo tiempo en un estado de divísion suma, es escelente, y á propósito cual ninguna para la disolucion in dicada. Basta pues preparar una legía de potasa ó sosa , y ha cerla hervir con tierra infusórica para obtener una disolucion de vidrio soluble. Liebig calculó, tomando en cuenta los gas tos de trasporte de la tierra infusórica de Ebstorf á Munich , así como la cantidad real de vidrio contenida en las disolu ciones de vidrio soluble del comercio , que la que se prepa rase siguiendo el proceder de coccion de la tierra infusórica con una legía alcalina vendría á resultar seis veces mas bara ta que aquellas. El precio del vidrio soluble seria entonces tan bajo, que no opondria ningun obstáculo á su aplicacion en cuantos casos pudiera convenir. Como el vidrio de agua ó .wasserglass se convierte , por evaporacion del agua que le man tenia disuelto, en una masa vitrea , será sobre todo muy propio para dar una capa vidriosa 174 PC á ciertos objetos , estendiendolo sobre su superficie por medio de una brocha. Siendo, como es, el vidrio soluble una sal de base enérgica, la potasa ó la sosa , y de ácido débil , la sílice, se concibe que no podrá aplicarse indiferentemente á toda clase de objetos ; así que si se pone su disolueion en contacto con la mayor parte de las sustancias colorantes ordinarias • son estas descompuestas por el álcali, y su color se altera.' Por esta razon , al introducir Kaulbach esta sustancia en la pintura al fresco , debió buscar antes colores que fuesen com patibles con su empleo. Tanto en el uso que del wasserglass se hace en la pintura monumental, como cuando se le emplea para dar un bano á las obras de mampostería , no solo presta á los objetos un bar niz vitro°, sino que se impregnan estos de sílice hasta donde penetra la disolueion, adquiriendo mayor solidez y resisten cia contra la accion destructora de la intemperie. Si se da , por ejemplo, un bano de una solucion diluida de vidrio de agua á una figura de yeso, se embebe aquella en la masa del yeso, de modo que, repitiendo varias veces la operaeion, no solo se obtiene un barniz, sino que se silicata la figura, co mo hemos indicado ya, hasta cierta profundidad, y puede colocarse luego como adorno en un jardín 6 en otro parage al raso, cual si fuera de mármol ó de tierra cocida. Cuando solo se desea barnizar el objeto, debe emplearse una disolu cion concentrada, pues penetrando esta muy poco , deja so bre la superficie una ligera capa de vidrio. Como hemos visto ya , se verifica en la madera, cuando se la itnpregna de wasserglass, una silicatacion análoga, por la cual adquiere gran resistencia contra la putrefaceion y la ac eion atmosférica, como tambien contra los incendios. No sorprenderá al lector, atendidas las cualidades del vi drio soluble, que se le emplee, ya por sí solo , ya mezclado con tierra, formando una papilla como cimento para pegar vidrio, madera, hierro y otros metales, y que hasta tenga usos en el taller del impresor. Pero lo que seguramente ha brá de admirar, y hasta podrá parecer increible á alguna lectora, es que el vidrio soluble pretenda desalojar al jabon del puesto que de tan antiguo ocupa en la economía domésti ca; y sin embargo sus pretensiones están muy lejos de ser infundadas. La disolucion contiene un silicato alcalino : sí lice y un álcali. El álcali obra sobre el mugre de la ropa , di solviéndolo • y descomponiéndolo , de una manera idéntica por lo tanto á la accion del álcali contenido en el jabon , en la sosa y en la potasa, y al propio tiempo la sílice que se separa, y el vidrio, no descompuesto todavía, hacen el agua viscosa y propia para mantener el mugre en suspension , de modo que puede separarse fácilmente de la ropa por medio de la locion. El vidrio soluble posee por consiguiente las dos pro piedades á que debe el jabon su alta importancia , y de la úl tima de las cuales carecen cabalmente la sosa y la potasaem pleadas directamente. Otra ventaja, y no pequena, tiene ade más el vidrio sobre el jabon, y es que hasta con los precios actuales del vidrio soluble, resulta el lavado la mitad mas barato que empleando el jabon ordinario. No deja de ser muy singular que en esta aplicacion del vidrio soluble, la sílice, 6 lo que es lo mismo, la arena, sustituya y desempene el papel del aceite ó cuerpo graso indispensable para la preparacion del jabon. Juan Font y Guitart. )5 175 El diamante por Oton /ale. ARTICULO TERCERO Y ÚLTIMO. Qué ricas y felices tierras deben ser aquellas en que los arroyos y los rios corren sobre oro y diamantes, en que bas ta coger un punado de tierra para encontrar las piedras mas preciosas! Así suenan algunos todavía con un El dorado, cual solía yo preciar en mi ninez la suerte del confitero , por los envidiables tesoros que tiene á su disposicion. Pero trasláden se allá, á aquellos asolados y desiertos paises, donde, en vez de las delicadas flores de la civilizacion y del arte, ornato de nuestra pobre patria solo se hospedan la miseria y la barba rie , el crimen y la esclavitud ! Léanse los anales de la histo ria del Brasil para aprender á compadecer á aquel pais cuya dicha tanto se ha ponderado. Los poetas han llamado muchas veces á los diamantes lá - grimas cristalizadas; bien dijeron, que lágrimas son , sí , de los desventurados que los buscaron entre las arenas de los ríos y de las llanuras brasilenas. La dicha de un pais no se funda en los tesoros que esconde en sus entranas , sino en la fuerza productora de su suelo y de sus moradores; no en las minas de diamantes , sino en los campos cubiertos de ricas mieses y en los talleres de la industria. Diez y nueve anos habían trascurrido ya desde que una casualidad arrojara á los portugueses á las costas del Brasil , sin que se tuviese la mas remota sospecha de los ricos teso ros que se encerraban en el interior del país. Los rudos sal vages que allí encontraron no llevaban ninguna de aquellas galas que , en Méjico y en el Per'', dispertaron en otro tiempo la sed de oro de los espanoles. En 1590, en una da aquellas horribles cacerías de hombres que se emprendían con objeto de proporcionarse esclavos para el trabajo del campo , y en que se internaron en el corazon del pais , fué cuando por pri mera vez se descubrió oro en la actual provincia de San Pa blo. Hallabase entre la arena , en el lecho de los arroyos, en .forma de granos y de pepitas del peso de muchas libras. Rá pida cundió la noticia de la maravillosa tierra del oro, y tro peles inmensos de gente se precipitaron cual torrentes desde los mas remotos paises al través de indecibles fatigas y peli gros, ansiosos por rebuscar los auríferos montes, los ríos y los lagos. Hasta fines del siglo xvll no se descubrieron las minas incomparablemente mas ricas situadas mas hacia el in terior del pais, en las provincias de Minas Genios y de 3lat to Grosso. Pero de los diamantes nadie se acordaba; las pie drecitas brillantes que se encontraban al lavar las arenas en busca del oro, se tiraban 6 se empleaban para fichas de jue go. Su verdadera naturaleza permaneció ignorada hasta el ano 17:27, en que un habitante de Cerro frio , en las monta nas auríferas de Minas Geraes, Bernardino de Fonse Lobo, descubrió por casualidad su valor. Babia visto en las Indias diamantes en bruto , y le chocó su semejanza con aquellas piedras, de que juntó una buena cantidad, que llevó luego á Portugal para venderlas; con lo cual llamó la atencion uni versal sobre las nuevas minas de diamantes. Los mercaderes europeos, que hasta entonces se hablan surtido de diamantes de las Indias, temiendo una baja considerable en los precios, propalaron la voz de que los diamantes del Brasil no eran mas que los desechos de las piedras de las Indias , que se enviaban á Goa, y de allí al Brasil para conseguir su venta. Pero los portugueses hiciéronlo al revés, mandando los diamantes á Goa , y de allí á Bengala , donde se vendian por legítimos de la India, y se pagaban como tales. El beneficio en Minas Geraes era cuantioso ; en los prime ros veinte anos se encontraron anualmente 444,000 quilates. Pero en 1772, quiso el gobierno esplotar las minas por su propia cuenta. Sin embargo, tan rico como era su producto , tan enormes eran tambien los gastos. Cada quilate venia á costar al gobierno de 80 á 90 reales. En el ano de 1 852 es cedieron los gastos á los beneficios en unos 25,000 pesos fuer tes, de resultas de lo cual se abolió el monopolio por un de creto de '25 de octubre de 1 854 . El rendimiento total de la provincia de Minas Gentes hasta 1850 ascienden á unos 5.881,000 quilates, por valor de 903 millones de reales, á los que, si se agrega el valor del contrabando, que á princi pios de este siglo se estimó en '2 millones de libras esterlinas, componen los diamantes estraidos de Minas Geraes un total de 1,215 millones de reales por cálculo aproximado. A poco del primer descubrimiento de los diamantes en Cer ro frio, se encontraron tambien en otros puntos del Brasil , especialmente en las provincias del interior. Primero se en contraron en los confluyentes del Araguay , en el rio Claro, en el ido dos Piloes, y en el rio dos Cayapos, en la arena , en tre rocas graníticas y junto á pequenos saltos de agua. Apren dióse á conocer la arena diamantifera por ciertas piedrecitas que solian acompanarla, á las que se lió el nombre de cau tivos, y que consistían en ágatas, tarmalinas, y particularmen te en ciertas areniscas. En la estacian seca lavábase la arena en grandes artesas de forma cónica, y se revolvia y agitaba el agua hasta tanto que el ojo ejercitado pocha descubrir los diamantes en la arena mas fina que se separaba. En una ar tesa se encontraban antes de 12 á 45 diamantes pequenos. El oro que acompana estas tierras se estima en tan poco , que se abandona á los esclavos, los cuales lo rebuscan en los dios Festivos, ganando á veces cada uno en un solo dia hasta tres ó cuatro pesos. Los diamantes tienen allí naturalmente otro valor que entre nosotros, el cual por 3 quilate importa de 60 á 400 reales, y por 5 quilates de 900 á 1,050 reales. El distrito diamantífero mas importante fue pronto la pro vincia de Matto Grosso, especialmente en los alrededores de la ciudad Diamantino. El Paraguay y muchas de sus afluen cias arrastran entre sus arenas oro y diamantes , senalada mente el Diamantino y su afluente el Fi() de °tiro, el rio Santa Ana , aun hoy dia estraordinariamente productivo , con sus afluventes los rios dos Areias, San Francisco (le Paula y San Francisco Javier, y finalmente el Sumidouro, que tri buta sus aguas al dos Areias. Pero no son solamente los rios los que acarrean diamantes; la tierra seca los esconde tambien en su seno , y cabalmente las tierras altas, los Cha pados', como los llaman , son los que mas celebridad han ad quirido. El suelo desigual de estas comarcas, que se eleva y deprime formando como olas , consta de una tierra negra y arcillosa, cuya profundidad por lo comun no pasa de 5 piés. Debajo de esta capa terrosa se encuentra el llamado gorga lho , que es un lecho horizontal de 22 á 26 pulgadas de es, pesor , formado por pequenos cantos rodados de areniscas , » 176 f< cuarzo y pedernal, unidos las mas veces por un cimento ar cilloso pardo y rojizo. Debajo de esta capa se estiende tam bien , en direccion horizontal y con una potencia de 1 t/, á 2 1/2 raras veces de 4 piés, el diamantífero casealho , com puesto á su vez de cantos síliceos, pero no aglomerados por arcilla , como los del gargalho, el cual descansa sobre un le cho arcilloso rojo: el pissara. En las Chapadas se abren á ve ces hoyos de 5 á O , y en algunos casos hasta 18 pis de pro fundidad , de los cuales se estrae el cascalho , que se amontona á un lado para lavarlo cuando las lluvias han colmado de agua las escavaciones. Todas estas capas diamantiferas han sido in dndablemente arrastradas allí por poderosas corrientes, y la roca matriz de estos diamantes parece haber sido una arenis ca, quizás la misma que todavía al presente circuye aquellas comarcas y forma las alturas situadas entre los nos Araguay y Cuyaba. El descubrimiento de estos ricos tesoros, en el ano de 1746, fué una tremenda calamidad para las poblaciones inmediatas al rio diatnantífero. Apenas tuvo de ello noticia el gobier no, cuando trató de encaminar este precioso rio á las arcas del erario. Los habitantes fueron espulsados , desposeidos con violencia de su propiedad , y arrojados en medio de so litarios yermos. La misma naturaleza pareció conjurarse contra aquellas desamparadas víctimas (le la codicia ; pues se declaró por aquel tiempo una terrible sequía ; y un vio lento terremoto, acaecido el 24 de setiembre de 1746 , puso el colmo á tantos horrores. 1.os mas perecieron en estos de sastres ; y hasta el 15 de mayo de 4805 no se permitió á sus escasos descendientes volver á entrar en el goce de sus dere chos. La riqueza del suelo de Diamantino raya á la verdad en lo maravilloso. Despues de una lluvia , buscan los ninos el Oro por las calles y por el riachuelo Ouro que las atraviesa , lo grando juntar á veces mas de cuatro quilates. Un negro en contró en un huerto un diamante pegado á la raiz de una berza ; un arriero hincó su vara en el suelo, y al sacarla, vió que tenia un diamante de 9 quilates clavado en la punta ; un pastor tiró un terron á una vaca, y en uno de los peda zos en que se partió encontró un diamante. Hasta las gallinas tragan diamantes; por lo cual no se tiran allí nunca sus in testinos sin haber antes examinado el buche y el estómago. Sin embargo, el rendimiento de la busca de diamantes no es tan pingüe como pudiera creerse á primera vista. Aun cuan do se cuenta de uno que encontró en un corto trecho del rio 4,440 quilates de diamantes por valor de 9 á 12,000 'pesos, es cierto tambien que se cita como un raro ejemplo de estraor. dinaria fortuna al espanol Simon, que en 4 anos, con ayu da de 200 esclavos , llegó á reunir unos 7,000 quilates. Si se toma en cuenta el valor de los esclavos que desde 4817 á 4847 ha subido de 440 á 540 pesos , la ganancia guarda apenas proporcion con el capital empleado. A causa del su bido precio de los esclavos, ha ido disminuyendo cada vez roas el número de los empleados en este trabajo ; en 1817 , ascendía aun á 1,500 ; en 4844 tan solo á 800. A la par ha ido disminuyendo tambien el numero de diamantes encontra dos ; puesto que en 4817 ya no importaron sino 40,800 qui lates, ea 1844, se redujeron á 5,600. En cambio subió el precio de los diamantes de 50 á 480 reales el quilate. Una piedra de 18 quintales en peso costaba , en 1817 , no mas que 4,500 reales, mientras que en1850 ya eseedian de este valor las de 9 quilates. Desde que empezó á veneficiarse el distrito diamantífero de Matto Grosso hasta el ano de 4 850 , se han encontrado , por cuenta aproximada, 1.491,600 quilates, por valor de nueve millones de pesos. Si á esta suma se anaden los 252,000 qui lates encontrados en el rio Claro, cuyo valor se calcula en 2.000,000 de pesos , resulta que el producto total de Matto Grosso asciende á 1 .445,600 quilates , ó á 11.000,000 de pe sos. Verdad es tambien que este juguete de la vanidad costó al Brasil mas (le 100,000 víctimas humanas. Tambien se habian descubierto diamantes desde 1755 en la fértil y pobtada provincia de Babia ; que fué antiguamen te la mas importante del Brasil , pero el ilustrado ministro portugués Marques de Pombal prohibió , durante largo tiem po , las pesquisas , temeroso de los perjuicios que podrian acarrear' á la agricultura , que con razon consideraba como la verdadera prosperidad y riqueza del pais. Sin embargo, anu lóse despues aquel acertado decreto prohibitivo; y en época mas reciente ha adquirido la provincia de Babia estraordi naria importancia por su riqueza diatuantí fera. Así como en 4829 la reparable semejanza entre las tierras auríferas y .pla tiníferas del Ural y la arena diamantífera del Brasil indujo á Humboldt á sospechar que quizás existían taro bien dia mantes en el Ural, conjetura que mas tarde vino á confirmar el descubrimiento-de un distrito diatnantífero , hecho por el mismo Humboldt, asimismo infirió, en el ano 4844 , un es clavo de, Minas Geraes, guiado tan solo por su natural pene tracion , la existencia de una riqueza análoga , de la seme janza del suelo de Bahía , donde llevaba á pacer los rebanos de su dueno. Empezó pues á buscar entre la arena ; y pronto encontró hasta 700 quilates, con los cuales se fugó á una ciu dad distante para realizarlos y ponerse á buen recaudo. Hu bo de estranarse sin embargo tamana riqueza en manos de un esclavo, y se le puso preso. Mas no por esto reveló su se creto. Su dueno, á quien frió devuelto , trató de valerse de un ardid para descubrirlo, y le entregó de nuevo sus reba nos, observándole en su tarea sin ser visto. Apenas fue co nocido el secreto , se precipitó un sinnúmero de gentes, par ticularmente de Minas Geraes , á la Chapada. Al ano siguiente había ya mas de 25,000 hombres ocupados en la busca de diamantes, y hasta 4.° de agosto se encontraron diariamente 1 ,440 quilates , por valor total de cerca de cuatro millones de pesos. El número de los buscadores de diamantes finé bajando hasta 5 ó 6,000; pero basta fines del ano 1849 se encontra ron en la Chapada de Bahía 952,400 quilates de diamantes, cuyo valor total pasa de ocho millones de pesos. A consecuen cia de este hallazgo inesperado, bajóel precio de los diaman tes casi á la mitad. Hay además fundadas esperanzas de que no se agotará tan pronto esta riqueza , pues la comarca dia mantífera de Babia ocupa una estension de 20 horas de largo sobre 10 de ancho. El producto total de todos los distritos diamantíferos del Brasil hasta el ano 4850 se podria estimar en 10.196,586 quilates, y su valor en 80 millones de pesos. El peso de estos diamantes, que tallados, representarian un valor de 400 mi llones de pesos, seria por consiguiente de 44 quintales, ó dos toneladas 7 quintos. Pero todas estas riquezas que del Brasil fluyeron á Europa no han hecho feliz á uno ni á otro de los dos paises. Todas estas piedras yertas y frias no han hecho adelantar ni un solo paso la cultura del espíritu humano. No parece sino que sobre estas piedras, las mas nobles entre las preciosas , pese la maldicion de los infelices que, bajo los abrasadores rayos del sol tropical, tuvieron que buscarlas entre cenagosas arenas. No parece sino que debe ser castigado aquí con ter rible venganza aquel impulso demónico del pecho humano , que, por amor á lo estraordinario , hasta nos hace escuchar con placer las agenas desdichas. Irresistiblemente atrae el diamante y fascina con su funesto brillo á centenares de mi les que ansiosos se arrojan en su busca á los áridos desier tos ; y la arena sepulta bien pronto entre diamantes sus es >2 177 IC queletos. Al diligente labrador le aparta de su arado , llama fuera de su taller al modesto artesano, y los campos se vuel ven desiertos, y se despueblan las ciudades. El Brasil ha sufrido espantosamente bajo el anatema de esta riqueza ; y el mayor beneficio para él hubiera sido que un Pombal hu biese cerrado sus minas de diamantes. Los celos de los por tugueses aniquilaron el comercio del pais , la agricultura y la industria. Prohibióse á estas colonias el cultivo de la vid y del olivo , como tambien la estraccion de la sal en las costas, para que tuviesen que acudir á la metrópoli por estos renglo nes imprescindibles. Se prohibió á los brasilenos trabajar la lana y el algodon indígenas , porque se les quiso abastecer de tejidos ingleses. Su propio tabaco tenian que irlo á bus car en Lisboa, donde debian pagarlo mucho mas caro. Tam poco podian establecer astilleros, ni levantar fábricas. Portu gal quiso asegurarse el pais de las piedras preciosas ; y por esto debían hacerlo débil y miserable. Y el gobierno portu gués vi/ colmados sus afanes, pues hizo del Brasil un pueblo desmedrado , salvage y estúpido , un esclavo que consumia su vida y empleaba su escasa inteligencia en buscarle , entre el cieno de los páramos, diamantes para su corona: La revo lucion de ,t 822 conquistó al Brasil su independencia; ya es li bre; pero feliz y rico solo podrá serlo por la agricultura que se empieza ahora á favorecer. Sus arenas diamantiferas y sus rios de oro se agotarán un dia, y entonces comenzará á flore cer ; como un dia á las orillas del Rhin , exhaustas de oro , brotaron las flores del arte aleman y las espigas de la in dustria. Juan Font y Guilart. La mano. porfintio Zrhaleberg. « ? Qué se puede decir de la mano ? » dirá mas de uno de nuestros lectores. « Aquí la tienes esta mano, este miembro endeble de un cuerpo no muy roblisto , tan antigua como el género humano , tal como la tuvo el primer hombre , y tal como la tendrá el último en la consumacion de los siglos. ?Qué cosa tan singular hay que decir de este pedazo del cuerpo humano ? ? qué maravilla puede haber en esta mano ? » Echa una mirada en torno tuyo, en tí mismo y en las co sas de tu tiempo y de los tiempos que fueron ; y cuanto veas te dará una imagen penetrante de este miembro y de sus obras. Reside en la mano del hombre una grandeza portento sa y enigmática. Ante tí se espacia el territorio donde moras. ?En qué esta-. do se hallarla largos siglos atrás , ó como estaba aun en el tiempo en que, en vez de esas plateadas canas, guarnecian tu rostro los negros y graciosos bucles de la juventud ? ? Qué tal se presentan á la vista las regiones de América, pisadas ape nas por el hombre, ó entre las rancherias de los Arabas y de los Kirguizes , en las orillas del Eufrates y en la cordillera de los Urales? Una maleza enmaranada é infecta, donde impera la fuerza sin objeto de indómitos elementos. Allá se espar clan sin contraste por la llanura las olas de la corriente, allá se levantaba la serranía, tan antigua como la creacion , guar dando en sus penascosas cámaras los tesoros minerales que le dió naturaleza. El hombre penetra en aquella maleza intransitable, y con sus manos desmonta y allana el terreno. La mano senala los límites y los ámbitos de la propiedad. La mano arranca á la selva el tiro bravío, y lo amansa y domestica para convertirle en vaca lechera. La mano echa las riendas sobre la cerviz del caballo altivo para que sirva al hombre con su velocidad y fuerza. La mano aclara el bosque sombrio, mata, ahuyenta amansa á las alimanas que en él se guarecian , limpia el bar becho, quebranta el terron, siembra, fabrica moradas, aldeas, pueblos y ciudades. La mano hiende el penasco y manda á los tesoros ocultos y al betun salir de sus recónditos lechos para que le ayuden á trabajar sin cansancio en este mun do. La mano manda á la corriente, y sus ondas besan mur murando las plantas del hombre para vivificar colonias ente. ras de talleres ; sobre su terso y blando dorso lleva la nave de alas de fuego al ancho Océano. La mano de un pobre ma go mecánico coge el rayo del cielo y el rayo del sol, y doblega á entrambos para el servicio y recreo del. hombre. La mano arroja puentes por encima de los ríos, y levanta calzadas por TOMO 1. sus orillas , y carreteras por las serranías ; y altas chimeneas van atravesando con horrísono estruendo comarcas y nacio nes. La mano da nueva vida ; la enmaranada maleza ha de saparecido , estendiéndose á lo lejos lozanos trigales, y se le vantan ciudades opulentas. La mano es quien obró todo esto ; y aun hizo mas, pues al mismo tiempo deja de ser el hombre una maleza, una fiera asquerosa y bravía. Por medio de la mano gana el hombre en comprension , en claridad, en profundidad , en penetracion y hermosura; él busca , escudrina y recoge representaciones, esperimentos , ideas, pensamientos y proyectos. La mano se levanta hasta el mundo invisible de los espíritus , afianza lo invisible , los pensamientos, lo que no tiene forma, las obras abstractas del pensamiento y de la imaginacion ; y con escuadra y círculo , con martillo y cincel, con balanza y medida, con colores , pincel y paleta , con lápiz y papel , y con todos aquellos mi les de medios auxiliares , á quienes lá misma mano dió antes existencia, forma y capacidad para trabajar, dá la mano á las ideas, en artes y ciencias,. existencia corpórea y representa cion material en formas y figuras. La mano , tambien la ma no sucia y callosa, te levanta altares para tu devocion y la cúpula de tus catedrales ; la mano escribe leyes para el sos ten del orden social y para la sabiduría con que han de ser regidos los pueblos y naciones ; la mano apunta los preceptos que dictó tu conciencia para mantener la moralidad ; ella for ma de un desecho los medios con los cuales ella sola tambien saca á luz los portentos de la armonía en tonos , sentimien tos y pensamientos ; la mano ordena la escritura y el arte in genioso, por cuyo medio puedes tú, retirado en tu gabinete, tratar y conversar con los sabios, con los héroes y bienhe chores que fueron y son de todos los pueblos. Ya ves como es la mano el cetro del espíritu, como ella do blega y encadena hasta las materias mas tenaces de la crea cion , y todas las asperezas de la vida, cual si fuesen de cera, conforme se lo va mandando el pensamiento. Ella es quien hace para tí la tierra amable y hermosa , y quien con virtió el asiento de la selvatiquez y crueldad en templo de la industria y de la paz. En este sentido ha estado trabajando siempre desde que existe; y á donde quiera que te encami nes , á donde quiera que dirijas tus miradas , no verás nada que no lleve el sello que la misma ha impreso en la creacion. A cada paso que dés, te saldrán delante , de en medio de los vórtices bramadores y del embravecido Océano, las obras de la mano del hombre , monumentos y columnas que se levan 23 N 178 tan sobre los sepulcros, donde están durmiendo naciones y centurias. La mano es el instrumento mas dócil y manoso del espíritu humano en todas sus lides por la vida. La mano es el primer instrumento, el mas antiguo y perfecto, la máquina mas certera y eficaz del trabajo y de la cultura ; sin ella , no es posible ningun trabajo humano , ninguna cultura , ningun levantamiento del espíritu. En la historia de la mano , si uno pudiese escribirla, reside una grandísima parte de la historia de la cultura. Alas no basta conocer los instrumentos muertos de tu tra bajo. Aprende á conocer tambien á la madre de todos esos instrumentos , la fuente múltipla de todos los goces ; estudia la mano , estúdiala como á tí mismo; por cuanto en ella po sees el instrumento original mas Perfecto, no mejorado has-. ta ahora por mortal alguno ; la palanca de toda fuerza espi ritual. Examina tu mano ; ?No echas de,ver, ya á primera vista , que recibió en su forma la visible espresion para ser el re presentante de una fuerza íntima , espiritual? Mira en torno tuyo , el reino inconmensurable de lo creado, ? dónde ha llarás una mano igual á la mano del hombre ? Tambien tienen manos los animales ó miembros análogos. Una larga serie de géneros, los peces, los anfibios , las aves y los Mamíferos, en una palabra , los vertebrados , ó los que poseen en su interior una armazon 6 sea, una disposicion es pecial de los órganos respiratorios y una correspondiente constitucion del sistema nervioso, están provistos de miem bros delanteros ó superiores, que podemos considerar como alusiones , como ensayos de la naturaleza, corno rudimentos y analogías de la mano humana. Pero la mano de los animales, como que no tiene mas que un destino , no tiene mas que una forma correspondiente al instinto y al objeto de la vida del animal. De ahí la variedad de las formas de la mano de los animales, desde la nadadora del pez hasta la voladora del murciélago, desde la estrecha contraccion de la aleta del pez hasta la dilatacion del ala del ave. Solo la mano humana posee la facultad de unir en si ó reemplazar todas las funciones de las manos de los animales ; y así es que recibió y debió recibir una forma mas. noble , forma que viene á representar su inmensa superioridad sobre todas las de los animales. Ni estendida como la mano vola dora del ave; ni encogida y envarada é incapaz de flexion y dilatacion, como la nadadora del pez, es la mano del hom bre la verdadera forma media entre todas las manos de los animales ; y como tal , su sensacion es tan delicada, ejecuta sus movimientos con tanta exactitud y precision , obedece tan instantáneamente á todo impulso de la voluntad , que dirian que es este miembro el asiento de la misma voluntad: Aun en los casos en que la mano del animal se aproxima no tablemente á la del hombre, manifiesta aquella con todo constantemente un carácter animal completo y otro destino muy diverso del de la mano del hombre ; y esto con tanta fi jeza y expresion, que la ciencia puede, en vista de este solo miembro, construir, por decirlo así, el animal á quien perte nece, y determinar todo su carácter. No menos reparable es el grandor ó la longitud de la mano: circunstancias que inopinadamente nos recuerdan la influencia de un elemento espiritual. La medida de la longitud normal de la mano en los adultos es igual exactamente á la altura ó longitud del cráneo , y es el tercio precisamente de la longi tud de la columna vertebral; y segun se ve, de los dos focos centrales de los nervios y de la actividad del espíritu. Este hecho sorprendente indica por sí solo el destino y la impor tancia de la mano del hombre , bien así como es el hombre , o debiera serlo, el medidor y la medida fundamental de la creacion. La mano y la cabeza tienen una medida idéntica, y tan solo con su union pueden obrar y completar su traba jo ; pues sin tal union , no cabe armonía. Donde quiera que esté por nacer un pensamiento, allá acude la:mano para darle paso y abrirle las puertas de la realidad. La mano., la mano del hombre arraiga en el espíritu, crece con'él , así como el espíritu crece con la mano y por ella. Educa pues la mano, y educarás el espíritu. La mano es tu primer medio de cultura, no sobrepujado hasta aquí : guárdala pues de toda vileza , así propia como estrana , y empléala para objetos santos , para promover tu cultura y la de tus hermanos. Antonio Bergnes de las Casas. De la inmensidad del espacio. por -J'arrío El mundo de los astros, cuando lo contemplamos con refle xiva mirada, produce en nuestro ánimo una impresion de la mas alta sublimidad , que se graba en él tanto mas profunda mente cuanto mas lejos penetramos en la inmensidad infini ta con el auxilio poderoso de los instrumentos astronómicos. Casi pudiera aparecer dudoso lo que mas sea de admirar, si el océano de estrellas infinito, ó el espíritu humano que ha logrado escudrinar sus leyes y descubrir el orden sencillo y eterno en medio de aquella aparente confusion y desorden. Al echar el astrónomo la vista por el estrellado firmamen to , tiene abierta ante sí la crónica de la historia del mundo , porque penetran sus ojos remontándose millones de anos atrás , hasta los tiempos primitivos , hasta los primeros orí genes de la formacion del universo. Para espresar la grandeza del universo, no bastan nues tros números; otras medidas gigantescas requieren para determinar en cierto modo la inconmensurabilidad del'espa cio que el hombre puede abarcar con sus instrumentos. lioeritcr. Y qué regiones infinitas no existirán aun mas allá de los límites á que alcanza un telescopio de Elerschel ! Sabemos que el rayo luminoso atraviesa en el breve espacio de un minuto dos millones y medio de leguas , y que en unos ocho minutos corre el trecho de los 20 millones de leguas que dista el sol de la tierra. Pero el sol Mas cercano á nuestra tierra , despues del que forma el centro de su sistema planetario., se halla de ella á tal distancia, que la luz emplea 9 anos y 5 meses en el trayecto para llegar de allí hasta nosotros ; des de el sol inmediatamente mas próximo tiene ya que recorrer un camino de 21 Y„ anos ; desde la estrella polar 45 anos. ?Qué enormes distancias no son estas, cuando un solo ano lumínico, como se han denominado estas medidas del espa cio, comprende ya 65,000 distancias de la tierra al sol, cada una de las cuales asciende por sí sola á 9.0'.680,000 leguas, de modo ,que un ano lumínico designa una distancia de 4.500,000.000,000 de leguas. Los astrónomos han medido con sus instrumentos la luz , 179 tambien su intensidad y su color, para tomar estas circuns tancias en cuenta, cuando tratan de espresar la 'distancia de los astros, en la que no implican errores de algunos millones mas ó menos, porque, en general, las distancias del espacio solo pueden fijarse aproximadamente. La mancha nebulosa mas lejana que se ha podido descubrir con los mas fuertes te lescopios dista de la tierra, segun cálculos aproximados, 80 millones de anos lumínicos. Por consiguiente , penetra nues tra mirada tan atrás en el mundo primitivo , que aquellas masas luminosas se nos presentan tales como fueron hace SO millones de anos lumínicos. Qué aspecto ofrecen en el ano de 1859, qué alteraciones han sufrido, esto lo sabrán aque llos descendientes nuestros que Vivan dentro de 80 millones de anos lumínicos. Si aquellas remotas islas de estrellas de sapareciesen hoy del mundo, no se observaria sobre la tierra su desaparicion hasta pasados 80 millones de anos lumíni cos; pues tanto tarda la luz en llegar de allá hasta nosotros. Pero circunscribamos la vista en mas estrecho espacio; di rijámosla á la via láctea, en cuyo interior, dentro de un es pacio vacio de estrellas, se mueve nuestro sistema solar. Esta via láctea, por datos sólidamente basados, sabemos que cons ta de varios anillos formados por millones de soles, dos de cuyos anillos podemos distinguir muy bien. Estos anillos tienen puentes de comunicacion , puntos claros y oscuros, y contienen como unos 18 millones de soles visibles por medio del telescopio (pues los ojos desarmados solo descubren 5000), con sus cometas y planetas , naturalmente invisibles. Como además existen cerca de dos millones de sistemas solares ais lados , resulta que el número de los soles visibles por medio de humanos instrumentos asciende á 20 millones. Calculando el diámetro del anillo formado por la via láctea, se obtiene con gran probabilidad el enorme resultado de 8,000 anos lu mínicos de longitud. Esto nos dice que hallándose, como se halla, nuestro sol cerca del punto céntrico de nuestro siste ma de la via láctea, necesita la luz de las estrellas situadas á los estremos de su diámetro 4,000 anos lumínicos para llegar hasta nosotros, y para que pueda ser visto desde la tierra el astro de que emana Pero la via láctea á su vez no es mas que una de las islas de estrellas que suspendidas giran en el espacio universal. De es tas vías láCteas se cuentan hasta el presente 4,025, muchas de las cuales afectan formas harto singulares. En algunas, con la ayuda de fuertes telescopios, se consigue distinguir, y has ta contar las estrellas aisladas ; otras, por el contrario, se ma., nitiestan siempre coino uî pálido.fulgor, como una nube lu minosa, que tal vez'esté millares de millones de anos distante de nuestro sistema Solar. Segun opinion de los astrónomos, estas nieblas luminosas son mundos que se van formando, y se encuentran en grados diversos de desarrollo, pues algu nas de ellas no son todavía mas que nieblas 'de mundos ; en otras se han formado ya globos cometatios , mientras que otras constituyen sistemas solares perfectos. De lo dicho se deduce que á la vista del astrónomo se desarrolla la historia infinita de la creacion desde el principlo primero hasta los tiempos presentes; pues tambien nuestro sistema solar debe haber sido en su origen uno de estos mundos nebulosos. La niebla de astros mas cercana á la tierra dista de ella 800,000 anos lumínicos. Además de estas islas de estrellas , se conocen hasta ahora 6,000 estrellas dobles, compuestas de soles que, en enormes órbitas, van girando unos en torno de otros, y cuyo tiempo de rotacion, que en 14 de ellos se ha calculado, es desde 50 hasta 500 anos. Segun este computo, se ha establecido para las estre llas dobles mas próximas en 1,500 anos el número medio de su rotacion, que en los 2,000 mas distantes asciende hasta 20,000 anos. Del movimiento de estas estrellas dobles y de la compa racion de antiguos cálculos astronómicos sobre la posicion de las esti:ellas , se ha deducido .que nuestro sistema solar se mueve en derredor de un punto situado cerca de las Pléya das , al modo que la tierra con su luna gira alrededor del sol. El sistema solar ha cambiado ya notablemente su posi cion respecto del zodíaco, pues que el zodíaco boreal, en 12,000 anos, y el austral en '21,307, avanzan 50 grados, lo que es lo mismo, toda una constelacion. Del mismo modo varian de posicion las demás estrellas, por ejemplo, la , que, dentro de centenares de anos, habrá cedido á otra su puesto. El punto en torno del cual gira el sol se llama sol central, con cuya palabra no se intenta designar un cuerpo determinado, sino una region de la vía láctea, como hemos dicho ya, cercana á las Pléyadas. Entre este punto y el sol media la distancia de 557 anos lumínicos; y el sol, que en un segundo corre 7 leguas, y que por consiguiente, re corre en un ano 900.000,000 leguas, emplea 18 1/, millones de anos en completar su órbita. ! Cuán pequenísima y baladí es la tierra en este océano de soles! !cuán poca cosa los seres que la pueblan, y con todo, !cuán sublime el espíritu humano ! Juan Font y Guitart. La luna. por Oton tile. ARTICULO PRIMERO. Superficie de la luna. No bien llega un viajero de remotas tierras, nos desvivi mos por oir la relacion de sus aventuras y la pintura de las maravillas que presenció. Quizás de lo dicho se infiera que recibimos con verdadero entusiasmo, y que asaltamos de pre guntas al astrónomo que ha recorrido caminos que en tanto grado se alejan de las sendas trilladas, que ha revistado pro fijamente los espacios del cielo , que ha escudrinado formas y relaciones portentosas, y ha seguido en su desarrollo las eternas leyes que reinan en aquellas regiones. Mas no sucede así; al astrónomo todo el mundo le deja en paz , nadie lee sus libros, nadie se cuida de sus descubrimientos. Bien es verdad que dicen que sus relaciones no se entienden, que los animales y plantas, los paises y demás se aproximan mucho mas á lo que tenemos diariamente ante los ojos, cuando na die, de nino, fijó la atencion en el estrellado cielo. Esto es ciertamente una desgracia; por cuanto la naturaleza de los cuerpos del universo, sus movimientos, sus recíprocas in fluencias tienen efectivamente con la tierra tanto parentesco >2 180 t< al menos como lo tienen entre sí los productos de las diver sas partes del mundo , y no están mas léjos de nuestra vida y de nuestro pensamiento. No es lo estrafío de las estrellas lo que pos repele , puesto que al hombre le interesa todo lo estrano, sino lo largo y lo arduo del camino. Y DO hablo aquí de la distancia , puesto que al pensamiento no hay espacio que le asuste , sino de los caminos dificultosos y enmaranados de la ciencia, del cálculo y de la observacion. Hecho bien cargo de•todo lo espuesto, me tomaré la fran queza de invitar al lector á que me siga á los maravillosos mundos del cielo , y ante todo que haga alto conmigo en el mundo vecino, esto es, la luna. No le convido á un paseo á la claridad de la luna, por cuanto, con la frialdad de estas no ches de invierno , se le exhalada todo el entusiasmo ; tam poco exijo de él que coja el telescopio ni que empiece á. cal cular y disenar ; nada de eso ; suplícole tan solo que se ima gine trasladado de repente á la costa de una isla oceánica. liemos andado 50,000 millas (t), pues tal distancia, á cor ta diferencia, hay de la tierra á la luna. Nos hallamos ahora en un mundo que no es mas grande que la América , y en el cual no podemos hacer viages mas largos que los hacemos en toda la estension del Asia ; pues la luna es 49 1/3 veces menor en contenido, y 15 'A, veces menor en superficie que la tierra ; es una bola cuyo diámetro es de 648 millas. Exa minemos ya el pais que tenemos delante, y del que ya tuvi mos un presentimiento en la mezcla de manchas claras y os curas que nos presentaba la luna llena. Ahora las partes pardas se nos convierten en llanuras, y las claras en monta nas. Que son montanas las partes brillantes, eso lo recono cemos por sus sombras, que se ven constantemente en el lado opuesto al sol , y que son tanto mas largas , cuanto mas bajo está el sol para aquellas montanas. Pero no son montanas los puntos mas brillantes , sino , al contrario, honduras tajadas, cuyas paredes refiejan la luz solar. Pasemos á una region montanosa de la luna. !Cuán diver sose presenta esto de los Alpes suizos con sus almenados gi gantes, con sus largas crestas y amables valles! ! Cuán dife rentes de otras poderosas cordilleras con sus encumbradas cúpulas y sus tajados-miradores! Vemos en la luna paredes circulares que encierran profundidades abruptas. Aquí tie nen 'un diámetro de 2 á 10 millas; allá se estienden mucho mas ; sus paredel están cortadas y encierran anchas llanuras. A las primeras se les dio el nombre de serranías anulares , y á las últimas se las llama llanuras murales; á las formas mas pequenas y regulares les dan los nombres de cráter y cavidad, á causa de su analogía con ciertas formas terrestres, aunque debemos guardarnos de inferir conclusion alguna de esta se mejanza aparente. La luna no tiene volcanes , y los puntos 'chispeantes en el lado nocturno de la luna , que así fueron llamados por Ilerschel , no son mas que los picachos de altas montanas heridos por el sol. Pasemos á una de aquellas grandes llanuras murales , las mayores de las cuales se hallan en el lado sudoeste de la lu na. De todos modos pertenecen á las formaciones mas pri mitivas , han cedido á formas posteriores do toda especie, y casi se han puesto desconocidas. En sus muros vemos cráte res , brechas , largas hondonadas á manera de surcos, y su centro presenta la mas bella variedad de paisage , grupos de colinas, anchos espaldares de tierra, estrechas venas, profun didades como de cráteres y levantamientos vesiculares. Nos llama desde luego la atencion una de aquellas serra nías circulares, mas regulares, y por lo mismo menos anti guas, de las que se cuentan ya mas de mil, y que están en (1) Millas alemanas de 13 al grado; y alemanas serán todas las millas que se citan en este artículo. algunas regiones de la luna tan apinadas, que casi vienen á darle la traza de un tejido celular. En la carta adjunta , que representa una parte de la luna, tan estensa, con corta dife rencia , como el reino de Babiera , puede ver el lector dos de rt. V31. aquellas serranías circulares. Sus paredes tienen en su con torno casi la misma elevacion , sostienen picos aislados y ba jos, y declinan en planos hácia dentro y hacia fuera , ó en vian prolongaciones hácia el esterior en todos sentidos. En el interior, hay de ordinario una montana central, ya como co lilla baja ó elevado pico, ya como una reunion de pequenas montanas. Jamás se eleva la montana central á la altura de los muros ; las mas veces se eleva solo hasta la altura de las llanuras limítrofes., Las que están aisladas se levantan de 4 á 5,000 piés sobre la profundidad ; pero los muros de los con tornos alcanzan la altura de 12 á 46,000 piés. La figura 2 re presenta la simple configuracion de una cordillera anular, tal como la veríamos colocados sobre la misma luna. Parece que existen tambien muros anulares que no encierran mon tana central ; así lo in dica al menos el color gris oscuro y uniforme de su interior. Verdad es que el brillo y el color del interior se funden con el muro y con el contorno en las cordilleras anulares ; esto sucede cabalmente en las mas grandes y taja das , en términos, que no es posible distinguirlas en la luna llena, y muy poco en el cuarto , en que las montanas están sin embargo indicadas por sus sombras. Si el número de cordilleras anulares nos causó asombro, mucho mas nos lo causará el de los pequenos cráteres ; pues con un telescopio medianamente fuerte podemos contar hasta cerca de 20,000 de ellos. Son generalmente tan profundos, que la luz del sol, aun cuando este haya alcanzado una altu ra casi de 20° sobre el horizonte, no puede penetrar en ellos; y la multitud de sus sombras oscuras da á una comarca de terminada el mismo aspecto que si estuviera acribillada. En completa iluminacion , y por consiguiente en la luna llena , resplandecen algunos con fuerte brillo ; porque la luz del sol es reflejada desde su concavidad como por un espejo ustorio ; mientras que en otros, solo brilla el borde á la manera de un delgado anillo de luz, presentando oscuro el interior. Gene ralmente se ven dos ó mas puestos en fila, como las perlas de un collar, ya unidos entre sí por medio de canales, ya á veces cerrados dos por un mismo muro. En la figura adjunta está representado un grupo de dichos cráteres, unos con mon tana central en su profundidad, otros sin ella (d y b), y otros unidos, como (c y e). Cordilleras de montanas, como las que forman en nuestro mundo los Alpes y los Andes, son raras en la luna, ó tie nen muy limitada estension, sin ramificaciones , por consi guiente , sin valles, y sosteniendo cimas en forma de cúpulas y 181 te de picos, como lo vemos en la lámina primera. La cordillera mayor se estiende 90 millas, y tiene cimas de 17,000 pies de altura. Pero cut- miras de la luna bren la luna innu• están atravesadas merables monta- por largas y nu - fías cónicas , ais- merosas colinas, lacias , que se formando tortuo. agrupan en el he- sidades, á las que misterio septen- sedad nombre de trional, formando filones; tienen ge •ancuho cintun- neraI in en te mas ron de 200 millas de una milla de de largo. ancho y suelen te Las anchas 111.x- ner una elevado') de 50 pies de altura , raras veces llega á 4 ,000 ; así es que solo producen sombra cuando el sol está muy bajo. Muy á menudo terminan en moutecillos ó en cráteres , ó bien están atravesadas por estos, como se vé en la figura 5.a (a). Si bien se separan mucho todas estas formas de las comu nes de la tierra , nos sorprenderán aun mas todavía los es traordinarios surcos , estrechos y profundos , que recorren casi en línea recta las llanuras y las comarcas montuosas , cortando hasta los mismos cráteres, ó ensanchándose á veces y formando profundidades tambien á manera de embudos. En la luna llena aparecen como líneas brillantes de luz ; á veces forman como hilos negros, y tienen por consiguiente una anchura de muchos millares de pies. Nada tenemos en la tierra que podamos comparar con esto ; pues las espantosas grietas que atraviesan las praderas de Tejas no son nada al lado de aquellas. Mientras se afanaron los hombres en buscar analogías entre la luna y la tierra, por donde se veían mares en las grandes manchas grises, y continentes en las brillantes, debieron tambien representar estos surcos, ya ríos, ya cana les artificiales ó carreteras. Tal analogía quedó sin embargo refutada en parte por la grande y uniforme anchura de los surcos, y en parte tambien por la circunstancia de cortar al tas y escarpadas montanas y continuarse al través de los crá teres y de sus mismos muros, y porque su principio y suter minacion están en una misma llanura. Canales y caminos en !aluna pudo sobre todo ver aquel que allá vió tambien chi - dades y fortalezas. ! Qué poderosas revoluciones deben haber producido en la luna esas monstruosas montanas, muchas de ellas de 26,000 pies de altura, esos estraordinarios muros , esas escavaciones y grietas! !Cuán insignificantes son quizás comparativamente las revoluciones de nuestro globo, mucho mayor, sobre el que el orgulloso Etria no puede ponerse en parangon con el mas pequeno cráter de la luna! La comun tendencia á la for ma redondeada de todas aquellas elevaciones y depresiones de la luna nos demuestra hasta la conviceion que todas ellas fueron producidas por- una causa tambien comun. Todo nos induce á la consideracion de que la luna fue en un principio una masa flúida, y que mientras se solidificó enfriándose , se desarrollaron fuerzas en su interior y se produjeron erupcio nes, quizás como si burbujas de gas fuesen impulsadas hacia el esterior de una masa pastosa , y reventando en la superfi cie, dejasen un borde elevado circular al rededor de un cen tro profundo. Tales sucesos se repitieron ciertamente con fre cuencia, si atendemos á que llanuras, cordilleras circulares , cráteres y filones debieron ser resultado de otras tantas for maciones. En la corteza ya casi solidificada , se produjeron últimamente grietas, como nos lo demuestran los surcos , de los cuales los mas antiguos fueron rellenados por la masa pas tosa.que fluia del interior, y así resultaron las colinas en for. !nade filones. En las revoluciones mas poderosas, parece que la fuerza interior ha obrado con mas intensidad hácia los po los, cubriéndolos de innumerables elevaciones de mucha al tura , mientras que en la zona ecuatorial alternan solamente montanas aisladas y cráteres con dilatadas llanuras. Así se aventura ya el habitante de la tierra á desentranar los mis teriosos sucesos de los primeros tiempos de la historia de un cuerpo celeste en que jamás puso la 'planta. No solamente se han trazado mapas en que se pinta la su perficie de la luna , y se han medido sus montanas , sino que tambien se han dado nombres á sus montanas y regiones. Eligiéronse con este objeto, en un principio, los nombres de los filósofos mas afamados ; los Modernos , empero, aprove charon la ocasion para obsequiar con posesiones en la luna á astrónomos que dejaron de existir , y aun á los vivos, que con harta frecuencia fueron tratados con ingratitud por sus con temporáneos. Por tanto, le ha cabido á Keplero, á quien el emperador y los poderosos de su época dejaron perecer de hambre , una dé las mas brillantes montanas de la luna , y Tycho, Copernico, Hiparco, Albategnio se igualan con él en consideracion, sin atencion á su edad , patria ó creencias. El mismo Humboldt tiene ya sus bienes en la luna. Pasemos otra vez la vista por el suelo de la luna. ?De dón de procede la diversidad de suluz , la claridad ú oscuridad de sus partes? Evidentemente depende esto de las condiciones especiales de su suelo; las partes oscuras indican terrenos muy porosos; el brillo verdoso de algunas manchas hizo pen sar á algunos en la existencia de la vegetacion. Aunque no po demos rechazar el pensamiento de que la vegetacion de la luna presente al ojo del hombre, sino al ojo del habitante de la luna, el color verde, es sin embargo dudoso que esta im presion pueda estenderse á tanta distancia. La luz clara de otras partes procede ciertamente de masas fijas y de elevacio nes que la reflejan como espejos. La impresion mas estraor dinaria es sin duda la que en nosotros producen aquellas ban das de luz, que, ya aisladas, ya ordenadas en forma de radios, recorren anchas regiones. Las brillantes cordilleras anulares dejan ver ordinariamente supunto medio, y el poderoso Ty cho envia sus rayos de luz sobre mas de un cuarta del disco por montanas, valles y llanuras. Estos rayos se reunen ora á V, de milla , ora á 5 ó 4 millas de distancia, formando nu dos ó anchas masas de luz. No corren torrentes de lava, como en un principio se creyó, por las montanas de la luna. Quizás en las erupciones de gases que produjeron las montanas anu lares y los cráteres , corrieron poderosas corrientes de gas por la parte inferior del suelo, cerca de la superficie, hasta que amontonándose en un punto, empujaron las burbujas hacia arriba. Las abrasadoras corrientes de gas así produci das trasformaron sin duda la estructura de la corteza que las cubría , vitrificándola ó calcinándola en todo su tránsito , au mentando así tambien su facultad de reflejar la luz. Ningun fenómeno semejante nos ofrecen las condiciones de nuestro suelo para compararlo con aquel , si no son , aunque remo tamente, las tras formaciones de las rocaS estratificadas en el pequeno circuito de nuestros volcanes. Nos vemos aislados sobre la luna , en un triste desierto. ?Pero no encontraremos en ella nada animado, nada. que tenga conciencia de su ser? ?Que vida tendrán pues los seres que allá existan, qué naturaleza compensará las dificultades de la gravedad de este astro, las condiciones de su atmósfera y de su suelo? ? Han construido ciudades como nosotros? ?Les sonrie un cielo azul ? ?corren para ellos refrescantes manan tiales? Tales preguntas oigo ya dirigirme ; y esta curiosidad quedará satisfecha , si el lector quiere disponerse para em prender otro viaje á la luna. Antonio Sanchez Comendador. 182, El eorazon humano. pa r Oton /be. ARTÍCULO SEGUNDO. En las descripciones de las minas de carbon de piedra de Inglaterra se habla con frecuencia de una cperacion que, por mas que esté confiada á manos de ninos, el que mas, de diez anos, es de tantísima importancia, que el menor descuido pudiera poner en grave peligro la vida de toda una poblacion minera. Nos referimos al empleo de los llamados Trapper,, que consiste en abrir y cerrar las puertas que regulan la cir culacion del aire por aquellas galerías y cavernas subterrá neas. Estúpido, embotadas sus facultades intelectuales por tan monótona ocupacion , acurrucase un nino desnudo en un estrecho hueco de la pared ; con la cuerda de la puerta en la mano, pronto á tirar de ella, así que siente acercarse un car ro, para dejarla caer así que ha pasado. Muchas veces se ha comparado ya el corazon humano con una de estas minas, á la cual descienden los pensamientos, para estraer los tesoros ocultos en sus entranas. Si quisiéra mos aplicar este simil al mundo físico, representaria, en tal caso, la sangre el papel de los mineros que entran y salen cargados de mineral, pues así penetra ella por los mil pozos y galerías de las venas hasta la oscura profundidad del cora zon, dé donde sale ricamente cargada de tesoros nutritivos, para acarrearlos luego á todos los órganos, y sacar al esterior las escorias que arroja la fragua de la vida. En un concepto á lo menos, es válida la comparacion. Tambien aquí tenemos puertas que regulan la circulacion por cuevas y galerías ; la mas leve omision en abrirlas y cerrarlas á tiempo ocasiona ria aquí , como allí, la ruina inmediata del todo ; la muerte del organismo. Echanse á menos sin embargo los estúpidos Trappe• encargados de vigilar aquellas puertas ; aquí es el mismo torrente de la sangre quien debe abrirlas y cer rarlas. Quien sea aficionado á lo estraordinario y maravilloso , arroje siquiera una mirada sobre la ingeniosa disposicion de estas válvulas y puertas del corazon en todo el trayecto que recorre la sangre desde su entrada en la antecámara derecha hasta su 'salida de la cámara izquierda para entrar en el tron co arterial. Primeramente no se verifica mas que una con traccion muscular que impele la sangre de las antecámaras á las cámaras. La forma de aquellas y la situacion de las aber turas determinan la direccion de la corriente hacia las cáma ras. Al mismo tiempo agolpase por detrás, desde las emboca duras de los troncos venosos, toda la masa de la sangre, oponiéndose con fuerza á su retroceso, mientras que ningun obstáculo se opone á su salida por las aberturas de comuni cacion con las cámaras. Sin embargo, la propagacion del mo vimiento de la sangre está propiamente confiada á entrambas aurículas, que son dos compartimentos de forma cónica, pro. vistos de fuertes ligamentos musculares, situados en las pa redes de las antecámaras. Los sacos musculosos largos y es trechos, que forman la prolongacion de losbordes afestonados de estas arículas, constituyen una multitud de pequenos re ceptáculos, por cuya con traccion es proyectada la sangre en chorros estraordinariamente delgados dentro de la abertura en forma de embudo, que pone en comunicacion las antecá maras con las cámaras. Estas reciben así, hasta la ultima go ta , toda la sangre que llenaba las antecámaras; pero del choque de ?iqueltos chorros delicados resulta al mismo tiempo que , refluyendo de rechazo de las paredes de las cámaras ha cia la abertura por donde entró , opera aquí la corriente san guínea la importante cerradura dala válvula. Mientras dura la contraccion de la antecámara, es ya, por causas puramente físicas , imposible de todo. punto un retro ceso de la sangre. Mas tan luego como cesa esta contraccioa y empieza la de la cámara, se precipitarla la sangre inevita blemente en latntecámara relajada, que se ensancha de nue vo, á no estorbárselo un obstáculo material. Este obstáculo consiste en las singulares válvulas, que en cada mitad del corazon presentan disposiciones diferentes, conformes en un todo con el destino diverso de las mismas. Dirijámonos pues ante todo á la puerta que conduce á la cámara izquierda. En derredor de la abertura situada en la pared divisoria entre la antecámara izquierda y la cámara correspondiente, sobresale un pliegue rnembranoso circular, que remata en dos puntas, y el cual, por razon de su forma, comparable á la de una mitra, ha recibido el nombre de válvula mitral. Estos apéndices, que son el alma del mecanismo de la válvula, pueden compararse, por su forma, con una capucha cuyo remate puntiagudo cuelga por abajo en la cavidad de l Cá mara. Atraviesan estos apéndices fuertes fibras tendinosas, que los mantienen firmemente unidos á las paredes muscu losas del corazon. Por entre estas válvulas ó apéndices debe pasar la sangre que fluye á la cámara ; ellas, á la manera de un cano, encauzan por todos lados su corriente, regulando al propio tiempo su direccion y su fuerza. Mas tambien pue den atajar completamente su curso, juntando sus bordes al distenderse, y cerrando así la abertura. Conviene que consi deremos atentamente el mecanismo de esta operacion para po der comprender en toda su estension el ingenioso artificio de la naturaleza. Dijimos que ambas válvulas están fijadas por medio de tendones á las paredes musculosas del corazon. Pero esto no basta. Hay mas, una de las válvulas arranca por su base de aquella parte del corazon que se encuentra entre la abertura de entrada á la cámara y la embocadura de la grande arteria que distribuye la sangre á todo el cuerpo, pudiendo, en esta disposicion , cerrar ambas aberturas, con colocarse alter nativamente ante la de entrada 6 la de salida ; de suerte que intercepta la una, mientras deja libre la otra ; y vice-versa. En ella encontramos como una imitacion de aquel mecanismo que muy á menudo se observa en los buques, donde una puerta está colocada de modo que sirve á la vez para dos aberturas, cerrando la una cuando se abre la otra, por lo cual han dado algunos con mucha propiedad á esta válvula el nombre de puerta de barco. Este doble empleo á que debe sa tisfacer la válvula reclamaba los ligamentos que, partiendo de sus bordes, la fijan á las paredes del corazon. Para llenar el doble objeto de la válvula, no podian estar afianzados estos tendones sino en aquella parte de la pared del corazon opuesta á la embocadura de la arteria; de modo que por su contrae cion hiciesen el oficio de una especie de riendas, separando la y5 183 válvula de la abertura contra la cual se aplicára, impulsada por el torrente sanguíneo. La segunda válvula no debe llenar este doble objeto, pues solo tiene que completar el cerramiento de la abertura del ta bique divisorio del corazon ya empezado por la primera vál vula. Por esto, se halla esta pegada de un modo muy diverso; los ligamentos tendinosos que parten de su borde están fijos en la superficie de la misma parte del corazon de cuyo fondo arranca la válvula, de modo que cuando esta es rechazada de la abertura, se arrima á la cara interior de la parte del co razon que forma la pared esterna del mismo. 'Debemos ahora considerar el juego particular de estas vál vulas para comprender toda su necesidad. Los ligamentos tendinosos cuya accion precisamos ya al darles el epíteto de riendas, representan aquí un papel importante. En los puntos de las paredes del co razon donde están fijados es tos ligamentos existen unos músculos particulares que , formando en ellas protube ranciasá manera de pezones, se adelantan dentro de la ca vidad de la cámara; los cua es, á causa de su forma, se han denominado músculos verrugosos ó mamilares. Cuando la sangre que reflu ye al corazon ha separado de la abertura delascámaras entrambas válvulas, empu jando la primera contra la embocadura de la arteria, y laotra contrasu pared opues ta, dilátase al mismo tiempo la cámara al llenarse de san gre, y retroceden sus pare des. Ahora bien, como los tendones de la primera vál vula están fijados en la pa red opuesta, se va produ ciendo una tension de estos tendones, que retira la vál vula de la embocadura de las arterias y la dirige de nuevo á la abertura de la cámara. En la segunda vál vula se verifica lo mismo por causas contrarias. Como sus ligamentos tendinosos no nacen de la parte opuesta del corazon , sino de la misma en que se halla fijada la válvula, así es que no se ponen tirantes por la dilatacion de la cámara, sino que, al contrario, se relajan, y debe la válvula floja volver á cerrar la entrada de la cámara ; tan pronto como hacia esta la comprime la sangre (pie llena la cámara y se acumula detrás de ella. Este agolpamiento de la sangre es el que, como mas adelante veremos, efectúa el perfecto cerramiento de las válvulas. Pero antes de ocuparnos en el examen de esta accion par ticular del torrente circulatorio y de su camino dentro de la cavidad del corazon , debemos echar una mirada á la abertu - ra de salida por la cual se introduce la sangre en la grande arteria. Vimos ya que en el momento mismo en que la sangre penetra en la cámara, cierra el primer apéndice de la válvula esta segunda abertura, hasta que, por la acumulacion misma de la sangre en la cámara, vuelve á quedar despejada. Pero el mayor peligro está en el reflujo de la sangre de las arterias á la cámara, cuando esta ha terminado su contraccion y pide ser cerrada de nuevo; pues la válvula mitral puede tan solo oponer obstáculo á la salida de la sangre, pero de ningun modo á su entrada. Este peligro queda obviado por medio de uvnálavudliassp,osqiuceiongusairnngeucleanr ladeelnatsravdáalvduelalsa.s cSáimlaasrasp,recpiutaeddaesn compararse en cierto modo con las velas de una embarcacion fsiujassceptibles de tenderse y replegarse por medio de cuerdas en sus bordes, aseméjanse las válvulas situadas en la em bocadura de la grande arteria á bolsas membranosas cuyas aberturas están dirigidas en sentido de la corriente sanguínea que sale del corazon. Estas válvulas, llamadas semilunares ó bolsas, se aplican fuertemente, cuando vacías, en torno de las paredes de la arteria, al modo que los bolsones en las portezuelas de un coche; pero cuando las Ile na la sangre, se dilatan y juntan (tan apretadamente unas contra otras por su parte lateral, que presentan como tres sectores de círcu lo rigurosamente marcados, los cuales no dejan inters ticio por donde pueda insi nuarse ni la mas leve gota de sangre. Cuando, pues, ha cesado la accion del la tido del corazon sobre la sangre, y cuando la resis tencia que á esta oponen las membranas elásticas de las arterias, así como el retar do que esperimenta en los mas tabes canales del cuerpo determinan su re troceso, .entonces detienen estas válvulas la corriente que refluye al corazon, y le privan la entrada en él , ensanchándose con la mis ma sangre y apretándose unas contra otras , cual lo acabamos deesplicar. Cuan do, á Conseeuencia de un nuevo latido, se precipita á las arterias una nueva cor riente del corazon , obra esta con fuerza sobre las válvulas semilunares, expele la san gre que las llenaba ; las bolsas vacías vuelven á plegarse con tra las parede3 , y vuelve á quedar espedita la abertura de salida. La misma sangre es la que alternativamente abre y ciar todas estas portezuelas, la que hasta motera y re.pila , s 31:1 sea necesario, la fuerza de su corriente ; y tolo esto se afee - túa con admirable regularidad ochenta, y hasta cien veces en un minuto , de noche y de din, sin parar en todo el ano ni un momento, mientras que aquella cosilla dentro de nuestro pe cho se rebulle y martillea. Pero no hemos visto bien claro to davía el córno de este espediente autónomo de la sangre. Para esto será preciso que volvamos otra vez á las válvulas del ta bique divisorio del corazon. Si reflexionamos en la sencilla forma fundamental del me canismo del corazon, en la regular y altern ada eontraccion de las antecámaras y las cámaras, apenas podemos represen - himnos de otra manera su accion sino como consistiendo en perlazo del corazon de una ballena groelandesa l'ocien nacida ( cop!ado de 17,s chricht 1: i parte de la antecámara izquierda puesta en descubierlo por el cor te ; n las des puntas ó cúspides de la válvulade la mitad izquierda : o . o dos músculos berruwosos ; p, p, p, corte transversal de las pared s de la cá mara izquierda ; r, r, r, las tres válvulas semilunares en la embocadura de la arteria. )2 184 I< dos repentinos y poderosos cmpujes, de los cuales el uno ar roja toda la masa de la sangre de la antecámara á la cáma ra , y luego , de un golpe igualmente súbito , toda la san gre contenida en la cámara á la arteria correspondiente. Sin embargo, es claro á todas luces que una accion tan violenta fuera tan incompatible con la delicadeza y blandura de las paredes del corazon como con la segura regulacion del movi miento de las válvulas. En efecto, el modo como realmente se verifica este movimiento es esencialmente distinto, sin que por esto deje de estar basado en las leyes generales de la me cánica. A primera vista parece notarse una desproporcion innega ble entre la magnitud de las aberturas de salida y la masa de la sangre. Precisamente en el momento en que la antecá mara empieza á contraerse, en que, por consiguiente, es mayor la cantidad de sangre en ella contenida, ha completado la cámara su contraccion, estrechando con esto en el mas alto 42. Vista de la arteriacortada y estendida que presenta las tres válvulas semi:— .1upares vacias. grado la abertura del tabique divisorio. Pero á esta despro porcion se oponen , compensándola, las singulares válvulas situadas .en esta abertura ; pues así que la sangre empieza á fluir de la antecámara á la cámara , se retiran inicia atrás en trambas válvulas, dejando el camino completamente espedito al torrente sanguíneo. Pero cuanto mas disminuye la masa de la sangre en la antecámara, y aumenta en la cámara , tanto mas se aproximan Por sus puntas las dos válvulas, for mando de esta suerte, detrás de la entrada, como un embudo que Se va estrechando cada vez mas, y que al fin solo per mite que se introduzca en la cámara un delgadísimo chorro de sangre, siendo así que cabalmente entonces es cuando la verdadera abertura de comunicacion ha alcanzado su mayor dilatacion posible. ?Pero cómo puede efectuarse este tan admirablemente adecuado movimiento de las válvulas por la simple accion de la corriente circulatoria? Una observacion superficial nos ha ce esperar ciertamente un efecto muy distinto. La corriente de la sangre, con la fuerza que lleva al chocar contra la vál vida que penetra muy adentro en la cavidad de la cámara , debiera, al parecer, arrojarla contra la embocadura (lelas ar. • terias, cerrando de este modo la salida del corazon. En casos raros de enfermedades del corazon, puede ocurrir sin duda este accidente ; cuyas consecuencias inmedia tas son la cesacion del mo; imiento del cora zon y la muerte instan - tánea. El que no cese el movimiento á cada la tido no es efecto de un portento ni de ninguna disposicion particular, sino simplemente de las leyes mecánicas que ri gen aquí, como en toda corriente. Un remolino ó vórtice es lo que produce la accion salvadora de la vida. Siendo así que el dilatarse la cámara, el apéndice interior de la válvula mitral es atraido por sus liga mentos tendinosos hácia la abertura de entrada, y al precipi tarse en su interior el torrente de la sangre, le presenta una superficie oblícua. Esta superficie, por una ley de mecánica muy conocida, rechaza bajo cierto ángulo la corriente, que va á chocar contra la pared esterior de la cámara, de la cual es repelida á su vez contra su punta y el tabique divisorio de las dos cámaras situado en frente, y de allí finalmente contra la cara posterior de la válvula, á la cual comprime por una parte hácia la abertura de entrada; pero de la cual, por otra, recibe tambien sudireccion final á la embocadura de la arte ria. Los músculos verrugosos ó mamelonares cooperan á este efecto, contrayéndose simultáneamente con las cámaras, y tendiendo con esto los ligamentos que retiran la válvula de la embocadura de la arteria. De este modo, pues, se abre la sangre el camino al través de la antecámara y la cámara del corazon , hasta los grandes troncos sanguíneos de nutricion , propagando el impulso del latido hasta sus mas delicadas ramificaciones. La natura leza no se ha valido aquí de ningun portento , cual de ello hemos podido ya . convencernos ; pero mas claramente nos lo mostrarán todavía los cambios, que condiciones dife rentes producen en el mecanismo de la parte derecha del corazon. Miguel Guitart y Rack. Las válvulas semilunares llenas ydilatadas cerrando completamente la embocadura de la arteria. La vision de Mizrah. Traducida de una imilacion del árabe. En el quinto din de la luna , que , segun la costumbre de mis antepasados, tengo siempre por sagrado, despues de la varme y cumplir con mis devociones, trepé á las cumbres de Bagdad para emplear el dia en plegarias y meditaciones. .Mientras estaba disfrutando el purísimo ambiente de aque llas alturas, me engolfé en la contemplacion de las vanidades de la vida humana, y de pensamiento en pensamiento , es clamé : A la verdad , que el hombre viene á ser una mera som bra , y la vida un sueno. » En medio de esta cavilacion, tiendo la vista sobre la cima de un risco cercano, y veo á uno ves tido de pastor, con un instrumento de música en la mano. Le miro, se lo aplica á los labios , y empieza á sonarlo. Dulcísi mos eran sus ecos variando la entonacion en estremo ha lagüena , y sobre todo muy diversa de cuanto habia oido en ini vida. Recordóme aquellas cadencias celestiales que se en tonan á las almas voladoras de los pechos virtuosos al asomar por el paraiso , para desimpresionadas de sus postreras ago nías, y habilitarlas para el deleite de la bienaventuranza. pecho se estaba derritiendo en inefable delicia. Habían me dicho que el consabido risco era la morada de un génio , y que habia agasajado á muchos con aquella música, que cesaba luego, y nadie oyó que el músico se hiciese visi ble. Arrebatado ya mi espíritu tras aquella melodía, mirando atónito al genio, me serió que me le acercára , apuntándome con la mano un paraje para sentarme. Fuíme acercando con aquel respeto debido á entes muy superiores, y como ya mi corazon estila cautivado por aquellas consonancias que ha bla oido, me postré á sus plantas y prorumpi en llanto. Son rióseme el génio con visos de compasion y afabilidad, y fa miliarizándosele ya mi fantasía, despedí toda aprension. Al zóme del suelo , me asió la mano , y (lijo : « Mizrah , he oido us soliloquios; sígueme. » Condájome á la cumbre misma del risco, y dijo « 'fiende la vista para adelante, y dime qué es lo que estás viendo. — a veo, » le dije, « allá un valle dilatadísimo, y un gran raudal que lo atraviesa. — Ese valle ,» me contestó, « es el de la des dicha, y el raudal parte del piélago de la eternidad. —? Por qué causa, » le dije, « sale el raudal de una lobreguez para empozarse en otra ? — Lo que estás viendo, » me contestó , « es aquella porcion de eternidad llamada tiempo, medida allá por el sol , y abarcando el mundo desde su principio hasta su fin. Advierte ahora ese piélago lóbrego por ambos estremos , y dime qué es lo que divisas en él. —Veo,» le dije, a un puente en medio del raudal.— Ese puente, » replicó, « es la vida humana; hazte bien cargo de todo él. » Mirándolo des pacio, vi que se componia de setenta arcos cabales, y luego de algunos quebrantados, y sumados unos con otros, ascendian á cien arcos. Nlientras los estaba contando, me dijo el genio que el puente constaba antes de mil arcos, pero que un gran diluvio arrebatando los otros, habia dejado los restantes tan ruinosos como lo estaba viendo: « pero veme diciendo,» aria dió,' « qué mas puedes descubrir en él. Veo, » le (lije, ((gran. disimo gentío que va pasando, y una nube que se descuelga sobre ambos estremos. » iiro con mas ahinco, y advierto que muchos de los transeun tes se empozan desde el puente en el raudal caudaloso que corre por debajo; y mirando mas y mas, advertí un sinnúmero de escotillones encubiertos; y al poner en ellos los pies los transeuntes, se hundian en el raudal y desaparecian. Abundaban infinito aquellas trampas á la en trada del puente, de modo que cuadrillas crecidas, al asomar tras la nube, se metían atropelladamente por ellas. Iban ya clareando hácia la mitad del puente, pero se aumentaban y cerraban mas al acabarse los arcos enteros. Quedaban á la verdad algunas gentes que seguían á tropezones por los arcos desmoronados, pero luego caian unas tras otras, quebranta das y exhaustas con tan dilatada marcha. Dettiveme un rato á contemplar aquella fábrica tan porten tosa, y la variedad de objetos que me ofrecia. Traspasaba el desconsuelo toda mi alma, al reparar en algunos que, en me dio de su algazara y regocijo, se desplomaban , arrojando allá cuanto tornan consigo para ponerse en salvo; muchos esta ban con la vista clavada en el cielo con ademan pensativo; y al estar muy absortos en su intento, tropezaban y desapare cian, Ea aquella revuelta de tantísimos objetos, reparé en al gunos que empunaban cimitarras, y otros ciertos frasquitos, que corriendo acá y acullá por el puente, empujaban á los escotillones á varios que no llevaban semejante rumbo, y que se salvaran , á no arrojarlos por aquel lado. Viéndome el génio tan cebado en aquella perspectiva, me dijo que bastaba ya de ahinco, que apartase la vista del puen te , y le dijese si vcia objetos que se me hiciesen incompren sibles. Mirándolos entonces, le dije « ?Y qué vienen á sig TOMO I. 183 §C ninear esas bandadas de aves que revolotean sobre el puente y se paran en él de cuando en catando? Veo buitres , arpías, cuervos, colgados en gran número por los arcos del centro.— Son , » (lijo el genio , « la envidia , la avaricia , la supersti cion , la desesperaeion y el amor, con los mismos ímpetus que se echan de ver en la vida humana. » Aquí exhalé un ay profundo, y lo repetí diciendo : ! Ay de mí ! ! con pie el hombre nació sin objeto, como no sea para hundirse en el sepulcro ! « Condolido el génio de mi desconsuelo, me (lijo que desviase la consideracion de aquel triste espectáculo. « No hay que mirar al hombre, » me dijo, « en el primer asomo de su existencia , sino en su despedida para la eternidad; tiende la vista hácia la nube á donde el raudal va arroja 11(h) á las va rias generaciones de mortales que se engolfaa en él. » Dirijí allá en efecto la vista, y (ya que el bondadoso númen la ro busteciese sobrehumanamente, ó bien disipase parte de la cerrazon impenetrable) vi como el valle se ensanchaba al es treno, y se esplayaba en un piélago inmenso, con un pe nasco diamantino que lo atravesaba y dividia en dos mitades iguales. Quedaba una de ellas todavía nublada, en términos de no divisar allí el menor objeto ; pero la otra se me despejó á manera de un mar anchuroso, salpicado de islas infinitas , cuajadas de frutas y flores, y un sinnúmero de canales; ví personas vistosamente engalanadas, con guirnaldas en !as sie nes, paseándose por las arboledas, ó recostadas al márgen de los arroyos , ó tendidas sobre lechos de flores, y alcancé á oir el gorjeo bullicioso de lindas avecillas, el susurro de las fuentes, el eco de voces humanas y de instrumentos músicos. Rebosaba yo de júbilo al contemplar escena tan deleitosa. An siando estuve las alas de un águila para volar á sitio tan ameno ; mas me dijo el genio que no mediaba tránsito para llegar á él , sino pollas puertas de la muerte , que de continuo se estaban abriendo sobre el puente. « Estas islas que se te aparecen tan verdes y floridas, y allá realzan la haz del Océa no en cuanto alcanza la vista, son en mayor número que cuantas arenas cubren las playas marítimas; pues quedan allá miles y miles de islas tras esas que estás descubriendo, tras puestas á tu vista, y aun á cuantas puede abarcar tu fanta sía. Son estas las moradas de las personas virtuosas, despues de su muerte , quienes, segun el grado y la calidad de sus prendas, se van repartiendo por ellas ; y así es cada isla umi paraiso apropiado á sus respectivos moradores. Dime ahora , Mizrah , ? cabe que se tenga por desdichada una vida que franquea proporcion para grangoarse premio tan peregrino ? ?Será temible una ninerte que te ha de encaminar á existen cia tan venturosa?» Embargado yo en la contemplacion de islas tan afortunadas , díjele por fin: « Tened á bien esplicar me los arcanos que cubren esas nubes lóbregas tendidas sobre el Océano mas allá del penasco diamantino. » Calló el genio, volvíme á él segunda vez para instarle, y le eché me nos. Dirijíme entonces á la vision que habia visto, pero en vez del raudal impetuoso, el puente tan arqueado y las islas amenas, ya no ví mas que la canada tan estensa de Bagdad, con vacadas, camellos y ovejas que estaban paciendo por sus praderas. Antonio Bergnes de las Casas. 24 24 186 LIMundo. De loo Alonálozoo be Zchleiermacher. Tan solo á la triste vejez, segun algunos, le es lícito que jarse del mundo; solo á ella se le perdona que guste de echar sus miradas atrás, á aquellos tiempos mas dichosos, en que gozaba de la plenitud de la vida. Pero lo que es la juventud, esta debe dirigir sus sonrisas al mundo; y sin pararse en lo que le hace falta, debe utilizar lo presente, y entregarse con fiadamente á gratas ilusiones. Pero anaden luego que solo le es dado ver la verdad y juzgar del mundo al hombre que, colocado entre estas dos edades, sabe mantenerse en un justo medio, sin abandonarse á una.yana tristeza, ni dejarse me cer por dulces esperanzas. No obstante, una tranquilidad de esta jaez .no viene á ser más que el paso de la esperanza al menosprecio ; y los discur sos de semejante sabiduría no son mas que el eco sordo de los pasos que en vano tratan de contener, y que allá los pre cipitan de la juventud á la vejez. Este contentamiento es el engano de una falsa urbanidad , porque no quieren que de ellos se diga que injurian al mundo, que está pronto á aban donarlos, y porque no quieren confesar que se habían equi - vocado. Un elogio como este es, por decirlo en una palabra, una vanidad que se avergüenza del error ; es un olvido de los deseos del instante que acaba de pasar ; es pereza, que pre fiere la indigencia por ahorrarse algun trabajo. Yo no me lisonjeé cuando jóven ; y tampoco quiero lison jear al mundo ni ahora ni nunca. El mundo no pocha aflijir me , puesto que yo nada esperaba de él : así es que no tengo para que vengarme. Poco es lo que he hecho para que fuese lo que es; por consiguiente , no tengo necesidad de encon trarle mejor. Pero confieso que me dan asco las alabanzas que de donde quiera se le tributan para que la obra pregone en paga el elogio de los maestros. Esta generacion perversa está hablando con placer de las mejoras del mundo, para ser te nida tambien ella por mejor y levantarse sobre sus padres. Ahora pues, aun cuando la humanidad toda llorosa viniese á exhalar sus mas dulces aromas ; aun cuando viésemos crecer y prosperar, en el suelo comun , un número infinito y sin cor• • rer ningun riesgo, los gérmenes del perfeccionamiento indi vidual; aun cuando viviese todo contento y gozoso en medio de una santa libertad; aun cuando los hombres todos se abra zasen con amor, produciendo frutos admirables, y nuevos siempre, no ensalzaria esta generacion ciertamente con mas pompa el estado actual de la sociedad. Quien les oiga discurrir sobre lo que es el mundo en el dia dirá que la voz dtertórea de su saber ha quebrantado los grillos de la ignorancia ; dirian que, cogiendo el cumfro de la naturaleza humana, que no representaba hasta entonces mas que un efecto oscuro y confuso, lo convirtieron por fin en una obra maestra del arte, en la que, como por encantamiento, lo ilumina toda una luz misteriosa (I ay de mí! ?procede de lo alto, ó sale del infierno?), de suerte que no hay hombre de mediano talento que no eche de ver la unidad de los con tornos y los rasgos de lo accesorio ; dirian finalmente que, al modo de una música armoniosa, ha transformado el amor propio grosero y rapaz en un animal doméstico, manso y so ciable, y le ha ensenado las artes. ! Oh! !qué asco me da la generacion que así se hincha con un descaro que no tiene ejemplar en cuantas generaciones la precedieron! Apenas puede dar crédito á un porvenir mejor, Ella arroja el bablon á los que pertenecen á este porvenir; y - esto porque le sigue siendo desconocido en remota lejanía él verdadero objeto de la humanidad , por el cual no ha hecho casi ningun esfuerzo. Si le basta al hombre ejercer su poderío sobre el mundo material, y estudiar todas sus fuerzas para utilizadas en la, vida esterior ; si le basta que no paralice demasiado el espa cio la influencia del espíritu sobre el cuerpo, y que una se nal de la voluntad provoque rápidamente en todas partes la actividad que se pida; si le basta que se vaya realizando todo como si estuviese á las órdenes del pensamiento, y que se ma nifieste por donde quiera la presencia del espíritu; si le bas ta, por fin, que aparezca animada la materia bruta, y que penetrada de tanto poder sobre su propio cuerpo, celebre la humanidad una fuerza que no conoce, y la exuberancia dé vida sensual :— ya concibo, en este caso, que viendo en eso la meta final de la humanidad, tome parte tambien en este concierto de alabanzas. Con razon se envanece el hombre hoy mas que nunca de es• te poderío; pues aunque mucho le queda aun que hacer, bas tante tiene hecho ya para que se crea senor de la tierra, para' que no se oculte á sus ensayos nada de lo que encierra este senorío, y para que vayan estrechándose mas y mas los lími tes (lelo imposible. En todos los instantes de mi vida estoy vien do un complemento de mis fuerzas en el lazo que me une á los demás hombres. Cada cual se dedica á una tarea determinada; acaba la obra de este sin conocerle, 6 trabaja para él el de mas allá, que ignora tambien el servicio que se le presta. De esta. suerte va avanzando, en el círculo entero de la tierra, la obra que en comun prosiguen los hombres ; y cada cual siente la influencia de las fuerzas estranas , como si fuesen elementos' de su propia vida. Semejante á una máquina eléctrica, esta in. geniosa asociacion dispara al blanco el mas leve movimiento de cada individuo, acelerándolo por medio de una cadena de muchos miles de hombres, que vienen á ser eslabones de la misma, y cuyo trabajo queda hecho en un instante. Este sentimiento de una vida edificada así en comun reside• en mí con mayor fuerza y conviccion quizás que en aque llos que tanto se jactan de él. No alcanzan á distraerme ni enganarme sus ideas sombrías, cuando los veo quejarse de que con tanta desigualdad gocen los hombres de la vida, cuan do todos contribuyen á crearla y conservarla. Lo que pier den es un efecto de sus vanos pensamientos y de su medita cion perezosa; el hábito impone un tributo á todos ellos, y donde quiera que yo compare y compute fuerzas y límites, encuentro siempre la misma fórmula espresada de diversos modos, repartiéndose sobre todo una medida proporcional de fruiciones. Como quiera, tengo en poca estima este sentimiento. No de searla yo que, bajo este aspecto, fuese mejor el mundo; pero sentina, sí, las torturas del anonadamiento, si á eso hubiese de reducirse la obra de toda la humanidad, si esta llegase á profanar sus fuerzas sagradas, 'malgastándolas con este &je to. No; no está en mí el quedar satisfecho con esta mejora de las relaciones del hombre con el mundo externo, aun cuando hubiesen llegado ya á la cumbre mas alta de su perfecciona |
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